Los secretos del emperador – 2. Correspondencia 2003



 

Los secretos del emperador – 2 


Correspondencia. 2003

 

Pasadas las doce del mediodía, Tatiana sale del Red Moon a recoger la correspondencia. Lleva un vestido negro ceñido y con un escote cuadrado de lo más sugerente, sus torneados brazos palpitan a lo largo de su esbelto cuerpo y sus perfiladas pantorrillas lucen enfundadas en un tacón de aguja de ocho centímetros. Cuando se aúpa y abre y el buzón, escucha los silbidos de unos chavales que, como todas las mañanas, han acudido a la hamburguesería de enfrente para verla unos minutos. Son unos fans incondicionales, pero, Juanfran, su novio y dueño del local donde trabaja –una sala de striptease— no les deja entrar porque todavía son menores. Y, ahí están, esperando que pasen los días y los meses para poder contemplar a su Afrodita de cerca. Tatiana sonríe, y, de regreso al Club, se contonea con elegancia y deja caer una carta para agacharse a recogerla y alegrarles el día. Le divierte la inocente lascivia de sus miradas, es lo único que conseguirán, porque está embarazada y, en unas semanas, su hombre la retirará para siempre.

La carta que ha dejado caer al azar, sin mirar el montón que ha recogido, que, como siempre, son facturas, catálogos de viajes y propaganda, es de un particular muy querido. Pero ella no se ha dado cuenta que tiene unos signos extraños en el matasellos. Al descubrirla, su corazón golpea con fuerza y su pecho palpita con ansia. Es de Daniel, piensa. Mira el remite y se pone a dar saltos de alegría y a chillar como una loca—:


– ¡Ha llegado una carta de Daniel! ¡Daniel no se ha olvidado de nosotros! ¡Juanfran, Juanfran! ¡Tenemos carta de Daniel! Corre Alex –le dice al camarero cuando pasa por la barra– acompáñame al despacho y leamos lo que nos cuenta nuestro amigo.

– Enseguida voy Tatiana –contesta Alex con chispas en los ojos.


Juanfran está sentado en su sillón de cuero grana con los pies sobre la mesa –hecha un desastre— y un pitillo en la boca. No ha escuchado las voces de su chica, pero sabe que algo bueno sucede cuando Tatiana entra alborozada con una botella de güisqui de Malta entre sus manos.


– ¿Qué sucede muñeca? –le pregunta con una sonrisa de medio lado.

– ¿No me has oído chillar como una loca?

– Nooo… ¿Qué pasa? –frunce el ceño.


Tatiana le baja las piernas de la mesa con gracejo y se sienta sobre sus muslos.


– Mi querido Juanfran, mi amor –le dice acariciando las tres arrugas verticales que atraviesas su entrecejo—. Ha llegado una carta de Daniel.

– ¡Es fabuloso! –contesta Juanfran.

– Sí. Mira, mira… –le dice mostrándosela antes de danzar como una saltimbanqui por la habitación.

– Alex –le dice al camarero que acaba de entrar—. Cázala. Cógela y quítale la carta.

– De eso nada. Yo no toco a Tatiana por mucho que te empeñes, que luego te pones como una fiera.

– ¡Venga ya! Si la final haréis que me levante.

– Mira el señorito –gorgotea Tatiana.

– El jefe es el jefe –sugiera Alex encogiéndose de hombros.


Juanfran, sin previo aviso y dejando a sus amigos boquiabiertos, da un salto por encima de la mesa y coge en brazos a Tatiana. La lleva boca abajo como un saco de patatas; ella golpetea su espalda con cariño. Tras quitarle la carta y propinarle unas delicadas zurras en su bonito trasero, la vuelve a sentar sobre sus piernas. Los tres ríen de buena gana. Alex se sienta en una de las sillas del otro lado del escritorio y se quita la gorra del Arsenal –la toquetea nervioso entre sus manos.


– Ya vale Alex. Deja la gorra que la vas a destrozar –le dice Juanfran, que se toma su tiempo para abrir la carta.

– Es que vas muy despacio…

– Es una carta de nuestro Indiana Jones particular y hay que tratarla con mucho cariño, ¿o no? –contesta él.

– ¡Por supuesto! Yo estoy la mar de tranquila –puntualiza Tatiana como una niña buena mordisqueando sus labios.

– Es que la alegría me ha puesto eufórico –dice Alex.

– Pues ya vale nano. Ahora, los dos a callar que voy a leer la dichosa cartita. ¿Vale? –sugiere Juanfran.

– Vale –corea la pareja de colegas al unísono.


Juanfran desdobla el folio, manuscrito con tinta negra y márgenes perfectamente delimitados, y sonríe satisfecho al ver la inconfundible letra de su amigo Daniel.


– Bueno, allá voy. Ejem… –carraspea.

 


Hola amigos:

He cumplido mi palabra. Hace un mes que llegue a Pekín y estoy hasta arriba de trabajo. Pero os echo de menos. ¿Cómo estáis? Las cosas no pueden iros mal porque sois unos marchosos. Yo tampoco puedo quejarme, me tratan bien; teniendo en cuenta las diferencias entre nuestra cultura y la China, puedo sentirme un privilegiado.


Vivo en una casita con una galería ajardinada en la entrada y techumbre de estilo imperial; en un barrio antiguo rehabilitado. Antes de llegar a casa recorro una calle estrecha repleta de viviendas similares. Aunque me traen en coche desde el trabajo, estoy pensando en alquilarme una bicicleta, pero, como tengo chofer particular, sería una tontería y una grosería. Mi auxiliar se llama Chen y es el ojito derecho de mi supervisora: la doctora Lin Yun Puen. Una adjunta del Museo Nacional de Historia de Beijing. Ella y Chen, me ayudan cuando lo necesito. No obstante, por lo general, trabajo solo –ya sabéis que desde que retomé los estudios me he vuelto un animal de biblioteca: taciturno y de pocos amigos—. Vosotros estáis fuera de todo esto, sois muy especiales para mí.


Mi turno laboral comienza a las siete de la mañana y acaba nueve horas después. Por las tardes tengo libre y suelo trabajar en el ordenador. Pero, a veces, me dedico a hacer turismo. He visitado La Ciudad Prohibida, La Plaza de Tian'anmen, La Gran Muralla, Las Tumbas Ming, El Templo del Cielo, Las Ruinas del Antiguo Palacio de Verano, Gulou Museo del Hombre de Pekín en Zhoukoudian (Patrimonio Mundial de la Humanidad) y otros lugares imprescindibles para los extranjeros. Chen me acompaña siempre, así que tengo un guía particular. La ciudad es demasiado grande para que deambule en solitario. En ocasiones me siento como un niño pequeño que no sabe caminar sin su guardián. Es lo mejor que podía sucederme en este océano licuado de olas pretéritas y coetáneas.


No hace falta que le digáis a mi madre que os he escrito, a ella la telefoneo todas las semanas. No os enfadéis, ya os llegará el turno. Si preferís, podéis llamarme vosotros: pedirle el número a mi madre porque tengo un móvil nuevo.

Un beso muy fuerte para todos. Espero que Sarah siga tan guapa como siempre.

 

                   Vuestro Indiana Jones londinense,

                                            Daniel Durán y York

 


– ¡Ya está! –brama Tatiana.

– ¿Y qué más quieres? Me voy a poner celoso –sugiere Juanfran.

– Celoso estás todos los días. Cada vez que nuestro bebé hace que eche todo lo que me he metido en el estómago, no puedes esconder tus dudas.

– Si queréis me marcho –sugiere Alex.

– No. De eso nada –puntualiza Juanfran–. La que se va a marchar es mi dulce Tatiana. Si te parece no estaré mosqueado, llevabas acostándote conmigo desde que eras una chiquilla y justo al poco hacerlo con Daniel te quedas embarazada.

– Forniqué con él porque me lo ordenaste. Yo era su regalo de despedida, eso dijiste… ¿lo recuerdas? Me trataste como a una vulgar mujerzuela.

– Claro que lo recuerdo… y a que mala hora lo hice.


Juanfran y Alex siguen sentados –el segundo con la cabeza gacha y el primero tan sereno y autoritario como siempre. Tatiana camina por la habitación, con los brazos en jarras, mugiendo como una res apresada hasta que se acerca a la mesa y mira a su novio directo a los ojos.


– Cariño, yo sólo te quiero a ti.  De Daniel me encapriché… nada más. Fue una aventurilla, te aseguro que la criatura que llevo dentro es tuya. Sé que, aunque fuera de nuestro querido Daniel, la reconocerías igualmente, pero ése no es el caso. Y para que te quedes tranquilo, cuando nazca le haremos la prueba del ADN.

– Sabes que soy un malas pulgas pacífico.  

– No puedo quejarme. Para mí eres el mejor hombre del mundo –Tatiana ha vuelto a sentarse en sus piernas–. De todas formas, haremos una prueba de paternidad y te quedarás más tranquilo.

– Como quieras amor –Juanfran le da un candoroso beso que termina tan húmedo y sensual como la propia Tatiana.

– Bueno pues ya está todo. Me marcho –jalea Alex algo incómodo.


Juanfran se escabulle, como puede, de los apetecibles tentáculos de su princesa del Vodevil—:


Alex quédate. Cariño ve a la barra que tenemos que hablar de unos asuntos… –le dice a Tatiana.


Ella juguetea con sus morritos y toquetea a su hombre. Juanfran se pone serio—:


– Estate quietecita cielito. No seas traviesa. Largo –espeta con las manos—. Recuerda que dentro de dos semanas te jubilarás para siempre. A Alex le quedan muchos años detrás de la barra.

– De acuerdo… pero, que no tarde demasiado porque, ahora, me canso muchísimo –sugiera Tatiana.

– No te preocupes caramelito –Alex arquea las cejas– en cinco minutos te lo envío, ahora ejerce de jefa un ratito.

– Vale amorcito –dice antes de salir.

– Ufff… sírveme una copa Alex, la necesito –sugiere Juanfran al poco de cerrarse la puerta, mientras se desabrocha varios botones de la camisa.

– Hay que reconocer que Tatiana es la perfecta meretriz; perdona el apelativo, no es peyorativo sino todo lo contrario.

– Ya, ya… Tienes razón. Cuando se pone cariñosa es muy difícil quitártela de encima –insinúa Juanfran con el primer trago–. Nosotros al asunto, que si no volverá y nos fastidia...

– ¿El asunto?

– Pues claro, no te has dado cuenta que esta carta es una carta de mierda.

– Algo raro he notado… pero, no sabría decirte.

– ¡Joder nano! Tienes unos momentos de lucidez que acojonan –mueve la cabeza—. En cambio, otros te quedas en la inopia. Veamos, como te decía, esto es una carta de mierda –repite balanceando el folio como si fuera en un columpio–. Daniel esconde algo. Quiere decirnos algo pero no puede... 

– ¿Seguro?

– Conozco demasiado bien a Daniel, tú también.

– Desde luego.

– Pues ya me dirás… ¿te parece normal que nos envíe una nota tan insulsa? Su letra es inconfundible: es original –Alex sonríe.

– Sin embargo, podrían obligarle a decir esto y no aquello –se rasca la barba.

¿Cómo?

– Pues, yo que sé. Igual lo tienen preso.

– Juanfran, ¿te has fumado un Moby Dick o qué?

– Nada de eso Alex. Es que no me fío de los chinos ni un pelo. Además, al final rubrica: Vuestro Indiana Jones londinense. ¿No te parece extraño?

– ¿Y qué tiene de raro? Así lo llamábamos.

– ¿Cuándo?

– Cuando… Ahora caigo –Alex frunce el ceño—. Lo llamábamos así cuando íbamos muy pasados de vueltas. SI bien, cuando se convirtió en investigador, dejó de gustarle ese apelativo. Si que es raro, sí –Alex se queda pensativo y aprieta la boca.

– ¿Entonces por qué lo nombra?

– A lo mejor ha querido rememorar la juventud.

– Si hombre. A mí me parece que está coaccionado. Quizá lo vigilan y no puede decirnos ciertas cosas…

– Tal vez tengas razón.

– Y hay más. Relee el párrafo final…  ¿a ver qué es lo que encuentras?


Alex toma la hoja y mira la frase de despedida.


– Sarah… ¿por qué?

– Más bien, para qué.

– ¿Y? …

– ¿A santo de qué la menciona si pasó a mejor vida hace años?

– ¡Tienes mucha razón!

– Veamos, ¿qué hora es?

– Las doce y veinte –dice Alex mirando su Citizen de pulsera.

– En Pekín serán poco más de las seis y media de la tarde. ¡Perfecto!

– ¿Qué vas hacer?

– Llamar a Daniel. Ha dicho que por las tardes hace turismo o trabaja con el ordenador… se supone que lo hará desde su casa. ¡Ojalá no esté de tournée!


Juanfran busca su agenda, pero antes de abrirla recuerda el número, con prefijo incluido, que Daniel le dio antes de marcharse. Lo marca maquinal como el sintético de Alíen el octavo pasajero.


– Pero ¿qué haces? Tenemos que pedirle el número a su madre –dice Alex.

– De eso nada. Antes de llamarle al número nuevo lo hago al antiguo que para algo se lo llevó acoplado a llamadas transatlánticas, ¿no crees?

– Y si lo ha perdido…

– Pues no contestará Daniel, y entonces le pediré el número a su madre.

– Tienes razón –insinúa Alex que va justito de mollera. Juanfran coloca su teléfono en manos libres.


Cuando escuchan la voz de Daniel respiran aliviados.


– Mamá te dije que me llamarás al móvil nuevo. Este número tiene demasiadas interferencias y apenas te escucho.

– Daniel que no…

– Mamá te oigo fatal. ¿Cómo? Que has perdido el número. Voy a colgar porque apenas sé lo que dices. Llámame en cinco minutos que bajo a la calle a ver si te entiendo mejor.

– ¿Daniel?

– No oigo nada. Cuelgo. ¡Llámame otra vez! –finaliza a grito pelado.


Ambos colegas se miran con cara de alucinados.


– Ahora no me cabe la menor duda. Daniel tiene problemas –asevera Juanfran para asombro de Alex.

– Lo volvemos a llamar, ¿no?

– Por supuesto, esperaremos unos minutos y lo volveremos a intentar. Voy a decirle a Tatiana que se las arregle sola y que no nos moleste nadie.

– Me parece buena idea…


Diez minutos más tarde, Juanfran y Alex hacen un nuevo intento. Daniel, desde el otro lado del planeta, espera que su teléfono suene. Cuando contesta, pese a estar alegre, se mantiene flemático, ya no le cuesta el más mínimo esfuerzo esconder cualquier tipo de sentimientos, cuarenta y dos días en Beijing lo han transformado en un hombre gélido y distante; al más puro estilo británico.


– Juanfran, ¿con quién estás? –pregunta Daniel bastante distante.

– Estoy en el despacho con Alex. He puesto manos libres.

– Hola Alex.

– Hola Daniel.

Estáis solos, ¿verdad?

– Completamente solos, amigo.

– Mejor. ¿Cómo estáis?

– Nosotros bien, ¿y tú?

– Bueno…

– Imaginamos que estás chungo. Tu carta es un tanto extraña –asevera Juanfran.

– Estás desmotivado –sugiere Alex.

– Bueno, pues acertasteis. No me tratan mal, pero me siento espiado –termina por decir Daniel.

– ¿Por quién y por qué? –insinúa Juanfran.

– Lo desconozco, aunque imagino que me espía el ejército porque trabajo en el archivo secreto de los emperadores chinos: un lugar desconocido hasta para la comunidad científica. ¿Os acordáis que mi investigación era sobre el emperador Qi Shi Huang?

– Sí –contesta Juanfran por los dos.

– Pues la cámara que guarda los hallazgos sobre este personaje, es tan grande como un campo de fútbol.

– ¡Joder! Desde luego trabajo no te faltará. Quizá tengas razón y te investiguen por ese motivo –apunta Alex.

– A veces me siento demasiado presionado. Todo son accesos computarizados y miradas recelosas. Luego está lo del móvil nuevo… que seguro está pinchado. Creo que tengo micrófonos y cámaras ocultas hasta en mi casa. No sé si podré soportarlo.

– ¡Oye! No fumarás opio, ¿verdad? Porque yo sufro de manía persecutoria crónica por la viruta que me metí en el pasado... Y, los tres hicimos lo mismo.

– Alex ¡qué ideas tienes!

– Tranquilos, estoy igual de limpio que cuando me marché y eso que he visitado un local clandestino de opiáceos junto a Chen.

– ¡Chen! Tu asistente, ¿verdad?

– Más o menos. A veces es tan solícito que me crispa los nervios. Eso sí, no sabe mear solo, todo lo que hace es porque la doctora Lin se lo ordena: es su marioneta.

– Y esa tal Lin, ¿cómo es?

– Es Michelle Yeoh.

– ¿Qué estás diciendo?

– Es su hermana gemela. Tiene un físico espléndido: me fascina. Pero cuando abre la boca es más pérfida que Medusa.

– Pues ándate con ojo… que los bellezones con dotes de arpías son las peores.

– Es ella la que no se fía de mí y la que hace y deshace todo. Es tan hermosa que nadie la detiene… y su beldad se ha convertido en tiranía.

– Amigo, mal lo tienes, ¿no te habrás enamorado? –pregunta Juanfran.

– Tranquilos. Me asquea su presencia porque he descubierto su verdadero rostro.

– Pues… sigue así Daniel –le dice Alex.

– Lo procuraré. Quiero deciros algo importante, no puedo hablar mucho porque si me vigilan verán que estoy hablando demasiado tiempo con mi antiguo teléfono. Además, será la última vez que utilicemos este móvil.

– ¿Y cómo sabes que, este, no lo controlan? –dice Juanfran.

Porque lo he llevado encima a todas horas. Si me ducho está a mi lado metido en una fiambrera. Cuando duermo, está bajo la almohada.

– ¿Y cómo nos comunicaremos?

– Os acordáis del señor Xong Go, el acupuntor.

– ¿Como no? Era súper enrollado y su hijo nos tatuaba filigranas maravillosas. Me caía bien. Fue una pena que regresará a su país –concreta Juanfran.

– Pues ahí lo tenéis.

– ¿Cómo? ¿No irás a decirnos que te has topado con él? –dice Alex.

– Con él no. Era muy mayor y falleció hace unos meses. Pero, por casualidad, encontré a su hijo.

¿No me digas? –comenta Juanfran.

– Practica acupuntura en un mercadillo callejero cercano a mi vivienda. Es una lonja ambulante tanto de comestibles, como de artículos decorativos, dispensarios de té y prácticas médicas a la antigua usanza.  

– Es un milagro, Daniel.

– Por supuesto. Un milagro que no voy a desperdiciar. Cuando lo vi lo reconocí al instante, él no se fijó en mí. Volví a la semana siguiente y después de ponerme en sus manos, junto con el yen que le pagué, le entregué un papelito con el motivo de mi estancia en China y mi situación. Él no se inmutó, me hizo las típicas reverencias y siguió a lo suyo. Siete días después volví, hice las compras habituales y lo visité… mientras me clavaba los mágicos aguijones, me dijo que me ayudaría en todo lo que pudiera, que en su país muchas cosas siguen ancladas en el pasado y que el gobierno chino –aunque parezca moderno— sigue aferrado al pasado. En fin, cuando quiera comunicarme con vosotros, lo haré por carta, se la entregaré a Xong Lee Go, y él la enviará con su remite a un pariente que tiene en Londres; mi carta estará dentro de la suya. El hombre está al tanto del asunto… pero es prooccidental y ayudará. Hará de cartero particular, os dará mis cartas y se llevará las vuestras. Una vez en China, Xong me las entregará en su tenderete de acupuntura.

– ¿Estás seguro de que este embrollo funcionará? –intercepta Alex.

– Sí. Su hijo apareció muerto en una callejuela de Shanghái: lo habían torturado. Él dice que fue el gobierno porque el chaval tenía ideas capitalistas que revolucionaban a las gentes. Confío plenamente en él.

Una razón de peso –dice Juanfran.

– Solo utilizaremos de correo a Xong si estoy en apuros. Para cosillas normales, hacemos el tonto y hablamos por el teléfono nuevo, aunque lo escuchen todo.

– Me parece bien –dice Juanfran secundado por Alex.

– Bueno, ya está bien de hablar de mí. ¿Y vosotros? ¿Cómo andáis?

– Aquí todo sigue como antes, Daniel –dice Alex.

– ¿Y Tatiana? ¿Qué tal está?

– ¡Fenomenal! En la barra como siempre. Te envía besos –dice Juanfran. Daniel no tiene la menor idea de su embarazo.

– Devuélveselos de mi parte.

– Así lo haré.

– Bueno mamá –dice Daniel con un tono algo más elevado— debo colgar porque acaba de llegar Chen: vamos a visitar el barrio financiero de Beijing. Ya te contaré.

– ¡Que pesado! –dice Alex.

– Sí, es un chico muy agradable –Chen que está cerca y lo oye, sonríe–. Chen mi madre le agradece todo lo que hace por mí.

– Dele recuerdos de mi parte. Y dígale que le hemos dado un móvil nuevo.


Daniel tapa unos segundos el altavoz del teléfono y le dice a Chen—:


– Mi madre es mayor y está un poco olvidadiza. Pero creo que esta vez le ha quedado claro que debe llamarme al otro número. Gracias por recordármelo Chen –le guiña el ojo y el guardián le deja un poco de intimidad. Entonces, Daniel dice—:

– Mamá, Chen te envía recuerdos.

– Nosotros le enviamos un corte de mangas –rumia Juanfran.

– Le gustará. Mi mamá dice que te regale la bufanda que me tejió.

– Dígale que se lo agradezco –Juanfran y Alex, que lo escuchan de fondo, se destornillan de risa.

– Te da las gracias mami. Apuntaste bien el número nuevo, ¿verdad?

– Sí hijito. Xong Go si es crucial –dramatiza Juanfran afinando la voz–. Para el resto, llamadas al móvil chino.

– Perfecto mami, tomaste bien el número. No llores más que todo marcha sobre ruedas.

– Te estás haciendo más mentiroso que yo –puntualiza Juanfran tapándose la boca para que Chen no escuche sus carcajadas.

– Besos a la tía Brenda –Juanfran le propina un manotazo a Alex para que se despida de Daniel. 

– Hasta pronto Daniel, cuídate.

– Gracias mamá. Yo también te quiero.

– Mi madre siempre se emociona Chen –le dice al instante de colgar.

– Es cosa de mujeres. A todas les sucede lo mismo.

– Cierto. Por lo general, suelen llorar bastante a menudo.

– Casi todas, Durán. A la única que nunca he visto llorar es a la doctora Lin Yu Puen. Es de acero.

– Se le ve muy masculina –corta Daniel volviendo a su rigidez habitual. A Chen le desconcierta su apostilla, pero se calla.




Antes de pasear por el barrio financiero pasan por casa de Daniel y Chen sale con una bufanda de colores anudad al cuello. Después, recorren varios hutong de Pekín hasta subir al vehículo que les transportará al área pekinesa con más actividades florecientes.


Daniel ha decidido recorrer sus formidables calles y visitar un par de centros comerciales, amén de alguna que otra vivienda de lujo, oficinas y sedes corporativas de distintas empresas. Es una de las zonas económicas más importantes del país; le deslumbran sus modernas esculturas y sus resplandecientes rascacielos. Es como vivir en el siglo XVI y de repente verse transportado por una máquina del tiempo al tercer milenio. 

 

Seguirá …

 

@Anna Genovés

Domingo treinta de abril de 2021

Entrega por capítulos solo n el blog



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