Virgen suicida
Se preguntó si él existía o solo
era fruto de su mente enferma, de su deseo… El príncipe de sus cuentos de niña,
su parte masculina y abstracta; aquel separado de su todo por un capricho de
los ancestros.
Parte de músculos y huesos e
interior tierno; esperaba que abrazara su cuerpo, que besara sus labios, que
amara su templo. Besos dulces: miel de Alcarria. Besos pomelo, bilis del
Cierzo. Solo besos y amor desde que la miró y no fue suya sino de otro que pasaba
en ese momento.
Piel oscura y ojos negros. Melena
azabache y adiós eterno. ¿Por qué tuvo que mirarla? ¿Por qué no apartó esa
mirada lasciva de sus caderas y su cabello fiero? Ni tan siquiera era un noble
de hojalata: un sonido del viento, una espada que no se clava, un santuario
muerto.
Mujer perdida y azuzada por el
fuego. Caramelo derretido en papel celofán con lazo ligado a una muerte de
hielo; sin pasión y sin miedo. Crin dorado y piel alba, descansa. Tu hora
llegó: el ogro se marcha.
Derrama golosinas en tu garganta,
vuela del décimo al suelo, acaba en las vías del tren o en medio de una
calzada. Sé otra virgen suicida de Jeffrey Eugenides. Pero recuerda: él no es
príncipe de nada. Y a ti, el Nirvana te queda lejos.
Ya sabes que te mira de reojo con
la guadaña al viento y la capa oscura: noche cerrada; sima de montaña; agujero
negro. Solo perdona una vez: la suerte está echada desde el principio de los
tiempos.
Adiós, muñeca de trapo, quimera
fugaz, ángel del cielo. Cierra los ojos y olvida tu credo.
Escrito por Anna Genovés
Escrita en 2010 y revisada el veinticinco de abril 2026
*Lo bueno de escribir, es recordar aquello que sentiste alguna vez y que habías olvidado.
