Virgen suicida

/ 21:21:00


Virgen suicida

Se preguntó si él existía o solo era fruto de su mente enferma, de su deseo… El príncipe de sus cuentos de niña, su parte masculina y abstracta; aquel separado de su todo por un capricho de los ancestros.

Parte de músculos y huesos e interior tierno; esperaba que abrazara su cuerpo, que besara sus labios, que amara su templo. Besos dulces: miel de Alcarria. Besos pomelo, bilis del Cierzo. Solo besos y amor desde que la miró y no fue suya sino de otro que pasaba en ese momento.

Piel oscura y ojos negros. Melena azabache y adiós eterno. ¿Por qué tuvo que mirarla? ¿Por qué no apartó esa mirada lasciva de sus caderas y su cabello fiero? Ni tan siquiera era un noble de hojalata: un sonido del viento, una espada que no se clava, un santuario muerto.

Mujer perdida y azuzada por el fuego. Caramelo derretido en papel celofán con lazo ligado a una muerte de hielo; sin pasión y sin miedo. Crin dorado y piel alba, descansa. Tu hora llegó: el ogro se marcha.

Derrama golosinas en tu garganta, vuela del décimo al suelo, acaba en las vías del tren o en medio de una calzada. Sé otra virgen suicida de Jeffrey Eugenides. Pero recuerda: él no es príncipe de nada. Y a ti, el Nirvana te queda lejos.

Ya sabes que te mira de reojo con la guadaña al viento y la capa oscura: noche cerrada; sima de montaña; agujero negro. Solo perdona una vez: la suerte está echada desde el principio de los tiempos.

Adiós, muñeca de trapo, quimera fugaz, ángel del cielo. Cierra los ojos y olvida tu credo.



©Anna Genovés
12/05/2018
Imágenes tomadas de la red. Mis agradecimientos al fotógrafo Vadim Stein

The Mission Wasteland full subtitulado español



Virgen suicida

Se preguntó si él existía o solo era fruto de su mente enferma, de su deseo… El príncipe de sus cuentos de niña, su parte masculina y abstracta; aquel separado de su todo por un capricho de los ancestros.

Parte de músculos y huesos e interior tierno; esperaba que abrazara su cuerpo, que besara sus labios, que amara su templo. Besos dulces: miel de Alcarria. Besos pomelo, bilis del Cierzo. Solo besos y amor desde que la miró y no fue suya sino de otro que pasaba en ese momento.

Piel oscura y ojos negros. Melena azabache y adiós eterno. ¿Por qué tuvo que mirarla? ¿Por qué no apartó esa mirada lasciva de sus caderas y su cabello fiero? Ni tan siquiera era un noble de hojalata: un sonido del viento, una espada que no se clava, un santuario muerto.

Mujer perdida y azuzada por el fuego. Caramelo derretido en papel celofán con lazo ligado a una muerte de hielo; sin pasión y sin miedo. Crin dorado y piel alba, descansa. Tu hora llegó: el ogro se marcha.

Derrama golosinas en tu garganta, vuela del décimo al suelo, acaba en las vías del tren o en medio de una calzada. Sé otra virgen suicida de Jeffrey Eugenides. Pero recuerda: él no es príncipe de nada. Y a ti, el Nirvana te queda lejos.

Ya sabes que te mira de reojo con la guadaña al viento y la capa oscura: noche cerrada; sima de montaña; agujero negro. Solo perdona una vez: la suerte está echada desde el principio de los tiempos.

Adiós, muñeca de trapo, quimera fugaz, ángel del cielo. Cierra los ojos y olvida tu credo.



©Anna Genovés
12/05/2018
Imágenes tomadas de la red. Mis agradecimientos al fotógrafo Vadim Stein

The Mission Wasteland full subtitulado español

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Estaba buscando frases célebres y encontré este aforismo...

De repente, me salió un microrrelato que le va como anillo al dedo. El proverbio dice lo siguiente: "Cuando la curiosidad se torna chismorreo se convierte en un vicio deplorable que ensucia a la persona".

Lobos y corderos


Mi amigo Jose me ha comentado que tiene a una ejecutiva tras sus pantalones… No, no peséis mal. Quiero decir en el aspecto sexual que, a simple vista, puede parecer. Nada de eso. La cosa es que su jefa de gabinete es de esas personas absorbentes que se creen las reinas del mambo.

Quiere saber todo cuanto hace el pobre chaval, hasta le controla lo que pone en las redes… Pero, no conforme con eso, se desdice constantemente con tal de salvar su trasero siliconado de ‘flaca’ haitiana con piel nívea como la leche. O por el mero hecho de dejarle como una piltrafa. Amén de carecer de cualquier resquicio de humor: nunca, nunca sonríe. Y, los motes, aunque sean graciosos y consentidos, ¡válgame Dios! ¡Qué horror!



En fin, por lo que me cuenta Jose, es un asco trabajar con ella. Y, encima, aburrido.

Le he dicho a mi colega que le están haciendo ‘mobbing laboral’ porque, encima, le pagan como si fuera un becario aunque pase de la cuarentena y tenga un C.V. bastante nutrido. El caso es que, cuando le comenté mi parecer, me dejó boquiabierta:

–Anna si dejo este curro… ¿quién me va a contratar? A mis años y con una esposa enferma. Sí, ya sé que mi churri percibe una pensioncita de mierda –sugiere agradecido y con cara de: “Por favor virgencita que nos dure de por vida o acabamos bajo el puente”—. Pero es eso, ‘pensioncita’ con la que no vivimos, solo sobrevivimos. Y, este currillo es una ayuda. Pequeña, pero ayuda. Por lo menos podemos tomarnos algún refrigerio y, mi chica, puede comprarse ropita de ZaraChina; que la pobre llevaba los mismos trapitos desde que la operaron de la espalda hace diez años –termina por contarme con semblante tristón.

–Ayyy…!!! Jose. Solo te queda un CDD –le contesto.

 –¿Un qué…??? –me pregunta alucinado porque no entiende lo que le he dicho.

–Fácil: o consientes o denuncias o dimites. Tú mismo –finiquito subiendo los hombros.

Poco después, abandonamos la cafetería y nos decimos adiós.



Sigo cabizbaja, con paso calmo, caminando a ritmo de R&B por las calles de mi city con un solo pensamiento: ¿Cuántas personas estarán en una situación similar, bajo una guillotina llamada ordenador? ¡Qué manera de aprovecharse de los más débiles! Corderos vestidos de lobos y lobos disfrazados de corderos. Humanidad deshumanizada.

Una de tantas vocecillas que pululan por mi masa encefálica, me suelta a bote pronto: “Genovés ya está bien de ser un paño de lágrimas que pareces Teresa de Calcuta. ¿Y, a ti, quién te ayuda?”. Me valgo por mí misma con miserias y compañía…, parloteo en solitario mientras acelero el paso y alzo el pecho como los ‘lejía’ en un desfile militar con cabra incorporada: yo misma.

©Anna Genovés
24/04/2018

Pequeñas grandes mentiras (Big Little Lies) – Michael Kiwanuka

Lobos y corderos

by on 20:55:00
Estaba buscando frases célebres y encontré este aforismo... De repente, me salió un microrrelato que le va como anillo al ded...



Las 12 últimas lecturas

En años anteriores, subía una entrada con los libros que había leído y una reseña del que más me había impactado. Pero, en 2017, por motivos laborales, me fue imposible hacerla. De hecho, estoy tan apartada de la escritura, que me tortura pensarlo; es como si me hubiera sobrevenido un divorcio inesperado y doloroso.

Las entrañas gimen, las ideas fluyen, la novela terminada, a la espera de ser revisada, me grita constantemente: “Por favor, no me abandones”. Sin embargo, los días tienen veinticuatro horas, y, en esta época tardía de la vida, ahora que los impulsos comienzan a frustrarse y que deseaba entregarme en cuerpo y alma a esa pasión intrínseca en mi persona: la escritura. Un cortafuego ha paralizado cualquier pensamiento novelesco de mi hechura.

A veces, me despierto por la noche empapada en un sudor frío que congela la piel que me recubre y los huesos que me sujetan. La imposibilidad de plasmar en los folios níveos la imaginación que comprime mi cerebelo y aprisiona mi ensueño: es insoportable.

Sin embargo, todo llegará. Como dijo Jean Jacques Rousseau: “La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces”.

A lo que iba… El listado de los últimos libros que he leído y el resumen de uno de ellos. Un compendio de lecturas dispares, tanto en temática como género. Todas las obras han sido de mi agrado, y, por uno u otro motivo, me han hecho reflexionar. Voy a reseñar Gomorra, de Roberto Saviano, por causas que desvelaré más adelante... Justo, en el sumario del mismo.

Las 12 últimas lecturas



1.                  Soy leyenda, de Richard Matheson. Si sois adictos a la Ciencia ficción, y aún no lo habéis leído… ¡Ya tardáis! Mientras lo examinaba, rememoraba las imágenes de su adaptación a la pantalla grande: El último hombre vivo. Un Charlton Heston encarnando al solitario e insensible Robert Neville invadía mi memoria. Muy recomendable.

2.                  Red Riding Quartet, de David Peace. Brutal. Una crónica periodística en la que se incluyen los asesinatos del Destripador de Yorkshire. Pese a tener una base real, personajes y trama son ficticios. El autor recorre el submundo de la corrupción policial, el crimen organizado y diversos asesinatos envueltos en la pedofilia de forma magistral. Muy recomendable.



3.                  Hannibal: el origen del mal, de Thomas Harris. Si todavía no conoces el horror de manera poética, no olvides degustar sus páginas. El escritor tiene una pluma ágil y majestuosa, de adjetivación y preciosismo, insuperable. Te atrapa desde la primera página. Dudo que la monstruosidad pueda describirse con mayor delicadeza. Caerás rendido a sus pies como un esclavo ante el látigo de su dueño. Obra maestra.

4.                  Llamada para el muerto, de John le Carré. Como todas las del autor, entretiene sin tener que pensar demasiado. Es la primera aparición de uno de sus personajes emblemáticos: George Smiley –agente del MI6—. De estilográfica dinámica y toques de ese humor tan British, te hará pasar un buen rato de principio a fin. Recomendable.

5.                  Llenos de vida, de John Fante. ¡Ufff…! Nada que ver con las anteriores, pero… ¡qué bien escribía! Una pequeña autobiografía en la que recrea la agradable/horrenda vida que llevaba en la década de los 50 como parte de la clase media americana de la época. Te trasmite esa gran mentira del sueño americano que, generación tras generación, te han hecho creer. Recomendable.



6.                  Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides. Magistral. Un auténtico drama que te subyuga desde la primera línea. Maravillosamente llevada al cine por Sofía Coppola, narra la trágica vida de una familia de clase media americana compuesta por un quinteto de adolescentes y unos padres anticuados e intransigentes que llevan a sus cinco hijas –preciosas hadas de nacarada piel y ojos dulzones—, a consumar una serie de teatrales suicidios. Actual, y, desde mi punto de vista, de lectura obligada para los padres. Obra maestra.

7.                  Crímenes bestiales, de Patricia Highsmith. De plumaje impecable, la autora manifiesta su malestar ante la injusticia y las relaciones humanas. La fórmula que emplea Highsmith es muy original: los animales de compañía se rebelan contra sus amos, evidenciando el paralelismo entre las clases sometidas y los opresores. Un tema social que no ha llegado a sorprenderme como esperaba. Lejos de El talento de Mr. Ripley u otras novelas de la autora. No he conectado con el libro.

8.                  Los reyes del cool, de Don Wilson. Muy Tarantino. Un jugoso batido entre los film Pulp fiction y Kalifornia. El ascenso al imperio del narcotráfico de tres amigos: un pacifista, un marine y O, la amante de ambos. Contemporánea y trepidante, te muestra cómo el simple cultivo de maría, puede llevarte a la cima del poder. También habla de la piña que te pegas cuando la cumbre se derrumba bajo tus pies. Muy recomendable.

9.                  Cuentos paralelos –versión original y completa—, de Isaac Asimov. Si algo me ha enseñado esta novela, además de pasármelo pipa leyéndola, es que los errores ortotipográficos no deben menospreciar nuestro trabajo. Porque, tal como él indica, a modo de: “Errar es de humanos y si una obra vale, vale con errores y sin ellos”. Este libro tiene tantos fallos como genialidades. Asimov era engreído y no se cortaba en decirlo, del mismo modo, su ingenio queda patente en cada una de sus palabras. Muy recomendable.

10.               La dama del lago, de Raymond Chandler. Una de tantas novelas entretenidas y bien escritas, del fantástico genio del noir a la antigua. De por medio, su mítico detective: el entrañable Philip Marlowe. Un caso de desaparición que encierra a femmes fatales y crímenes insospechados que se agradecen desde el inicio. Entretiene, te hace sonreír y te gusta. Recomendable.



11.               Morfina, de Mijal Bulgakov. Un relato tan imprescindible como sui generis que te trasporta al mundo de los efectos secundarios de los morfinómanos, de tal manera que, en algún momento de la lectura, deseas introducirte un chute malévolo de amapola para experimentar en tus carnes las tan apetitosas como mortíferas alucinaciones. Adictiva. Muy recomendable.



12.               Gomorra, de Roberto Saviano. El estilo punzante, real y, en ocasiones, hasta poético, convierten la novela en la joya de la corona, aunque para ello debas pasearte por el fango más escabroso de la sociedad. Saviano juega con sus emociones de amor/odio hacia la tierra e incluso los amigos que lo vieron crecer; los sentimientos son como una marca de agua en todas las páginas. A veces, la lectura es tan densa que llega a asfixiarte. Las palabras cobran vida y te envuelven en su mortífera túnica.

Gomorra no es una crónica periodística o un simple ensayo de la Camorra napolitana y cartesiana; dueña y señora de uno de los barrios más peligrosos de Europa llamado Secondigliano. Es la Biblia con versos ensangrentados de todos y cada uno de sus miembros, familiares, conocidos, amigos de los conocidos, conocidos de los conocidos… los habitantes de Nápoles y alrededores llevan una cruz que los marca y los encadena al Sistema hasta que la Muerte los lleva por delante; sea bajo un árbol cuyas raíces tapizadas de cadáveres afloran, o troceado por irse de la lengua...

Reconozco que antes de leerla era fan de la serie y el film homónimos, de idéntico nombre. Esperaba que la novela fuera un fiel retrato de una de ellas. O, quizá, un cóctel entre ambas: nada más lejos de la realidad. Me di cuenta de inmediato.

El manuscrito, que empieza y termina con el comercio; por un lado, la mercancía fresca: relojes, ordenadores, ropa de alta costura de los mejores modistos italianos… y un largo etcétera, previo almacenaje en lujosos palacetes reconvertidos en naves industriales e introducidos en contenedores que se mueven por el globo terráqueo como pacíficos arcángeles. Y por el otro, con el comercio muerto: auténticas Parcas que degüellan a quienes se ponen delante; me refiero a los residuos tóxicos y químicos que siembran el subsuelo de gran parte de nuestro querido y podrido planeta azul. Cosas de la globalización: los boss de la Camorra compran y venden de todo, inclusive tierras en el culo del mundo para enterrar la putrefacción de sus negocios.

El autor detalla tan esmeradamente cada suceso que, el lector, puede convulsar tras la lectura: no hay calificativo que explique cómo me sentía mientras leía; las mayores atrocidades del humano, tomaban forma. No era ficción, sino, por el contrario, la cruda realidad. Sin embargo, este efecto puede ser contraproducente. Al tener unas descripciones tan generosas y precisas, hay páginas prescindibles y otras cuya grandilocuencia, además de sorprenderte, te sacuden con una fuerza superior a los devastadores tsunamis que zarandean constantemente Indonesia.


…“El proyecto de almacenar los fardos en los pisos había sido ideado por algunos comerciantes chinos a raíz de que la autoridad portuaria de Nápoles presentara una delegación del Congreso estadounidense el plan sobre la seguridad. Este último prevé dividir el puerto en cuatro zonas —para cruceros, para cabotaje, para mercancías y para contenedores— y determinar los riesgos en cada una de ellas. Tras la publicación de este plan de seguridad, para evitar que se pudiese obligar la policía a intervenir, que los periódicos escribieran demasiado tiempo sobre la cuestión e incluso que algunas cámaras de televisión se colaran en busca de alguna escena jugosa, muchos empresarios chinos decidieron que había que cubrirlo todo de un mayor silencio. Debido, asimismo, a un incremento de los costes, había que hacer todavía más imperceptible la presencia de las mercancías. Hacerlas desaparecer en las naves alquiladas en rincones perdidos de la provincia, entre vertederos y campos de tabaco, presentaba el inconveniente de no eliminar el transporte por carretera. Por consiguiente, todos los días entraban al puerto y salían de él no más de diez furgonetas, cargadas de fardos hasta los topes. Solo tenían que recorrer unos metros para llegar a los garajes de los edificios situados frente al puerto. Entrar y salir, bastaba con eso.

Movimientos inexistentes, imperceptibles, perdidos en las maniobras cotidianas del tráfico rodado. Pisos alquilados. Con los tabiques derribados. Garajes que se comunicaban unos con otros, sótanos abarrotados hasta el techo de mercancías. Ningún propietario se atrevía a quejarse. Xian les había pagado todo: alquiler e indemnización por los derribos ilegales. Miles de fardos subían en un ascensor reconvertido en un montacargas. Una jaula de acero metida dentro de los edificios, que hacía deslizarse por sus raíles una plataforma que subía y bajaba continuamente. El trabajo se concentraba en unas horas. La elección de los fardos no era casual. Me tocó descargar a primeros de julio. Un trabajo que cunde, pero que no puedes hacer si no estás entrenado. Hacía un calor tremendamente húmedo. Nadie se atrevía a pedir un aparato de aire acondicionado. Nadie. Y no por miedo a represalias o por una cuestión cultural de obediencia y sumisión. Las personas que descargaban procedían de todos los rincones del mundo. De Ghana, de Costa de Marfil, de China, de Albania... y también de Nápoles, Calabria o Lucania. Nadie pedía nada; todos constataban que las mercancías no pasan calor y eso constituía una razón suficiente para no gastar dinero en acondicionadores.”…

Es pues, un libro hipnótico y minuciosamente argumentado, en el que el autor ha conjugado la expansión de la Camorra de los clanes napolitanos y cartesianos o El Sistema, nombre que actualmente reemplaza al clásico Crimen Organizado, con su política económico-financiera.

Me atrevo a decir que es irrepetible. ¿Quién mejor que Saviano, criado y partícipe de la misma en sus años mozos, podría describir tan escrupulosamente los horrores del Sistema? Nadie. En cierta medida es una obra autobiográfica escrita en primera persona, en la que, el autor, nos descubre los vericuetos y las atrocidades que estrangulan a los habitantes de la zona. ¡Que digo de la zona! Del mundo. Después de leer este documento, te sientes como una oruga que puede ser aplastada en cualquier momento por un puñado de mocosos de gatillo fácil y Kaláshnikov al hombro.

Saviano no habla de lo que todos sabemos a cerca de la Mafia: tráfico de drogas, prostitución, armas... Nos muestra con bravura un sistema perfectamente encajado, cuyos engranajes tienen aduanas y derechos de pernada, amén de un reguero de sanguinolentos cadáveres. El aceite que suaviza la monstruosa máquina es la sangre de los innumerables reventados que se cobra, por balas o cuchillos, por picadoras o toneladas de cal viva. Nadie está libre de pecado y se comercia con TODO. Sí. TODO en mayúsculas: industria textil, calzado, cadenas hoteleras y/o de alimentación, peluquerías, salones de belleza, restaurantes, electrónica, construcción, desperdicios, basura, órganos, personas. Hasta el quiosco del inválido de turno, tiene un hueco en los tentáculos del Sistema.

…”El riesgo de perder dinero no era comparable al beneficio obtenido, sobre todo si se comparaba con los intereses que habrían recibido si hubieran depositado el dinero en el banco. Los únicos inconvenientes eran de tipo organizativo:  menud hacían guardar los panes de coca a los pequeños inversores a fin de que no estuvieran almacenados siempre en el mismo sitio y de que resultara prácticamente imposible confiscarlos. Los clanes camorristas habían logrado ampliar así la circulación de capitales para invertir, implicando también a una pequeña burguesía alejada de los mecanismos delictivos, pero harta de confiar sus propios fondos a los bancos. Habían transformado, asimismo, la distribución al por menor. Los Nuvoletta-Polverino convirtieron las peluquerías y los centros de bronceado en los nuevos minoristas de la coca. Los beneficios del narcotráfico eran reinvertidos después, a través de algunos testaferros, en la adquisición de pisos, hoteles, participaciones en sociedades de servicios, colegios privados e incluso galerías de arte.”…




Al inicio de la reseña, me he referido a la novela como diferente a su film homónimo, y a su serie pareja. Desde mi humilde opinión, Saviano nos la ha jugado a todos. No escribió la obra y, casualidades de la vida, después le han comprado los derechos para la pantalla grande o la caja tonta, sino que la misma fue concebida para tales menesteres. De ahí su interminable crónica de datos y fechas como la eterna lista de los reyes aqueménidas. Y... ¿cómo no? La aparición de ese personaje ficticio, e hilo conductor del serial, llamado Ciro Di Marzio; alter ego del autor. A quien bautiza con el sobrenombre de L'immortale sabiendo que su obra pasaría a la posteridad como el Nuevo o Viejo Testamento. ¿Por qué? Porque el Sistema nunca morirá. O quizá porque del mismo modo que los Evangelios y su tocaya bíblica, tan distante en el tiempo y tan cercana en pecaminosidad, la Gomorra de Saviano puede pasar de mano en mano y convertirse en una obra infinita.

…”Al convertirse en un auténtico toxicómano el dinero nunca le llegaba, de modo que su camello le aconsejó que probara a vender en Mondragone, una ciudad sin mercado de droga. Aceptó, y empezó a vender delante del bar Domizia, hallando una clientela capaz de hacerle ganar en diez horas de trabajo lo que ganaba en seis meses como porquero. Bastó con una llamada telefónica del propietario del bar, hecha como se hace siempre por estos pagos, para que cesara la actividad. Se llama a un amigo, que llama a su primo, que se lo explica a su compadre, que le da la noticia a quien tiene que dársela. Un pasaje del que solo se conocen el punto inicial y final. A los pocos días, los hombres de los La Torre, los autoproclamados GAD, fueron   directamente a su casa. Para evitar que se escapara entre los cerdos y las búfalas, y obligarles, de ese modo, a perseguirle a través del fango y de la mierda, llamaron al timbre de su cuchitril haciéndose pasar por policías. Lo metieron en un coche y se pusieron en marcha. Pero el coche no tomó la dirección de la comisaría. En cuanto Hassa Fajry comprendió que le iban a matar tuvo una extraña reacción alérgica. Como si el miedo hubiera desencadenado un shock anafiláctico, su cuerpo empezó a hincharse; parecía que alguien le estuviera insuflando aire violentamente. El mismo Augusto La Torre, al relatar lo sucedido a los jueces, se mostraría aterrado ante aquella metamorfosis: los ojos del egipcio se hicieron minúsculos, como si el cráneo los estuviera aspirando, por sus poros emanaba un sudor denso, como de miel, y por la boca le salía una baba que parecía requesón. Lo mataron entre ocho, pero solo fueron siete los que dispararon. Un arrepentido, Mario Sperlongano, declararía posteriormente: ―Me parecía algo por completo inútil y estúpido disparar a un cuerpo sin vida. Sin embargo, siempre era así.

Augusto estaba como ebrio de su nombre, del símbolo de su nombre. Detrás de él, detrás de cada una de sus acciones, tenían que estar todos sus legionarios, los legionarios de la Camorra. Homicidios que podían haberse resuelto con muy pocos ejecutores ---uno, o, como máximo, dos— eran realizados, en cambio, por todos sus hombres de confianza.”…

Cuando acabé Gomorra estaba exhausta. Siempre he querido triunfar escribiendo y llevarme unos buenos cuartos por ello, y si digo lo contrario o me callo, miento. Pero no me gustaría estar en la piel de Saviano. Nunca cambiaría libertad por dinero.

Amarás u odiarás Gomorra, pero jamás la olvidarás. De lectura imprescindible para quienes tengan agallas.

@Anna Genovés
22/02/2018


NTO' feat. Lucariello - Nuje Vulimme 'na Speranza (Gomorra La Serie / Gomorrah soundtrack)







Me dijeron

Me dijeron que la vida era rosa, eso me dijeron.

Que la luna brillaba en el cielo, eso me dijeron.

Que sol calentaba, eso me dijeron.

Que la lluvia era agua, eso me dijeron.

Pero, no. Se equivocaban.

Es un sueño dentro de una botella plana. La vida es un caracol que se arrastra. A su paso deja baba, y sigue su camino…, sin prisa ni pausa. Sin habla.

La montaña se evapora y solidifica el agua. Un pañuelo con una gota de sangre. Una manzana gacha. Un árbol que crece hacia abajo. Y, entre las ramas, las piernas de los ahorcados, bailan.



El tiempo ha pasado, los ojos están huecos. No hay almas. El cinturón queda en el aire, denso, hecho jirones; y los jirones matan.

No me olvides. No me ames. No sigas a mi lado porque nunca ganas. Estoy en un precipicio del que nadie se salva. Estoy en la noche blanca. Mi cuerpo llora sangre. Mis venas son de hojalata.

Me dijeron que la vida era rosa, eso me dijeron.

Que la luna brillaba en el cielo, eso me dijeron.

Que sol calentaba, eso me dijeron.

Que la lluvia era agua, eso me dijeron.

Pero, no. Se equivocaban.




@Anna Genovés

15/01/2018

Bauhaus She´s in Parties Subtitulada español


Me dijeron

by on 22:22:00
Me dijeron Me dijeron que la vida era rosa, eso me dijeron. Que la luna brillaba en el cielo, eso me dijeron....






Vuelve por Navidad

Jorge estaba terminando de poner la mesa con un mantel cobrizo repleto de paquetes de regalo y guirnaldas de muérdago. El belén observaba desde el aparador, el árbol de Navidad junto a la puerta y la cubertería de plata al lado de los platos de porcelana fina. El pavo seguía en el horno y los ibéricos sobre el Silestone. La casa olía a Navidad.

El hombre esperaba a su esposa y su hijita. Desde el traslado empresarial de su partenaire a otra ciudad, el pobre estaba de un Rodríguez perpetuo. Pero era imposible que vivieran juntos porque alguien debía cuidar del hermoso adosado que habían comprado cuando la bonanza económica les permitía todo tipo de caprichos. Además, él tenía un  tallercito de mecánica que no deseaba cerrar.

Se dio un buen baño. Se afeitó –rasurando hasta los pelillos, que todavía no habían salido— con una navaja snowboard. Se perfumó con unas gotas de Bvlgari Extreme pour homme; el único capricho que se permitía para que su Carmen olfatease esa fragancia que tanto le gustaba. Y se puso su mejor traje –un diplomático sobrio con unas finísimas rayas en tono cáscara de huevo— de Easy Wear. En el espejo vislumbró a un hombre pletórico y radiante a la espera de recoger el premio gordo.

Cuando escuchó el timbre de la entrada, brincó como un chiquillo y se apresuró a abrir la puerta. Antes, se miró por última vez asegurando su aspecto:





–¡Olé Jorge! Estás como todos los años: hecho un chaval guapo y fuerte –se dijo a sí mismo con una sonrisa de oreja a oreja.

Fue hacia el portón, precipitado. No obstante, a dos pasos del umbral, aminoró la marcha para no parecer excesivamente efusivo. Su chica era muy seria.

Al abrir la hoja de castaño blindado, le brillaron los ojos. Ahí estaban sus mujeres. Su amada esposa y su perlita. Carmen con un chaquetón de corte diplomático en negro y un echarpe salmón. Carmencita llevaba un abriguito rojo de lo más lindo, como de costumbre.

–¡Hola papito querido! –la criatura se le echó al cuello.

–¡Hola lindura! Siempre tan cariñosa –contestó un emocionado Jorge.

La esposa ladeo la cabeza y besó su mejilla.

–Hola Jorge. Siempre impecable, como a mí me gusta. Es un placer volver a casa. Está como la recordaba –dijo con un halo difuso.

Se sentaron a cenar entre sonrisas y cariños. Las tres personas más felices de la tierra. En mitad de la comilona, la niña sacó la mano antes de tiempo y recibió un cucharazo en el dorso de la palma; se puso a llorar a moco tendido.





–Mujer, no seas tan estricta con nuestra preciosa Carmencita –refunfuñó Jorge.

Carmen lo miró con cara de pocos amigos. Jorge supo que esas palabras estaban de más. Calló.

–Lo hago por ella. No quiero que crezca malcriada. Ya sabemos lo que pasa después... Y por favor, no me contradigas delante de la niña –sentenció  su cónyuge.

–Como quieras, mujer. No te enfades –terminó por decir Jorge con el rostro fruncido.

Por dentro le hervía la sangre. Todas las navidades sucedía lo mismo, empezaban de buen rollo y, a mitad de la cena, se enzarzaban en una disputa que acababa con una mortífera pelea; tirándose los platos, literalmente, a la cabeza. La niñita agazapada en un rincón. Mirando cómo su papi y su mami discutían bastante acalorados hasta llegar a las manos.

Carmen le pegó varias patadas a Jorge. Y éste la abofeteó. Acto seguido, ella se marchó a la habitación y cerró la puerta de golpe. Jorge cogió a Carmencita y la llevó hasta su dormitorio tiernamente. La niña se durmió arropada por un edredón con dibujos de Disney; su rostro de angelito dibujaba una sonrisa. Inmediato, Jorge fue al garaje. Manipuló el automóvil de su esposa y durmió en el sofá.


A la mañana siguiente, más temprano que de costumbre, Carmen salió picando biela. La niña con ella. Algo que Jorge no había previsto.

La carretera bordeaba una montaña lindante con el embravecido Cantábrico. En una curva, el Renault se salió de la calzada y ruló por el acantilado. Carmen intentó abrir la puerta. Sin embargo, tenía diversas heridas abiertas que le impedían moverse; sus piernas estaban aplastadas. A su lado, la niña empotrada en la luna delantera: el cuerpecito inerte, triturado.

–¡Nooo…! –chilló con todas sus fuerzas.

Una explosión feroz convirtió el vehículo en una bola de fuego.
La estricta madre, en un flashback momentáneo antes de cerrar los ojos por última vez, atravesó un túnel de luz fulgurante y blanquecina; se vio horas antes, peleando con Jorge. Sonrió, habían olvidado cerrar las cortinas de los ventanales. Al lado, vivían dos solteronas –bastante chismosas— que no perdieron detalle de la disputa en un tête à tête muy sui géneris…

–Lo ves, el idiota de Jorge está hablando consigo mismo como si estuviera acompañado –le dice la una a la otra.

–No es idiota, hermanita. ¡Está como un cencerro!

–Mira, mira. Ya se levanta. Y se pone hecho un basilisco maldiciendo a la pared.

–Ahora coge un cuchillo jamonero y amenaza al árbol de Navidad como si fuera una persona.

–¡Fíjate! Gira hacia la mesa y pasa la mano por el respaldo de una silla, como si estuviera acariciando a una niña.

–Todas las Nochebuenas hace lo mismo…

–¡Míralo…! Ya se pone el abrigo y la bufanda de cuadros. Agita la mano como si se despidiera de alguien…

–Y así seguirá hasta llegar al cementerio.

–Volverá en una hora, para variar. Después, recobrará su ostracismo y acumulará todos los desperdicios hasta las próximas fiestas.

–Nuestro vecino es un Diógenes muy especial. Una semana antes de Navidad limpia toda la casa y se acicala a la espera…

–Sí. Espera a su esposa y a su hijita, como si el tiempo no hubiera pasado.

–¡Ya te digo! Hace tres décadas que sus Cármenes se marcharon en ese Clio azul que se despeñó por la carretera.

–¡Pobrecillo! La verdad es que me da un poquito de pena.

–A estas alturas, ¡me la pela! Nunca me cayeron bien: ni él ni ellas.

–¡Dios mío, qué viejas somos! Nos hemos convertido en unas urracas que espían a todo el vecindario. Jijijiii…

–Je, je (más risas).




Esa fue la última Navidad de las chismosas oficiales del vecindario. Había nevado más que de costumbre; salieron tras Jorge para cebarse de su esquizofrenia fantasmal, y dos estalactitas del tejado se incrustaron en sus cabezas. El sepelio sería de lo más sencillo; nadie las echaría de menos. Una corona sin nombre, acompañaría los ataúdes. La dedicatoria luctuosa, rezaría: “No es bueno reírse de lo ajeno”. A Jorge no le importó en absoluto toparse con dos nuevos espectros; siguió su camino hasta el cementerio. Sus Cármenes, iban delante.

En la puerta del Campo Santo la hijita preguntó:

–¿Papito, te vienes con nosotras?

Carmen le dio un sopapo en el cogote:

–Te he dicho una y mil veces, que tu papi no te quiere. De lo contrario, ¿cómo iba a dejar que se ensuciara tu vestido nuevo?

El rostro de la hermosa mujer, en carne viva, sonreía macabro. Jorge se despidió de Carmencita…

–Mi querida pequeñina, yo no sabía que tú irías con mamá.

–Si de verdad me quisieras, me acompañarías –susurró Carmencita, afligida, moviendo la cabeza; los tirabuzones rociados de sangre salpicaron el abrigo de Jorge.

La Parca lo miró cizallando los copos de nieve; las órbitas oculares vacías. La túnica azabache deslizándose entre los panteones.

–Todavía no, cielito. Todavía no. Quizás el año próximo… Pero recuerda: Vuelve por Navidad.

El rostro hueco de la pequeña, sonrió. Su cuerpo calcinado se descompuso y cruzó el umbral con barrotes de forja. Jorge las vio desaparecer entre nichos marmóreos y cruces sacras. Regresó a casa renqueando. Al observar su reflejo, lloró de amargura: no conocía al anciano marchito que veía en el espejo.



©Anna Genovés
12/12/2017
Todos los derechos reservados a su autora


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Vuelve por Navidad

by on 19:19:00
Vuelve por Navidad Jorge estaba terminando de poner la mesa con un mantel cobrizo repleto de paquetes de regalo y guirn...




Tocamientos intelectuales


Ha llegado a mis manos un artículo publicado hace tiempo, puede que vosotros lo hayáis leído de antemano, que me ha dejado traspuesta después de examinarlo de ‘pe a pa’ e investigar sobre el asunto…

En Google podéis encontrarlo con diferente rotulación y pareceres –según el periodista o la revista que le haya dado forma.

Un desagradable episodio sobre Pablo Neruda en el que se afirma que violó a una joven nativa para más tarde revelarlo en sus memorias: Confieso que he vivido. Y que muchas personas, tergiversando las palabras, conocen como Confieso que he violado.


No se debe pasar por alto, ni de él ni de nadie, cuando existe violencia machista de por medio. Si bien, tampoco debemos juzgar el pasado con los ojos del presente. Por este motivo, os invito a leer estos dos artículos de entre todos los que he ojeado. El primero escrito por una feminista. El segundo por Luna Miguel; una periodista bastante objetiva.

Desde mi humilde punto de vista, lo terrible es que actualmente sigan sucediendo asuntos parejos. Nadie, por mucho poder que tenga o muy estrellita que sea, tiene derecho de pernada cuando la mujer se niegue a tener sexo.

En la revista Play Ground,  Luna Miguel muestra una crónica objetiva y con conocimiento de causa. Recomiendo su lectura: ¿Por qué sí es importante hablar de la violación de Pablo Neruda?


En el lado opuesto, la revista CLTRACLCTVA, con un producto titulado: El día que Pablo Neruda violó a una joven. Noticia escrita por Carolina Romero.


El párrafo en cuestión, extraído de la página 44 del libro Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, dice así:




SINGAPUR

…“La verdad es que la soledad de Colombo no sólo era pesada, sino letárgica. Tenía algunos escasos amigos en la calleja en que vivía. Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico. Mi cuerpo era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical. Mi amiga Patsy llegaba frecuentemente con algunas de sus compañeras, muchachas morenas y doradas, con sangre de Boers, de ingleses, de dravídicos. Se acostaban conmigo deportiva y desinteresadamente.

Una de ellas me ilustró sobre sus visitas a las hummerie. Así se llamaban los bungalós donde los grupos de jóvenes ingleses, pequeños empleados de tiendas y compañías, vivían en común para economizar alfileres y alimentos. Sin ningún cinismo, como algo natural, me contó la muchacha que en una ocasión había fornicado con catorce de ellos.

—¿Y cómo lo hiciste? —le pregunté.

—Estaba sola con ellos aquella noche y celebraban una fiesta. Pusieron un gramófono y yo bailaba unos pasos con cada uno, y nos perdíamos durante el baile en alguno de los dormitorios. Así quedaron todos contentos.

No era prostituta. Era más bien un producto colonial, una fruta cándida y generosa. Su cuento me impresionó y nunca tuve por ella sino simpatía. Mi solitario y aislado bungaló estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.

Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.

El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba. Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa. Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado.

Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

Un mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua.


Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.

Me costó trabajo leer el cablegrama. El Ministerio de Relaciones Exteriores me comunicaba un nuevo nombramiento. Dejaba yo de ser cónsul en Colombo para desempeñar idénticas funciones en Singapur y Batavia. Esto me ascendía del primer círculo de la pobreza para hacerme ingresar en el segundo. En Colombo tenía derecho a retener (si entraban) la suma de ciento sesenta y seis dólares con sesenta y seis centavos. Ahora, siendo cónsul en dos colonias a la vez, podría retener (si entraban) dos veces ciento sesenta y seis dólares con sesenta y seis centavos, es decir, la suma de trescientos treinta y tres dólares con treinta y dos centavos (si entraban). Lo cual significaba, por de pronto, que dejaría de dormir en un catre de campaña. Mis aspiraciones materiales no eran excesivas. Pero ¿qué haría con Kiria, mi mangosta? ¿La regalaría a aquellos chicos irrespetuosos del barrio que ya no creían en su poder contra las serpientes? Ni pensarlo. La descuidarían, no la dejarían comer en la mesa como era su costumbre conmigo. ¿La soltaría en la selva para que volviera a su estado primitivo?

Jamás. Sin duda había perdido sus instintos de defensa y las aves de rapiña la devorarían sin advertencia previa. Por otra parte, ¿cómo llevarla conmigo? En el barco no aceptarían tan singular pasajero. Decidí entonces hacerme acompañar en mi viaje por Brampy, mi boy cingalés. Era un gasto de millonario y era igualmente una locura, porque iríamos hacia países —Malasia, Indonesia— cuyos idiomas desconocía Brampy totalmente. Pero la mangosta podría viajar de incógnito en el cafamaum del puente, desapercibida dentro de un canasto. Brampy la conocía tan bien como yo. El problema era la aduana, pero el taimado Brampy se encargaría de burlarla. Y de ese modo, con tristeza, alegría y mangosta, dejamos la isla de Ceilán, rumbo a otro mundo desconocido.

Resultará difícil entender por qué Chile tenía tantos consulados diseminados en todas partes. No deja de ser extraño que una pequeña república, arrinconada cerca del Polo Sur, envíe y mantenga representantes oficiales en archipiélagos, costas y arrecifes del otro lado del globo.

En el fondo —explico yo— estos consulados eran producto de la fantasía y de la self—importance que solemos darnos los americanos del Sur. Por otra parte, ya he dicho que en esos sitios lejanísimos embarcaban para Chile yute, parafina sólida para fabricar velas y, sobre todo, té, mucho té. Los chilenos tomamos té cuatro veces al día. Y no podemos cultivarlo. En cierta ocasión se produjo una inmensa huelga de obreros del salitre por carencia de este producto tan exótico. Recuerdo que unos exportadores ingleses me preguntaron en cierta ocasión, después de algunos whiskies, qué hacíamos los chilenos con tales cantidades exorbitantes de té.

—Lo tomamos —les dije.

(Si creían sacarme el secreto de algún aprovechamiento industrial, sentí decepcionarlos.) El consulado en Singapur tenía ya diez años de existencia. Bajé, pues, con la confianza que me daban mis veintitrés años de edad, siempre acompañado de Brampy y de mi mangosta. Nos fuimos directamente al Raies Hotel. Allí mandé lavar mi ropa que no era poca, y luego me senté en la veranda. Me extendí perezosamente en un easychair y pedí uno, dos y hasta tres ginpahit. Todo era muy Sommerset Maugham hasta que se me ocurrió buscar en la guía de teléfonos la sede de mi consulado. No estaba registrado, ¡diablos! Hice en el acto un llamado de urgencia a los establecimientos del gobierno inglés. Me respondieron, después de una consulta, que allí no había consulado de Chile. Pregunté entonces referencias del cónsul, señor Mansilla. No lo conocían.

Me sentí abrumado. Tenía apenas recursos para pagar un día de hotel y el lavado de mi ropa. Pensé que el consulado fantasma tendría su sede en Batavia y decidí continuar viaje en el mismo barco que me trajo, el cual iba precisamente hasta Batavia y todavía estaba en el puerto. Ordené sacar mi ropa de la caldera donde se remojaba, Brampy hizo un bulto húmedo con ella, y emprendimos carrera hacia los muelles.

Ya levantaban la escalera de a bordo. Jadeante subí los peldaños. Mis ex compañeros de viaje y los oficiales del buque me miraron sorprendidos. Me metí en la misma cabina que había dejado en la mañana y, tendido de espaldas en la litera, cerré los ojos mientras el vapor se alejaba del fatídico puerto.

Había conocido en el barco a una muchacha judía. Se llamaba Kruzi. Era rubia, gordezuela, de ojos color naranja y alegría rebosante. Me dijo que tenía una buena colocación en Batavia. Me acerqué a ella en la fiesta final de la travesía. Entre copa y copa me arrastraba a bailar. Yo la seguía torpemente en las lentas contorsiones que se usaban en la época. Aquella última noche nos dedicamos a hacer el amor en mi cabina, amistosamente, conscientes de que nuestros destinos se juntaban al azar y por una sola vez. Le conté mis desventuras. Ella me compadeció suavemente y su pasajera ternura me llegó al alma.

Kruzi, por su parte, me confesó la verdadera ocupación que la esperaba en Batavia. Había cierta organización más o menos internacional que colocaba muchachas europeas en los lechos de asiáticos respetables. A ella le habían dado opción entre un marajá, un príncipe de Siam y un rico comerciante chino. Se decidió por este último, un hombre joven pero apacible.

Cuando bajamos a tierra, al día siguiente, divisé el Rolls Royce del magnate chino, y también el perfil del dueño a través de las floreadas cortinillas del automóvil. Kruzi desapareció entre el gentío y los equipajes.

Yo me instalé en el hotel Der Nederlanden. Me preparaba para el almuerzo cuando vi entrar a Kruzi. Se echó en mis brazos, sofocada por el llanto.”…

(1) Los Parias (o Dalits), son el eslabón más bajo del sistema de castas de la India. Según las creencias hindúes, son personas que no pertenecen a ninguna casta. A los parias solo se les permite realizar trabajos marginales, y son frecuentemente víctimas de crímenes como asesinatos, linchamientos o violaciones.

(2) No una persona, no un igual.

(3) A Neruda no parece importarle lo que pensaba o quería ella de él.

(4) Para tener sexo con ella.

(5) No le sonrió, no buscó gustarle, ni comunicarse con ella de alguna forma. Solo se asegura de que a ella no le queden dudas.

(6, 7 y 8) ¿Consentimiento?

(9) “Soy un loquillo”.

Cada cual que opine según le dicte su moral…

Él, lo confesó en sus memorias. Quizá demasiado poder para tanta juventud.

©Anna Genovés
18/12/2017






Pablo Neruda - Me gustas cuando callas