La caja pública - parte final

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Anna Genovés

La caja pública - Parte final



Copyright © 2014 Anna Genovés
Todos los derechos reservados a su autora
Título de la edición: La caja pública
Autora: Anna Genovés
Corrección: Jon Alonso
Propiedad intelectual:
09/2013/2345
09/2013/2206
09/2004/1196
V ― 488 ― 14
ASIN: B00O9E3ZNM
            ISBN-10: 1502468433
             ISBN-13: 978-1502468437




Relatos fantásticos

Como indiqué en la entrada anterior, este es el apartado tercero y último del libro de relatos La caja pública.


Sección dedicada a los relatos y microrrelatos, fantásticos y de terror. Cabe decir que es mi apartado preferido.

El capítulo, sin revisar, por lo que lo encontrareis con errores ortotipográficos varios –es algo que no me preocupa demasiado—, consta de las siguientes historias:

Asylum
Blandiblú grana
Bloody Christmas
El infierno de Precious
Gominolas
Huesitos a tutiplén
La Venus cibernética
Los mininos de angora
My chocolat
Patrick
Peep-toes y dagas
Poison navideño
Segundo plato
Trato sangriento
Un buen filetito

Quizá, la afirmación de que todos llevamos un asesino o un demonio dentro, no esté tan lejos de la realidad. 






Asylum


Cuando era joven,
casi una niña,
mi vida quedo truncada
y dejó de ser vida.

Era bonita e ingenua;
una flor recién nacida,
y los pétalos se truncaron
apareciendo estrías.

La sangre corría por mi cuerpo
mi corazón gemía.

Cuando era joven,
casi una niña,
mi vida quedó truncada
y dejó de ser vida.

Nos conocimos en un guateque. Éramos las reprimidas que no bailaban ni bebían: chicas del comediscos. Tú, la guapa. Yo, la fea. Los chavales huían de mí. A ti, te perseguían. Tan iguales por dentro y tan distintas por fuera. Nos hicimos amigas mediante un pacto a la vieja usanza: aguijoneamos nuestros dedos y cruzamos nuestros hematíes. Fuimos hermanas de sangre hasta que me abandonaste por un chico. Entonces, dejé de hablarte, de mirarte, de reír tus gracias… Un día me arrojé a las vías del tren con un papelito en la mano que decía: “tú tienes la culpa”. 48 horas después, mi fotografía yacía sobre un féretro rodeado de pétalos floridos. Mi madre, de negro riguroso, no quería que oliera mal. Sin embargo, mis restos amputados se descomponían a marchas forzadas.
En el sepelio, mi ataúd se deslizaba con una camilla hidráulica entre los hermosos mausoleos de color ceniciento como tu rostro, hasta el nicho. Tu cuerpo tiritaba cuando lucieron los adobes que lo emparedaron. Te encerraste en casa. Dejaste de comer, de hablar, de soñar, de reír… no te apetecía nada. Por desgracia, tu familia conocía al director del psiquiátrico. Nadie te acompañó a las sesiones: acabaste sola. Agrietado el corazón que mutilaba tu alma. Cada vez que traspasabas la verja del sanatorio, los gritos de los confinados irrumpían en tus oídos: acufenos permanentes. Los enfermos andaban sueltos; hombres y mujeres deformes con caras enajenadas. No te gustaba ese lugar repleto de sufrimiento donde los muros sangraban.
Te metieron en una sala con azulejos blancos como la muerte; estabas muy asustada. Tenías una pesadilla recurrente: “bajabas corriendo las escaleras de un garaje sin retorno. Yo te perseguía. Te atrapaba. Arrancaba tu carótida de un bocado; mi cara llena de gusanos. Mi sonrisa desdentada”. Saliste de esos sacrílegos pensamientos, cuando entró el Dr. Mortem para conocerte y pautar la botica milagrosa que te devolvería la vida. Pero pasó el tiempo y no mejoraste. Atiborrada de barbitúricos, te convertiste en un muerto viviente. El psiquiatra decidió aplicarte terapia de electroshock. Tu cabeza estaba llena de babosas que se acoplaban a tu cráneo y succionaban tus pensamientos. Por último, te colocaron una esponja en la boca para que no sufrieras. La sacudida hizo que te retorcieras como en un mal ataque de epilepsia. No chillaste. Sin embargo, tus ojos se quedaron en blanco; parecías la niña del exorcista.
Cuatro meses después, te internaron en el sanatorio. Llevabas una bata blanca manchada de papilla. Te cortaron el cabello al uno, y lo poco que te quedada, lo arrancabas. Unas ojeras profundas incrustadas en tus entrañas ensombrecieron tus facciones. Te vi desde arriba e imploré que me acompañaras; las cuencas vacías de mis ojos buscaban alguna lágrima perdida. Esta mañana, has aparecido ahorcada del techo de la sala común. La lengua fuera, los labios amoratados y el cuerpo rígido. Me he acercado a ti para consolarte: “amiga, siempre estaremos juntas”.



Blandiblú grana

Vuela desde el quinto
al primero.
Ya no vuela
es un pájarillo quieto

Son las 14:14 horas del 22 de marzo de 2012. Acabo de llegar de la peluquería; me han dejado un pelo estilo Morticia de la Familia Adams pero en rubio. Eso sí, las uñas las llevo del mismo tono que dicho personaje: morado oscuro. A juego con los sentimientos góticos que encharcan mi organismo aunque el Sol nos inunde con un firmamento diáfano que anima a la vida. Recuerdo que anteayer escribí un poema subido de tono. Fue extraño, la jornada era lluviosa y parecía que la primavera llorara la pérdida del invierno. Sin embargo, mi pluma estaba en lo alto de la montaña rusa. Claro, acababa de devorar un tazón de chocolate. Hoy, tras mi verborrea “peluqueril”: “odio ir a la pelu y tener de contertulios a los lavacabezas, secadores, champús, rulos, tijeras y demás artilugios…”. He llegado a casa con zumbidos en los oídos. Da igual, estoy muy favorecida sin la autopista blanca que surcaba mi melena dorada de bote.
Entro en casa, y mi novio de turno, ni me saluda ni me dice: “¡qué guapa estás!". Por ejemplo. Me dice que los discapacitados pueden estudiar completamente gratis. Hasta ahí llega mi suerte, hace veintidós meses que un accidente de coche lo dejó parapléjico de por vida. Unos días antes, la menda, había perdido el empleo. Soy una parada de larga duración de más de cuarenta y sin posibilidades de trabajar. ¡Jódete guapa! Ni de puta sirves —me digo a mí misma mirándome en el espejo—. Un sinfín de imágenes atraviesan mi intelecto… Entro en el dormitorio y me pongo el chándal mientras la tristeza se apodera de mí; tanto por los requiebros inexistentes de “my boyfriend” como por lo mugrienta que me siento. Soplo y rebufo como una locomotora. Él todavía lo tiene peor —recapacito—, enjaulado de por vida en esa silla de ruedas supersónica que maquina hacia delante, hacia detrás, hacia arriba y hacia abajo; vamos que si lo apuran hacen con ella hasta caballitos. Pese a ello, no deja de ser un reo con la perpetua. Lo que todavía es más horrible, decadente, terrorífico. Demasiado joven, demasiado inteligente, demasiado… Prefiero no pensar. Voy a la cocina y veo que la lavadora ha terminado de centrifugar. Saco la ropa y me dispongo a tenderla mientras la música me abraza. Está sonando Última llamada del film Drive. Al abrir la ventana de PVC, veo la profundidad de la planta baja y no puedo evitar sentir una atracción fatal hacia ella.
El siguiente pensamiento me invita a besarlas, a fundirme entre sus baldosas como un blandiblú grana. Despilfarrados mis huesos, mis músculos y mis sesos, por esas losetas rojas que tanto me llaman. El tendedero está abierto al máximo. Mi cuerpo fluye en el espacio de cintura hacia arriba; los pies están de puntillas. Sería tan fácil dar un saltito y fundirme con el universo —pienso una vez más—. Sería una suicida más. Mi novio podría vivir con la pensión de mierda que le dan. ¡Bendita sea por siempre Señor! Y yo, dejaría de ser una “walker”. Tampoco me echarían de menos demasiadas personas. Ni prolijo la amistad ni la sociabilidad. El hedor de la amargura inunda mis entrañas. Como dice el refrán: "el muerto al hoyo y el vivo al bollo...".
Formo parte de una nueva casta social: los “perroflautas burgueses” venidos a menos. Con “titulitis” guardada en el baúl de los recuerdos. Y te preguntas, ¿fue tu madre quién te fastidió la vida obligándote a trabajar, o te la jodiste tú al seguir estudiando? Trabajar en el negocio familiar, era tu única salida como vástiga del proletariado. A estas alturas, tengo muy claro que debía haber guardado mi cordura hasta que se hubiera convertido en paja y, después, en aire. ¡Qué asco!
Voy volando, cabeza abajo desde el cuarto piso, al tercero. No tengo miedo mientras caigo, pero un ruido inunda mis oídos. Mi masa encefálica acaba de fusionarse con los azulejos escarlatas del suelo. El ruido, sigue insistente. ¡Es el despertador! —me dice la conciencia—. Abro los ojos; estoy en mi cama de siempre. Acabo de tener la pesadilla del futuro de mi vida. Me miro en el espejo del cuarto de baño y veo que soy la jovencita de mejillas sonrosadas, pelo a lo Camarón y acné disperso. Al fondo, los ronquidos de mi madre, me alientan. Me enfundo mis mallas grises y mi suéter negro con corazoncitos. Desayuno y miro el calendario; justo es veintidós de marzo de 1990… Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me voy a trabajar en el comercio de “my family”. A mediodía, regreso a casa. Mi madre me ha preparado arroz requemado y tortilla. Le doy un beso y ella se aparta. No es nada cariñosa, pero me quiere. Seguido, le digo:
—Mamá, he pensado que no voy a estudiar. Voy a seguir de tendera.
—Pero, ¿qué te ha hecho cambiar de parecer? —pregunta con cara de asombro.
—He recapacitado… Tienes razón. Los ricos, deben estudiar y la clase obrera, trabajar —le guiño un ojo.
—Iba a decirte que te matricularas en la universidad…
—Mi vida está marcada… Si sigo en el negocio familiar, me volveré loca. Y si estudio, sucederá lo mismo —le digo con desgana.
—¡Qué cosas más raras dices! Ya pensaremos qué es lo mejor…  —contesta moviendo la cabeza.
Después, mamá se santigua varias veces como si estuviera chiflada. Lo estoy. Mi cabeza oscila como el péndulo del reloj de cuco que tanto le gusta. Da igual el camino que tome, acabaré fusionándome con las baldosas del primer piso de una finca de ¡quién sabe dónde!, como un blandiblú grana.



Bloody Christmas

Navidades felices
o quizás sangrientas;
la madre asesina al hijo
el hermano se enajena
cocodrilos hambrientos


Dorothy Smith, adornaba el abeto navideño de su hermoso chalet de Miami. Era Nochebuena y toda la familia se reunía a cenar en su casa. Hacía nueve años que su esposo había fallecido, y aunque sus hijos se llevaban de pena, querían seguir con la tradición familiar. El matrimonio Smith, aumentó con el nacimiento de Saúl, al año siguiente de su boda. De eso hacía la friolera de cuatro décadas. En la siguiente Navidad, se unió al triángulo Bill. Pasó un lustro hasta que llegó Peter; el peque de la familia. Un pentágono maravilloso, hasta que Saúl se casó con Telma. Y la familia volvió a crecer año tras año. Primero con el hijo de ambos, Saulito. Seguido, con Mirian, la esposa de Bill. Al año siguiente, fue Minnie; el retoño de la nueva pareja quien se unió a las fiestas. Y consecutivamente, Helen la novia de Peter y sus mellizos.  Desde la llegada los gemelos, Helencita y Johnny, el clan había permanecido inmutable. Un puñado de personas repletas de hipocresía.
Eran las nueve de la noche cuando Dorothy, auxiliada por Telma y Mirian, sacaban los suculentos manjares a la mesa. Dorothy era la anfitriona perfecta. Pese a ser sesentona, todos la envidian; su look es de lo más “cool” y su belleza seguía sempiterna: la mismísima Jessica Lange en American Horror Story. Durante la ingesta del primer plato, todos estuvieron muy amables. En el segundo, Saúl empezó una azarosa discusión con su cuñada Helen. La cosa terminó con el cuchillo jamonero sobre la mano de la mujer. Helen chilló con la mano ensangrentada. Mientras un par de dedos como las ancas traseras de las ranas cuando las cortas bailaban sobre el mantel.
—¡Cógelosss!!! Y vámonos al hospital a que me los injerten. ¡Ayayayyy!!! ¡Malnacido! —chilla estrepitosa, la víctima.
Pero su esposo Bill, está dándole puñetazos a su hermano. Y para rematar: le clava el tenedor en un ojo. El silencio inunda el salón. Saúl cae sobre la alfombra. Dorothy quiere quitar leña al asunto:
Tranquilos hijos. A Helen le coso los dedos. Después, me encargo de Saúl… Tú tranquilo, hijo mío le dice al tuerto ya sabes que mamá fue enfermera.
Madre, no te preocupes por mí; soy un guerrero, como el papá —dice Saúl, antes de extraerse el arma homicida del ojo, sin tan siquiera pestañear.
La sangre riega su rostro, pero la reemprende con su hermano, deteniendo la hemorragia con una servilleta. Lo mismo que utiliza Helen para sus dedos.
La espectacular mesa, se ha convertido en un campo de batalla. Vuelan panecillos, verduras, platos y enseres…
¡Hija de puta! Cómo mi padre se quede tuerto, te juro que te saco un ojo con mis propios dedos vocea Saulito a su prima Minnie.
No te atreverás. Si me tocas te juro que te meto un cuchillo por la boca —grita la niña.
Los gemelos, que tampoco se soportan, se retuercen el pelo y Telma la emprende con Mirian: están pegándose zarpazos como verdaderos felinos. Nadie se da cuenta que Peter (el hermano pequeño) ha desaparecido…
—Te odio ¡guarra!
—Y yo a ti ¡cabrona!
Braman las damas convertidas en leonas.
—Voy a dejarte la cara como un mapa. Ni el mejor cirujano, del mundo, podrá arreglártela —grita Telma.
—Pues yo, te voy a filetear tu culo seboso —vocea Mirian.
—¡Ah, sí! Habéis venido porque no tenéis donde caeros muertos. Aquí, ¡a pedir dinero! ¡No os daremos ni un puto dólar!
De repente, suena un disparo en el piso de arriba. Segundos después, Dorothy se asoma a la barandilla de la escalera. Pistola en mano:
—Aquí hay un problema más grave… Helen olvídate de tus dedos y tú, Saúl, a partir de ahora serás tuerto. Peter está muerto; estaba robando las joyas de la familia. Cuando lo pillé; me dijo que si decía algo se pegaba un tiro.
—¿Y?... —pregunta Saúl.
—Discutimos y, accidentalmente, el revólver se disparó. Está en medio de la habitación con un tiro en la barriga.
—Madre ¿cómo has podido? —Pregunta Bill.
—Me defendía: os lo juro.
—Claro —dice Saúl—. Como el ventanal, que cayó encima de padre hace nueve años y lo decapitó. Aflojaste las bisagras porque te maltrataba…
—Dejémoslo estar…   —comenta la madre. 
—¿Qué propones? —Secunda Bill.
—Lo mejor  para todos será que llamemos a la policía —insinúa Helen.
—¡De eso nada! ¡Chitón!!! —vocea la mater familia, autoritaria—. Descuartizaremos a Peter y lo echaremos en los Cayos. Los cocodrilos harán el resto. Tú, Helen —le dice a la viuda— ni rechistar. Estabas de tu marido hasta el moño. ¡A trabajar! ¡Ya está, solucionado!
Bajan al muerto por la escalera enrollado en la alfombra de cachemires del dormitorio. Saúl va delante, sujetándole los pies y Bill detrás, asiéndolo de los hombros. Dorothy guiándolos. La cabeza de Peter pende hacia atrás. Acabada la faena, la madre saca varios plásticos y los reparte…
—¡Venga! Metamos los trozos en estos sacos. Hemos hecho un trabajo estupendo. Alto, Saulito. La cabeza se queda en casa.
—¡Caray, madre! ¡Qué obsesión con las cabezas! —manifiesta Saúl de mala leche.
—Bueno, son mis trofeos.
—¿Las cabezas? —pregunta Telma, lenta de reflejos.
—Sí, las cabezas —repite Dorothy—. Si no te callas después vas tú.
—¡Buaaa!!! ¡Buaaa!!! —rompe a llorar la mujer.
—¡Deja de lloriquear, zoquete! Era broma. Me quedé la de mi esposo para darle un entierro digno. Lo mismo haré con la de mi hijo Peter. ¡Así pongo flores cuando me apetece! —vocea Dorothy, como una posesa.
—¡Hala! A echarlo a los cayos —finiquita Saúl.
Sacan los trozos de Peter en diferentes bolsas. Las meten en la camioneta; suben, la ponen en marcha y empiezan a cantar villancicos. Forman una coral siniestra con sonrisas macabras y alguna que otra mancha sanguinolenta, en sus trajes. A pocos kilómetros, aparcan en una zona cercana a los Florida Keys. Una a una, van sacando las bolsas con los restos descuartizados de Peter. Dorothy, delante (linterna en mano).
—No acercaros mucho que por aquí hay demasiados cocodrilos sueltos… —sugiere la matriarca.
Asestan diversos tajos a las bolsas para que los aligátores huelan los trozos de carne: su manjar navideño.
—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y ¡doce! Ya está. ¡Bravooo!!! —palmea, Dorothy, pegando saltitos.
—Madre que era tu hijo —manifiesta Bill.
—¿Y qué? Era un zángano —contesta ella sin inmutarse.
Unos ruidos los alertan. Enfocan hacia los manglares. Una marabunta de reptiles comienza a zambullirse en el agua. A los pocos minutos, empieza un baile salvaje para ver quién se lleva la mejor parte. La familia al completo se despide con grotescas palabras.
—Jua, jua, jua… ¡Adiós, adorado hijo!
—Jejejeee… ¡Adiós, querido tío!
—Jijijijiiii… ¡Bye, bye,  estimado hermano!
—Hasta nunca, amado esposo.
—Papi, eras feo y no te queríamos. Allí serás más feliz…
—Cuñado, polla floja y enana, quise que me la metieras y no lo hiciste ¡qué te den!
—¿Qué has dicho, Mirian? —interpela Bill.
—¿Acaso tú no te lo montas con Helen, su querida viuda? Por nombrar alguna de tus amantes…
—Está bien. Ya lo sabemos, en nuestra familia ¡viva el totum revolotum! ¡Viva la anarquía!  Jajajaaa… Jajajaaa… Jajajaaa… —replica el marido riendo, histérico.
Acabado el ágape réptil, la familia, vuelve a casa entonando Jingle Bells. Terminan la cena con una gula incontenible. Pero la noche no acaba bien. Días después, hallan las cabezas del grupo exceptuando la de Dorothy. Los cuerpos son un misterio por resolver.



El infierno de Precious

Obesa que no recuerda
o flaca que no se llega a conocer
la verdad es un engaño
de papel couché


Precious caminaba por la estrecha avenida impregnada de una traspiración copiosa. El bochornoso calor hacía que su organismo se derritiera como una terrina de mantequilla búlgara. A lo lejos, observó el único edificio alto de la arteria. Allende, un colosal rascacielos acristalado de color humo. Su única salida: llegar al ático y respirar aire puro. Una utopía inalcanzable en el universo de la imprevisible Precious. A medida que avanzaba, la calle se estrechaba. Una incipiente claustrofobia se apoderó de ella. Los goterones de sudor empapaban su deslustrado cabello y seguían como prósperos caudales de un torrente desbocado por sus bondadosas carnes. Pensó que cuando llegara al edificio se vería más escuálida que una anoréxica. Entonces sería doblemente feliz.

La calle estaba vacía. No se escuchaban ni las bisagras de las ventanas ni los zumbidos de las moscas. Nada. Exceptuando el virulento calor que agotaba todos los retículos de su pringosa hechura. Cuando llegó a la entrada de su grandioso ídolo de cristal y hormigón, su masa encefálica estaba hecha mixtos; las cerillas de su cajetilla, siempre eran las mismas. No recordaba ni su pasado ni su vida. Sin embargo, estaba alegre. Se enroló en la puerta giratoria y jugueteó unas cuantas veces. El ascensor estaba averiado. Tenía que subir 66 plantas andando. No había otra forma de tocar el cielo.  En el vestíbulo había bastantes personas: se asombró. Las primeras que veía desde que había emprendido su hazaña. Rostros anónimos que conocía de algo... Malditas fotocopias de una pasado añejo que no comprendía; un rompecabezas con las piezas desajustadas. Resopló como un toro frente al burladero y empezó el ascenso.
En el piso décimo, la camiseta parecía la de un pívot de la NBA. En el tercer cuarto, se la quitó. En el recodo veinteavo, los pantalones se le cayeron. ¡Por fin había dejado de ser una obesa! En la plata treintava, se dijo a sí misma que podía presentar su CV en alguna agencia de modelos. En el rellano cuarentavo, su cuerpo era un pellejo. Una catarata escalonada de carnes flácidas, un neumático Michelin deshecho. Quizás debía descansar y olvidar el paraíso. Sus dendritas estaban fundidas y desconocía el porqué de su empecinado proyecto. Descansó un rato y siguió subiendo hasta la cumbre.
***
En mitad de la quinta avenida de NY, se abrió una alcantarilla: Precious asomaba la cabeza.
―Por fin soy libre ―gritó, respirando con todas sus fuerzas.
Su cuerpo era un papel de fumar arrugado que apenas se sostenía. Pero estaba pletórica. Había llegado a la meta. Se levantó de un salto y un autobús la atropelló: la dejó como un dibu estrellado contra el pavimento. Entonces, vio a un lechuguino con patas de macho cabrío, cuernos rasurados y Cohibas.
―¿Dónde creías que ibas Pequeño gusano? ―le preguntó.
―Al cielo ―contestó ella.
―¡Al cielo! Ja, ja, jaaa… Esto se llama Tierra y tú perteneces a las cloacas del abismo. Eres mi rea ―dijo el leviatán opíparo, relamiendo sus labios groseros al ver que había encontrado a su presa.
―Estás equivocado. ¡Esto es el cielo, idiota!
―¡Esto es el puto infierno! Vivirás mejor en mi covacha que en este rincón olvidado de Dios. El omnipotente estaba tan hasta los huevos de vosotros, que se marchó de vacaciones y todavía no ha vuelto.
―Eso es imposible…
―Piensa, ¿no recuerdas que has hecho lo mismo muchas veces?
―Pues ahora que lo dices…
Precious puso cara de sorpresa y rebuscó en sus recuerdos, en su memoria perdida... Su rostro adquirió el color mohecido de los cadáveres. Unos lagrimones surgieron de sus cuencas baldías. Su autobiografía, había vuelto. Tenía dieciséis años cuando cogió la plancha de mami y la emprendió, ¡a planchazo limpio! Con toda su parentela. El pico de teflón rebosante de masa encefálica. No los quería, por que se burlaban de ella: “¡gorda, gorda, gorda!”. Le repetían hasta la saciedad. La sentencia impuesta tras el suicidio de sus carnes con el rifle de papá fue: “infierno perpetuo”.
En ese preciso instante, en el que los recuerdos cupieron todos y cada uno de los retículos de su psique, Precious hizo un mohín de complacencia. Por lo menos, allí abajo nadie se metía con ella. Lo único que le sacaba de quicio era cada vez que aterrizaba en las marmitas de Pedro Botero. Su cuerpo bullía y no recordaba por qué estaba en esa cazuela enorme y repleta de personajillos repugnantes como ella. Tampoco le importaba demasiado: era una luchadora. Sabía que volvería a escabullirse arrastrándose desde el caldo mágico hasta el borde metálico del puchero. Desde allí, emprendería su sempiterno vía crucis para intentar volver al limbo. Sin embargo, el cielo era su verdadero infierno. Quizás algún día volvería a nacer en un lugar menos inhóspito.


Gominolas

Nade es lo que parece
en esa mente que no ve
lo vivo esta muerto
y lo muerto no es


Vivo con mi hermano desde hace años. Él se encarga de la manduca y yo de la casa. Hoy comeremos de rechupete;  verduras al horno con sorpresa. Acabo de asomarme a la cocina y el resplandor de los pimientos, el tomate, las patatas y la cabeza de ajo, han hecho que las mirara durante unos minutos… De repente, me he visto admirando un bodegón de Zurbarán. Las hortalizas han cobrado vida y se han ido convirtiendo en distintas frutas. Las patatas se han tornado manzanas, las cebollas melocotones, los pimientos ramos de uva y la cabeza de ajo, en un hermoso melón. El horno es un cesto de mimbre y los armarios colindantes lámparas variopintas de mangos y guindillas: un óleo de composición exquisita. Cuando el Chef  ha ido a colocar la pieza principal, le he chillado despavorida:
 —¡Noooooo!!!!!!!. Por favor, deja que el pajarillo siga volando —le he pedido.
Él me ha mirado con cara de susto y me ha preguntado si me había tomado las pastillas.
—Pues mira no lo recuerdo. Tú has dejado el pastillero y te has sumergido en el ordenador. Yo he pululado por las habitaciones mirando la decoración —le he contestado.
—Pero hermanita ¿no ves que tengo trabajo? Tienes que descansar y tomarte las medicinas tres veces al día; imagina que son gominolas… La roja una fresa, la verde una sandía, la amarilla una pera y la rosa… —ha dicho resignado.
—La rosa un chicle Bazooka —he contestado palmeando.
—Como tú digas, querida pequeñaja... Como tú digas…
—¿Y si no quiero tomármelas?
—Pues… Ya lo sabes ¡tendremos que volver a internarte! Esto que llevo en la bandeja no es un pajarillo que deba volar. Es una lubina: un pescado listo para cocinar —dice.
—¡Qué no! Es un pajarito y tú lo quieres matar.
No he podido remediarlo. He cogido un cuchillo bien grande y le he asestado unas cuantas puñaladas. Creo que me lo he cargado: no se mueve y está lleno de sangre. He recordado una peli y me he pegado varios golpes contra la pared. Después, he llamado al 014. He dicho que me habían golpeado. He pensado que como soy un poco esquizo, seguro me libro de la cárcel. De improviso, el teléfono se me ha caído de las manos y he perdido la conciencia. Me he despertado pasados unos minutos, ligeramente mareada; la sangre chorrea por mi rostro. El timbre sonaba a todo meter; era la policía. Al abrir, han entrado dos chicas uniformadas y con cara de pocos amigos. La más alta me ha preguntado: "¿dónde está el agresor?...".  Pienso que están más idas que yo. Lo tienen delante y ni se enteran. Se lo hago saber. La morena con cara de machorro, explota una bola de chicle en mis narices. Será chulita, si la conozco desde que lució el uniforme por primera vez y ahora me mira por encima del hombro creyéndose Charles Bronson (versus femme) en Yo soy la Ley —pienso—. De repente, suelta:
—Señora es la quinta vez que nos llama este mes. Vamos a llamar a los Servicios Sociales.
—¿Cómo…??? —pregunto asustada.
—Por cierto ¿Qué huele tan mal? —la rubia abre el horno y refunfuña—. ¡Hostia! Si que está loca la tía… —termina por decir.
Miro el horno y les digo:
—Lo ven… ¡El hijo puta de mi hermano ha socarrado a mis periquitos!
—Señora, cálmese. Usted no tiene hermanos. Vive sola desde hace diez años —se pone en jarras.
—Y entonces… ¿quién es ése que me ha pegado? —digo señalando al fiambre.
Las maderas se miran entre ellas. Oigo que una le dice a la otra: "está como un cencerro..."
—Señora, es un oso de peluche.
—¡Joder! Ustedes sí que están locas —digo a carcajada limpia.
Es lo último que recuerdo antes de rajarme el cuello de parte a parte. Por desgracia, la herida fue superficial: estoy hospitalizada. Es de noche. Entra la enfermera de turno: una rolliza jovenzuela con cara de ingenua y voz de estúpida. Se está acercando diciendo gilipolleces con su timbre agudo y tormentoso… Me acuerdo de Hannibal Lecter. Me gustaría pegarle un bocado en su puta boca para que dejara de martirizarme.  Levanto  la cabeza  de golpe y saco la lengua, susurrando: "ftftftftftftftftftft...". A lo caníbal de la pantalla grande. La pava sale corriendo y pegando gritos. Entonces, miro mi cuerpo y la que chillo soy yo:
—¡Nooo…!!!
Estoy en un manicomio y llevo una camisa de fuerza.


Huesitos a tutiplén

Los millonarios y sus excentricidades
los sirvientes y su conformismo
cada uno en su mundo
cada uno es lo que es


Marcel es una millonaria parisina excéntrica y caprichosa. Esteticohólica; la última vez que visitó a su cirujano plástico le dijo que quería ser Nefertiti. Y, ahí está, convertida en el plagio actual de la mítica reina. Desde hace unas horas, se prepara para el party más cool de Halloween en su Chateau d’Capriché. Nadie la ha visto con su nuevo rostro. La crème de la crème gabacha, adicta al Bótox y a los estiramientos anotados en sus iPhone 5c como fuera la lista de la compra diaria, están al quite. No faltará nadie. El palacete aparece decorado de color púrpura y oro. Un árbol de Navidad adelantado con todo tipo de lujos fastuosos, en la puerta de entrada. Todo excesivamente barroco. Al final de la velada, se premiará el mejor disfraz con un Porsche 911 financiado por la anfitriona. Ella, se prepara en los aposentos privados para el evento. Su traje nada tiene que ver con la conmemoración de la noche. Sin embargo, a ella se la pela: será la viva estampa de Nefertiti y su nuevo amante, el faraón. Ambos con las mejores galas; como si se tratara de un ceremonia nupcial.
—Bernardette, ayuda a vestirse al señor —dice la millonaria a su ayudante de cámara.
La doncella la mira de reojo.
—¡Ya está bien, querida! Me aseguraron que eras la mejor; por eso te contraté. Además, estás muy bien pagada. No obstante, te daré un plus. Ahora, ¡viste a mi Faraón de una puñetera  vez! ―vocea, cabreada.
—Oui madame ―contesta la ortopédica dama con una genuflexión de tronco.
—No soy Madame. Ya te he dicho que a partir de ahora soy alteza —increpa la excéntrica dama.
―Oui, mon reine.
—Mucho mejor. Ya sabes que mi amor, es muy callado y no entiende demasiado nuestro idioma. ¡Es el hombre perfecto! —sigue parloteando la señora. Inmediato, se acerca a su partenaire y le da un beso.
—Mmm! —dice el hombre con ojos de tortolito.
—¡Allez, Bernardette!
—Perdone Alteza. ¿Cómo desea que lo vista? —pregunta con los brazos en jarras y una sonrisa Profidén.
—Con sus mejores galas.
—Como guste su alteza.
La doncella —siguiendo un ritual metódico— saca una a una las piezas del majestuoso aderezo.
Los invitados llegan con sus vehículos de gama alta. Media hora después, todos esperan la aparición de los anfitriones. El mayordomo jefe, anuncia la salida. La cofradía se queda anonadada: Marcel está bellísima.
—Eres su vivo retrato —le dice la Condesa de Chitón. Su mejor amiga.
—Queridos, voy a presentaros a mi nuevo amante. Este es el  definitivo… Je, je, je... Se llama Akenatón  —dice, presumiendo como una pava real.
Suenan las trompetas y cuando aparece el consorte, los reunidos aplauden. Se escucha un: “¡Ohhh!!!”. Explosivo. La fiesta es un completo éxito y Akenatón recibe el Porsche al final de la velada: su disfraz es sublime. Ya en la cama, Marcel le comenta…
—Los has visto, ¡qué vulgares. Siempre con los mismos modelitos!
—Mmm… —contesta él.
—Sí cariño tienes razón. Y, además, la Condesa de Milloneti, siempre va de niña el Exorcista. ¡Qué agarrada!
—Mmm…
—Por supuesto. Aunque no te has perdido nada…
—Mmm…

—Exacto. Me sé el repertorio de memoria: zombis, Chucky y su novia, vampiros, Jason Voorhees, brujas, demonios…  A ver ―cuenta en alto― 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… Me falta uno.

—Mmm…

—Claro, ¡qué listo eres! Falta Scream. Ves, ¡si hasta tú lo sabes!

—Mmm…

—Esto no lo he cogido… A partir de mañana, te voy a poner un profesor particular de francés porque, a veces, me cuesta comprenderte. Amor.
—Mmm…

—¡Ah! Ya está claro. Por supuesto, es el último año que monto la fiestecita. Son muy aburridos.

—Mmm… 

—¿Has visto el síncope que le ha dado a la Baronesa de Tiquismiquis?

—Mmm…

―Eso es. Total porque al abrir la boca se te ha caído un gusanito de esos morritos tan lindos que tienes —lo besa subida de tono.

—Mmm…

—¡Te estás poniendo cariñosito... Lo noto. Siempre preparado para el ataque. El sexo es tu fuerte, ¡cielito!

—Mmm…

—A no. De posturitas raras, nada de nada. La última vez que lo intentamos me tocó enviar a Bernardette a la fábrica de Loctite. Recuerda que compró todo el stock de pegamento. Estuvimos varias horas quitándote las vendas y un día entero pegando tus huesitos —le hace un mimo.

—Mmm…

—¡Qué no! El misionero o me enfado.

Bernardette los ve desde la puerta. La señora tumbada bocarriba y la momia que sustrajeron del museo de El Cairo encima. Nunca mejor dicho: moviendo el esqueleto.

 

La Venus cibernética

Perfecta, armónica
sin defectos ni virtudes
sin alma que la cobije
ni fe amatoria



¡Oh¡ ¿Ya tengo qué  levantarme? Si acabo de acostarme dice Venus desperezándose.
Hace once horas que llegaste a casa. Tras inyectarte, el opiáceo sintético que elegiste, caíste en un profundo sueño contesta una voz metálica.
Ya sabes que ayer tuve un congreso de ciber-genética que duró más de cinco horas. Después, no pude eludir la cena de gala y la posterior fiesta; estaban todas las personalidades relevantes del Universo: los ancianos de Marte, los tricéfalos de mercurio, los labios eternos de Venus… En fin, todos. Hasta el faraón de la Galaxia más alejada del sistema solar. No podía escabullirme. Por eso estoy tan cansada. Tenías que haberme dejado dormir más tiempo. Sabes que no soy persona si no duermo de un tirón, mis doce horas perfectas.
Los siento, Venus. Conozco tus necesidades. Pero han llamado del centro de control Criogenético: hay un problema en el tanque H2020-443j.
Vaya, vaya, vaya… No sé qué sucedió ese año con el nitrógeno líquido utilizado para el sueño eterno. Todos están dando problemas. En fin, ¿cuánto tiempo tengo?
Un monolipóctero teledirigido vendrá a recogerte en treinta y cinco minutos.

Bien. Pues manos a la obra. Lo primero quítame esta resaca de LSD3001 químico que introduje en mi organismo para llegar a una complacencia extrema. Por cierto, gracias por tu recomendación. Es buenísimo.
De nada, sólo cumplo con mi trabajo. Como te dije el LSD3301 químico es extraordinario, porque incid…
Q3303Venus, no empieces con todo el repertorio que ya me lo dijiste anoche. Ya sé que he llegado a los rayos REM un segundo después de cerrar los ojos y que mis sueños, han sido tan plácidos como cuando estaba en el útero biónico del laboratorio.
Entiendo, Venus. Disculpa. Puedo oxigenizarte ahí mismo, aunque preferiría que pasaras por el ionizador catódico.
De acuerdo. Así realizaremos todas las funciones necesarias para optimizarme, de una sola sesión.
Abriendo cápsula onírica.

Un pequeño ruido aeroestático y sedoso, atravesó la estancia cibernética en la que Venus se encontraba descansando. Cinco minutos más tarde, estaba dentro de la cápsula de optimización. Su cuerpo rosado estaba firme como una roca, modelado a semejanza de la Venus más hermosa jamás torneada. Media hora después, un monolipóctero teledirigido desde la central de clones Eternitys, la espera en el dintel del tejado acrílico de su cueva de titanio. Venus entró cual flor recién nacida entre diamantes. No necesitó utilizar a unos de sus otros “yos”.




Los mininos de angora

El amor traspasa fronteras
ella quiere marchar
él la reclama
y se va…



Rebeca está frente a una hilera de nichos. De negro riguroso mirando una lápida con coronas semifrescas que rezan: “Arturo González Pérez. 1980-2013. Quererte fue fácil. Olvidarte, imposible”.
―¿Cómo se te ha ocurrido dejarme en la flor de la vida? ―pregunta la joven viuda con lágrimas en los ojos.
Un viento gélido hace que las ramas de los cipreses aleteen. Las flores marchitas apostadas en el contenedor de basura, se sumergen en un torbellino que levanta una arenisca fina. Una gata blanca de angora se contonea por las tupidas medias de la plañidera y se aposenta entre sus zapatos, de tacón alto.
―No me digas que llegó tu hora y ya está. Estoy harta de oírtelo decir desde que te fuiste ―sigue en su particular memento, la compungida.
Se sienta en un banco de madera roída frente a la tumba. Acariciando a la gatita, como si ésta hubiera perdido a su partenaire y se consolaran mutuamente. Recuerda que se conocieron en la boda de una amiga. Sus miradas se cruzaron en la iglesia. Allí mismo, en la sacristía, se entregaron a una lujuria desmesurada. Unas semanas más tarde, se casaron. De eso hacía un año. Todo funcionaba de maravilla hasta que una tarde, Arturo, cayó fulminado. Un hombre fuerte y joven que nunca había estado enfermo. Desconsolada, había llamado al 112 y después a la funeraria. No podía olvidar la imagen: lo sacaron en una bolsa con asas, como si fuera un violonchelo. El rellano de la finca era estrecho. Rebeca cerró de golpe. Segundos después, escuchó un ruido seco. Miró a través de la mirilla; el cadáver embolsado había golpeado la puerta. Parecía que Arturo le dijera: “¡todavía no me he ido!”… Desde entonces, tenía pesadillas. Siempre la misma historia. Una voz de ultratumba la llamaba: “Rebeca, Rebeca. Ven conmigo”. Repetía hasta la saciedad. Un día y otro día.
―No sé qué hacer. ¿Qué quieres mi amor? ―insinúa Rebeca sofocando su llanto con un pañuelo de hilo con las iniciales A. G. P. bordadas en grana.
―Estoy solo y hace frío… ―hablan las tumbas mudas y las cruces pétreas.
―Tú ganas ―indica Rebeca con los párpados entornados.
Abre el bolso, saca un botellín de Bezoya y un envase de Propranolol Hidrocloruro. Un betabloqueante que utilizaba su esposo ―doctor en psiquiatría― cuando iba a los simposios y tenía que hablar en público. Era hombre de acción y pocas palabras.
―Si cariño. Lo que tú digas. Sé que no sufriré ―sigue parloteando.
Las hojas gasifican un baile sepulcral, ligero.
―Además, estas pastillitas fresadas son muy hermosas. Como mis labios, dirías tú.
Seguido, coge un blíster y extrae las grageas. Las deja en su mano, mirándolas como abducida. La minina ―con un iris verde y otro azul― ronronea. Le guiña un ojo.
―¡Ay mi niña! Quieres tu parte. Deseas irte con D. Gato ―le da una. La felina la chupa hasta dejar un polvillo inocuo.
Rebeca ve cómo se tumba, maullando soñolienta mientras ella la acaricia. Hasta que su cola deja de moverse. Ha sido rápido e indoloro ―piensa―. Hermosa como la porcelana fina, sigue el ritual con una parsimonia escalofriante. Se traga las píldoras.  Una, dos, tres… hasta llegar a la docena. Bebe agua y se tiende sobre el banco, mirando el cielo; diáfano, de un zafiro intenso. Experimenta una felicidad inaudita: han desaparecido las preocupaciones. Ve el rostro de Arturo, sonriente. Alza la mano para tocarlo a la par que su corazón enmudece. Entra en una catarsis cuasi divina. Llega al Nirvana con los ojos entornados. Feliz.
***
Tres meses después, el piso tiene otros inquilinos. Durante el traslado, la nueva pareja encuentra una fotografía con un hombre y una mujer de perfil, besándose. La flamante novia, la mira y se sobresalta.
―¿Qué te sucede, cariño? ―pregunta el hombre.
―Los perfiles me han mirado… ―contesta ella, blanca como un espectro.
―¡Chorradas! Estás nerviosa. Es normal.
Pasan los días y la novensana sigue intranquila. Experimenta sensaciones extrañas: ráfagas de aire, siluetas difuminadas, risas vagas… Una mañana se despierta ―puesta de somníferos hasta las cejas― y cepilla su melena en el espejo de la cómoda. De repente, chilla con todas sus fuerzas: la pareja del retrato está en la cama rodeada de miaus. Ella, mima a una hembra de angora, nívea como el nácar. Él, la señala con el índice, diciendo: “eres nuestra”. Los felinos saltan sobre ella y arañan su cara. La sangre gotea por sus pómulos, se introduce en su boca. La rodea un olor metálico con sabor ferroso que anuncia el peligro. Corre hasta la puerta de entrada. Pero los pestillos se cierran. Gira hacia la alcoba, los espíritus le impiden el paso. Los objetos comienzan a volar. Unas sonrisas macabras se funden en sus oídos. Horas más tarde, el esposo encuentra su cadáver sobre el gres de la cocina junto a unas latas de comida para gatos, vacías. El cuerpo está ensangrentado; lleno de rasguños y acuchillado. Como si en un ataque de esquizofrenia, se hubiera rajado a sí misma. Lo extraño es que en la finca, nadie tiene animales de compañía.


My chocolat


Dulce y amargo
negro y espeso
te quiero sin quererte
pero te quiero



Era domingo por la tarde, y Marta seguía su rutina…
Merendaba a las seis. Hacía el amor a las siete. Y leía a partir de las ocho. Un rosario monótono que repetía al pie de la letra hiciera frío o calor. Siempre.
Ese día, el chocolate había salido perfecto. El encuentro amoroso, exuberante. La lectura, apasionada.
Lo cierto es que era una cocinera pésima. Pero en cuestión de chocolates, nadie la superaba. Siempre decía que se la jugaba con la mismísima Juliette Binoche en el film Chocolat. Todos los que probaban su exquisitez, quedaban más que satisfechos. ¿Sería que la sensualidad de su cuerpo le confería unos poderes mágicos cuando trajinaba con ese potente afrodisiaco natural, tan dulce como estimulante? –pensaba con demasiada frecuencia—. Lo desconocía. Pero tenía que descubrirlo.
Un domingo, dejó de hacer chocolate a propósito. Quiso comprobar si su novio la amaba por si misma o por su dulzura culinaria. Y salió escaldada. Por desgracia, no hubo encuentro amoroso ni tampoco lectura.
Triste como el Patito feo, se encerró en su cuarto y se acopló entre mullidas almohadas. Dos días más tarde, salió canturreando como si nada hubiera sucedido. Al domingo siguiente, volvió a su chocolate y su boyfriend se mostró más complaciente que nunca. Sólo, que  no se levantó de la cama: había fallecido. El dictamen forense, determinó como causa de la muerte un trombo estomacal.
Marta se había vengado de ese D. Juan que sólo la aguantaba por su chocolate. Había pertrechado el crimen perfecto aderezando su golosina con un potente e inocuo veneno. Poco le importaba, había encontrado el repuesto perfecto: un veinteañero con muchos músculos y poco cerebro. 
Desde entonces, cada dos o tres años, cambiaba de séquito. Pero siempre estaba rodeada de palomos y polluelos dispuestos a morder sus carnes bondadosas y su primor gastronómico. Nunca sabremos cuál era el verdadero motivo…


Patrick

Sabor ferroso
colonia de Yves Saint Laurent pour homme
tan bello como estúpido:
es él


Estaba de vacaciones en Manhattan y unos amigos me habían invitado a su ático; íbamos a jugar al  paintball.  Cuando tomé el ascensor, subió conmigo: un yuppie trajeado y educado. Mientras ascendíamos sentí una bofetada de aire cálido que me trasportó a la adolescencia: era su olor. Indagué qué me atraía tanto de él; su cabello engominado, su pulcritud o el parecido al Patrick Bateman de American Psycho. Marcó la planta 69. Era obvio que lo habían invitado a una orgía entre litros de Moët, Beluga, polvos a tutiplén y sexo desenfrenado. Sonreí: ¡pobre idiota! ―pensé―. El ascensor paró. Sin embargo, las puertas no se abrieron…
―Señorita, ¿le importaría que mirase la botonera? Quizás descubra cuál es la avería ―dijo estirado como un junco de acero.
―Por supuesto que no ―contesté apartándome hacia un lado.
Nuestras miradas se cruzaron: “Hazme tuyo”… ―rogaron, alto y claro, esos ojos esmeraldinos que atravesaron mi conciencia. No pude resistirlo. Destrocé su diplomático de Armani como si fuera celofán. Me instalé a horcajadas en su trabajado abdomen y lo poseí frenética. Cuando llegué a mi destino sonreía ebria de placer.
―Querida, llegas siete minutos tarde ―dijo mi amigo Chus con sus leggins blancos, su camisola de Hermes y su acicalado Terrier Toy bajo el brazo(un clon del Lafayette de True Blood).
―Un pequeño contratiempo de última hora ―contesté.
―Entiendo… ―hizo una mueca para que limpiara mi boca.
Saqué la lengua y relamí las gotas de sangre que caían por mis labios glotones.
―¡Qué vulgar eres! ―soltó Chus agitando el turbante plateado de su cráneo.
―Todos no somos tan refinados como tú ―parpadeé y agarré su entrepierna (pegó un saltito).
―Bueno… ¡Qué hacemos con tu aperitivo! ―preguntó caminando con las rodillas juntas y un exagerado balanceo pélvico.
―Más bien ha sido un great steak. Lo que te apetezca ―repuse, encogiéndome de hombros.
El cadáver de  Patrick yacía en el ascensor. Desnudo; un amasijo sanguinolento. Lo miré por última vez. Ya no me excitaba lo más mínimo: mis colmillos se escondieron. Abastecida, no jugaría a nuestro exclusivo paintball.
 ¿Para qué? Siempre cazábamos a los humanos: ¡puro aburrimiento!



Peep-toes y dagas

No te fíes de un samurái
son tan excelsos
que olvidan la vida
y las reglas del juego



Jessica trabajaba en una red escort de prostitución de lujo. Sus atributos personales le hicieron pensar en los hombres demasiado pronto. A eso se unió la familia: clase media baja. Dejó de estudiar y se dedicó a revolotear entre los efebos y los crápulas; no le hacía ascos a ninguno. Hacer de cortesana se le daba de cine. Un día, la vio una madame y la inscribió en su plantilla. A la guayaba, le hizo un favor colosal; aprendió buenos modales, cómo vestir… Y lo que es más importante, descubrió los secretos del erotismo de luxe.

Una década más tarde, albergaba una solvencia económica cómoda. Tenía la mejor comida, la ropa más cara, peep-toes al último grito y hasta unos Manolo Blahnik que sólo utilizaba en el boudoir alquilado en el que vivía. Pensaba retirarse en unos años. Nadie diría que cultivaba el oficio más antiguo del mundo o que sus padres eran ágrafos. Podía elegir a cualquier niño rico por marido. Pero a esas alturas, el sexo le gustaba demasiado como para criar una caterva de niños e ir dando tumbos entre pañales y salones, ataviada con el sempiterno delantal. Prefería vivir al día.
Su jefa la había reclamado para un trabajo especial: llegaba un alto ejecutivo japonés ―visitador médico― que necesitaba compañía para un simposio de medicina contra el dolor crónico neuropático. Jessica se engalanó como una dama; elegancia y belleza no le faltaban.
El nipón ―Takumi Aoyama―, era un hombre con ojos de ratoncillo.  Algo así como un gafapasta a lo Mad Men. Un tipo solitario, sutil y muy educado. Hablaron en inglés. El evento fue nutritivo. La experimentada meretriz, anotó, discreta, los nombres de los asistentes capitalistas en una pequeña libreta niquelada de lo más chics. Podían ser futuros clientes ―pensó—. Al finalizar la velada, el potentado japonés la invitó a tomar sake en su suite. Le dijo que siempre viajaba acompañado de una botella de Jummai Daiginjo ―uno de los mejores nihonshu (nombre del sake en Japón) del mundo―. Estaba hospedado en un hotel 5 estrellas resort de la ciudad. Tras beber una tacita, Jessica iba más beoda que un alcohólico en fase pomposa.  Takumi le propuso que pasaran la noche juntos; recibiría un extra de 6.000€.
―Por ese dinero le bailo un tango con mi vulva ―sugirió la femme fatale con grosería. A esas horas de la madrugada, había perdido la compostura.
―What? ―preguntó el nipón sorprendido, con cara de no comprender ni una palabra.
―Excuse me. It’s magnificent! ―rectificó una Jessica angelical. Era demasiada guita como para espantar al caballero. 
Tuvieron sexo al estilo El Imperio de los Sentidos. Pequeñita pero matona ―se dijo Jessica a sí misma, pensando en el miembro del descendiente samurái―. Estaba retocándose el maquillaje cuando Takumi irrumpió en la toilette enfundado en un traje negro de neopreno. A ella le hizo gracia; rió a carcajada limpia.
―Seguro que ahora pasamos a una sesión sado. ¡Me encantan! ―insinuó Jessica con gracejo.
Pero Takumi escondía un secreto mucho más perverso… Sin mediar palabra, la agarró del cabello y la empujó hasta el dormitorio. Ella pataleó; era desagradable y excesivamente violento. No sirvió de nada. El oriental, había tapizado el lecho con un grueso plástico, Jessica tembló horrorizada (la cosa no iba en broma ―pensó aterrada—), recordó algunos asesinos en serie: ¿será un killer como Dexter o Pat Bateman? ―se preguntó acojonada―. El Sr. Aoyama sonreía de oreja a oreja.
―Ahora no viene la sesión sado, guapa. Llega el banquete Hostel, ¡una obra de culto! ―insinuó en un español cuasi perfecto.
Jessica comprendió que había entendido todo cuanto había dicho y que estaba ante una situación verdaderamente peligrosa. Chilló. Takumi le tapó la boca con cinta americana. Después, la sujeto a la cama con unos grilletes metálicos decorados por púas; de inmediato, se clavaron en sus muñecas. La sangre comenzó a brotar. La joven intentó gritar a pleno pulmón. Pero sólo los azorados envites de su defensa, provocaron un zumbido similar al de una serpiente cascabel cuando se arrastra.
―Si eres buena, te quitaré la mordaza ―sugirió el oriental acariciándole el cabello—. Nadie te escuchará, por mucho que grites: la habitación está insonorizada. Además, en unos minutos, hará efecto la droga paralizante que has bebido con el sake y podré divertirme contigo. Te dolerá mucho. ¡Muchísimo! Sin embargo, no podrás moverte ni chillar. Un horror, cielo. Jugaremos con mis dagas, es una herencia familiar antiquísima.

Takumi separó los labios abultados y groseros; mostró sus perfectos dientes blancos en una sonrisa sardónica. Jessica abrió los ojos como platos y movió la cabeza de derecha a izquierdo en un ¡nooo!!! Perpetuo, mientras le clavaba el primer estilete en el muslo. Despacio, muy despacio... girando a uno y otro lado, la hoja afilada.  La carne de la joven se desgarró en una brecha sangrienta que desaguaba como un torrente. El asiático, lamió el plasma del filo. Después, le seccionó los tendones de Aquiles. Jessica dejó de resistirse: la droga había hecho efecto. Sin embargo, la apertura excesiva de sus párpados, denotaban el insufrible dolor que padecía. Media hora más tarde, su cuerpo estaba repleto de laceraciones. La presión sanguínea había bajado: estaba desangrándose como un cerdo en San Martín. Una nebulosa delirante, le recordó las torturas de los inquisidores. Se sentía víctima de su propia herejía. ¿Acaso Dios la castigaba? ―se preguntó en su inminente adiós―. De improviso, Takumi apagó las luces y se tumbó sobre la cheslón.
―Tengo sueño. Mañana seguiremos ―insinuó antes de suspirar como un querubín en vigilia.
Jessica estaba en manos de un psicokiller despiadado. Pasadas las horas, el efecto sedante había disminuido. Y su cuerpo se había familiarizado con el dolor. El asesino seguía roncando. La chica pensó en el futuro que le esperaba fuera de aquellas paredes tétricas, y sacó fuerzas de sus músculos agrietados y sus huesos quebrados. Desfallecida, tomando bocanadas de aire como una carpa roja en la red de un pescador furtivo, reptó por el pasillo con la mirada trémula. Aterrorizada bajo el fricción punzante del parqué, dejando un reguero de sangre espantoso. De pronto, sintió frío en ese cuerpo maltrecho que se apoyaba en el suelo. Levantó la mirada y vio una puerta lívida. Una grieta de ilusión voló por su fatigado cerebelo. Empero, Takumi se había despertado. Su sombra se aproximó, la abrazó. Sabía que los tormentos volverían; su carne sería pasto de las dagas macabras de su torturador.
―Pero, ¿cómo? ―dijo el asesino―. Ahora que tú y yo íbamos a compenetrarnos en el éxtasis de la noche eterna, ¿querías huir? Era tu salvación. Además, acabo de descubrir que tus zapatos son un arma letal ―le mostró una de sus plataformas arqueando una ceja y le asestó un golpe con el tacón de aguja en la cabeza.
Por el rostro de Jessica comenzó a resbalar un riachuelo de hematíes espesos de un grana oscuro. Takumi relamió el arma homicida; devorando hasta la última gota del flujo. La daga brilló en la penumbra; estaba reluciente. Los dientes del depravado, sanguinolentos
—Tu sangre es una delicia, pequeña zorra —terminó por decir el despiadado homicida.
Takumi zarandeó a Jessica por el suelo. Sus piernas, sus manos, su vientre; despedazados. Ya no le quedaba líquido orgánico ni fuerzas para intentar escapar. Había entrado en la parte más oscura de la lujosa suite: la cámara de los horrores.



Poison navideño

Veneno envuelto en rituales
todo es perfecto
cuando no lo es
la verdad no tiene alcance



Maju está terminando de colocar los adornos del árbol navideño con su hijo Chema. En unas horas llegarán sus tíos y su primo; cenarán juntos como todas las Nochebuenas. La abuela está en una residencia y es la primera vez que no les acompañará. A las ocho en punto de la tarde, suena el timbre del hermoso adosado en el que viven.
―Hola Chusa, cielito ―Maju besa efusivamente a su cuñada―. Paco, querido hermano. ¡Qué bien te veo! ―le da un abrazo―. ¡A ver ese pequeñín que es mi ojito derecho! Francis, ¡estás hecho un mozalbete, bribón…!
El jabato le da un beso ―sus mejillas se encienden cuando Maju pestañea.
―Tía Maju que ya tengo diecisiete años ―dice cabizbajo.
―Ya lo sé. Naciste un mes antes que mi niño ―comenta la picarona señora. Seguido, llama a su vástago― ¡Chema! ―vocea―. Ven a saludar a la familia.
Chema besa a los tíos y abraza a Francis.
―Primo vamos a jugar a la Play ―le comenta sonriendo.
Maju ayuda con las prendas de abrigo.
―Mi José bajará en un momento. Hace media hora que llegó del trabajo y está duchándose ―dice a la pareja.
―Tranquila, cielo ―indica Chusa.
Cincuenta minutos más tarde, están sentados en la mesa de haya Ikea-Zaragoza, deglutiendo los sabrosos ibéricos que están esparcidos sobre la mesa en modernos platos estilo japonés. Se ponen como gorrinos tras devorar el cóctel de langostinos, el suculento caldo de invierno y la paletilla de cordero. Para rematar, se ceban con turrones de Jijona variados, licores y cafés. Sobre la una de la madrugada, los chavales están hipnotizados con la pantalla LCD y la nueva Play ―gentileza de Papá Noel―. Los matrimonios charlando de nimiedades bastante ebrios con los copazos de whisky que se han metido.
***
El 112 está a rebosar. Como todas las Navidades, los días festivos tienen más trabajo que de costumbre. Accidentes de tráfico. Disputas familiares. Comas etílicos. Divorcios exprés. Animales perdidos. Indigestiones múltiples… El operador de emergencias contesta una nueva llamada.
―112. Dígame.
―Señora, estamos enfermos…  ―susurra una voz lánguida.
―No le escucho bien. Repítalo, por favor.
―Nos ha sentado mal la cena. Apenas podemos movernos…  ―responde el murmullo.
―Dígame la dirección.
El técnico toma nota. Inmediato, contacta con la policía y el SAMU.
―Posible intoxicación alimenticia ―dice a los servicios de urgencia.
Un cuarto de hora más tarde. Los agentes de la ley irrumpen en el adosado de Maju y José. El espectáculo es dantesco: seis cuerpos yacen en el salón. Los médicos intentan la reanimación. Los padres fallecen por parada cardiorrespiratoria. Los niños, logran superarlo. Los trasladan de inmediato al Hospital Nueve de Octubre de Valencia. 72 horas después, Chema y Francis, siguen en la UCI.
Apenas tienen contacto con el resto de la familia;  fragmentada por todo el territorio español. La única visita: la abuela. Las autopsias de los padres, revelan muerte por envenenamiento múltiple. Las toxinas estaban dispersas en los alimentos. Un cóctel molotov para los estómagos. El sepelio es discreto. Vecinos y allegados. La abuela, se yergue como tutora de ambos primos. Vivirán en el fatídico adosado. Se le lava la cara y se redecora. La herencia es suculenta. En la Nochebuena siguiente, el trío solitario cena tranquilamente y sale a relucir el suceso...
―Chema, Francis, estoy muy orgullosa de vosotros ―dice la abuela.
―Gracias “abu” ―contesta Chema.
Francis se levanta y le da un beso.
―Si no hubiera sido por ti, seguiríamos siendo víctimas.
―Lo sé queridos. Tu padre ―señala a Chema― y tu madre ―indica a Francis―, sufrieron abusos sexuales; ya lo sabéis. Es algo que pasaba de generación en generación. Un protoplasma oscuro y asesino, inmerso en los genes. Un tipo de inmoralidad repugnante, habitual en numerosas familias. Sin embargo, es tan repulsivo que se tapa. Callé con mis hijos: mea culpa ―se toca el corazón―. No podía hacer lo mismo con vosotros.
De los ojos arrugados de la anciana, resbalan unos gruesos lagrimones.
―Te queremos mucho ―dice Chema.
Los nietos la abrazan.
―Cuando te ingresaron en la residencia, temimos por tu vida ―sugiere Francis.
―Los tres sabemos por qué lo hicieron… ―argumenta Francis.
―Hijos, yo temí por las vuestras. Antes del suceso y después… ―insinúa la longeva.
Ambos jóvenes asienten.
―Bueno, todavía no somos químicos como tú ―indica uno de los jóvenes.
―Os pasasteis con el veneno, ¡por casi la palmáis como ellos! ―reniega la veterana.
―Seguimos tus instrucciones. Estaba todo controlado  ―finiquita Chema besándola en la frente.
Mi idea no podía fallar; un envenenamiento encubierto por la ingesta de alimentos contaminados es perfecta ―suelta la abuela.
―¡Fue magnífico “Abu”! Eres mejor que el mismísimo Walter White ―dice Francis.
―¿Quién?... ―pregunta la yaya.
―Un personaje televisivo. Algún día te pondremos la serie. Te gustará: es químico ―asevera Chema.
―¡Qué interesante! La veré con especial atención ―dice la abuela tocándose la barbilla.
―Ahora, lo verdejamente importante es que somos libres y mayores de edad ―sentencia Francis.
―Además, el caso está cerrado. ¿Quién iba a sospechar de dos teenagers y una anciana? ―recapacita Chema.
―Exacto. Jajajaaa…
La triada poison, se desternilla.


Segundo plato

Cuando hay hambre
todo es bueno
hasta el santo
se hace experto



Hanny subió los peldaños de la escalera de su casa, de tres en tres. Estaba cansado de pelear, de soltar puñetazos, de robar carteras, de ser el machito alfa de la pandilla callejera. Como cada noche, su madre le había dejado preparada la cena antes de marcharse a trabajar: patatas con judías. No había para más. Aunque siempre se acostaba medio vacío, aquel plato era todo un manjar. Ella era la única que lo mimaba, que lo comprendía y que, por ende, lo conocía.
Su padrastro estaba tirado en el sofá. Dentro de un mar abominable de cervezas Aurum de Caprabo, colillas de tabaco para liar y comida precocinada. Hacían las veces de compañeros de su party inanimada. Dormitaba con unos sonoros ronquidos de gorrino cebado. Estaba lo suficientemente engrosado como para llevarlo al matadero. Hanny, no comprendía qué encontraba su madre en aquel amasijo de tocino cuya única ambición era ver los Reality Show televisivos entre exabruptos y ventosidades para, después, entrar en su perpetúo delirium tremens.
Lo miró quisquilloso durante un buen rato antes de calentarse el plato. Siguió observándolo, mientras devoraba con ahínco la totalidad del hervido y rebañaba las sobras con rastras de migas. Sin embargo, seguía hambriento. Así que tomó los instrumentos cárnicos de la cocina; cuchillos bien afilados. Y le rebanó el pescuezo. A continuación, con la templanza propia de un cirujano experto: lo troceó. Esa noche, tuvo segundo plato.
Acto seguido, guardó los restos en el congelador con bolsitas ex profeso para tales menesteres y etiquetas identificativas de la parte conservada. Sabía que nunca volvería a pasar hambre.



Trato sangriento

Locura o banalidad
miedo a lo desconocido o fatalidad
las hermanas de la muerte
la mentira y la verdad



El treinta y uno de octubre de 1999, en Longest Ville, preparaban el Halloween como todos los años desde que se había construido la villa. Los padres recorrían los pasillos del supermercado (carrito de compra hasta los topes) con listas interminables. Las madres decoraban los hogares con ristras de calaveras, arañas, monstruos, calabazas… Y ultimaban los disfraces de su progenie. Los niños comían golosinas y preparaban el recorrido nocturno del “truco o trato”. Todos estaban felices. La localidad era de ensueño; sus sesenta y seis calles formaban unas cuadrículas perfectas. Rectas como una viga de hierro colado. Los extremos colmados por rotondas de césped y flores. Además, tenía un centro comercial, un cine, una sala de fiestas, varias cafeterías, diversas tiendas con todo tipo de artículos, un hospital, un hogar para veteranos de guerra, otro para ancianos y un parque de atracciones.
Longest Ville era un municipio más de los que surcan todos y cada uno de los estados de USA; construidos en lo alto de una pequeña colina para albergar a familias de clases media-alta. Casitas de doble planta con buhardilla, garaje y trastero. Rodeadas de unos metros de césped exento de vallas. Todas las calles mostraban una armonía cuasi divina. Sin embargo, cada vivienda era de una tonalidad diferente. Ese era el emblema que la distinguía de las miles de urbanizaciones prefabricadas que salpicaban el macro país. En la calle principal, que partía en dos mitades exactas la villa, aparecía una medianera fina y esbelta de cipreses enanos recortados con una exquisitez demoniaca. En el número sesenta y seis, se alzaba una vivienda rosa palo con techumbre castaña, preciosa. En ella vivían dos hermanas de gustos opuestos: Meredith, una maestra retirada bastante excéntrica que no soportaba los films de terror. Y  Helen, ama de casa, soltera acérrima y seguidora de cualquier documento terrorífico que pudiera caer en sus manos. Ese día, ambas estaban inquietas esperando las pillerías infantiles.
Eran las siete de la tarde, cuando el primer grupo de monstruitos se echó a la calle para amenizar la fiesta. Cuando estaban a varios metros de la casa rosa, uno de los chavales soltó:

—Dicen que la Sra. Meredith se vuelve loca esta noche.
—Calla, charlatán —inquirió el vampiro—. La Sra. Meredith, fue una buena maestra.  Hay que respetarla.

Minutos más tarde, llamaban a la puerta. Helen les dio la bienvenida ataviada con un batín malva y gorro de bruja. Todos se echaron a reír.

—A ver… ¿qué tenemos aquí? —preguntó la dama.
—“Truco o trato” —dijo el muerto viviente estirando el brazo con el puño cerrado.
—Trato —contestó Helen arqueando una ceja.
—¿Quién ha llamado Helen? —preguntó Meredith desde la cocina.
—Son los niños, querida. No hace falta que salgas, querida —contestó ella.
Pero Meredith ya estaba allí. Maquillada y vestida como si fuera de fiesta. Sus cejas redondas, su nariz corta y respingona; su boca, una línea cóncava carmesí; su cabello, bucles dorados marcados por tenacillas. Era encantador verla arreglada. Los niños sonrieron y Meredith, también. Inmediato,  especuló uno a uno sus disfraces.
—Muy bien. Tenemos a Drácula, a un muerto viviente, una bruja guapa y un brujo feo, un gnomo, una vampiresa y… —su rostro comenzó a descomponerse.
—Meredith, ¿qué te pasa? —preguntó Helen con cara de susto.
Pero Meredith estaba al borde de un ataque de pánico —chilló despavorida.
—Ha regresado a por mí —dijo gritando, antes de salir corriendo como lama que lleva el diablo..
Los niños, boquiabiertos, no sabían qué hacer. Helen les dio una bolsa de chucherías y cerró la puerta. Inmediato, buscó a su hermana. Meredith estaba escondida debajo de la cama chillando como una loca. Tuvo que armarse de paciencia para tranquilizarla. Después, le dio unos sedantes y al final, la dejó durmiendo.

En el reloj de péndulo del salón, sonaron las tres de la madrugada. La tercera campanada hizo que Meredith despertara. Estaba aturdida. No obstante, en unos segundos reconoció la sintonía que escuchaba a través de la puerta. Era la música que Charles Bernstein había compuesto para el film Pesadilla en Elm Street. La mujer, se deslizó por el suelo con sumo cuidado. Giró el pomo de la puerta y bajo hasta la planta baja, descalza. Sin hacer ruido. Se asomó al salón y vio que la película estaba comenzando, cerró muy fuerte los ojos y volvió a abrirlos. Chilló desconsolada. Era un grito desgarrador y terrorífico; el brazo de Helen, descuajado y ensangrentado, yacía sobre la alfombra. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y siguió viendo el horror que la rodeaba… Dedos, una pierna, sangre en las paredes y el tronco de Helen sentado frente al televisor. Se acercó y volvió a bramar; junto al cuerpo mutilado, yacía la cabeza de su hermana con un hacha incrustada. Los ojos abiertos, azabaches y enormes que no dejaban de mirarla. La música irrumpió en tono elevado. Ella comenzó a golpearse contra la pared, repitiendo:

—¡Es una pesadilla! ¡Es una pesadilla! ¡Es una pesadilla!...  —extática, sin poder moverse.
Unas garras afiladas salieron del televisor como un enorme cangrejo que asía a su presa indefensa. Las manos, exentas de piel, dejaban al descubierto los tendones de los antebrazos. Por fin, apareció el rostro espeluznante del monstruo: Freddy había regresado a por ella. Desgarró su cuerpo a fuego lento. Los bramidos inhumanos se escucharon en toda la villa. Desde entonces, la casa número sesenta y seis de la calle seis de Longest Ville sigue deshabitada. Pero nadie pasea por los alrededores porque se escuchan ruidos extraños. Y todos los Halloween se oyen los alaridos infernales de las hermanas.




Un buen filetito

Solitario y meditabundo
el hombre es lo que es
quiere amor y no lo tiene
sus manos se convierten



Michael era un solitario. Siempre lo había sido, de niño jugaba solo y de adolescente Clerasil-gafapastas-empollón, también. Se había licenciado cum lauden en neurocirugía por Oxford y dirigía el departamento de dicha especialidad en el Hospital Monte Sinaí. Cuarentón, bien parecido y soltero: un buen partido. No había tenido tiempo de buscar novia, hasta que conoció a Kathy. Una pelirroja veinteañera que le hizo enloquecer.
Decidió abrir un blog ―bajo pseudónimo y avatar― en el que escribía lo que sentía por la excelsa joven: su amor platónico. Pasado un tiempo, empezó a desearla. Por lo que decidió tomar los servicios de profesionales del sexo que la suplantaran. Tenían que ser pelirrojas o utilizar una peluca de dicho color. Sin embargo, no terminaban de agradarle. Optó por masturbarse delante de las cientos de fotografías que había tomado sin permiso de la joven. Cuando comprendió que nunca sería suya, volvió a la soledad impertérrita de su juventud. Comenzó a escribir relatos góticos que finalizaban con gore hard: Kathy debía morir. Un día, mientras estaba cenando frente a su Samsug LC de 52’ se entretuvo con Oliver Twist  ―versus Polasky―. Le llamó la atención un diálogo entre los niños del orfanato:
―Por favor, Toni, deja de pasear que los demás tenemos sueño ―decía Oliver.
―Es que tengo hambre ―contestaba Toni.
―Todos tenemos hambre ―sugería Oliver.
―Sí. Pero yo tengo miedo ―insinuó el amigo.
―¿Miedo a qué? ―preguntó Oliver.
―Miedo a comerme al que tengo al lado.

Desde esa noche, Michael se obsesionó con la antropofagia humana. ¡Hasta Dickens la menciona! ―se dijo a sí mismo―.  Entonces, comenzó una investigación exhaustiva de la misma. Desde el homo habilis hasta el sapiens. Pasando por las frases populares: “que niño tan rico, me lo comería”. O los psicokiller que prueban cachitos o cachotes de su víctima. Recordó el anuncio en alguna red social: “se necesita víctima para ser devorada”. Y la hubo. Por último, repasó el celuloide: Hannibal, Viven, Ravenous… Ante tantas historias (verídicas o ficticias) que hablaban de la antropofagia, distinguió dos grupos: el canibalismo por necesidad y el snob o enfermizo. Se dijo a sí mismo que todos éramos mamíferos. Y, como tales, necesitamos devorar a nuestras presas. Entonces ¿por qué no comer carne humana? Dicho y hecho. Se fue al espejo, se anestesió el brazo y se cortó un trozo de antebrazo.
―Mmm… ¡Qué rico! ―se dijo así mismo cuando lo saboreaba a lo bávaro―. Mañana mismo secuestro a Kathy y la despedazo. Así la poseeré para siempre. ¡Seguro que está buenísima! Je, je, jeee…




  Sobre la autora

Anna Genovés es diplomada en Magisterio y Licenciada en Historia Antigua, y, en Arqueología y Prehistoria por la Universidad de Valencia. 

Desarrolló gran parte de su trayectoria profesional trabajando como profesora de Sociales en diferentes IES y colegios públicos y/o privados de la Comunidad Valenciana. Así mismo, siempre ha estado vinculada a la formación de adultos. Por otro lado, trabajó en RTVV, y, en ocasiones, ha ejercido de monitora deportiva y encargada de moda.

La autora escribe desde la infancia, tiene publicadas en Amazon (formato e-book y papel), las novelas Tinta Amarga, Las cicatrices mudas y El Legado de la Rosa Negra. Amén del libro de relatos, La caja pública | relatos. El poemario Pasillos nocturnos y el libro de relatos eróticos: Erotika. Asimismo, ha trabajado en distintas publicaciones editoriales: Aldea poética VI, Cachitos de amor II, Bovary 21, La zona muerta… Colabora en diversas plataformas digitales: Diario El Cotidiano, Canal Literatura.

Tinta amarga y Las cicatrices mudas, forman parte de la serie: thriller neo-noir, de la autora.

Puedes seguir a la autora desde su web: Memoria Perdida Blog

©Anna Genovés
Publicado en este blog el 9 de agosto de 2018






Anna Genovés

La caja pública - Parte final



Copyright © 2014 Anna Genovés
Todos los derechos reservados a su autora
Título de la edición: La caja pública
Autora: Anna Genovés
Corrección: Jon Alonso
Propiedad intelectual:
09/2013/2345
09/2013/2206
09/2004/1196
V ― 488 ― 14
ASIN: B00O9E3ZNM
            ISBN-10: 1502468433
             ISBN-13: 978-1502468437




Relatos fantásticos

Como indiqué en la entrada anterior, este es el apartado tercero y último del libro de relatos La caja pública.


Sección dedicada a los relatos y microrrelatos, fantásticos y de terror. Cabe decir que es mi apartado preferido.

El capítulo, sin revisar, por lo que lo encontrareis con errores ortotipográficos varios –es algo que no me preocupa demasiado—, consta de las siguientes historias:

Asylum
Blandiblú grana
Bloody Christmas
El infierno de Precious
Gominolas
Huesitos a tutiplén
La Venus cibernética
Los mininos de angora
My chocolat
Patrick
Peep-toes y dagas
Poison navideño
Segundo plato
Trato sangriento
Un buen filetito

Quizá, la afirmación de que todos llevamos un asesino o un demonio dentro, no esté tan lejos de la realidad. 






Asylum


Cuando era joven,
casi una niña,
mi vida quedo truncada
y dejó de ser vida.

Era bonita e ingenua;
una flor recién nacida,
y los pétalos se truncaron
apareciendo estrías.

La sangre corría por mi cuerpo
mi corazón gemía.

Cuando era joven,
casi una niña,
mi vida quedó truncada
y dejó de ser vida.

Nos conocimos en un guateque. Éramos las reprimidas que no bailaban ni bebían: chicas del comediscos. Tú, la guapa. Yo, la fea. Los chavales huían de mí. A ti, te perseguían. Tan iguales por dentro y tan distintas por fuera. Nos hicimos amigas mediante un pacto a la vieja usanza: aguijoneamos nuestros dedos y cruzamos nuestros hematíes. Fuimos hermanas de sangre hasta que me abandonaste por un chico. Entonces, dejé de hablarte, de mirarte, de reír tus gracias… Un día me arrojé a las vías del tren con un papelito en la mano que decía: “tú tienes la culpa”. 48 horas después, mi fotografía yacía sobre un féretro rodeado de pétalos floridos. Mi madre, de negro riguroso, no quería que oliera mal. Sin embargo, mis restos amputados se descomponían a marchas forzadas.
En el sepelio, mi ataúd se deslizaba con una camilla hidráulica entre los hermosos mausoleos de color ceniciento como tu rostro, hasta el nicho. Tu cuerpo tiritaba cuando lucieron los adobes que lo emparedaron. Te encerraste en casa. Dejaste de comer, de hablar, de soñar, de reír… no te apetecía nada. Por desgracia, tu familia conocía al director del psiquiátrico. Nadie te acompañó a las sesiones: acabaste sola. Agrietado el corazón que mutilaba tu alma. Cada vez que traspasabas la verja del sanatorio, los gritos de los confinados irrumpían en tus oídos: acufenos permanentes. Los enfermos andaban sueltos; hombres y mujeres deformes con caras enajenadas. No te gustaba ese lugar repleto de sufrimiento donde los muros sangraban.
Te metieron en una sala con azulejos blancos como la muerte; estabas muy asustada. Tenías una pesadilla recurrente: “bajabas corriendo las escaleras de un garaje sin retorno. Yo te perseguía. Te atrapaba. Arrancaba tu carótida de un bocado; mi cara llena de gusanos. Mi sonrisa desdentada”. Saliste de esos sacrílegos pensamientos, cuando entró el Dr. Mortem para conocerte y pautar la botica milagrosa que te devolvería la vida. Pero pasó el tiempo y no mejoraste. Atiborrada de barbitúricos, te convertiste en un muerto viviente. El psiquiatra decidió aplicarte terapia de electroshock. Tu cabeza estaba llena de babosas que se acoplaban a tu cráneo y succionaban tus pensamientos. Por último, te colocaron una esponja en la boca para que no sufrieras. La sacudida hizo que te retorcieras como en un mal ataque de epilepsia. No chillaste. Sin embargo, tus ojos se quedaron en blanco; parecías la niña del exorcista.
Cuatro meses después, te internaron en el sanatorio. Llevabas una bata blanca manchada de papilla. Te cortaron el cabello al uno, y lo poco que te quedada, lo arrancabas. Unas ojeras profundas incrustadas en tus entrañas ensombrecieron tus facciones. Te vi desde arriba e imploré que me acompañaras; las cuencas vacías de mis ojos buscaban alguna lágrima perdida. Esta mañana, has aparecido ahorcada del techo de la sala común. La lengua fuera, los labios amoratados y el cuerpo rígido. Me he acercado a ti para consolarte: “amiga, siempre estaremos juntas”.



Blandiblú grana

Vuela desde el quinto
al primero.
Ya no vuela
es un pájarillo quieto

Son las 14:14 horas del 22 de marzo de 2012. Acabo de llegar de la peluquería; me han dejado un pelo estilo Morticia de la Familia Adams pero en rubio. Eso sí, las uñas las llevo del mismo tono que dicho personaje: morado oscuro. A juego con los sentimientos góticos que encharcan mi organismo aunque el Sol nos inunde con un firmamento diáfano que anima a la vida. Recuerdo que anteayer escribí un poema subido de tono. Fue extraño, la jornada era lluviosa y parecía que la primavera llorara la pérdida del invierno. Sin embargo, mi pluma estaba en lo alto de la montaña rusa. Claro, acababa de devorar un tazón de chocolate. Hoy, tras mi verborrea “peluqueril”: “odio ir a la pelu y tener de contertulios a los lavacabezas, secadores, champús, rulos, tijeras y demás artilugios…”. He llegado a casa con zumbidos en los oídos. Da igual, estoy muy favorecida sin la autopista blanca que surcaba mi melena dorada de bote.
Entro en casa, y mi novio de turno, ni me saluda ni me dice: “¡qué guapa estás!". Por ejemplo. Me dice que los discapacitados pueden estudiar completamente gratis. Hasta ahí llega mi suerte, hace veintidós meses que un accidente de coche lo dejó parapléjico de por vida. Unos días antes, la menda, había perdido el empleo. Soy una parada de larga duración de más de cuarenta y sin posibilidades de trabajar. ¡Jódete guapa! Ni de puta sirves —me digo a mí misma mirándome en el espejo—. Un sinfín de imágenes atraviesan mi intelecto… Entro en el dormitorio y me pongo el chándal mientras la tristeza se apodera de mí; tanto por los requiebros inexistentes de “my boyfriend” como por lo mugrienta que me siento. Soplo y rebufo como una locomotora. Él todavía lo tiene peor —recapacito—, enjaulado de por vida en esa silla de ruedas supersónica que maquina hacia delante, hacia detrás, hacia arriba y hacia abajo; vamos que si lo apuran hacen con ella hasta caballitos. Pese a ello, no deja de ser un reo con la perpetua. Lo que todavía es más horrible, decadente, terrorífico. Demasiado joven, demasiado inteligente, demasiado… Prefiero no pensar. Voy a la cocina y veo que la lavadora ha terminado de centrifugar. Saco la ropa y me dispongo a tenderla mientras la música me abraza. Está sonando Última llamada del film Drive. Al abrir la ventana de PVC, veo la profundidad de la planta baja y no puedo evitar sentir una atracción fatal hacia ella.
El siguiente pensamiento me invita a besarlas, a fundirme entre sus baldosas como un blandiblú grana. Despilfarrados mis huesos, mis músculos y mis sesos, por esas losetas rojas que tanto me llaman. El tendedero está abierto al máximo. Mi cuerpo fluye en el espacio de cintura hacia arriba; los pies están de puntillas. Sería tan fácil dar un saltito y fundirme con el universo —pienso una vez más—. Sería una suicida más. Mi novio podría vivir con la pensión de mierda que le dan. ¡Bendita sea por siempre Señor! Y yo, dejaría de ser una “walker”. Tampoco me echarían de menos demasiadas personas. Ni prolijo la amistad ni la sociabilidad. El hedor de la amargura inunda mis entrañas. Como dice el refrán: "el muerto al hoyo y el vivo al bollo...".
Formo parte de una nueva casta social: los “perroflautas burgueses” venidos a menos. Con “titulitis” guardada en el baúl de los recuerdos. Y te preguntas, ¿fue tu madre quién te fastidió la vida obligándote a trabajar, o te la jodiste tú al seguir estudiando? Trabajar en el negocio familiar, era tu única salida como vástiga del proletariado. A estas alturas, tengo muy claro que debía haber guardado mi cordura hasta que se hubiera convertido en paja y, después, en aire. ¡Qué asco!
Voy volando, cabeza abajo desde el cuarto piso, al tercero. No tengo miedo mientras caigo, pero un ruido inunda mis oídos. Mi masa encefálica acaba de fusionarse con los azulejos escarlatas del suelo. El ruido, sigue insistente. ¡Es el despertador! —me dice la conciencia—. Abro los ojos; estoy en mi cama de siempre. Acabo de tener la pesadilla del futuro de mi vida. Me miro en el espejo del cuarto de baño y veo que soy la jovencita de mejillas sonrosadas, pelo a lo Camarón y acné disperso. Al fondo, los ronquidos de mi madre, me alientan. Me enfundo mis mallas grises y mi suéter negro con corazoncitos. Desayuno y miro el calendario; justo es veintidós de marzo de 1990… Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me voy a trabajar en el comercio de “my family”. A mediodía, regreso a casa. Mi madre me ha preparado arroz requemado y tortilla. Le doy un beso y ella se aparta. No es nada cariñosa, pero me quiere. Seguido, le digo:
—Mamá, he pensado que no voy a estudiar. Voy a seguir de tendera.
—Pero, ¿qué te ha hecho cambiar de parecer? —pregunta con cara de asombro.
—He recapacitado… Tienes razón. Los ricos, deben estudiar y la clase obrera, trabajar —le guiño un ojo.
—Iba a decirte que te matricularas en la universidad…
—Mi vida está marcada… Si sigo en el negocio familiar, me volveré loca. Y si estudio, sucederá lo mismo —le digo con desgana.
—¡Qué cosas más raras dices! Ya pensaremos qué es lo mejor…  —contesta moviendo la cabeza.
Después, mamá se santigua varias veces como si estuviera chiflada. Lo estoy. Mi cabeza oscila como el péndulo del reloj de cuco que tanto le gusta. Da igual el camino que tome, acabaré fusionándome con las baldosas del primer piso de una finca de ¡quién sabe dónde!, como un blandiblú grana.



Bloody Christmas

Navidades felices
o quizás sangrientas;
la madre asesina al hijo
el hermano se enajena
cocodrilos hambrientos


Dorothy Smith, adornaba el abeto navideño de su hermoso chalet de Miami. Era Nochebuena y toda la familia se reunía a cenar en su casa. Hacía nueve años que su esposo había fallecido, y aunque sus hijos se llevaban de pena, querían seguir con la tradición familiar. El matrimonio Smith, aumentó con el nacimiento de Saúl, al año siguiente de su boda. De eso hacía la friolera de cuatro décadas. En la siguiente Navidad, se unió al triángulo Bill. Pasó un lustro hasta que llegó Peter; el peque de la familia. Un pentágono maravilloso, hasta que Saúl se casó con Telma. Y la familia volvió a crecer año tras año. Primero con el hijo de ambos, Saulito. Seguido, con Mirian, la esposa de Bill. Al año siguiente, fue Minnie; el retoño de la nueva pareja quien se unió a las fiestas. Y consecutivamente, Helen la novia de Peter y sus mellizos.  Desde la llegada los gemelos, Helencita y Johnny, el clan había permanecido inmutable. Un puñado de personas repletas de hipocresía.
Eran las nueve de la noche cuando Dorothy, auxiliada por Telma y Mirian, sacaban los suculentos manjares a la mesa. Dorothy era la anfitriona perfecta. Pese a ser sesentona, todos la envidian; su look es de lo más “cool” y su belleza seguía sempiterna: la mismísima Jessica Lange en American Horror Story. Durante la ingesta del primer plato, todos estuvieron muy amables. En el segundo, Saúl empezó una azarosa discusión con su cuñada Helen. La cosa terminó con el cuchillo jamonero sobre la mano de la mujer. Helen chilló con la mano ensangrentada. Mientras un par de dedos como las ancas traseras de las ranas cuando las cortas bailaban sobre el mantel.
—¡Cógelosss!!! Y vámonos al hospital a que me los injerten. ¡Ayayayyy!!! ¡Malnacido! —chilla estrepitosa, la víctima.
Pero su esposo Bill, está dándole puñetazos a su hermano. Y para rematar: le clava el tenedor en un ojo. El silencio inunda el salón. Saúl cae sobre la alfombra. Dorothy quiere quitar leña al asunto:
Tranquilos hijos. A Helen le coso los dedos. Después, me encargo de Saúl… Tú tranquilo, hijo mío le dice al tuerto ya sabes que mamá fue enfermera.
Madre, no te preocupes por mí; soy un guerrero, como el papá —dice Saúl, antes de extraerse el arma homicida del ojo, sin tan siquiera pestañear.
La sangre riega su rostro, pero la reemprende con su hermano, deteniendo la hemorragia con una servilleta. Lo mismo que utiliza Helen para sus dedos.
La espectacular mesa, se ha convertido en un campo de batalla. Vuelan panecillos, verduras, platos y enseres…
¡Hija de puta! Cómo mi padre se quede tuerto, te juro que te saco un ojo con mis propios dedos vocea Saulito a su prima Minnie.
No te atreverás. Si me tocas te juro que te meto un cuchillo por la boca —grita la niña.
Los gemelos, que tampoco se soportan, se retuercen el pelo y Telma la emprende con Mirian: están pegándose zarpazos como verdaderos felinos. Nadie se da cuenta que Peter (el hermano pequeño) ha desaparecido…
—Te odio ¡guarra!
—Y yo a ti ¡cabrona!
Braman las damas convertidas en leonas.
—Voy a dejarte la cara como un mapa. Ni el mejor cirujano, del mundo, podrá arreglártela —grita Telma.
—Pues yo, te voy a filetear tu culo seboso —vocea Mirian.
—¡Ah, sí! Habéis venido porque no tenéis donde caeros muertos. Aquí, ¡a pedir dinero! ¡No os daremos ni un puto dólar!
De repente, suena un disparo en el piso de arriba. Segundos después, Dorothy se asoma a la barandilla de la escalera. Pistola en mano:
—Aquí hay un problema más grave… Helen olvídate de tus dedos y tú, Saúl, a partir de ahora serás tuerto. Peter está muerto; estaba robando las joyas de la familia. Cuando lo pillé; me dijo que si decía algo se pegaba un tiro.
—¿Y?... —pregunta Saúl.
—Discutimos y, accidentalmente, el revólver se disparó. Está en medio de la habitación con un tiro en la barriga.
—Madre ¿cómo has podido? —Pregunta Bill.
—Me defendía: os lo juro.
—Claro —dice Saúl—. Como el ventanal, que cayó encima de padre hace nueve años y lo decapitó. Aflojaste las bisagras porque te maltrataba…
—Dejémoslo estar…   —comenta la madre. 
—¿Qué propones? —Secunda Bill.
—Lo mejor  para todos será que llamemos a la policía —insinúa Helen.
—¡De eso nada! ¡Chitón!!! —vocea la mater familia, autoritaria—. Descuartizaremos a Peter y lo echaremos en los Cayos. Los cocodrilos harán el resto. Tú, Helen —le dice a la viuda— ni rechistar. Estabas de tu marido hasta el moño. ¡A trabajar! ¡Ya está, solucionado!
Bajan al muerto por la escalera enrollado en la alfombra de cachemires del dormitorio. Saúl va delante, sujetándole los pies y Bill detrás, asiéndolo de los hombros. Dorothy guiándolos. La cabeza de Peter pende hacia atrás. Acabada la faena, la madre saca varios plásticos y los reparte…
—¡Venga! Metamos los trozos en estos sacos. Hemos hecho un trabajo estupendo. Alto, Saulito. La cabeza se queda en casa.
—¡Caray, madre! ¡Qué obsesión con las cabezas! —manifiesta Saúl de mala leche.
—Bueno, son mis trofeos.
—¿Las cabezas? —pregunta Telma, lenta de reflejos.
—Sí, las cabezas —repite Dorothy—. Si no te callas después vas tú.
—¡Buaaa!!! ¡Buaaa!!! —rompe a llorar la mujer.
—¡Deja de lloriquear, zoquete! Era broma. Me quedé la de mi esposo para darle un entierro digno. Lo mismo haré con la de mi hijo Peter. ¡Así pongo flores cuando me apetece! —vocea Dorothy, como una posesa.
—¡Hala! A echarlo a los cayos —finiquita Saúl.
Sacan los trozos de Peter en diferentes bolsas. Las meten en la camioneta; suben, la ponen en marcha y empiezan a cantar villancicos. Forman una coral siniestra con sonrisas macabras y alguna que otra mancha sanguinolenta, en sus trajes. A pocos kilómetros, aparcan en una zona cercana a los Florida Keys. Una a una, van sacando las bolsas con los restos descuartizados de Peter. Dorothy, delante (linterna en mano).
—No acercaros mucho que por aquí hay demasiados cocodrilos sueltos… —sugiere la matriarca.
Asestan diversos tajos a las bolsas para que los aligátores huelan los trozos de carne: su manjar navideño.
—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y ¡doce! Ya está. ¡Bravooo!!! —palmea, Dorothy, pegando saltitos.
—Madre que era tu hijo —manifiesta Bill.
—¿Y qué? Era un zángano —contesta ella sin inmutarse.
Unos ruidos los alertan. Enfocan hacia los manglares. Una marabunta de reptiles comienza a zambullirse en el agua. A los pocos minutos, empieza un baile salvaje para ver quién se lleva la mejor parte. La familia al completo se despide con grotescas palabras.
—Jua, jua, jua… ¡Adiós, adorado hijo!
—Jejejeee… ¡Adiós, querido tío!
—Jijijijiiii… ¡Bye, bye,  estimado hermano!
—Hasta nunca, amado esposo.
—Papi, eras feo y no te queríamos. Allí serás más feliz…
—Cuñado, polla floja y enana, quise que me la metieras y no lo hiciste ¡qué te den!
—¿Qué has dicho, Mirian? —interpela Bill.
—¿Acaso tú no te lo montas con Helen, su querida viuda? Por nombrar alguna de tus amantes…
—Está bien. Ya lo sabemos, en nuestra familia ¡viva el totum revolotum! ¡Viva la anarquía!  Jajajaaa… Jajajaaa… Jajajaaa… —replica el marido riendo, histérico.
Acabado el ágape réptil, la familia, vuelve a casa entonando Jingle Bells. Terminan la cena con una gula incontenible. Pero la noche no acaba bien. Días después, hallan las cabezas del grupo exceptuando la de Dorothy. Los cuerpos son un misterio por resolver.



El infierno de Precious

Obesa que no recuerda
o flaca que no se llega a conocer
la verdad es un engaño
de papel couché


Precious caminaba por la estrecha avenida impregnada de una traspiración copiosa. El bochornoso calor hacía que su organismo se derritiera como una terrina de mantequilla búlgara. A lo lejos, observó el único edificio alto de la arteria. Allende, un colosal rascacielos acristalado de color humo. Su única salida: llegar al ático y respirar aire puro. Una utopía inalcanzable en el universo de la imprevisible Precious. A medida que avanzaba, la calle se estrechaba. Una incipiente claustrofobia se apoderó de ella. Los goterones de sudor empapaban su deslustrado cabello y seguían como prósperos caudales de un torrente desbocado por sus bondadosas carnes. Pensó que cuando llegara al edificio se vería más escuálida que una anoréxica. Entonces sería doblemente feliz.

La calle estaba vacía. No se escuchaban ni las bisagras de las ventanas ni los zumbidos de las moscas. Nada. Exceptuando el virulento calor que agotaba todos los retículos de su pringosa hechura. Cuando llegó a la entrada de su grandioso ídolo de cristal y hormigón, su masa encefálica estaba hecha mixtos; las cerillas de su cajetilla, siempre eran las mismas. No recordaba ni su pasado ni su vida. Sin embargo, estaba alegre. Se enroló en la puerta giratoria y jugueteó unas cuantas veces. El ascensor estaba averiado. Tenía que subir 66 plantas andando. No había otra forma de tocar el cielo.  En el vestíbulo había bastantes personas: se asombró. Las primeras que veía desde que había emprendido su hazaña. Rostros anónimos que conocía de algo... Malditas fotocopias de una pasado añejo que no comprendía; un rompecabezas con las piezas desajustadas. Resopló como un toro frente al burladero y empezó el ascenso.
En el piso décimo, la camiseta parecía la de un pívot de la NBA. En el tercer cuarto, se la quitó. En el recodo veinteavo, los pantalones se le cayeron. ¡Por fin había dejado de ser una obesa! En la plata treintava, se dijo a sí misma que podía presentar su CV en alguna agencia de modelos. En el rellano cuarentavo, su cuerpo era un pellejo. Una catarata escalonada de carnes flácidas, un neumático Michelin deshecho. Quizás debía descansar y olvidar el paraíso. Sus dendritas estaban fundidas y desconocía el porqué de su empecinado proyecto. Descansó un rato y siguió subiendo hasta la cumbre.
***
En mitad de la quinta avenida de NY, se abrió una alcantarilla: Precious asomaba la cabeza.
―Por fin soy libre ―gritó, respirando con todas sus fuerzas.
Su cuerpo era un papel de fumar arrugado que apenas se sostenía. Pero estaba pletórica. Había llegado a la meta. Se levantó de un salto y un autobús la atropelló: la dejó como un dibu estrellado contra el pavimento. Entonces, vio a un lechuguino con patas de macho cabrío, cuernos rasurados y Cohibas.
―¿Dónde creías que ibas Pequeño gusano? ―le preguntó.
―Al cielo ―contestó ella.
―¡Al cielo! Ja, ja, jaaa… Esto se llama Tierra y tú perteneces a las cloacas del abismo. Eres mi rea ―dijo el leviatán opíparo, relamiendo sus labios groseros al ver que había encontrado a su presa.
―Estás equivocado. ¡Esto es el cielo, idiota!
―¡Esto es el puto infierno! Vivirás mejor en mi covacha que en este rincón olvidado de Dios. El omnipotente estaba tan hasta los huevos de vosotros, que se marchó de vacaciones y todavía no ha vuelto.
―Eso es imposible…
―Piensa, ¿no recuerdas que has hecho lo mismo muchas veces?
―Pues ahora que lo dices…
Precious puso cara de sorpresa y rebuscó en sus recuerdos, en su memoria perdida... Su rostro adquirió el color mohecido de los cadáveres. Unos lagrimones surgieron de sus cuencas baldías. Su autobiografía, había vuelto. Tenía dieciséis años cuando cogió la plancha de mami y la emprendió, ¡a planchazo limpio! Con toda su parentela. El pico de teflón rebosante de masa encefálica. No los quería, por que se burlaban de ella: “¡gorda, gorda, gorda!”. Le repetían hasta la saciedad. La sentencia impuesta tras el suicidio de sus carnes con el rifle de papá fue: “infierno perpetuo”.
En ese preciso instante, en el que los recuerdos cupieron todos y cada uno de los retículos de su psique, Precious hizo un mohín de complacencia. Por lo menos, allí abajo nadie se metía con ella. Lo único que le sacaba de quicio era cada vez que aterrizaba en las marmitas de Pedro Botero. Su cuerpo bullía y no recordaba por qué estaba en esa cazuela enorme y repleta de personajillos repugnantes como ella. Tampoco le importaba demasiado: era una luchadora. Sabía que volvería a escabullirse arrastrándose desde el caldo mágico hasta el borde metálico del puchero. Desde allí, emprendería su sempiterno vía crucis para intentar volver al limbo. Sin embargo, el cielo era su verdadero infierno. Quizás algún día volvería a nacer en un lugar menos inhóspito.


Gominolas

Nade es lo que parece
en esa mente que no ve
lo vivo esta muerto
y lo muerto no es


Vivo con mi hermano desde hace años. Él se encarga de la manduca y yo de la casa. Hoy comeremos de rechupete;  verduras al horno con sorpresa. Acabo de asomarme a la cocina y el resplandor de los pimientos, el tomate, las patatas y la cabeza de ajo, han hecho que las mirara durante unos minutos… De repente, me he visto admirando un bodegón de Zurbarán. Las hortalizas han cobrado vida y se han ido convirtiendo en distintas frutas. Las patatas se han tornado manzanas, las cebollas melocotones, los pimientos ramos de uva y la cabeza de ajo, en un hermoso melón. El horno es un cesto de mimbre y los armarios colindantes lámparas variopintas de mangos y guindillas: un óleo de composición exquisita. Cuando el Chef  ha ido a colocar la pieza principal, le he chillado despavorida:
 —¡Noooooo!!!!!!!. Por favor, deja que el pajarillo siga volando —le he pedido.
Él me ha mirado con cara de susto y me ha preguntado si me había tomado las pastillas.
—Pues mira no lo recuerdo. Tú has dejado el pastillero y te has sumergido en el ordenador. Yo he pululado por las habitaciones mirando la decoración —le he contestado.
—Pero hermanita ¿no ves que tengo trabajo? Tienes que descansar y tomarte las medicinas tres veces al día; imagina que son gominolas… La roja una fresa, la verde una sandía, la amarilla una pera y la rosa… —ha dicho resignado.
—La rosa un chicle Bazooka —he contestado palmeando.
—Como tú digas, querida pequeñaja... Como tú digas…
—¿Y si no quiero tomármelas?
—Pues… Ya lo sabes ¡tendremos que volver a internarte! Esto que llevo en la bandeja no es un pajarillo que deba volar. Es una lubina: un pescado listo para cocinar —dice.
—¡Qué no! Es un pajarito y tú lo quieres matar.
No he podido remediarlo. He cogido un cuchillo bien grande y le he asestado unas cuantas puñaladas. Creo que me lo he cargado: no se mueve y está lleno de sangre. He recordado una peli y me he pegado varios golpes contra la pared. Después, he llamado al 014. He dicho que me habían golpeado. He pensado que como soy un poco esquizo, seguro me libro de la cárcel. De improviso, el teléfono se me ha caído de las manos y he perdido la conciencia. Me he despertado pasados unos minutos, ligeramente mareada; la sangre chorrea por mi rostro. El timbre sonaba a todo meter; era la policía. Al abrir, han entrado dos chicas uniformadas y con cara de pocos amigos. La más alta me ha preguntado: "¿dónde está el agresor?...".  Pienso que están más idas que yo. Lo tienen delante y ni se enteran. Se lo hago saber. La morena con cara de machorro, explota una bola de chicle en mis narices. Será chulita, si la conozco desde que lució el uniforme por primera vez y ahora me mira por encima del hombro creyéndose Charles Bronson (versus femme) en Yo soy la Ley —pienso—. De repente, suelta:
—Señora es la quinta vez que nos llama este mes. Vamos a llamar a los Servicios Sociales.
—¿Cómo…??? —pregunto asustada.
—Por cierto ¿Qué huele tan mal? —la rubia abre el horno y refunfuña—. ¡Hostia! Si que está loca la tía… —termina por decir.
Miro el horno y les digo:
—Lo ven… ¡El hijo puta de mi hermano ha socarrado a mis periquitos!
—Señora, cálmese. Usted no tiene hermanos. Vive sola desde hace diez años —se pone en jarras.
—Y entonces… ¿quién es ése que me ha pegado? —digo señalando al fiambre.
Las maderas se miran entre ellas. Oigo que una le dice a la otra: "está como un cencerro..."
—Señora, es un oso de peluche.
—¡Joder! Ustedes sí que están locas —digo a carcajada limpia.
Es lo último que recuerdo antes de rajarme el cuello de parte a parte. Por desgracia, la herida fue superficial: estoy hospitalizada. Es de noche. Entra la enfermera de turno: una rolliza jovenzuela con cara de ingenua y voz de estúpida. Se está acercando diciendo gilipolleces con su timbre agudo y tormentoso… Me acuerdo de Hannibal Lecter. Me gustaría pegarle un bocado en su puta boca para que dejara de martirizarme.  Levanto  la cabeza  de golpe y saco la lengua, susurrando: "ftftftftftftftftftft...". A lo caníbal de la pantalla grande. La pava sale corriendo y pegando gritos. Entonces, miro mi cuerpo y la que chillo soy yo:
—¡Nooo…!!!
Estoy en un manicomio y llevo una camisa de fuerza.


Huesitos a tutiplén

Los millonarios y sus excentricidades
los sirvientes y su conformismo
cada uno en su mundo
cada uno es lo que es


Marcel es una millonaria parisina excéntrica y caprichosa. Esteticohólica; la última vez que visitó a su cirujano plástico le dijo que quería ser Nefertiti. Y, ahí está, convertida en el plagio actual de la mítica reina. Desde hace unas horas, se prepara para el party más cool de Halloween en su Chateau d’Capriché. Nadie la ha visto con su nuevo rostro. La crème de la crème gabacha, adicta al Bótox y a los estiramientos anotados en sus iPhone 5c como fuera la lista de la compra diaria, están al quite. No faltará nadie. El palacete aparece decorado de color púrpura y oro. Un árbol de Navidad adelantado con todo tipo de lujos fastuosos, en la puerta de entrada. Todo excesivamente barroco. Al final de la velada, se premiará el mejor disfraz con un Porsche 911 financiado por la anfitriona. Ella, se prepara en los aposentos privados para el evento. Su traje nada tiene que ver con la conmemoración de la noche. Sin embargo, a ella se la pela: será la viva estampa de Nefertiti y su nuevo amante, el faraón. Ambos con las mejores galas; como si se tratara de un ceremonia nupcial.
—Bernardette, ayuda a vestirse al señor —dice la millonaria a su ayudante de cámara.
La doncella la mira de reojo.
—¡Ya está bien, querida! Me aseguraron que eras la mejor; por eso te contraté. Además, estás muy bien pagada. No obstante, te daré un plus. Ahora, ¡viste a mi Faraón de una puñetera  vez! ―vocea, cabreada.
—Oui madame ―contesta la ortopédica dama con una genuflexión de tronco.
—No soy Madame. Ya te he dicho que a partir de ahora soy alteza —increpa la excéntrica dama.
―Oui, mon reine.
—Mucho mejor. Ya sabes que mi amor, es muy callado y no entiende demasiado nuestro idioma. ¡Es el hombre perfecto! —sigue parloteando la señora. Inmediato, se acerca a su partenaire y le da un beso.
—Mmm! —dice el hombre con ojos de tortolito.
—¡Allez, Bernardette!
—Perdone Alteza. ¿Cómo desea que lo vista? —pregunta con los brazos en jarras y una sonrisa Profidén.
—Con sus mejores galas.
—Como guste su alteza.
La doncella —siguiendo un ritual metódico— saca una a una las piezas del majestuoso aderezo.
Los invitados llegan con sus vehículos de gama alta. Media hora después, todos esperan la aparición de los anfitriones. El mayordomo jefe, anuncia la salida. La cofradía se queda anonadada: Marcel está bellísima.
—Eres su vivo retrato —le dice la Condesa de Chitón. Su mejor amiga.
—Queridos, voy a presentaros a mi nuevo amante. Este es el  definitivo… Je, je, je... Se llama Akenatón  —dice, presumiendo como una pava real.
Suenan las trompetas y cuando aparece el consorte, los reunidos aplauden. Se escucha un: “¡Ohhh!!!”. Explosivo. La fiesta es un completo éxito y Akenatón recibe el Porsche al final de la velada: su disfraz es sublime. Ya en la cama, Marcel le comenta…
—Los has visto, ¡qué vulgares. Siempre con los mismos modelitos!
—Mmm… —contesta él.
—Sí cariño tienes razón. Y, además, la Condesa de Milloneti, siempre va de niña el Exorcista. ¡Qué agarrada!
—Mmm…
—Por supuesto. Aunque no te has perdido nada…
—Mmm…

—Exacto. Me sé el repertorio de memoria: zombis, Chucky y su novia, vampiros, Jason Voorhees, brujas, demonios…  A ver ―cuenta en alto― 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… Me falta uno.

—Mmm…

—Claro, ¡qué listo eres! Falta Scream. Ves, ¡si hasta tú lo sabes!

—Mmm…

—Esto no lo he cogido… A partir de mañana, te voy a poner un profesor particular de francés porque, a veces, me cuesta comprenderte. Amor.
—Mmm…

—¡Ah! Ya está claro. Por supuesto, es el último año que monto la fiestecita. Son muy aburridos.

—Mmm… 

—¿Has visto el síncope que le ha dado a la Baronesa de Tiquismiquis?

—Mmm…

―Eso es. Total porque al abrir la boca se te ha caído un gusanito de esos morritos tan lindos que tienes —lo besa subida de tono.

—Mmm…

—¡Te estás poniendo cariñosito... Lo noto. Siempre preparado para el ataque. El sexo es tu fuerte, ¡cielito!

—Mmm…

—A no. De posturitas raras, nada de nada. La última vez que lo intentamos me tocó enviar a Bernardette a la fábrica de Loctite. Recuerda que compró todo el stock de pegamento. Estuvimos varias horas quitándote las vendas y un día entero pegando tus huesitos —le hace un mimo.

—Mmm…

—¡Qué no! El misionero o me enfado.

Bernardette los ve desde la puerta. La señora tumbada bocarriba y la momia que sustrajeron del museo de El Cairo encima. Nunca mejor dicho: moviendo el esqueleto.

 

La Venus cibernética

Perfecta, armónica
sin defectos ni virtudes
sin alma que la cobije
ni fe amatoria



¡Oh¡ ¿Ya tengo qué  levantarme? Si acabo de acostarme dice Venus desperezándose.
Hace once horas que llegaste a casa. Tras inyectarte, el opiáceo sintético que elegiste, caíste en un profundo sueño contesta una voz metálica.
Ya sabes que ayer tuve un congreso de ciber-genética que duró más de cinco horas. Después, no pude eludir la cena de gala y la posterior fiesta; estaban todas las personalidades relevantes del Universo: los ancianos de Marte, los tricéfalos de mercurio, los labios eternos de Venus… En fin, todos. Hasta el faraón de la Galaxia más alejada del sistema solar. No podía escabullirme. Por eso estoy tan cansada. Tenías que haberme dejado dormir más tiempo. Sabes que no soy persona si no duermo de un tirón, mis doce horas perfectas.
Los siento, Venus. Conozco tus necesidades. Pero han llamado del centro de control Criogenético: hay un problema en el tanque H2020-443j.
Vaya, vaya, vaya… No sé qué sucedió ese año con el nitrógeno líquido utilizado para el sueño eterno. Todos están dando problemas. En fin, ¿cuánto tiempo tengo?
Un monolipóctero teledirigido vendrá a recogerte en treinta y cinco minutos.

Bien. Pues manos a la obra. Lo primero quítame esta resaca de LSD3001 químico que introduje en mi organismo para llegar a una complacencia extrema. Por cierto, gracias por tu recomendación. Es buenísimo.
De nada, sólo cumplo con mi trabajo. Como te dije el LSD3301 químico es extraordinario, porque incid…
Q3303Venus, no empieces con todo el repertorio que ya me lo dijiste anoche. Ya sé que he llegado a los rayos REM un segundo después de cerrar los ojos y que mis sueños, han sido tan plácidos como cuando estaba en el útero biónico del laboratorio.
Entiendo, Venus. Disculpa. Puedo oxigenizarte ahí mismo, aunque preferiría que pasaras por el ionizador catódico.
De acuerdo. Así realizaremos todas las funciones necesarias para optimizarme, de una sola sesión.
Abriendo cápsula onírica.

Un pequeño ruido aeroestático y sedoso, atravesó la estancia cibernética en la que Venus se encontraba descansando. Cinco minutos más tarde, estaba dentro de la cápsula de optimización. Su cuerpo rosado estaba firme como una roca, modelado a semejanza de la Venus más hermosa jamás torneada. Media hora después, un monolipóctero teledirigido desde la central de clones Eternitys, la espera en el dintel del tejado acrílico de su cueva de titanio. Venus entró cual flor recién nacida entre diamantes. No necesitó utilizar a unos de sus otros “yos”.




Los mininos de angora

El amor traspasa fronteras
ella quiere marchar
él la reclama
y se va…



Rebeca está frente a una hilera de nichos. De negro riguroso mirando una lápida con coronas semifrescas que rezan: “Arturo González Pérez. 1980-2013. Quererte fue fácil. Olvidarte, imposible”.
―¿Cómo se te ha ocurrido dejarme en la flor de la vida? ―pregunta la joven viuda con lágrimas en los ojos.
Un viento gélido hace que las ramas de los cipreses aleteen. Las flores marchitas apostadas en el contenedor de basura, se sumergen en un torbellino que levanta una arenisca fina. Una gata blanca de angora se contonea por las tupidas medias de la plañidera y se aposenta entre sus zapatos, de tacón alto.
―No me digas que llegó tu hora y ya está. Estoy harta de oírtelo decir desde que te fuiste ―sigue en su particular memento, la compungida.
Se sienta en un banco de madera roída frente a la tumba. Acariciando a la gatita, como si ésta hubiera perdido a su partenaire y se consolaran mutuamente. Recuerda que se conocieron en la boda de una amiga. Sus miradas se cruzaron en la iglesia. Allí mismo, en la sacristía, se entregaron a una lujuria desmesurada. Unas semanas más tarde, se casaron. De eso hacía un año. Todo funcionaba de maravilla hasta que una tarde, Arturo, cayó fulminado. Un hombre fuerte y joven que nunca había estado enfermo. Desconsolada, había llamado al 112 y después a la funeraria. No podía olvidar la imagen: lo sacaron en una bolsa con asas, como si fuera un violonchelo. El rellano de la finca era estrecho. Rebeca cerró de golpe. Segundos después, escuchó un ruido seco. Miró a través de la mirilla; el cadáver embolsado había golpeado la puerta. Parecía que Arturo le dijera: “¡todavía no me he ido!”… Desde entonces, tenía pesadillas. Siempre la misma historia. Una voz de ultratumba la llamaba: “Rebeca, Rebeca. Ven conmigo”. Repetía hasta la saciedad. Un día y otro día.
―No sé qué hacer. ¿Qué quieres mi amor? ―insinúa Rebeca sofocando su llanto con un pañuelo de hilo con las iniciales A. G. P. bordadas en grana.
―Estoy solo y hace frío… ―hablan las tumbas mudas y las cruces pétreas.
―Tú ganas ―indica Rebeca con los párpados entornados.
Abre el bolso, saca un botellín de Bezoya y un envase de Propranolol Hidrocloruro. Un betabloqueante que utilizaba su esposo ―doctor en psiquiatría― cuando iba a los simposios y tenía que hablar en público. Era hombre de acción y pocas palabras.
―Si cariño. Lo que tú digas. Sé que no sufriré ―sigue parloteando.
Las hojas gasifican un baile sepulcral, ligero.
―Además, estas pastillitas fresadas son muy hermosas. Como mis labios, dirías tú.
Seguido, coge un blíster y extrae las grageas. Las deja en su mano, mirándolas como abducida. La minina ―con un iris verde y otro azul― ronronea. Le guiña un ojo.
―¡Ay mi niña! Quieres tu parte. Deseas irte con D. Gato ―le da una. La felina la chupa hasta dejar un polvillo inocuo.
Rebeca ve cómo se tumba, maullando soñolienta mientras ella la acaricia. Hasta que su cola deja de moverse. Ha sido rápido e indoloro ―piensa―. Hermosa como la porcelana fina, sigue el ritual con una parsimonia escalofriante. Se traga las píldoras.  Una, dos, tres… hasta llegar a la docena. Bebe agua y se tiende sobre el banco, mirando el cielo; diáfano, de un zafiro intenso. Experimenta una felicidad inaudita: han desaparecido las preocupaciones. Ve el rostro de Arturo, sonriente. Alza la mano para tocarlo a la par que su corazón enmudece. Entra en una catarsis cuasi divina. Llega al Nirvana con los ojos entornados. Feliz.
***
Tres meses después, el piso tiene otros inquilinos. Durante el traslado, la nueva pareja encuentra una fotografía con un hombre y una mujer de perfil, besándose. La flamante novia, la mira y se sobresalta.
―¿Qué te sucede, cariño? ―pregunta el hombre.
―Los perfiles me han mirado… ―contesta ella, blanca como un espectro.
―¡Chorradas! Estás nerviosa. Es normal.
Pasan los días y la novensana sigue intranquila. Experimenta sensaciones extrañas: ráfagas de aire, siluetas difuminadas, risas vagas… Una mañana se despierta ―puesta de somníferos hasta las cejas― y cepilla su melena en el espejo de la cómoda. De repente, chilla con todas sus fuerzas: la pareja del retrato está en la cama rodeada de miaus. Ella, mima a una hembra de angora, nívea como el nácar. Él, la señala con el índice, diciendo: “eres nuestra”. Los felinos saltan sobre ella y arañan su cara. La sangre gotea por sus pómulos, se introduce en su boca. La rodea un olor metálico con sabor ferroso que anuncia el peligro. Corre hasta la puerta de entrada. Pero los pestillos se cierran. Gira hacia la alcoba, los espíritus le impiden el paso. Los objetos comienzan a volar. Unas sonrisas macabras se funden en sus oídos. Horas más tarde, el esposo encuentra su cadáver sobre el gres de la cocina junto a unas latas de comida para gatos, vacías. El cuerpo está ensangrentado; lleno de rasguños y acuchillado. Como si en un ataque de esquizofrenia, se hubiera rajado a sí misma. Lo extraño es que en la finca, nadie tiene animales de compañía.


My chocolat


Dulce y amargo
negro y espeso
te quiero sin quererte
pero te quiero



Era domingo por la tarde, y Marta seguía su rutina…
Merendaba a las seis. Hacía el amor a las siete. Y leía a partir de las ocho. Un rosario monótono que repetía al pie de la letra hiciera frío o calor. Siempre.
Ese día, el chocolate había salido perfecto. El encuentro amoroso, exuberante. La lectura, apasionada.
Lo cierto es que era una cocinera pésima. Pero en cuestión de chocolates, nadie la superaba. Siempre decía que se la jugaba con la mismísima Juliette Binoche en el film Chocolat. Todos los que probaban su exquisitez, quedaban más que satisfechos. ¿Sería que la sensualidad de su cuerpo le confería unos poderes mágicos cuando trajinaba con ese potente afrodisiaco natural, tan dulce como estimulante? –pensaba con demasiada frecuencia—. Lo desconocía. Pero tenía que descubrirlo.
Un domingo, dejó de hacer chocolate a propósito. Quiso comprobar si su novio la amaba por si misma o por su dulzura culinaria. Y salió escaldada. Por desgracia, no hubo encuentro amoroso ni tampoco lectura.
Triste como el Patito feo, se encerró en su cuarto y se acopló entre mullidas almohadas. Dos días más tarde, salió canturreando como si nada hubiera sucedido. Al domingo siguiente, volvió a su chocolate y su boyfriend se mostró más complaciente que nunca. Sólo, que  no se levantó de la cama: había fallecido. El dictamen forense, determinó como causa de la muerte un trombo estomacal.
Marta se había vengado de ese D. Juan que sólo la aguantaba por su chocolate. Había pertrechado el crimen perfecto aderezando su golosina con un potente e inocuo veneno. Poco le importaba, había encontrado el repuesto perfecto: un veinteañero con muchos músculos y poco cerebro. 
Desde entonces, cada dos o tres años, cambiaba de séquito. Pero siempre estaba rodeada de palomos y polluelos dispuestos a morder sus carnes bondadosas y su primor gastronómico. Nunca sabremos cuál era el verdadero motivo…


Patrick

Sabor ferroso
colonia de Yves Saint Laurent pour homme
tan bello como estúpido:
es él


Estaba de vacaciones en Manhattan y unos amigos me habían invitado a su ático; íbamos a jugar al  paintball.  Cuando tomé el ascensor, subió conmigo: un yuppie trajeado y educado. Mientras ascendíamos sentí una bofetada de aire cálido que me trasportó a la adolescencia: era su olor. Indagué qué me atraía tanto de él; su cabello engominado, su pulcritud o el parecido al Patrick Bateman de American Psycho. Marcó la planta 69. Era obvio que lo habían invitado a una orgía entre litros de Moët, Beluga, polvos a tutiplén y sexo desenfrenado. Sonreí: ¡pobre idiota! ―pensé―. El ascensor paró. Sin embargo, las puertas no se abrieron…
―Señorita, ¿le importaría que mirase la botonera? Quizás descubra cuál es la avería ―dijo estirado como un junco de acero.
―Por supuesto que no ―contesté apartándome hacia un lado.
Nuestras miradas se cruzaron: “Hazme tuyo”… ―rogaron, alto y claro, esos ojos esmeraldinos que atravesaron mi conciencia. No pude resistirlo. Destrocé su diplomático de Armani como si fuera celofán. Me instalé a horcajadas en su trabajado abdomen y lo poseí frenética. Cuando llegué a mi destino sonreía ebria de placer.
―Querida, llegas siete minutos tarde ―dijo mi amigo Chus con sus leggins blancos, su camisola de Hermes y su acicalado Terrier Toy bajo el brazo(un clon del Lafayette de True Blood).
―Un pequeño contratiempo de última hora ―contesté.
―Entiendo… ―hizo una mueca para que limpiara mi boca.
Saqué la lengua y relamí las gotas de sangre que caían por mis labios glotones.
―¡Qué vulgar eres! ―soltó Chus agitando el turbante plateado de su cráneo.
―Todos no somos tan refinados como tú ―parpadeé y agarré su entrepierna (pegó un saltito).
―Bueno… ¡Qué hacemos con tu aperitivo! ―preguntó caminando con las rodillas juntas y un exagerado balanceo pélvico.
―Más bien ha sido un great steak. Lo que te apetezca ―repuse, encogiéndome de hombros.
El cadáver de  Patrick yacía en el ascensor. Desnudo; un amasijo sanguinolento. Lo miré por última vez. Ya no me excitaba lo más mínimo: mis colmillos se escondieron. Abastecida, no jugaría a nuestro exclusivo paintball.
 ¿Para qué? Siempre cazábamos a los humanos: ¡puro aburrimiento!



Peep-toes y dagas

No te fíes de un samurái
son tan excelsos
que olvidan la vida
y las reglas del juego



Jessica trabajaba en una red escort de prostitución de lujo. Sus atributos personales le hicieron pensar en los hombres demasiado pronto. A eso se unió la familia: clase media baja. Dejó de estudiar y se dedicó a revolotear entre los efebos y los crápulas; no le hacía ascos a ninguno. Hacer de cortesana se le daba de cine. Un día, la vio una madame y la inscribió en su plantilla. A la guayaba, le hizo un favor colosal; aprendió buenos modales, cómo vestir… Y lo que es más importante, descubrió los secretos del erotismo de luxe.

Una década más tarde, albergaba una solvencia económica cómoda. Tenía la mejor comida, la ropa más cara, peep-toes al último grito y hasta unos Manolo Blahnik que sólo utilizaba en el boudoir alquilado en el que vivía. Pensaba retirarse en unos años. Nadie diría que cultivaba el oficio más antiguo del mundo o que sus padres eran ágrafos. Podía elegir a cualquier niño rico por marido. Pero a esas alturas, el sexo le gustaba demasiado como para criar una caterva de niños e ir dando tumbos entre pañales y salones, ataviada con el sempiterno delantal. Prefería vivir al día.
Su jefa la había reclamado para un trabajo especial: llegaba un alto ejecutivo japonés ―visitador médico― que necesitaba compañía para un simposio de medicina contra el dolor crónico neuropático. Jessica se engalanó como una dama; elegancia y belleza no le faltaban.
El nipón ―Takumi Aoyama―, era un hombre con ojos de ratoncillo.  Algo así como un gafapasta a lo Mad Men. Un tipo solitario, sutil y muy educado. Hablaron en inglés. El evento fue nutritivo. La experimentada meretriz, anotó, discreta, los nombres de los asistentes capitalistas en una pequeña libreta niquelada de lo más chics. Podían ser futuros clientes ―pensó—. Al finalizar la velada, el potentado japonés la invitó a tomar sake en su suite. Le dijo que siempre viajaba acompañado de una botella de Jummai Daiginjo ―uno de los mejores nihonshu (nombre del sake en Japón) del mundo―. Estaba hospedado en un hotel 5 estrellas resort de la ciudad. Tras beber una tacita, Jessica iba más beoda que un alcohólico en fase pomposa.  Takumi le propuso que pasaran la noche juntos; recibiría un extra de 6.000€.
―Por ese dinero le bailo un tango con mi vulva ―sugirió la femme fatale con grosería. A esas horas de la madrugada, había perdido la compostura.
―What? ―preguntó el nipón sorprendido, con cara de no comprender ni una palabra.
―Excuse me. It’s magnificent! ―rectificó una Jessica angelical. Era demasiada guita como para espantar al caballero. 
Tuvieron sexo al estilo El Imperio de los Sentidos. Pequeñita pero matona ―se dijo Jessica a sí misma, pensando en el miembro del descendiente samurái―. Estaba retocándose el maquillaje cuando Takumi irrumpió en la toilette enfundado en un traje negro de neopreno. A ella le hizo gracia; rió a carcajada limpia.
―Seguro que ahora pasamos a una sesión sado. ¡Me encantan! ―insinuó Jessica con gracejo.
Pero Takumi escondía un secreto mucho más perverso… Sin mediar palabra, la agarró del cabello y la empujó hasta el dormitorio. Ella pataleó; era desagradable y excesivamente violento. No sirvió de nada. El oriental, había tapizado el lecho con un grueso plástico, Jessica tembló horrorizada (la cosa no iba en broma ―pensó aterrada—), recordó algunos asesinos en serie: ¿será un killer como Dexter o Pat Bateman? ―se preguntó acojonada―. El Sr. Aoyama sonreía de oreja a oreja.
―Ahora no viene la sesión sado, guapa. Llega el banquete Hostel, ¡una obra de culto! ―insinuó en un español cuasi perfecto.
Jessica comprendió que había entendido todo cuanto había dicho y que estaba ante una situación verdaderamente peligrosa. Chilló. Takumi le tapó la boca con cinta americana. Después, la sujeto a la cama con unos grilletes metálicos decorados por púas; de inmediato, se clavaron en sus muñecas. La sangre comenzó a brotar. La joven intentó gritar a pleno pulmón. Pero sólo los azorados envites de su defensa, provocaron un zumbido similar al de una serpiente cascabel cuando se arrastra.
―Si eres buena, te quitaré la mordaza ―sugirió el oriental acariciándole el cabello—. Nadie te escuchará, por mucho que grites: la habitación está insonorizada. Además, en unos minutos, hará efecto la droga paralizante que has bebido con el sake y podré divertirme contigo. Te dolerá mucho. ¡Muchísimo! Sin embargo, no podrás moverte ni chillar. Un horror, cielo. Jugaremos con mis dagas, es una herencia familiar antiquísima.

Takumi separó los labios abultados y groseros; mostró sus perfectos dientes blancos en una sonrisa sardónica. Jessica abrió los ojos como platos y movió la cabeza de derecha a izquierdo en un ¡nooo!!! Perpetuo, mientras le clavaba el primer estilete en el muslo. Despacio, muy despacio... girando a uno y otro lado, la hoja afilada.  La carne de la joven se desgarró en una brecha sangrienta que desaguaba como un torrente. El asiático, lamió el plasma del filo. Después, le seccionó los tendones de Aquiles. Jessica dejó de resistirse: la droga había hecho efecto. Sin embargo, la apertura excesiva de sus párpados, denotaban el insufrible dolor que padecía. Media hora más tarde, su cuerpo estaba repleto de laceraciones. La presión sanguínea había bajado: estaba desangrándose como un cerdo en San Martín. Una nebulosa delirante, le recordó las torturas de los inquisidores. Se sentía víctima de su propia herejía. ¿Acaso Dios la castigaba? ―se preguntó en su inminente adiós―. De improviso, Takumi apagó las luces y se tumbó sobre la cheslón.
―Tengo sueño. Mañana seguiremos ―insinuó antes de suspirar como un querubín en vigilia.
Jessica estaba en manos de un psicokiller despiadado. Pasadas las horas, el efecto sedante había disminuido. Y su cuerpo se había familiarizado con el dolor. El asesino seguía roncando. La chica pensó en el futuro que le esperaba fuera de aquellas paredes tétricas, y sacó fuerzas de sus músculos agrietados y sus huesos quebrados. Desfallecida, tomando bocanadas de aire como una carpa roja en la red de un pescador furtivo, reptó por el pasillo con la mirada trémula. Aterrorizada bajo el fricción punzante del parqué, dejando un reguero de sangre espantoso. De pronto, sintió frío en ese cuerpo maltrecho que se apoyaba en el suelo. Levantó la mirada y vio una puerta lívida. Una grieta de ilusión voló por su fatigado cerebelo. Empero, Takumi se había despertado. Su sombra se aproximó, la abrazó. Sabía que los tormentos volverían; su carne sería pasto de las dagas macabras de su torturador.
―Pero, ¿cómo? ―dijo el asesino―. Ahora que tú y yo íbamos a compenetrarnos en el éxtasis de la noche eterna, ¿querías huir? Era tu salvación. Además, acabo de descubrir que tus zapatos son un arma letal ―le mostró una de sus plataformas arqueando una ceja y le asestó un golpe con el tacón de aguja en la cabeza.
Por el rostro de Jessica comenzó a resbalar un riachuelo de hematíes espesos de un grana oscuro. Takumi relamió el arma homicida; devorando hasta la última gota del flujo. La daga brilló en la penumbra; estaba reluciente. Los dientes del depravado, sanguinolentos
—Tu sangre es una delicia, pequeña zorra —terminó por decir el despiadado homicida.
Takumi zarandeó a Jessica por el suelo. Sus piernas, sus manos, su vientre; despedazados. Ya no le quedaba líquido orgánico ni fuerzas para intentar escapar. Había entrado en la parte más oscura de la lujosa suite: la cámara de los horrores.



Poison navideño

Veneno envuelto en rituales
todo es perfecto
cuando no lo es
la verdad no tiene alcance



Maju está terminando de colocar los adornos del árbol navideño con su hijo Chema. En unas horas llegarán sus tíos y su primo; cenarán juntos como todas las Nochebuenas. La abuela está en una residencia y es la primera vez que no les acompañará. A las ocho en punto de la tarde, suena el timbre del hermoso adosado en el que viven.
―Hola Chusa, cielito ―Maju besa efusivamente a su cuñada―. Paco, querido hermano. ¡Qué bien te veo! ―le da un abrazo―. ¡A ver ese pequeñín que es mi ojito derecho! Francis, ¡estás hecho un mozalbete, bribón…!
El jabato le da un beso ―sus mejillas se encienden cuando Maju pestañea.
―Tía Maju que ya tengo diecisiete años ―dice cabizbajo.
―Ya lo sé. Naciste un mes antes que mi niño ―comenta la picarona señora. Seguido, llama a su vástago― ¡Chema! ―vocea―. Ven a saludar a la familia.
Chema besa a los tíos y abraza a Francis.
―Primo vamos a jugar a la Play ―le comenta sonriendo.
Maju ayuda con las prendas de abrigo.
―Mi José bajará en un momento. Hace media hora que llegó del trabajo y está duchándose ―dice a la pareja.
―Tranquila, cielo ―indica Chusa.
Cincuenta minutos más tarde, están sentados en la mesa de haya Ikea-Zaragoza, deglutiendo los sabrosos ibéricos que están esparcidos sobre la mesa en modernos platos estilo japonés. Se ponen como gorrinos tras devorar el cóctel de langostinos, el suculento caldo de invierno y la paletilla de cordero. Para rematar, se ceban con turrones de Jijona variados, licores y cafés. Sobre la una de la madrugada, los chavales están hipnotizados con la pantalla LCD y la nueva Play ―gentileza de Papá Noel―. Los matrimonios charlando de nimiedades bastante ebrios con los copazos de whisky que se han metido.
***
El 112 está a rebosar. Como todas las Navidades, los días festivos tienen más trabajo que de costumbre. Accidentes de tráfico. Disputas familiares. Comas etílicos. Divorcios exprés. Animales perdidos. Indigestiones múltiples… El operador de emergencias contesta una nueva llamada.
―112. Dígame.
―Señora, estamos enfermos…  ―susurra una voz lánguida.
―No le escucho bien. Repítalo, por favor.
―Nos ha sentado mal la cena. Apenas podemos movernos…  ―responde el murmullo.
―Dígame la dirección.
El técnico toma nota. Inmediato, contacta con la policía y el SAMU.
―Posible intoxicación alimenticia ―dice a los servicios de urgencia.
Un cuarto de hora más tarde. Los agentes de la ley irrumpen en el adosado de Maju y José. El espectáculo es dantesco: seis cuerpos yacen en el salón. Los médicos intentan la reanimación. Los padres fallecen por parada cardiorrespiratoria. Los niños, logran superarlo. Los trasladan de inmediato al Hospital Nueve de Octubre de Valencia. 72 horas después, Chema y Francis, siguen en la UCI.
Apenas tienen contacto con el resto de la familia;  fragmentada por todo el territorio español. La única visita: la abuela. Las autopsias de los padres, revelan muerte por envenenamiento múltiple. Las toxinas estaban dispersas en los alimentos. Un cóctel molotov para los estómagos. El sepelio es discreto. Vecinos y allegados. La abuela, se yergue como tutora de ambos primos. Vivirán en el fatídico adosado. Se le lava la cara y se redecora. La herencia es suculenta. En la Nochebuena siguiente, el trío solitario cena tranquilamente y sale a relucir el suceso...
―Chema, Francis, estoy muy orgullosa de vosotros ―dice la abuela.
―Gracias “abu” ―contesta Chema.
Francis se levanta y le da un beso.
―Si no hubiera sido por ti, seguiríamos siendo víctimas.
―Lo sé queridos. Tu padre ―señala a Chema― y tu madre ―indica a Francis―, sufrieron abusos sexuales; ya lo sabéis. Es algo que pasaba de generación en generación. Un protoplasma oscuro y asesino, inmerso en los genes. Un tipo de inmoralidad repugnante, habitual en numerosas familias. Sin embargo, es tan repulsivo que se tapa. Callé con mis hijos: mea culpa ―se toca el corazón―. No podía hacer lo mismo con vosotros.
De los ojos arrugados de la anciana, resbalan unos gruesos lagrimones.
―Te queremos mucho ―dice Chema.
Los nietos la abrazan.
―Cuando te ingresaron en la residencia, temimos por tu vida ―sugiere Francis.
―Los tres sabemos por qué lo hicieron… ―argumenta Francis.
―Hijos, yo temí por las vuestras. Antes del suceso y después… ―insinúa la longeva.
Ambos jóvenes asienten.
―Bueno, todavía no somos químicos como tú ―indica uno de los jóvenes.
―Os pasasteis con el veneno, ¡por casi la palmáis como ellos! ―reniega la veterana.
―Seguimos tus instrucciones. Estaba todo controlado  ―finiquita Chema besándola en la frente.
Mi idea no podía fallar; un envenenamiento encubierto por la ingesta de alimentos contaminados es perfecta ―suelta la abuela.
―¡Fue magnífico “Abu”! Eres mejor que el mismísimo Walter White ―dice Francis.
―¿Quién?... ―pregunta la yaya.
―Un personaje televisivo. Algún día te pondremos la serie. Te gustará: es químico ―asevera Chema.
―¡Qué interesante! La veré con especial atención ―dice la abuela tocándose la barbilla.
―Ahora, lo verdejamente importante es que somos libres y mayores de edad ―sentencia Francis.
―Además, el caso está cerrado. ¿Quién iba a sospechar de dos teenagers y una anciana? ―recapacita Chema.
―Exacto. Jajajaaa…
La triada poison, se desternilla.


Segundo plato

Cuando hay hambre
todo es bueno
hasta el santo
se hace experto



Hanny subió los peldaños de la escalera de su casa, de tres en tres. Estaba cansado de pelear, de soltar puñetazos, de robar carteras, de ser el machito alfa de la pandilla callejera. Como cada noche, su madre le había dejado preparada la cena antes de marcharse a trabajar: patatas con judías. No había para más. Aunque siempre se acostaba medio vacío, aquel plato era todo un manjar. Ella era la única que lo mimaba, que lo comprendía y que, por ende, lo conocía.
Su padrastro estaba tirado en el sofá. Dentro de un mar abominable de cervezas Aurum de Caprabo, colillas de tabaco para liar y comida precocinada. Hacían las veces de compañeros de su party inanimada. Dormitaba con unos sonoros ronquidos de gorrino cebado. Estaba lo suficientemente engrosado como para llevarlo al matadero. Hanny, no comprendía qué encontraba su madre en aquel amasijo de tocino cuya única ambición era ver los Reality Show televisivos entre exabruptos y ventosidades para, después, entrar en su perpetúo delirium tremens.
Lo miró quisquilloso durante un buen rato antes de calentarse el plato. Siguió observándolo, mientras devoraba con ahínco la totalidad del hervido y rebañaba las sobras con rastras de migas. Sin embargo, seguía hambriento. Así que tomó los instrumentos cárnicos de la cocina; cuchillos bien afilados. Y le rebanó el pescuezo. A continuación, con la templanza propia de un cirujano experto: lo troceó. Esa noche, tuvo segundo plato.
Acto seguido, guardó los restos en el congelador con bolsitas ex profeso para tales menesteres y etiquetas identificativas de la parte conservada. Sabía que nunca volvería a pasar hambre.



Trato sangriento

Locura o banalidad
miedo a lo desconocido o fatalidad
las hermanas de la muerte
la mentira y la verdad



El treinta y uno de octubre de 1999, en Longest Ville, preparaban el Halloween como todos los años desde que se había construido la villa. Los padres recorrían los pasillos del supermercado (carrito de compra hasta los topes) con listas interminables. Las madres decoraban los hogares con ristras de calaveras, arañas, monstruos, calabazas… Y ultimaban los disfraces de su progenie. Los niños comían golosinas y preparaban el recorrido nocturno del “truco o trato”. Todos estaban felices. La localidad era de ensueño; sus sesenta y seis calles formaban unas cuadrículas perfectas. Rectas como una viga de hierro colado. Los extremos colmados por rotondas de césped y flores. Además, tenía un centro comercial, un cine, una sala de fiestas, varias cafeterías, diversas tiendas con todo tipo de artículos, un hospital, un hogar para veteranos de guerra, otro para ancianos y un parque de atracciones.
Longest Ville era un municipio más de los que surcan todos y cada uno de los estados de USA; construidos en lo alto de una pequeña colina para albergar a familias de clases media-alta. Casitas de doble planta con buhardilla, garaje y trastero. Rodeadas de unos metros de césped exento de vallas. Todas las calles mostraban una armonía cuasi divina. Sin embargo, cada vivienda era de una tonalidad diferente. Ese era el emblema que la distinguía de las miles de urbanizaciones prefabricadas que salpicaban el macro país. En la calle principal, que partía en dos mitades exactas la villa, aparecía una medianera fina y esbelta de cipreses enanos recortados con una exquisitez demoniaca. En el número sesenta y seis, se alzaba una vivienda rosa palo con techumbre castaña, preciosa. En ella vivían dos hermanas de gustos opuestos: Meredith, una maestra retirada bastante excéntrica que no soportaba los films de terror. Y  Helen, ama de casa, soltera acérrima y seguidora de cualquier documento terrorífico que pudiera caer en sus manos. Ese día, ambas estaban inquietas esperando las pillerías infantiles.
Eran las siete de la tarde, cuando el primer grupo de monstruitos se echó a la calle para amenizar la fiesta. Cuando estaban a varios metros de la casa rosa, uno de los chavales soltó:

—Dicen que la Sra. Meredith se vuelve loca esta noche.
—Calla, charlatán —inquirió el vampiro—. La Sra. Meredith, fue una buena maestra.  Hay que respetarla.

Minutos más tarde, llamaban a la puerta. Helen les dio la bienvenida ataviada con un batín malva y gorro de bruja. Todos se echaron a reír.

—A ver… ¿qué tenemos aquí? —preguntó la dama.
—“Truco o trato” —dijo el muerto viviente estirando el brazo con el puño cerrado.
—Trato —contestó Helen arqueando una ceja.
—¿Quién ha llamado Helen? —preguntó Meredith desde la cocina.
—Son los niños, querida. No hace falta que salgas, querida —contestó ella.
Pero Meredith ya estaba allí. Maquillada y vestida como si fuera de fiesta. Sus cejas redondas, su nariz corta y respingona; su boca, una línea cóncava carmesí; su cabello, bucles dorados marcados por tenacillas. Era encantador verla arreglada. Los niños sonrieron y Meredith, también. Inmediato,  especuló uno a uno sus disfraces.
—Muy bien. Tenemos a Drácula, a un muerto viviente, una bruja guapa y un brujo feo, un gnomo, una vampiresa y… —su rostro comenzó a descomponerse.
—Meredith, ¿qué te pasa? —preguntó Helen con cara de susto.
Pero Meredith estaba al borde de un ataque de pánico —chilló despavorida.
—Ha regresado a por mí —dijo gritando, antes de salir corriendo como lama que lleva el diablo..
Los niños, boquiabiertos, no sabían qué hacer. Helen les dio una bolsa de chucherías y cerró la puerta. Inmediato, buscó a su hermana. Meredith estaba escondida debajo de la cama chillando como una loca. Tuvo que armarse de paciencia para tranquilizarla. Después, le dio unos sedantes y al final, la dejó durmiendo.

En el reloj de péndulo del salón, sonaron las tres de la madrugada. La tercera campanada hizo que Meredith despertara. Estaba aturdida. No obstante, en unos segundos reconoció la sintonía que escuchaba a través de la puerta. Era la música que Charles Bernstein había compuesto para el film Pesadilla en Elm Street. La mujer, se deslizó por el suelo con sumo cuidado. Giró el pomo de la puerta y bajo hasta la planta baja, descalza. Sin hacer ruido. Se asomó al salón y vio que la película estaba comenzando, cerró muy fuerte los ojos y volvió a abrirlos. Chilló desconsolada. Era un grito desgarrador y terrorífico; el brazo de Helen, descuajado y ensangrentado, yacía sobre la alfombra. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y siguió viendo el horror que la rodeaba… Dedos, una pierna, sangre en las paredes y el tronco de Helen sentado frente al televisor. Se acercó y volvió a bramar; junto al cuerpo mutilado, yacía la cabeza de su hermana con un hacha incrustada. Los ojos abiertos, azabaches y enormes que no dejaban de mirarla. La música irrumpió en tono elevado. Ella comenzó a golpearse contra la pared, repitiendo:

—¡Es una pesadilla! ¡Es una pesadilla! ¡Es una pesadilla!...  —extática, sin poder moverse.
Unas garras afiladas salieron del televisor como un enorme cangrejo que asía a su presa indefensa. Las manos, exentas de piel, dejaban al descubierto los tendones de los antebrazos. Por fin, apareció el rostro espeluznante del monstruo: Freddy había regresado a por ella. Desgarró su cuerpo a fuego lento. Los bramidos inhumanos se escucharon en toda la villa. Desde entonces, la casa número sesenta y seis de la calle seis de Longest Ville sigue deshabitada. Pero nadie pasea por los alrededores porque se escuchan ruidos extraños. Y todos los Halloween se oyen los alaridos infernales de las hermanas.




Un buen filetito

Solitario y meditabundo
el hombre es lo que es
quiere amor y no lo tiene
sus manos se convierten



Michael era un solitario. Siempre lo había sido, de niño jugaba solo y de adolescente Clerasil-gafapastas-empollón, también. Se había licenciado cum lauden en neurocirugía por Oxford y dirigía el departamento de dicha especialidad en el Hospital Monte Sinaí. Cuarentón, bien parecido y soltero: un buen partido. No había tenido tiempo de buscar novia, hasta que conoció a Kathy. Una pelirroja veinteañera que le hizo enloquecer.
Decidió abrir un blog ―bajo pseudónimo y avatar― en el que escribía lo que sentía por la excelsa joven: su amor platónico. Pasado un tiempo, empezó a desearla. Por lo que decidió tomar los servicios de profesionales del sexo que la suplantaran. Tenían que ser pelirrojas o utilizar una peluca de dicho color. Sin embargo, no terminaban de agradarle. Optó por masturbarse delante de las cientos de fotografías que había tomado sin permiso de la joven. Cuando comprendió que nunca sería suya, volvió a la soledad impertérrita de su juventud. Comenzó a escribir relatos góticos que finalizaban con gore hard: Kathy debía morir. Un día, mientras estaba cenando frente a su Samsug LC de 52’ se entretuvo con Oliver Twist  ―versus Polasky―. Le llamó la atención un diálogo entre los niños del orfanato:
―Por favor, Toni, deja de pasear que los demás tenemos sueño ―decía Oliver.
―Es que tengo hambre ―contestaba Toni.
―Todos tenemos hambre ―sugería Oliver.
―Sí. Pero yo tengo miedo ―insinuó el amigo.
―¿Miedo a qué? ―preguntó Oliver.
―Miedo a comerme al que tengo al lado.

Desde esa noche, Michael se obsesionó con la antropofagia humana. ¡Hasta Dickens la menciona! ―se dijo a sí mismo―.  Entonces, comenzó una investigación exhaustiva de la misma. Desde el homo habilis hasta el sapiens. Pasando por las frases populares: “que niño tan rico, me lo comería”. O los psicokiller que prueban cachitos o cachotes de su víctima. Recordó el anuncio en alguna red social: “se necesita víctima para ser devorada”. Y la hubo. Por último, repasó el celuloide: Hannibal, Viven, Ravenous… Ante tantas historias (verídicas o ficticias) que hablaban de la antropofagia, distinguió dos grupos: el canibalismo por necesidad y el snob o enfermizo. Se dijo a sí mismo que todos éramos mamíferos. Y, como tales, necesitamos devorar a nuestras presas. Entonces ¿por qué no comer carne humana? Dicho y hecho. Se fue al espejo, se anestesió el brazo y se cortó un trozo de antebrazo.
―Mmm… ¡Qué rico! ―se dijo así mismo cuando lo saboreaba a lo bávaro―. Mañana mismo secuestro a Kathy y la despedazo. Así la poseeré para siempre. ¡Seguro que está buenísima! Je, je, jeee…




  Sobre la autora

Anna Genovés es diplomada en Magisterio y Licenciada en Historia Antigua, y, en Arqueología y Prehistoria por la Universidad de Valencia. 

Desarrolló gran parte de su trayectoria profesional trabajando como profesora de Sociales en diferentes IES y colegios públicos y/o privados de la Comunidad Valenciana. Así mismo, siempre ha estado vinculada a la formación de adultos. Por otro lado, trabajó en RTVV, y, en ocasiones, ha ejercido de monitora deportiva y encargada de moda.

La autora escribe desde la infancia, tiene publicadas en Amazon (formato e-book y papel), las novelas Tinta Amarga, Las cicatrices mudas y El Legado de la Rosa Negra. Amén del libro de relatos, La caja pública | relatos. El poemario Pasillos nocturnos y el libro de relatos eróticos: Erotika. Asimismo, ha trabajado en distintas publicaciones editoriales: Aldea poética VI, Cachitos de amor II, Bovary 21, La zona muerta… Colabora en diversas plataformas digitales: Diario El Cotidiano, Canal Literatura.

Tinta amarga y Las cicatrices mudas, forman parte de la serie: thriller neo-noir, de la autora.

Puedes seguir a la autora desde su web: Memoria Perdida Blog

©Anna Genovés
Publicado en este blog el 9 de agosto de 2018





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