120 HORAS EN REA










                   120 HORAS EN REA


Te acuerdas, mi amor, cuando todavía el fervor de nuestros cuerpos temblaban con nuestra pasión. Me dedicabas canciones de amor con tu hermosa guitarra…



“Si mi boca fuera pluma y mi corazón tintero, con la sangre de mis venas escribiría te quiero.
Amar esperar la vida, es hacer un juramento, es llevar en el pensamiento a la persona querida, es llevar en el pensamiento a la persona querida
Qué triste es el día sin sol, que triste es la noche sin luna pero más triste es amar sin esperanza ninguna, pero más triste es amar sin esperanza ninguna”.



Y seguías cada estrofa, cada verso, con más entusiasmo que el anterior. Me mirabas y te miraba… Y sentía en tus ojos, azul cielo, el amor.

Ahora todo ha pasado, poco queda del ayer… Tú en tu mundo de papel cauché, yo en mi mundo de no quiero envejecer.

Y qué será que aún tiemblo sin tu sonrisa picarona me da un beso, y qué será, que soy feliz con tan siquiera una mirada, un abrazo o un pequeño e ínfimo cariño de tu otrora boca de niño.

Y ya ves, mi soliloquio junto a tu féretro, recuerda cinco horas con Mario o cualquier velatorio de otro muerto… Pero no quiero pensar que te has ido, no quiero pensar que estás en otro sitio. Sin tu calor no soy nadie y el aire se me antoja pastoso, fétido… Y me doy al olvido.

Solitaria nací y solitaria me quedo con tu recuerdo infinito y tu amor muerto. Pero no, no puedo creerlo, todo es un sueño. Una maldita pesadilla que me aparta de ti y de tu amor incierto. Me vuelvo loca de no sentir tu aliento, me vuelvo loca de no escuchar tu voz, me vuelvo loca de no saborear tus dedos sobre mi cuerpo y me siento morir en un sin vivir del que no salgo ni quiero salir porque sé que estás aquí.

¡Oh sí!. Estoy durmiendo, dormito junto a ti, y de tu cuerpo surgen esos suspiros y esos silencios que tanto conozco por velarte noche tras noche cuando el miedo enmudecía mi mente y el calor apagaba tu cuerpo. Y escucho tu corazón latir, ese corazón destrozado que dejó marcado tu pecho cosido de lado a lado… Pero no te has ido, sigues aquí, a mi lado.

Aunque sea un lado oscuro donde la sonrisa se ha olvidado, donde mis labios marchitos y deseosos de amar encierran su alegría y caen hacia abajo, como mis pechos alicaídos y mis nalgas bondadosas repletas de pliegues y surcos. Ahora todo cae, ya lo dijo Newton, la ley  de la gravedad. Nos caemos, sin tropezar con nada, sin piedra en el camino, pero sí con una elevada montaña. ¡Qué mentira la vida!. ¡Qué mentira más sagrada!. Te enseñan a vivir, a vivir con papel de celofán y lacito que te ata. Y el nudo cada vez es más pequeño porque nos engulle entre sus recovecos y se curte con la morralla.

Y los amigos, la familia… Te visitan una o dos veces, donde la apariencia les premie. Y después, la nada y el olvido. Nos deja solos a ti y a mí, solos porque así lo hemos querido o porque nadie nos ha querido más que nosotros mismos. Tú y yo… Yo y tú. Y nada más existe, y nada más nos rinde ni rendirá la pleitesía que nos veneramos, mi amor.

Ya no lloro, hace mucho que las lágrimas no inundan mis ojos, soy como un muro de piedra que nada siente y que nada teme. El sufrimiento ha dado paso a la indolencia; ni siento ni sufro ni amo ni odio ni sé lo que quiero aunque te vea a mi lado y te sienta tan lejos. ¡Ja!. ¡Qué idiotas!. ¡Qué poco se conocen las personas!. ¡Cuánta hipocresía por aparentar lo que tu corazón odia y tu alma te suplica!. No me digas que mi mente hace aguas y que mi cuerpo se derrama. No me digas que mis pensamientos están mohínos y que mis actos se deslizan por una cuesta que no tiene camino.

Camino que no tiene vuelta, camino de regreso, ése que no se puede ver y que te quita el aliento. Te pedía tus mentiras para creerme feliz, como si no me interesara tu malestar o tu devenir. Y tú, cuya acritud desilusionaba a un ángel, me maltratabas con tus palabras para luego amarme. Y yo, como una idiota que todo lo asume, seguía con una sonrisa agridulce.

Y me quería ir, quería dejarte… Pero nunca me atreví y nunca me aparté de tu arte. Después la enfermedad me acercó más a ti. Me repetía una y mil veces la doctrina católica: fe, esperanza y caridad. Creer que todo iría bien, que te recuperarías y que debía ayudarte.

Ahora te has ido y yo te canto por cantar. Con la misma canción que me enamoraste, con las mismas palabras con las que me hiciste tuya sin amarme… Y caigo y no dejo de caer… Y mientras veo el suelo cada vez más cerca tarareo…


“ Si mi boca fuera pluma y mi corazón tintero, con la sangre de mis venas escribiría te quiero”…


                                              Ann@ Genovés


PD. Este relato lo escribí hace dos años… Mientras la vida de mi esposo pendía de un hilo. El estaba en REA y yo en la salita externa, esperando poder entrar para ver a ese amasijo de huesos, carne y tubos que apenas se parecían al hombre del que me enamoré.