2020 La realidad de la realidad - parte 4 final

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2020 La realidad de la realidad - parte 4 final






 

 

¿A qué huele el miedo?

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

huele a barro

 

asfalto recalentado

 

miradas recelosas

 

movimientos imprecisos

 

hiel

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

amor desconsolado

 

separaciones certeras

 

adiós insondable

 

mentiras ciegas

 

es lo que es

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

Mentes criminales

 

True Detective

 

 Walking dead

 

Mindhunter

 

The sinner

 

Sex sense

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

El Caníbal de Milwaukee

 

El Carnicero de Rostov

 

Jack el destripador

 

Ted Bundy

 

Manson

 

Y él

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

Howard Phillips Lovecraft

 

John Ramsey Campbell

 

Edgar Allan Poe

 

Thomas Harry

 

Ann Radcliffe

 

Mary Shelley

 

Brand Stoker

 

Stephen King

 

Clive Barke

 

Anne Rice

 

Joe Hill

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

A Covid19

 

que vendrá

 

una y otra vez

 

 

©Anna Genovés

25/04/2020








 

Covid19 y antídoto, esclavos y dioses


Hace semanas que barrunto una idea estrambótica. Al respecto, esbocé algo en el Diario cuarenténico que publiqué en este blog por entregas.

 

El hecho es que veo a las naciones –me refiero a sus habitantes— como lechones dispuestos a llegar al matadero. Tal vez, el estado de alarma, me está llevando a un callejón sin salida oscuro y repleto de recovecos; eventualidad idónea para pensar. En mi caso, aunque callada, tengo una mente viajera que pulula por universos paralelos desde niña. Soy introvertida y pensadora con todos los pros y los contras que ello supone. En ocasiones, soy dada a inventar historias y a exagerar situaciones –es obvio que esto me sucede únicamente cuando escribo— lo que no me impide diferenciar la fantasía de la realidad.

 

Todo este mejunje de palabros tiene como fundamento lo fácil que me parece insuflar miedo. Opino que, quizá, la covid19 –ese Coco que nos ha absorbido la libertad y hasta la dignidad de ser persona— ha salido, descuidada o cuidadamente, de un laboratorio. Pero, más aún, creo que cuando se escapó con todos sus hermanitos, más o menos víricos, ya estaba ingeniado su antídoto. El cual soltarán cuando les venga en gana, muera quien muera y se empobrezcan quienes se empobrezcan. ¿Quiénes lo soltarán? Los dioses terrícolas desde su Olimpo particular.

 

Qué fácil es tener en la mano o en las manos de aquellos que mecen el mundo como si fuera la cuna de esa terrorífica película en la que Rebeca Mornay –la niñera del bebé— era una asesina, a la población de este hermoso planeta llamado Tierra. ¿Por qué lo digo? Porque ha sucedido algo similar. Nos han metido el miedo por todos los poros del cuerpo, nos han encerrado en casa, nos han mentido, nos han obligado a realizar y a aceptar ‘cosas’ por cojones y nos han asesinado sin piedad. Somos palomitas domesticadas. Queda requetebién recordarnos lo que somos: meros títeres a los que se puede vapulear cuando los todopoderosos de esta mierdosa sociedad que hemos creado y en la que se vivía fenomenal, les dé la gana. De eso se trata de que vivamos con menos y ellos con más. Cuantas películas al respecto… Los juegos del hambre, por ejemplo.

 

Está claro que, la pandemia ha sido y es –todavía no se sabe el alcance que tendrá y cuándo finalizará— un horripilante monstruo más sangriento que Benicio del Toro en Sicario y más cruel que el virus de Contagio de Soderbergh. La covid19 que pasea por nuestras calles es tan asesina como la Gripe española –primeros casos constatados en Francia o China, dudas al respecto— o la Peste bubónica –del Gobi a China en sus inicios—. China, China, China… A este bicho lo acepto como sintético –desconozco quienes son sus padres, pero, indudablemente, son unos hijos de la gran puta. Pues… eso, sus creadores, tiene la llave. Saben cómo desactivarla cuando la población mundial haya mermado lo que les parezca oportuno. Mira qué bien, sin bombas y nos hemos quitado a unos cuantos millones de encima. Así, pagaremos menos pensiones, la naturaleza renacerá por un tiempo y tendremos a los supervivientes con un collar perruno invisible que los supeditará a nosotros como esclavos. Que somos esclavistas. ¿Y qué? Nos la trufa lo que diga la prole: son la chusma y nos, el poder, se dirán entre ellos. Olvidan que, dentro de los poderosos hay categorías y los de abajo nada tienes que ver con los de arriba –la cúspide puede aniquilar a la base cuando le venga en gana—, aunque se crean superiores a los que ni tan siquiera estamos dentro de esa pirámide opulenta.

 

Me doy cuenta que las personas engullimos los acontecimientos como las esponjas, y nuestro cerebro los racionaliza en las distintas casillas destinadas para estos o aquellos menesteres. La primera semana tragamos, la segunda asimilamos, la tercera aceptamos y la cuarta olvidamos. Lo que nos desagrada se difumina como el humo de un incendio copioso apagado por los bomberos hasta desaparecer, y, poco a poco, pasa al baúl de los recuerdos como si nunca hubiera existido, como si fuera un mal sueño en brazos de Morfeo. Esta resiliencia, innata en los humanos, es más fuerte en los supervivientes, en los que se amoldan más rápido a las situaciones límite como en la que estamos inmersos.

 

Seamos resilientes –que no corderos— para dar por el orto a los que nos pisotean a diario. Pero, no me hagáis caso, son metapensamientos de una escribidora de chicha y nabo.

 

 

©Anna Genovés

Domingo 24 de mayo de 2020

 

P.D. Por cierto, he leído que, en alguna comunidad o parte de ella, las cafeterías cobran o cobrarán o quieren cobrar un extra por la covid19, me desagrada, pero lo entiendo. Y me pregunto, ¿por qué no lo cobramos todos ya que tenemos que desembolsar un dinero extra en guantes, mascarillas, desinfectantes, geles-hidroalcohólicos y bastantes etcéteras? Con estos suplementos económicos y los recortes europeos, es lógico que cada vez tengamos menos.

 

Lo suyo sería, por ejemplo, que en vez de subir o pagar más impuestos, se rebajaran los existentes por este plus que debemos desembolsar durante… no se sabe, aunque se augura un periodo largo, tedioso, apestoso y amargo como la hiel.

 







 

El robot Temi

 

Como soy bastante futurista, cuando escuché –hace varias semanas— que existían robots que detectaban el coronavirus a distancia, escudriñé un poquillo a ver qué encontraba...

 

Uno de los muchos titulares que leí, decía lo siguiente: «Este robot permite diagnosticar el coronavirus a distancia». «Ante el peligro de contagiarse de coronavirus, este robot permitirá a los médicos saber la temperatura de los pacientes sin ni siquiera estar cerca de ellos». Se refiere al droide llamado Temi.

 

Al leer la información completa, entendí lo que imaginaba desde el principio. Temi es una pasada de inteligencia artificial con mogollón de funciones.  Pero, en realidad, no detecta la covid19, solo la temperatura corporal como señala la segunda parte de la entradilla.

 

¿Acaso la única enfermedad que provoca fiebre es la covid19? Imaginaros que tenéis un flemón, una infección urinaria o cualquier otra patología dentro de las habituales que cursan con calentura. ¿Qué pasa? ¿No nos dejarán entrar a… o viajar a… o lo que sea que queramos hacer porque tenemos unas décimas de febrícula y salta la alarma? Otra cuestión son las personas infectadas de coronavirus, asintomáticas o no, que, pese a tener carga viral en su organismo, no tienen fiebre. Entonces… ¿qué pasa? No se sabe que lo tienen y entran dónde sea y… ¡Ag! Contagian a un montonazo de personas.

Por supuesto, más vale prevenir que curar. Sin embargo, opino que, para afirmar la máxima de Temi, sería conveniente que, junto a la temperatura, nos hicieran un test rápido; a lo mejor le haría falta un auxiliar que lo realizara. Entonces, sí podríamos hablar de ese asistente cibernético que diagnostica el coronavirus. Con las funciones actuales, por desgracia, todavía no. Aunque, buscando, he encontrado diversos documentos en los que el autómata está funcionando como un ayudante perfecto en algunos centros médicos y hospitales israelitas. ¡Qué listos son los hebreos!

 

Luego están los ‘microprotoTemi’ con alguna función similar a este ordenador supersónico, como son termómetros digitales. El otro día me empotraron uno en la frente cuando fui a la peluquería –todo estaba correcto y me dejaron muy mona—. No obstante, el suceso, me hizo gracia. Al hablarlo con la farmacéutica, me soltó: «¡Uy! Lo del termómetro es una tontería, te tomas una Gelocatil media hora antes de salir de casa y arreglado». Me quedé, muerta. Todos lo sabemos, empero, a mí me sería imposible, creo, falsificar algo tan importante. Allá cada cual.

 

Los que sobrevivan o sobrevivamos a esta pandemia y a las que se auguran cercanas… dentro de unos años, tendremos un Temi en casa. Ya lo veréis.

 

 

Tomar la temperatura corporal, sin más, puede llevarnos a muchas confusiones e incluso a pasar malos tragos. ¿O no?

 

 

©Anna Genovés

16/05/2020







Irracional

 

Cansados de oler a lejía y alcohol. De mascarillas y guantes. De no hablar, no mirar, no chillar, no pegar un puñetazo al que se acerca sin más, al que pasa de todo, al que no quiere saber la verdad. Irresponsabilidad personificada en falsedades y mala gestión. Mundo repleto de corcho y pastillas de jabón. Personas que desean obviar a los muertos y desoyen las normas, por imperfectas que sean; sociedad, democracia, corderos y lobos que balan sin razón.

 

En la línea, La Línea de la Concepción, donde somos la nada y el caos atormentado, donde el bien y el mal están en un solo tazón. Futuro oscuro, mañana oculto, desamor. Cuerpos contorsionados; lágrimas secadas al Sol. La desgana cunde, también el rencor. Robos y crueldad; el blanco, asesina al negro, el negro mira con horror. ¿Cómo no?

 

Las injusticias traen odio y el odio se multiplica por dos. Siglo veinte que ha caído en la desgracia, retal del pasado criado con dolor. Las mentiras son largas, las verdades un no.

 

©Anna Genovés

Seis de junio de 2020


* Dedicado a George Floyd. Un afroamericano que falleció bajo la custodia de la policía de Minneapolis.





La nueva normalidad

 

 

Ayer fui a dar una vuelta por la ciudad: quería sentir en mis dendritas lo que era verdaderamente la NN. Me hace gracia hasta el nombre, como si en algún momento de nuestro futuro cercano pudiéramos volver al estado del bienestar que teníamos antes de que la covid19 nos invadiera. Opino que es imposible; puede que, a medio plazo, estemos más relajados y hasta disfrutemos distendidamente de la nueva forma de vida, pero veo improbable que borremos de nuestra psique –cual sintéticos de cuarta o quinta generación— lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. Quizá ‘el antes’ pase a ser una retahíla de clichés en blanco y negro cual película de cine mudo que se evoca con nostalgia.

 

 

Olvidar a los muertos –contabilizados unos 600.000— a los contagiados –confirmados unos 12 millones— ¡qué difícil! No hablo del recuento español, mi registro es mundial porque me duelen los fallecidos, aunque no sepa sus nombres o vivan en Australia. Esto no es moco de pavo. No es: ¡Yupi, yupi, hey! ¡Ya ha pasado! El coronavirus SARS-CoV-2 vive y vivirá entre nosotros. Deberíamos tomar las precauciones necesarias y, nos agraden o no, las normas gubernamentales. Es nuestro deber cumplirlas.

 

 

¡Chicos! No queréis acatarlas, ¡perfecto! Iros a vivir al campo –solos o acompañados de personas afines a vuestros principios, tan respetables como otros— o a donde os dé la gana lejos de la gente. Que no podéis, os fastidias y cumplís. Aquí, de momento, hay que llevar mascarilla –obligatoriamente si no se puede mantener la distancia de seguridad— dentro o fuera de cualquier lugar o transporte público siempre que no tengas una enfermedad o que estés haciendo algo en ese instante que te lo impida: comer, beber, fumar… Cuando no sea obligatorio, será maravilloso volver a mostrar el rostro. Qué ganas tengo de ponerme Botox y salir ‘la mar de guapa’.

 

Mi intención no era iniciar esta reflexión de forma inquisidora, pero he salido calentita del gimnasio. Enfrente de casa hay un polideportivo que ha vuelto a abrir sus puertas; me alegra mogollón por todos los amigos que lo utilizan, pero no puedo opinar sobre el protocolo que sigue porque no lo he visto en primera persona. Aunque, unos allegados me han comentado que si quieres desinfección te la tienes que llevar de casa.  Sin embargo, de mi gimnasio sí puedo opinar y lo voy hacer porque cada vez que entro a las instalaciones me siento como una comisaria de la KGB mirando de mala leche a los que incumplen las medidas covid19. El caso es que al entrar ves hidrogel desinfectante y pasas por un espacio para higienizar el calzado. Luego, hay un cartel molón en el que entre otras cosas pone: USO OBLIGATORIO DE MASCARILLA. O similar...

 

 

¡Si quiere arroz, Catalina! Que decía mi abuela. Solo cuatro o cinco usuarios cumplimos este precepto. El resto ni agua. Es cierto que, por lo general, antes y después del uso de cualquiera de los aparatos o mancuernas, cada cual limpia lo que ha utilizado, ¡fenomenal! También es cierto que hay papel para estos menesteres y dispensarios para manos y limpieza de mobiliario. Pero, mascarillas muy pocas. Rectifico, casi todos llevamos; mayormente de pulsera o collarín –como el bueno del instructor recuerda para ver si de esta forma, después, cuando dejen de hacer un ejercicio y se muevan por el recinto, los usuarios rebeldes, se la pongan en su sitio—. La semana pasada, algunos, sí lo hacían. ¡Qué pronto olvidamos las cosas importantes! ¿Dónde queda la responsabilidad?



Vuelvo a mi paseo urbanita del que espero no arrepentirme. Como no tengo vehículo y hacía un calor de abrigo, cogí el autobús al salir y regresé caminando. En los buses –hice trasbordo—todo perfecto: poca gente, respetando la distancia y con mascarillas; lo mismo que el 99% de los viandantes. La verdad es que me dio un vuelco el corazón; la estampa parecía sacada de un film distópico. Da igual que sean máscaras quirúrgicas, FFP2 o de dibujis guais. Da penita o yuyu o nada o ¡vaya mierda! Es lo que hay. Cavilé que a este bicharraco le gusta cómo somos y cómo vivimos, así que se quedará como un huésped adosado a nuestra forma de vida, a nuestra entidad humana. Pero, ¿alguien ha pensado que la pandemia ha traído consigo, además, que uno de los miembros de la pareja se quede más tiempo en casa para desinfecciones y etcéteras…?  Y, ¿quién limpiaba y cuidaba a los niños habitualmente a lo largo de la historia? La mujer, en la mayoría de casos.

 

 

 

Tal vez, pudiera ser el inicio de una trasgresión social que dañaría principalmente la emancipación de las féminas. Estamos creando nuestro propio Cuento de la criada. Algo similar sucede con las vacaciones: la pandemia ha puesto de moda veranear en los pueblos como lo hacíamos en los 70.  La regresión está en marcha. ¿Fantasías de una mujer extravagante como yo? Puede que sí o puede que no. Está claro, que hay y habrá menos trabajo y la población mundial –por desgracia— disminuirá. Perfecto para esas mamis o esos papis, que se quedarán en casa por obligación. Claro que la economía entrará en retroceso. Estamos sufriendo una hecatombe como tantas veces a lo largo de la historia de la Humanidad. La civilización es una pescadilla que se muerde la cola impertérrita como en Dark o como en 2001: Odisea del espacio.

 

 

Otro asunto de mi periplo ciudadanita ha sido la visita al Corte Inglés y a Zara; ciertamente no me apetecía demasiado, pero quiero vencer el miedo y, ejecutar las actividades habituales –con sus más y sus menos— es la única forma de hacerlo. En ambos locales se cumplían los protocolos adecuados: dependientes y compradores respetando distancia y con mascarilla. Lo que no implica estar fuera de peligro; no obstante, hay una mínima seguridad.

 

 

 

Para finalizar, he ido a ver a mi sobrina –a la que solo he visto en tres ocasiones desde que entró en vigor el estado de alarma—. La verdad, me la hubiera comido a besos, pero, hemos optado por un abrazo de la NN: rápido y fuerte, ambas mirando hacia la derecha para que nuestros rostros quedaran opuestos. Después, hemos tomado un cafetito del tiempo en el bar de al lado. ¡Qué bien sienta después de tanto tiempo de abstinencia!

 

 

 

A última hora de la tarde, regresaba a casa. Caminaba despacio sin prisa ni pausa. Contenta por mi circuito callejero y triste por la apariencia tristona de la metrópoli sin turistas simpáticos blancos como la leche. Solo me he topado con un grupo de guiris. El año pasado –por estas fechas— Valencia estaba llena de lenguas de todo el planeta; era maravilloso escuchar sin entender y ver cómo las personas disfrutaban de la ciudad y su historia. Hoy, las calles están vacías de esos personajes tan queridos que, en los últimos años, nos visitaban con mucha frecuencia.

 

 

 

El chaparrón ha llegado en mi barrio: el uso de mascarillas relegado a una tercera parte de transeúntes. Ya en casa, Vicente Vallés abrió el informativo con los nuevos repuntes del coronavirus –alarmantes, por cierto—. La vecina está gritando a su madre nonagenaria y encamada «¡Estoy harta! ¡Ya no puedo más! ¡Ojalá te mueras! ¡Eres una mala madre!». Antes he visto a la cuidadora sin mascarilla por la calle. No dejo de pensar que la pobre estaría mejor en una residencia vigilada. Se me ha encogido el alma.

 

 

 

 ©Anna Genovés

Ocho de julio de 2020






Mucho músculo y poco cerebro

 

Ayer tomé un café con mi amiga Marisú y me enseñó el wasap que había enviado a su gimnasio. ¡Me he quedé muerta! Me pareció tan realista que lo he publicado tras su conformidad.

Que los dioses nos brinden un agosto tranquilo y esperanzador.

 

Estimada dirección del Planetfitness, estimado Lalo: Le he dado vueltas al asunto y he decidido que, en agosto, no iré al gimnasio. Por favor, pasarme el recibo de mantenimiento. En septiembre… ya veré.

 

 

El motivo, sencillo: os molesto. Si estuviera la directiva anterior –a quienes les haré llegar mi queja— sería diferente y no estaría señalada por intentar proteger a las personas y mantenerme dentro de la normativa gubernamental. Algo que deberías hacer tú y el resto de monitores. Algo que, mayormente, ignoráis.

 

Es irrespetuoso e irresponsable por vuestra parte, que algunos compañeros vayan por el local sin mascarilla o que la lleven de pulsera o gargantilla. O que se la quiten fuera del despacho donde no existe mampara protectora: sois el escaparate del gimnasio y debéis dar ejemplo.

 

 

Por lo general, estoy más de dos horas en las instalaciones y solo os he visto desinfectar los aparatos en contadas ocasiones: algunos abonados pasan olímpicamente de hacerlo. Lo mismo sucede con los que se saltan a la torera las distancias de seguridad y hablan a cara descubierta entre ellos o incluso con vosotros. Los hay que llegan con máscara y en la puerta se la quitan: lastimoso. Pero, es mejor hacer la vista gorda.

 

 

Demasiada relajación trae consigo un paso atrás en la lucha contra el coronavirus por la imprudencia de los que, como vosotros, cometen ligerezas. En la Comunidad Valenciana la mascarilla vuelve a ser obligatoria. Cuando los socios de un club tienen, mayormente, más músculos que cerebro, es necesario el control de los profesionales. Para eso estáis. Para eso os pagan.

 

 

Que os da apuro recordar las normas: existen los mensajes sonoros. Podéis grabar unas frases amigables –lo hacen en muchos establecimientos— en el que se insinúe esta cosita tan insignificante de ponerse la mascarilla y guardar la distancia de seguridad. Si hay negacionistas, que se aguanten o que se vayan al monte y creen su propia sociedad. Pero, aquí, a fecha de hoy, estas prácticas son forzosas. Me señaláis con la excusa de que mi hermano es un enfermo crónico y debéis saber que intento seguir los principios cívicos por el bien de TODOS. No tengo miedo a salir a la calle, no tengo miedo a morir, pero me desagradaría acabar en una UCI –en coma inducido— y con un tubo por la boca y otro por el culo: a lo mejor a vosotros os mola. La verdad, ir al gimnasio es desagradable y peligroso.

 

 

El Decreto Ley de la Generalitat Valenciana apartado 2.  1. 3. 3. a) exime el uso de la mascarilla durante la práctica de actividad física o cualquier otra actividad con la que resulte incompatible su uso.

 

 

Si los que llevamos cubre bocas nos ejercitamos con la misma, el resto de abonados también puede hacerlo. Por tanto, no existe incompatibilidad, pero sí incumplimiento de la ley. Por otro lado, es tan desaconsejable no usarla como llevarla en la barbilla o en el brazo como indicáis. Tener covid19 no es una lacra, es una enfermedad y la mejor arma es prevenir y anteponerse a lo que pueda llegar.  Sería honesto por vuestra parte quitar los carteles de las medidas anticovid19 del gimnasio porque las incumplís y engañáis a la gente honesta.

 

Este artículo aparece publicado en el blog de mi amiga Anna Genovés, en el diario madrileño El Cotidiano y en el blog de la Revista Culturamas.

 

Marisú - Cedido a Anna Genovés

 

26 de julio de 2020

 

P.D.

 

*En Decathlon hay mascarillas reutilizables y económicas, ex profeso, para cualquier deporte. Hace más el que quiere que el que puede.

* El uso de máscara y la distancia de seguridad no nos exime de contraer la covid19. Sin embargo, puede ayudar a frenar esta maldita pandemia.

* El trabajo es necesario, pero la salud es lo primero. Una vida es más importante que todo el oro del mundo.

* Las imágenes son el reflejo de las personas que se adaptan a la NN. El texto, es la pura y cruda realidad, espejo de los inadaptados.

 

 



El crepúsculo de la Sanidad

 

 

He ido al Centro de Salud para solucionar unos problemillas porque estoy cansada de telefonear para que me den cita y nunca me contestan. Para más inri mi médico se ha jubilado y desconocía a quién me habían derivado.

 

 

Al llegar, he descubierto una congregación amplia de personas en la puerta –entre la veintena y la treintena— más diversos grupillos a lo largo de la calle controlando que se despejaba la entrada.

 

 

El conjunto estaba formado por vecinos del barrio y emigrantes. Y digo esto último pensando que, para los foráneos, aquello podría ser una maravilla si vienen de países cuyo bienestar social es inferior al que nosotros estábamos acostumbrados. Pero, para los que hemos nacido en España y hemos mamado de la Sanidad Pública, no era otra cosa que el escenario decadente de lo que en otro tiempo fue un una Seguridad Social de bandera; he presenciado el inicio de su hundimiento. Y es que, la covid19, a este paso, arrasará con todo.

 

 

En el grupo existían subapartados: personas que iban a recoger el resultado de pruebas, otras que necesitaban una cura o un inyectable; luego estábamos los que solo deseábamos una cita. Al llegar he preguntado cuál era la cola para el mostrador y me han dicho que todas. O sea, ¡viva el descontrol! Tras varios minutos de espera, ha salido una auxiliar –ataviada con los EPIs necesarios— y ha repartido los turnos correspondientes.

 

 

Después de media hora, por fin, he entrado. Alucinante: dentro no había nadie. Una mesa larga con los resultados de diferentes pruebas y una botella de gel hidroalcohólico –con el que he embadurnado mis manos, más hechas polvo que las de una nonagenaria— amenizaba las sillas precintadas.

 

 

En el mostrador –parapetado con cordón, marca de distancia en el suelo y un cristal grueso—, vacío. Le he contado mi película a la administrativa de turno y, cuando acabo, me suelta: «No he entendido nada». ¿No me lo podía haber dicho al principio? La sangre me hervía. He tragado saliva y he repetido –en un tono bastante elevado— frase a frase. Tantos aplausos, se le han subido a la cabeza. Atienden con desgana y mala baba.

 

 

La historia ha sido surrealista. Como mi médico se ha jubilado no tengo a ningún facultativo asignado. Además, los doctores atienden sin despacho nominal porque rotan. Asimismo, NO DAN CITAS. Como lo oís, las citas son telefónicas. Que no me ha soltado: «La doctora no sé qué –no la he entendido bien— tiene un hueco para el lunes por la mañana. Deme su teléfono». Se lo doy y le pregunto: «¿Sobre qué hora llamará? –entendiendo que, si antes era una cita física y ahora es una cita telefónica, igualmente debe seguir un horario—. Y me contesta: «No, no… Usted este pendiente del teléfono que ya la llamará». Punto y final. Se me ha quedado cara de gilipollas.

 

 

En resumidas cuentas, los Centros de Salud son edificios vacíos cuya funcionalidad, se encamina a hacer analíticas, curas y poco más; parecen dirigidos a la segunda ola coronavírica, que no lo sé. En apariencia, son la prueba fehaciente de que la Sanidad Pública ni estaba ni está preparada para responder debidamente a una pandemia. ¡Ojalá no nos contagiemos de covid19! Pero, por desgracia, no es la única enfermedad. ¿Qué hacen el resto de enfermos?

 

 

Llego a casa y, la vecina –pura toxina botulínica— se pone a patear.  Mi casa vibra. He abierto Spotify. Acompañada del rap de Kendrick Lamar me he sentido mejor. No escuchaba ruidos desagradables, no recordaba que la Sanidad Pública se derrumba, no recordaba que la sociedad es una mentira de todo a cien.

 

©Anna Genovés

8 de agosto de 2020



El ocaso de la sanidad 











 

Internet y coronavirus

 

Se me retuercen las tripas por las personas que incumplen las normas y por los numerosos comercios que han echado el cierre, entre otros acontecimientos, mayormente, desagradables. Distintos a los que, hasta ahora, habíamos conocido.

 

 

¡Qué pena de sociedad! De planeta y de Humanidad. Tantas penas que ya no me conmueve hablar de ellas, aunque mi espalda esté cada vez más doblada por el peso de la tristeza. Por los muertos y los contagiados. Por las otras calamidades que nos rodean: el Gran Valle del Rift de África Oriental, se agrieta. El Cráter de Batagaika, situado en Siberia –conocido como la Puerta del Infierno—, se ensancha. La Antártida, se derrite. El campo magnético de la Tierra, cambia. El virus del Nilo –transmitido por el mosquito común—, nos ataca. La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo –trasferido por las garrapatas— hace estragos. En fin… estamos sufriendo numerosos envites. Tal vez estemos en una época inter lo que sea… Posiblemente, interglaciar como enseñaban en la universidad hasta hace poco. Actualmente desconozco qué se enseña.

 

 

Los jóvenes son jóvenes y si buscamos en nuestras dendritas de un pasado más o menos cercano, recordaremos qué sentíamos riendo, fumando porros, besando al de turno, emborrachándonos o lo que hiciera falta por un poquito de libertad. Por hacer aquello que nos prohibían, por olvidar a nuestros padres que nos trataban como a niños, a nuestros insoportables hermanos, a nuestras madres con el aspirador, a las vecinas rezando el rosario y al agujero negro que azotaba nuestras entrañas sin saber el porqué.

 

 

 

A día de hoy, estaríamos hartos de mascarillas, de no poder meterles mano a nuestras chicas, de no hacer el botellón o de que la píldora antibaby no nos sirviera para nada porque no podíamos meter. Lo entendemos. Los mayores entendemos que vuestra juventud pasa por un momento de mierda y por eso incumplís las normativas.

 

La vida es un cuadrilátero, una batalla constante y a vosotros, los jóvenes actuales, os ha tocado vivir en este caos, en esta nueva guerra. Las guerras asesinan. Y, pasados los años, gracias a forzar la maquinaria y a los que quedaron bajo tierra, los supervivientes mejoran su calidad de vida de una u otra manera. Sucedió con la I y la II Guerra Mundial. Esta, desde otro prisma, bien podría ser la III. No obstante, una cosa es que te fusile el enemigo y otra muy distinta que seas víctima de tu propio ejército; algo que está sucediendo por relajar las pautas sanitarias.

 

 

Todos estamos del revés. Grandes y chicos, mujeres y hombres, travestis y transexuales, religiosos y laicos, propietarios y okupas, fachas y progres, negacionistas y solidarios, ricos y pobres, albañiles y abogados, enfermos y sanos, putas y cándidos, policías y ladrones. La covid19 nos arrastra. Pero, hay que plantarle cara y seguir adelante… ya lo sabéis: «Si no podemos con el enemigo, nos unimos a él». La Nueva Normalidad es nuestra realidad. Y, como hay que cohabitar con la covid19, vamos a acoplar la enzima ACE2 –responsable de la infección de las células sanas— a nuestras vidas.

 

 

Que cierran los comercios físicos, compremos online y esperemos que esos sacrificados comerciantes sean indemnizados debidamente. Puede ser que, con el montante que reciban, se reinventen en esta nueva fase: la Era de la tecnología que, por causa mayor, ha irrumpido en nuestra existencia. Actualmente, tenemos al alcance de la mano el uso masivo del ciberespacio. Utilicémoslo a gran escala y a nuestra conveniencia.

 

 

Que se acabaron las quedadas y las discotecas, pues tomemos birras por Skype y subamos las imágenes a Instagram. Grabemos en directo nuestros bailes. Abramos chats y tengamos sexo virtual. Utilicemos la mascarilla como un complemento de moda. Desmenucemos nuestros cerebros e inventemos juegos de realidad virtual. Leamos en digital. Compremos un robot en Alibaba y un arco desinfectante en Amazon. Disfrutemos de las megamultiples vídeo conferencias. A ver, ¿qué problema tenéis si, habitualmente –en la época precovid19— ya os comunicabais por wasap, aunque estuvierais junto al colega wasapeado?  Va a resultar que los jóvenes sois más carcas que los mayores.

 

 

Es obvio que me gusta la ciencia ficción, pero estamos a uno paso de que estas premisas se hagan realidad. El futuro pasa por desarticular el concepto histórico que tenemos de familia, de manada… y convertirnos en hikikomoris. Démosle a este término japonés una vuelta de tuerca y adoptemos la exclusión social sin finales trágicos ni imposiciones. Que no podemos tocarnos, veámonos a través del ciberespacio.

 

El conjunto de la sociedad debería volcarse en las nuevas tecnologías porque son el futuro. Al respecto, incluyo la educación. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) son herramientas esenciales para poner el modelo educativo a punto. Si hay grados universitarios online, lo mismo pude suceder con educación primaria. Necesitamos cambios significativos en profesores y alumnado. Extensible a la mayor parte de aspectos sociales. Tomemos como referencia a Japón o a Finlandia donde el espacio y el ciberespacio van de la mano.

 

 

Me confieso, en cierta medida hikikomori. Sin embargo, he descubierto algo que desconocía: tengo conciencia social.  No miro por mí, sino por el conjunto. Puede ser que mi exceso de imaginación se anticipe a los acontecimientos. Gracias.

 

 


©Anna Genovés

Quince de agosto de 2020

                                                       





Vacunas sí. Pero, ¿cómo?

 

 

Cuando era peque nos vacunaban a casi todos de un montón de patologías... Poliomielitis, viruela, tuberculosis, sarampión, difteria... A posterior, también me inocularon para la Hepatitis B y el Tétano. A la mayoría, nos ha ido bien. Por el camino perdí a una amiga de viruela, sin vacunar, claro. Y mi primo tuvo poliomielitis antes de que la jeringuilla cayera en su brazo: fue muy duro y vive con diversas secuelas.

 

 

Con respecto a la vacuna de la gripe, me la pongo anualmente desde que estuve de profe en Las 1000 Viviendas de Alicante. Cogí una gripe que derivó en no sé qué... Que me dejó más allá que aquí. Y, todo sea dicho, me va mejor desde entonces. Estoy a la espera de que este año salga el calendario de vacunación para repetir. Creo que será en octubre. Aunque, con la covid19 de por medio, todo está en el aire.

 

 

 

Con esto decir que intentaré ponerme la vacuna del Covid-19 cuando llegue, si sigo por estos lares. Creo en las personas y espero que entremos en razón –aunque nos fastidie— y sigamos las recomendaciones de Sanidad con el uso de las #mascarillas y la #distanciadeseguridad porque #lavadodemanos imagino que, en general, vamos por la tercera o cuarta muda de piel. A falta de antivirales y vacunas, opino que son los medios más seguros para intentar frenar la pandemia. Ahora, tengo una duda… Pongamos por caso que nos van a vacunar de la covid19, ¿antes nos harán PCR o serológicos o test rápidos o algo parecido para saber si hemos sido asintomáticos y ya tenemos anticuerpos? ¿O será un totum revolutum? Si tenéis anticuerpos o células T o cierta inmunidad, ya veremos qué os pasa… Si estáis limpios del maldito bicho, posiblemente, os irá bien.

 

 

Volviendo al tema central, hay gente para todo, tanto del lado negacionista –por cierto, he leído diferentes artículos de su proclama y no me convence ninguno de sus argumentos— como de los gobiernos que utilizan la fabricación de la vacuna anticovid19 como moneda de cambio. Parece que, a fecha de hoy, quien la comercialice antes –sin importar demasiado los efectos secundarios a medio o largo plazo— tendrá el poder en sus manos.

 

 

Hay gobernantes sin escrúpulos que pasan de las personas –les da lo mismo un muerto que mil, para ellos solo son cifras— y ofrecen a sus habitantes como ratillas de laboratorio para probar esa tercera fase de las vacunas más adelantadas. Pongamos por ejemplo… Brasil. A lo mejor nos hacen un favor a todos, pero opino que es irreflexivo lanzarse al precipicio sin una mínima seguridad. Una de las últimas vacunas comercializadas fue la del ébola –VSV-EBOV— creada en 2010 y distribuida cuatro años después y… pese al visto bueno de la OMS, aún está en fase experimental. Cuatro años, ni uno ni dos, cuatro.

 

 

Actualmente, hay tantos laboratorios trabajando a destajo en la necesaria anticovid19 que, tal vez, peligre la idónea. Ojalá me equivoque.

 

 

Me gustaría que la vacuna contra la covid19 fuera segura, libre y duradera. El riesgo cero no existe, pero si ponemos de nuestra parte, tal vez podamos construir un mañana beneficioso para las futuras generaciones.

 

©Anna Genovés

Veinticinco de agosto de 2020

 






La vida calla

 

 

Acostumbrada a la nueva normalidad

 

 

La mujer ha cambiado sus vivencias y sus ansias

 

 

Acude al supermercado con mascarilla y enguantada

 

 

Compra lo necesario presta como un rayo

 

 

Se aleja de los que pasan, de los que ama, del virus exterminador

 

 

Que deja el cuerpo con llagas

 

 

En la sangre, en el cerebro, en las piernas, en el Todo y en la Nada

 

 

Supura sus dudas con las teclas del ordenador

 

 

Habla por Skype o abre el wasap

 

 

Las fincas están desoladas

 

 

Las calzadas inundadas de horror

 

 

El cielo se empaña de un celofán extraño

 

 

–parece que hayan echado matarratas—

 

 

El ambiente cargado de porquería

 

 

Los humos por el suelo y la espera larga, demasiado larga

 

 

Pero hay algo que la sumerge en el fango y la mata

 

 

El sonido impertinente de las ambulancias que surcan la calles

 

 

No una ni dos, sino varias

 

 

Demasiadas cada día, cada jornada

 

 

Se hunde en sus tímpanos el dolor que arrastran

 

 

Las agujas clavadas

 

 

La dama de la hoz prendida por estampa

 

 

El cuerpo inanimado que lucha por vivir sin ganas

 

 

La muerte se cierne en las ciudades

 

 

La vida calla

 

 

©Anna Genovés

Treinta de agosto de 2020








 11S de 2020

 

 

El 11 de septiembre de 2001 diversos atentados hicieron tambalearse a la recién nacida sociedad del Segundo Milenio. Hubo muchas bajas y la vida de innumerables personas quedó marcada para siempre.

 

Por aquel entonces, trabaja de maestra en el IES 15 de Alicante –un CAES encubierto en pleno barrio marginal de Las 1000 viviendas—. Era martes y tenía unos días libres: comía con mamá. Angels Barceló estaba dando las noticias cuando las imágenes de las Torres Gemelas invadieron la TV y, allí, delante de nosotras, antes de que la presentadora supiera lo que realmente sucedía, los aviones impactaron en los rascacielos del World Trade Center.

 

Miré a mi madre y le dije: «Mamá ha comenzado el principio del fin de Occidente». Desconozco por qué se lo dije, pero para mí nunca volvió a ser igual. El 11 de septiembre de 2020 incidencia del coronavirus en el mundo: 28,2 M de casos contabilizados. Casi 1 M de fallecidos. Curados –si la infección no vuelve a afectarlos y con secuelas de por vida— 19 M. 

 

La Humanidad merma más de lo habitual, por lo general, durante el primer cuarto de cada siglo a lo largo de la historia. Se conoce la fragilidad de la misma. Pero, con el paso del tiempo se olvida y cuando llega la bonanza –en la que a casi nadie le importa casi nada—, la dama de la Hoz asoma más de la cuenta.

 

Quizá algún día aprendamos la lección. De lo contrario, el ciclo biológico de la naturaleza estallará de nuevo. Y, cada vez, la recuperación será más caótica y apocalíptica.

 

 

Viernes once de septiembre de 2020

*In memoriam de las víctimas del 11S de 2001






 


Infierno

 

 

 

Corazón roto

 

Desquebrajado

 

Palpitaciones quedas

 

Sistólica descompensada

 

Ventrículos astillados

 

Muerte serena

 

Millones de cicatrices tatuadas

 

Por los hombres que se fueron

 

Las mujeres calladas

 

Los niños que nunca envejecerán

 

Las madres muertas

 

Los padres de miradas gachas

 

Economía sumergida

 

Ciénaga negra

 

Tertulias que se acaban

 

Angustia en las entrañas

 

Muerte que te llevas la alegría y la tristeza

 

A todos nos mata

 

En silencio y con pena

 

En fila de a uno

 

Ataúdes yermos

 

Agujero negro en la Tierra

 

Campanas que suenan

 

En lo alta de las montañas

 

El silencio voluptuoso de las mareas

 

La guerra de Nostradamus

 

La tercera guerra

 

Enemigo invisible

 

Sanidad que olvida sus quejas

 

El que puede no hace nada

 

Y la maldad acecha

 

Futuro incierto

 

Tradiciones nuevas

 

Cubre tu rostro

 

No hables, no mires, no camines

 

Ve con el rebaño

 

Y si mueres, ya estás muerta

 

Enciérrate en casa

 

Y si la dama de la hoz

 

Toca a tu puerta

 

Invítala a que entre

 

El monte calvario está cerca

 

Demasiados crucificados

 

Demasiada tristeza

 

El día toca a su fin

 

El infierno está en la Tierra

 

 

 

©Anna Genovés

18 de octubre de 2020

 








Nada

 

 

La ventana indiscreta

 

Nos recuerda que estamos en toque de queda

 

Nudo en la garganta

 

Ganas de llorar

 

De lanzarte al vacío y quebrar tu vida entera

 

Nadie camina ni tan siquiera un alma en pena

 

La ciudad está muerta

 

Cementerio lleno de angustias y penas

 

Edificios suculentos, vehículos regios

 

Semáforos en rojo perpetuo

 

Nadie cruza la calzada y los perros no muerden

 

La Humanidad perece en un vaso de agua

 

Sin música ni risas ni lloros, nada

 

No queda amor para abrazar las mañanas

 

Se fue la alegría y llegó la tristeza del alma

 

Como si tres jinetes del Apocalipsis nos tragaran

 

Trotan por esta tierra marchita

 

Caminan a sus anchas

 

El rojo trajo la guerra

 

Y el amarillo la muerte

 

Tal vez, el negro, nos deje sin pan

 

Si pasea por esta calle tétrica

 

Sentimientos apagados

 

Campanas que tocan a muerto

 

En una iglesia cristiana olvidada

 

El minarete de la mezquita, calla

 

El monasterio lama, no tiene velas

 

¿Quién vivirá mañana?

 

¿Quién guiará a la manada?

 

Lluvia de meteoros

 

Nostalgia y pena

 

Todo calla

 

 

©Anna Genovés

Veinticinco de octubre de 2020










Halloween tétrico 


Este cuento lo escribí en 2014 
y lo reedité este año con unos pequeños cambios. 
La sonrisa es necesaria. 

 


Estábamos celebrado Halloween en casa de una amiga. Había de todo: priva, pirulas y Moby-Dicks a tutiplén. Mi chica iba disfrazada de brujita insinuante: curvas perfectas, labios carnosos y pechos redondeados...

 

Cada vez que la miraba me apetecía comerle el pico e introducirme entre sus carnes. Me excité tanto mirándola, que la arrastré al cuarto de baño. Me senté en la tapa del inodoro y ella movió sus caderas... ¡Guau! Mis dedos recorrieron sus muslos y acariciaron sus nalgas. La bajé sobre mis piernas. Nuestras lenguas se enredaron en los interiores acuosos, relamiendo hasta la última gota del alcohol que traspiraban. De repente, varios golpes en la puerta nos cortaron el rollo.

 

–La luz se ha ido –dijo Marc.

–Se habrán fundido los plomos, ¡capullo! –contesté de mala gaita. Le hubiera roto la cara.

–La TV se ha encendido sola. Hay un programa extraño –siguió mascullando.

–¿Tú flipas, tío? –contestó mi nena desternillándose.

–De eso, nada –bramó Cris. Luna y yo nos miramos alucinados.

 

Cris era la única que no se metía viruta y, por tanto, estaba lúcida. Salimos pitando. La pandilla estaba hipnotizada mirando el LG de 42’. La pantalla mostraba imágenes sucesivas del Congreso de los Diputados con los políticos masacrados.

 

–Buen montaje –dije.

–Para lo que hacen… –soltó Marc.

–Para trincar la pasta y dejarnos con el culo al aire –sugirió Luna.

–Quiero un chalé en Galapagar –insinuó Cris.

–¿Y quién no? –sentenció Javi.

–En España todos somos hijos de Curro Jiménez. Poner otro canal –solté de mal talante, sorbiendo los últimos gránulos de perico que revoloteaban por el interior de mi napia.

–Es el único que funciona –contestó Fran, áspero.

 

En la siguiente imagen, una presentadora salió al plató con la ropa hecha jirones; llevaba los brazos repletos de rasguños. Detrás, Screen amenazándola con un cuchillo inmenso. Reímos a carcajada limpia.

 

–¡Que guasa tienen…! Son unos putos cachondos –dije.

–Calla nano. La cosa no pinta bien –sugirió Fran.

–Porque seas segurata, no estás en posesión de la verdad absoluta –repuse.

 

 

La locutora habló:

 

 

–Estamos en directo realizando un informativo especial Halloween…  –paró en seco. Screen le metió una puñalada en la clavícula. Ella chilló; la sangre espesa y grana, resbaló por su cuerpo. Siguió hablando… La Humanidad peligra –terminó de decir.

 

El psicokiller se cebó con ella. La pantalla se fundió en negro.

 

–¿Habéis visto? Ha sido más real que un snuff movie –soltó Marc.

–¡Joder! Ahora el que no se ríe soy yo –dije con el rictus obtuso.

–¡Estamos acabados…! –indicó Javi.

–¡Que no cunda el pánico! Aparqué el furgón del curro justo enfrente. Quizás nos venga bien dar un paseo… –repuso Fran. Lo miramos flipados.

–¿Qué pasa? Era una sorpresa. Quería daros una vueltecita con el buga de la pasta gansa –terminó por decir.

–Nos vendrá genial –aseveró Cris. Antes de subir al vehículo, escuchamos música en el centro de Karate Gu.

 

Entramos. Había una fiestorra gansa: todos iban disfrazados y hasta las cejas.

 

–Veis: es una broma macabra. Hoy es la noche de los muertos. ¡Qué miedo! ¡Booo!!! –dijo Luna riendo.

 

La melodía galopó a marchas forzadas. Los invitados comenzaron a bailar frenéticos; se hizo el caos. Los vampiros se abalanzaron sobre los demonios. Jason asesinó a la niña del exorcista. Freddy descuartizó a Chucky. Sólo una figura se mantuvo apartada. Agazapada en la esquina; cubierta por una capa oscura. Un púgil indefenso. Fuimos a socorrerla. Cogimos katanas y nunchakus. Inmediatamente, la emprendimos con todo bicho viviente. Al acercarnos a la víctima, una lengua kilométrica y gelatinosa, se expandió delante de nosotros; era un asqueroso strongoi de Guillermo del Toro. Rajé, de parte a parte, ese apéndice repugnante y mortífero que nos amenazaba. Veloces como guepardos, nos echamos sobre la repulsiva aberración hasta triturarla. Acto seguido, salimos del garito, subimos al blindado y emprendimos nuestro terrífico viaje. La city estaba en penumbra. En las calles, reinaba el terror. Giramos hacia la avenida y un ejército de zombis nos cortó el paso.

 

–¡Es el fin del mundo!  –insinuó Manu.

–¡Cállate! Que no me dejas pensar –grité.

 

–Tranquilos. Voy a echar marcha atrás –dijo Fran. Imposible. La legión de muertos vivientes se arrojó sobre nosotros.

 

Estábamos rodeados. El furgón blindado comenzó a moverse como una mecedora de madera noble con carcoma. Mis colegas, gritaron.

 

–¡No! ¡No! ¡No…! –voceé cuando los cristales cedieron y un zombi putrefacto mordió mi brazo.

 

La luz murió.

 

–Calma Alex. Has tenido una pesadilla –dijo Luna acariciando mi rostro empapado de un sudor gélido.

–¿Seguro…? –pregunté frunciendo el ceño. Luna estaba recostada sobre la cama. Su sonrisa era brillante. Enrosqué mis dedos en su melena azabache: no era un sueño.

–¿Qué te pasa? –preguntó.

–No tiene importancia. ¿Qué haces vestida de bruja marchosa? 

–Es Halloween cariño y, aunque estemos en pandemia, hemos quedado en el piso de Cris y Fran. Estaremos solo los cuatro. ¿No me digas que lo habías olvidado? 

–Algo parecido... He tenido un mal sueño, pero, ahora ya no tiene importancia.

 

La abracé y la poseí frenético. Gozamos cuajados en nuestros excesos. Destrocé el disfraz que llevaba. Podía vestirse de todo menos de bruja picarona. Mal pálpito.

 

©Anna Genovés

Veinticinco de octubre de 2014

Reedición: domingo veinticinco de octubre de 2020

 

 

 

 


 

 Noviembre 20

 

Durante el mes de noviembre no subí ninguna entrada al blog porque estuve inmersa en la publicación de mi última novela. Era la espinita sangrante que me perturbaba, pero, cuando llegó la covid19 fui incapaz de terminar su revisión de un tirón. 

 

Apenas leí información sobre la pandemia. Estaba demasiado tocada como para seguir en primera línea: sobrada de información de primera o segunda fila, verídica o falseada. Daba lo mismo, mi psique empezaba a hacer aguas. Aun así, estaba al día de las funestas noticias que llegaban. A finales de octubre comenzó la segunda ola del coronavirus en Europa. Y, ahora, finales de diciembre, ha comenzado la tercera. La covid19 es como un gusano informático que se copia a sí mismo y se propaga y afecta al mayor número de personas… y de seres vivos.


Me he acoplado a la actualidad lo mejor que he podido en la ampolla bipersonal de casa. J sale lo justo –un paseo diario a última hora de la tarde, cuando hay menos gente—. Y, yo, lo justo y un poco más; lo mismo que llevamos haciendo desde que él enfermó en 2010. Es la NN que se pregona como un paso hacia delante de la vida anterior: la guapa. 


Soy catastrofista por naturaleza –bueno, mejor dicho, por las adversidades en las que he permanecido sumergida desde la más tierna infancia—. Opino, que el pasado quedará alejado de nosotros para siempre. Mejor olvidarlo y seguir la vida tal y como llegue. ¿De qué sirve pensar en que volverá algo que ya no existe? 


Más que alarmista, a veces, soy tan realista, que dejo de agradar a las personas por excesiva sinceridad. Los peces verdes siempre hemos existido. 


 

©Anna Genovés

Domingo veintidós de noviembre 2020

Revisado el viernes veinticinco de diciembre de 2020








Diciembre 20

 

Son las siete de la tarde del veinticuatro de diciembre de este año trágico con ese número tan particular rubricando su fetidez: 2020. ¡Vete lejos y no vuelvas!

 

He salido a comprar algunos alimentos de primera necesidad en este día opaco desde primera hora de la mañana. Hay bastante tráfico y pocos transeúntes. No he visto a nadie sin mascarilla, pero creo que todos tenemos el corazón partido.

 

Las sonrisas son de medio lado, cuando las hay. Los supermercados están poco abastecidos, apenas hay luces navideñas y villancicos en la lejanía… aunque, ciertamente, las campanas de la iglesia han repicado. Las parroquias se han regenerado, y, la mayoría, están bastante llenas. Es como si la fe perdida hubiera regresado como el hijo pródigo. Se dice que cuando hay miedo, se recurre a Dios. 

 

A mí me sucede lo contrario, no creo en las religiones y mi fe en Dios se va apagando como un farolillo de invierno carente de aceite. Además, nunca me ha gustado la Navidad. La veo como una celebración repleta de hipocresía en la que, la mayoría de familias, se reúnen por aquello de la tradición, los regalos, las fiestas, las comilonas… Que no porque nace el niño Dios. Otra cosa es Noche Vieja, que aplaude el nacimiento de un Año Nuevo. Fiesta pagana cuyos orígenes constatados se remontan a época romana donde enero se dedicaba al Dios Jano. 

 

Hoy inoculan las primeras dosis de la vacuna de Pfizer y Biontech. Y, aunque el científico que está detrás de la misma, Ugur Sahin, haya avisado de que NO es la panacea instantánea para gritar: «El mundo está libre de la covid19». La esperanza está en marcha. Ojalá que la próxima vez que Merkel llore ante un medio de comunicación sea de emoción por la erradicación mundial de la misma y no por haber tenido que someter a la población alemana a un confinamiento domiciliario estricto. También lo están en otros países y ya veremos como acabamos en España.

 

El mundo recoge aproximadamente 81M de contagiados y 2M de fallecidos. Pasado mañana es veintinueve de diciembre; ese día fatídico en el que el cielo de mi casa se desplomó. Seguro que 2021 es mejor.

 

©Anna Genovés

Domingo veintisiete de diciembre de 2020

* La experiencias, reflexiones, opiniones... de este libro pueden haber cambiado desde su publicación. Éste es un libro sin correcciones gramaticales ni de estilo. Escrito tal y como me salía de las entrañas con el corazón roto y el alma derrotada.. Gracias a todos.





Anna Genovés 2020

Todos los derechos reservados a la autora


Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni almacenada en un sistema de recuperación, ni transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, o de fotocopia, grabación o de cualquier otro modo, sin el permiso expreso del editor.

 









2020 La realidad de la realidad - parte 4 final






 

 

¿A qué huele el miedo?

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

huele a barro

 

asfalto recalentado

 

miradas recelosas

 

movimientos imprecisos

 

hiel

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

amor desconsolado

 

separaciones certeras

 

adiós insondable

 

mentiras ciegas

 

es lo que es

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

Mentes criminales

 

True Detective

 

 Walking dead

 

Mindhunter

 

The sinner

 

Sex sense

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

El Caníbal de Milwaukee

 

El Carnicero de Rostov

 

Jack el destripador

 

Ted Bundy

 

Manson

 

Y él

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

Howard Phillips Lovecraft

 

John Ramsey Campbell

 

Edgar Allan Poe

 

Thomas Harry

 

Ann Radcliffe

 

Mary Shelley

 

Brand Stoker

 

Stephen King

 

Clive Barke

 

Anne Rice

 

Joe Hill

 

 

 

¿A qué huele el miedo?

 

Yo te lo diré

 

A Covid19

 

que vendrá

 

una y otra vez

 

 

©Anna Genovés

25/04/2020








 

Covid19 y antídoto, esclavos y dioses


Hace semanas que barrunto una idea estrambótica. Al respecto, esbocé algo en el Diario cuarenténico que publiqué en este blog por entregas.

 

El hecho es que veo a las naciones –me refiero a sus habitantes— como lechones dispuestos a llegar al matadero. Tal vez, el estado de alarma, me está llevando a un callejón sin salida oscuro y repleto de recovecos; eventualidad idónea para pensar. En mi caso, aunque callada, tengo una mente viajera que pulula por universos paralelos desde niña. Soy introvertida y pensadora con todos los pros y los contras que ello supone. En ocasiones, soy dada a inventar historias y a exagerar situaciones –es obvio que esto me sucede únicamente cuando escribo— lo que no me impide diferenciar la fantasía de la realidad.

 

Todo este mejunje de palabros tiene como fundamento lo fácil que me parece insuflar miedo. Opino que, quizá, la covid19 –ese Coco que nos ha absorbido la libertad y hasta la dignidad de ser persona— ha salido, descuidada o cuidadamente, de un laboratorio. Pero, más aún, creo que cuando se escapó con todos sus hermanitos, más o menos víricos, ya estaba ingeniado su antídoto. El cual soltarán cuando les venga en gana, muera quien muera y se empobrezcan quienes se empobrezcan. ¿Quiénes lo soltarán? Los dioses terrícolas desde su Olimpo particular.

 

Qué fácil es tener en la mano o en las manos de aquellos que mecen el mundo como si fuera la cuna de esa terrorífica película en la que Rebeca Mornay –la niñera del bebé— era una asesina, a la población de este hermoso planeta llamado Tierra. ¿Por qué lo digo? Porque ha sucedido algo similar. Nos han metido el miedo por todos los poros del cuerpo, nos han encerrado en casa, nos han mentido, nos han obligado a realizar y a aceptar ‘cosas’ por cojones y nos han asesinado sin piedad. Somos palomitas domesticadas. Queda requetebién recordarnos lo que somos: meros títeres a los que se puede vapulear cuando los todopoderosos de esta mierdosa sociedad que hemos creado y en la que se vivía fenomenal, les dé la gana. De eso se trata de que vivamos con menos y ellos con más. Cuantas películas al respecto… Los juegos del hambre, por ejemplo.

 

Está claro que, la pandemia ha sido y es –todavía no se sabe el alcance que tendrá y cuándo finalizará— un horripilante monstruo más sangriento que Benicio del Toro en Sicario y más cruel que el virus de Contagio de Soderbergh. La covid19 que pasea por nuestras calles es tan asesina como la Gripe española –primeros casos constatados en Francia o China, dudas al respecto— o la Peste bubónica –del Gobi a China en sus inicios—. China, China, China… A este bicho lo acepto como sintético –desconozco quienes son sus padres, pero, indudablemente, son unos hijos de la gran puta. Pues… eso, sus creadores, tiene la llave. Saben cómo desactivarla cuando la población mundial haya mermado lo que les parezca oportuno. Mira qué bien, sin bombas y nos hemos quitado a unos cuantos millones de encima. Así, pagaremos menos pensiones, la naturaleza renacerá por un tiempo y tendremos a los supervivientes con un collar perruno invisible que los supeditará a nosotros como esclavos. Que somos esclavistas. ¿Y qué? Nos la trufa lo que diga la prole: son la chusma y nos, el poder, se dirán entre ellos. Olvidan que, dentro de los poderosos hay categorías y los de abajo nada tienes que ver con los de arriba –la cúspide puede aniquilar a la base cuando le venga en gana—, aunque se crean superiores a los que ni tan siquiera estamos dentro de esa pirámide opulenta.

 

Me doy cuenta que las personas engullimos los acontecimientos como las esponjas, y nuestro cerebro los racionaliza en las distintas casillas destinadas para estos o aquellos menesteres. La primera semana tragamos, la segunda asimilamos, la tercera aceptamos y la cuarta olvidamos. Lo que nos desagrada se difumina como el humo de un incendio copioso apagado por los bomberos hasta desaparecer, y, poco a poco, pasa al baúl de los recuerdos como si nunca hubiera existido, como si fuera un mal sueño en brazos de Morfeo. Esta resiliencia, innata en los humanos, es más fuerte en los supervivientes, en los que se amoldan más rápido a las situaciones límite como en la que estamos inmersos.

 

Seamos resilientes –que no corderos— para dar por el orto a los que nos pisotean a diario. Pero, no me hagáis caso, son metapensamientos de una escribidora de chicha y nabo.

 

 

©Anna Genovés

Domingo 24 de mayo de 2020

 

P.D. Por cierto, he leído que, en alguna comunidad o parte de ella, las cafeterías cobran o cobrarán o quieren cobrar un extra por la covid19, me desagrada, pero lo entiendo. Y me pregunto, ¿por qué no lo cobramos todos ya que tenemos que desembolsar un dinero extra en guantes, mascarillas, desinfectantes, geles-hidroalcohólicos y bastantes etcéteras? Con estos suplementos económicos y los recortes europeos, es lógico que cada vez tengamos menos.

 

Lo suyo sería, por ejemplo, que en vez de subir o pagar más impuestos, se rebajaran los existentes por este plus que debemos desembolsar durante… no se sabe, aunque se augura un periodo largo, tedioso, apestoso y amargo como la hiel.

 







 

El robot Temi

 

Como soy bastante futurista, cuando escuché –hace varias semanas— que existían robots que detectaban el coronavirus a distancia, escudriñé un poquillo a ver qué encontraba...

 

Uno de los muchos titulares que leí, decía lo siguiente: «Este robot permite diagnosticar el coronavirus a distancia». «Ante el peligro de contagiarse de coronavirus, este robot permitirá a los médicos saber la temperatura de los pacientes sin ni siquiera estar cerca de ellos». Se refiere al droide llamado Temi.

 

Al leer la información completa, entendí lo que imaginaba desde el principio. Temi es una pasada de inteligencia artificial con mogollón de funciones.  Pero, en realidad, no detecta la covid19, solo la temperatura corporal como señala la segunda parte de la entradilla.

 

¿Acaso la única enfermedad que provoca fiebre es la covid19? Imaginaros que tenéis un flemón, una infección urinaria o cualquier otra patología dentro de las habituales que cursan con calentura. ¿Qué pasa? ¿No nos dejarán entrar a… o viajar a… o lo que sea que queramos hacer porque tenemos unas décimas de febrícula y salta la alarma? Otra cuestión son las personas infectadas de coronavirus, asintomáticas o no, que, pese a tener carga viral en su organismo, no tienen fiebre. Entonces… ¿qué pasa? No se sabe que lo tienen y entran dónde sea y… ¡Ag! Contagian a un montonazo de personas.

Por supuesto, más vale prevenir que curar. Sin embargo, opino que, para afirmar la máxima de Temi, sería conveniente que, junto a la temperatura, nos hicieran un test rápido; a lo mejor le haría falta un auxiliar que lo realizara. Entonces, sí podríamos hablar de ese asistente cibernético que diagnostica el coronavirus. Con las funciones actuales, por desgracia, todavía no. Aunque, buscando, he encontrado diversos documentos en los que el autómata está funcionando como un ayudante perfecto en algunos centros médicos y hospitales israelitas. ¡Qué listos son los hebreos!

 

Luego están los ‘microprotoTemi’ con alguna función similar a este ordenador supersónico, como son termómetros digitales. El otro día me empotraron uno en la frente cuando fui a la peluquería –todo estaba correcto y me dejaron muy mona—. No obstante, el suceso, me hizo gracia. Al hablarlo con la farmacéutica, me soltó: «¡Uy! Lo del termómetro es una tontería, te tomas una Gelocatil media hora antes de salir de casa y arreglado». Me quedé, muerta. Todos lo sabemos, empero, a mí me sería imposible, creo, falsificar algo tan importante. Allá cada cual.

 

Los que sobrevivan o sobrevivamos a esta pandemia y a las que se auguran cercanas… dentro de unos años, tendremos un Temi en casa. Ya lo veréis.

 

 

Tomar la temperatura corporal, sin más, puede llevarnos a muchas confusiones e incluso a pasar malos tragos. ¿O no?

 

 

©Anna Genovés

16/05/2020







Irracional

 

Cansados de oler a lejía y alcohol. De mascarillas y guantes. De no hablar, no mirar, no chillar, no pegar un puñetazo al que se acerca sin más, al que pasa de todo, al que no quiere saber la verdad. Irresponsabilidad personificada en falsedades y mala gestión. Mundo repleto de corcho y pastillas de jabón. Personas que desean obviar a los muertos y desoyen las normas, por imperfectas que sean; sociedad, democracia, corderos y lobos que balan sin razón.

 

En la línea, La Línea de la Concepción, donde somos la nada y el caos atormentado, donde el bien y el mal están en un solo tazón. Futuro oscuro, mañana oculto, desamor. Cuerpos contorsionados; lágrimas secadas al Sol. La desgana cunde, también el rencor. Robos y crueldad; el blanco, asesina al negro, el negro mira con horror. ¿Cómo no?

 

Las injusticias traen odio y el odio se multiplica por dos. Siglo veinte que ha caído en la desgracia, retal del pasado criado con dolor. Las mentiras son largas, las verdades un no.

 

©Anna Genovés

Seis de junio de 2020


* Dedicado a George Floyd. Un afroamericano que falleció bajo la custodia de la policía de Minneapolis.





La nueva normalidad

 

 

Ayer fui a dar una vuelta por la ciudad: quería sentir en mis dendritas lo que era verdaderamente la NN. Me hace gracia hasta el nombre, como si en algún momento de nuestro futuro cercano pudiéramos volver al estado del bienestar que teníamos antes de que la covid19 nos invadiera. Opino que es imposible; puede que, a medio plazo, estemos más relajados y hasta disfrutemos distendidamente de la nueva forma de vida, pero veo improbable que borremos de nuestra psique –cual sintéticos de cuarta o quinta generación— lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. Quizá ‘el antes’ pase a ser una retahíla de clichés en blanco y negro cual película de cine mudo que se evoca con nostalgia.

 

 

Olvidar a los muertos –contabilizados unos 600.000— a los contagiados –confirmados unos 12 millones— ¡qué difícil! No hablo del recuento español, mi registro es mundial porque me duelen los fallecidos, aunque no sepa sus nombres o vivan en Australia. Esto no es moco de pavo. No es: ¡Yupi, yupi, hey! ¡Ya ha pasado! El coronavirus SARS-CoV-2 vive y vivirá entre nosotros. Deberíamos tomar las precauciones necesarias y, nos agraden o no, las normas gubernamentales. Es nuestro deber cumplirlas.

 

 

¡Chicos! No queréis acatarlas, ¡perfecto! Iros a vivir al campo –solos o acompañados de personas afines a vuestros principios, tan respetables como otros— o a donde os dé la gana lejos de la gente. Que no podéis, os fastidias y cumplís. Aquí, de momento, hay que llevar mascarilla –obligatoriamente si no se puede mantener la distancia de seguridad— dentro o fuera de cualquier lugar o transporte público siempre que no tengas una enfermedad o que estés haciendo algo en ese instante que te lo impida: comer, beber, fumar… Cuando no sea obligatorio, será maravilloso volver a mostrar el rostro. Qué ganas tengo de ponerme Botox y salir ‘la mar de guapa’.

 

Mi intención no era iniciar esta reflexión de forma inquisidora, pero he salido calentita del gimnasio. Enfrente de casa hay un polideportivo que ha vuelto a abrir sus puertas; me alegra mogollón por todos los amigos que lo utilizan, pero no puedo opinar sobre el protocolo que sigue porque no lo he visto en primera persona. Aunque, unos allegados me han comentado que si quieres desinfección te la tienes que llevar de casa.  Sin embargo, de mi gimnasio sí puedo opinar y lo voy hacer porque cada vez que entro a las instalaciones me siento como una comisaria de la KGB mirando de mala leche a los que incumplen las medidas covid19. El caso es que al entrar ves hidrogel desinfectante y pasas por un espacio para higienizar el calzado. Luego, hay un cartel molón en el que entre otras cosas pone: USO OBLIGATORIO DE MASCARILLA. O similar...

 

 

¡Si quiere arroz, Catalina! Que decía mi abuela. Solo cuatro o cinco usuarios cumplimos este precepto. El resto ni agua. Es cierto que, por lo general, antes y después del uso de cualquiera de los aparatos o mancuernas, cada cual limpia lo que ha utilizado, ¡fenomenal! También es cierto que hay papel para estos menesteres y dispensarios para manos y limpieza de mobiliario. Pero, mascarillas muy pocas. Rectifico, casi todos llevamos; mayormente de pulsera o collarín –como el bueno del instructor recuerda para ver si de esta forma, después, cuando dejen de hacer un ejercicio y se muevan por el recinto, los usuarios rebeldes, se la pongan en su sitio—. La semana pasada, algunos, sí lo hacían. ¡Qué pronto olvidamos las cosas importantes! ¿Dónde queda la responsabilidad?



Vuelvo a mi paseo urbanita del que espero no arrepentirme. Como no tengo vehículo y hacía un calor de abrigo, cogí el autobús al salir y regresé caminando. En los buses –hice trasbordo—todo perfecto: poca gente, respetando la distancia y con mascarillas; lo mismo que el 99% de los viandantes. La verdad es que me dio un vuelco el corazón; la estampa parecía sacada de un film distópico. Da igual que sean máscaras quirúrgicas, FFP2 o de dibujis guais. Da penita o yuyu o nada o ¡vaya mierda! Es lo que hay. Cavilé que a este bicharraco le gusta cómo somos y cómo vivimos, así que se quedará como un huésped adosado a nuestra forma de vida, a nuestra entidad humana. Pero, ¿alguien ha pensado que la pandemia ha traído consigo, además, que uno de los miembros de la pareja se quede más tiempo en casa para desinfecciones y etcéteras…?  Y, ¿quién limpiaba y cuidaba a los niños habitualmente a lo largo de la historia? La mujer, en la mayoría de casos.

 

 

 

Tal vez, pudiera ser el inicio de una trasgresión social que dañaría principalmente la emancipación de las féminas. Estamos creando nuestro propio Cuento de la criada. Algo similar sucede con las vacaciones: la pandemia ha puesto de moda veranear en los pueblos como lo hacíamos en los 70.  La regresión está en marcha. ¿Fantasías de una mujer extravagante como yo? Puede que sí o puede que no. Está claro, que hay y habrá menos trabajo y la población mundial –por desgracia— disminuirá. Perfecto para esas mamis o esos papis, que se quedarán en casa por obligación. Claro que la economía entrará en retroceso. Estamos sufriendo una hecatombe como tantas veces a lo largo de la historia de la Humanidad. La civilización es una pescadilla que se muerde la cola impertérrita como en Dark o como en 2001: Odisea del espacio.

 

 

Otro asunto de mi periplo ciudadanita ha sido la visita al Corte Inglés y a Zara; ciertamente no me apetecía demasiado, pero quiero vencer el miedo y, ejecutar las actividades habituales –con sus más y sus menos— es la única forma de hacerlo. En ambos locales se cumplían los protocolos adecuados: dependientes y compradores respetando distancia y con mascarilla. Lo que no implica estar fuera de peligro; no obstante, hay una mínima seguridad.

 

 

 

Para finalizar, he ido a ver a mi sobrina –a la que solo he visto en tres ocasiones desde que entró en vigor el estado de alarma—. La verdad, me la hubiera comido a besos, pero, hemos optado por un abrazo de la NN: rápido y fuerte, ambas mirando hacia la derecha para que nuestros rostros quedaran opuestos. Después, hemos tomado un cafetito del tiempo en el bar de al lado. ¡Qué bien sienta después de tanto tiempo de abstinencia!

 

 

 

A última hora de la tarde, regresaba a casa. Caminaba despacio sin prisa ni pausa. Contenta por mi circuito callejero y triste por la apariencia tristona de la metrópoli sin turistas simpáticos blancos como la leche. Solo me he topado con un grupo de guiris. El año pasado –por estas fechas— Valencia estaba llena de lenguas de todo el planeta; era maravilloso escuchar sin entender y ver cómo las personas disfrutaban de la ciudad y su historia. Hoy, las calles están vacías de esos personajes tan queridos que, en los últimos años, nos visitaban con mucha frecuencia.

 

 

 

El chaparrón ha llegado en mi barrio: el uso de mascarillas relegado a una tercera parte de transeúntes. Ya en casa, Vicente Vallés abrió el informativo con los nuevos repuntes del coronavirus –alarmantes, por cierto—. La vecina está gritando a su madre nonagenaria y encamada «¡Estoy harta! ¡Ya no puedo más! ¡Ojalá te mueras! ¡Eres una mala madre!». Antes he visto a la cuidadora sin mascarilla por la calle. No dejo de pensar que la pobre estaría mejor en una residencia vigilada. Se me ha encogido el alma.

 

 

 

 ©Anna Genovés

Ocho de julio de 2020






Mucho músculo y poco cerebro

 

Ayer tomé un café con mi amiga Marisú y me enseñó el wasap que había enviado a su gimnasio. ¡Me he quedé muerta! Me pareció tan realista que lo he publicado tras su conformidad.

Que los dioses nos brinden un agosto tranquilo y esperanzador.

 

Estimada dirección del Planetfitness, estimado Lalo: Le he dado vueltas al asunto y he decidido que, en agosto, no iré al gimnasio. Por favor, pasarme el recibo de mantenimiento. En septiembre… ya veré.

 

 

El motivo, sencillo: os molesto. Si estuviera la directiva anterior –a quienes les haré llegar mi queja— sería diferente y no estaría señalada por intentar proteger a las personas y mantenerme dentro de la normativa gubernamental. Algo que deberías hacer tú y el resto de monitores. Algo que, mayormente, ignoráis.

 

Es irrespetuoso e irresponsable por vuestra parte, que algunos compañeros vayan por el local sin mascarilla o que la lleven de pulsera o gargantilla. O que se la quiten fuera del despacho donde no existe mampara protectora: sois el escaparate del gimnasio y debéis dar ejemplo.

 

 

Por lo general, estoy más de dos horas en las instalaciones y solo os he visto desinfectar los aparatos en contadas ocasiones: algunos abonados pasan olímpicamente de hacerlo. Lo mismo sucede con los que se saltan a la torera las distancias de seguridad y hablan a cara descubierta entre ellos o incluso con vosotros. Los hay que llegan con máscara y en la puerta se la quitan: lastimoso. Pero, es mejor hacer la vista gorda.

 

 

Demasiada relajación trae consigo un paso atrás en la lucha contra el coronavirus por la imprudencia de los que, como vosotros, cometen ligerezas. En la Comunidad Valenciana la mascarilla vuelve a ser obligatoria. Cuando los socios de un club tienen, mayormente, más músculos que cerebro, es necesario el control de los profesionales. Para eso estáis. Para eso os pagan.

 

 

Que os da apuro recordar las normas: existen los mensajes sonoros. Podéis grabar unas frases amigables –lo hacen en muchos establecimientos— en el que se insinúe esta cosita tan insignificante de ponerse la mascarilla y guardar la distancia de seguridad. Si hay negacionistas, que se aguanten o que se vayan al monte y creen su propia sociedad. Pero, aquí, a fecha de hoy, estas prácticas son forzosas. Me señaláis con la excusa de que mi hermano es un enfermo crónico y debéis saber que intento seguir los principios cívicos por el bien de TODOS. No tengo miedo a salir a la calle, no tengo miedo a morir, pero me desagradaría acabar en una UCI –en coma inducido— y con un tubo por la boca y otro por el culo: a lo mejor a vosotros os mola. La verdad, ir al gimnasio es desagradable y peligroso.

 

 

El Decreto Ley de la Generalitat Valenciana apartado 2.  1. 3. 3. a) exime el uso de la mascarilla durante la práctica de actividad física o cualquier otra actividad con la que resulte incompatible su uso.

 

 

Si los que llevamos cubre bocas nos ejercitamos con la misma, el resto de abonados también puede hacerlo. Por tanto, no existe incompatibilidad, pero sí incumplimiento de la ley. Por otro lado, es tan desaconsejable no usarla como llevarla en la barbilla o en el brazo como indicáis. Tener covid19 no es una lacra, es una enfermedad y la mejor arma es prevenir y anteponerse a lo que pueda llegar.  Sería honesto por vuestra parte quitar los carteles de las medidas anticovid19 del gimnasio porque las incumplís y engañáis a la gente honesta.

 

Este artículo aparece publicado en el blog de mi amiga Anna Genovés, en el diario madrileño El Cotidiano y en el blog de la Revista Culturamas.

 

Marisú - Cedido a Anna Genovés

 

26 de julio de 2020

 

P.D.

 

*En Decathlon hay mascarillas reutilizables y económicas, ex profeso, para cualquier deporte. Hace más el que quiere que el que puede.

* El uso de máscara y la distancia de seguridad no nos exime de contraer la covid19. Sin embargo, puede ayudar a frenar esta maldita pandemia.

* El trabajo es necesario, pero la salud es lo primero. Una vida es más importante que todo el oro del mundo.

* Las imágenes son el reflejo de las personas que se adaptan a la NN. El texto, es la pura y cruda realidad, espejo de los inadaptados.

 

 



El crepúsculo de la Sanidad

 

 

He ido al Centro de Salud para solucionar unos problemillas porque estoy cansada de telefonear para que me den cita y nunca me contestan. Para más inri mi médico se ha jubilado y desconocía a quién me habían derivado.

 

 

Al llegar, he descubierto una congregación amplia de personas en la puerta –entre la veintena y la treintena— más diversos grupillos a lo largo de la calle controlando que se despejaba la entrada.

 

 

El conjunto estaba formado por vecinos del barrio y emigrantes. Y digo esto último pensando que, para los foráneos, aquello podría ser una maravilla si vienen de países cuyo bienestar social es inferior al que nosotros estábamos acostumbrados. Pero, para los que hemos nacido en España y hemos mamado de la Sanidad Pública, no era otra cosa que el escenario decadente de lo que en otro tiempo fue un una Seguridad Social de bandera; he presenciado el inicio de su hundimiento. Y es que, la covid19, a este paso, arrasará con todo.

 

 

En el grupo existían subapartados: personas que iban a recoger el resultado de pruebas, otras que necesitaban una cura o un inyectable; luego estábamos los que solo deseábamos una cita. Al llegar he preguntado cuál era la cola para el mostrador y me han dicho que todas. O sea, ¡viva el descontrol! Tras varios minutos de espera, ha salido una auxiliar –ataviada con los EPIs necesarios— y ha repartido los turnos correspondientes.

 

 

Después de media hora, por fin, he entrado. Alucinante: dentro no había nadie. Una mesa larga con los resultados de diferentes pruebas y una botella de gel hidroalcohólico –con el que he embadurnado mis manos, más hechas polvo que las de una nonagenaria— amenizaba las sillas precintadas.

 

 

En el mostrador –parapetado con cordón, marca de distancia en el suelo y un cristal grueso—, vacío. Le he contado mi película a la administrativa de turno y, cuando acabo, me suelta: «No he entendido nada». ¿No me lo podía haber dicho al principio? La sangre me hervía. He tragado saliva y he repetido –en un tono bastante elevado— frase a frase. Tantos aplausos, se le han subido a la cabeza. Atienden con desgana y mala baba.

 

 

La historia ha sido surrealista. Como mi médico se ha jubilado no tengo a ningún facultativo asignado. Además, los doctores atienden sin despacho nominal porque rotan. Asimismo, NO DAN CITAS. Como lo oís, las citas son telefónicas. Que no me ha soltado: «La doctora no sé qué –no la he entendido bien— tiene un hueco para el lunes por la mañana. Deme su teléfono». Se lo doy y le pregunto: «¿Sobre qué hora llamará? –entendiendo que, si antes era una cita física y ahora es una cita telefónica, igualmente debe seguir un horario—. Y me contesta: «No, no… Usted este pendiente del teléfono que ya la llamará». Punto y final. Se me ha quedado cara de gilipollas.

 

 

En resumidas cuentas, los Centros de Salud son edificios vacíos cuya funcionalidad, se encamina a hacer analíticas, curas y poco más; parecen dirigidos a la segunda ola coronavírica, que no lo sé. En apariencia, son la prueba fehaciente de que la Sanidad Pública ni estaba ni está preparada para responder debidamente a una pandemia. ¡Ojalá no nos contagiemos de covid19! Pero, por desgracia, no es la única enfermedad. ¿Qué hacen el resto de enfermos?

 

 

Llego a casa y, la vecina –pura toxina botulínica— se pone a patear.  Mi casa vibra. He abierto Spotify. Acompañada del rap de Kendrick Lamar me he sentido mejor. No escuchaba ruidos desagradables, no recordaba que la Sanidad Pública se derrumba, no recordaba que la sociedad es una mentira de todo a cien.

 

©Anna Genovés

8 de agosto de 2020



El ocaso de la sanidad 











 

Internet y coronavirus

 

Se me retuercen las tripas por las personas que incumplen las normas y por los numerosos comercios que han echado el cierre, entre otros acontecimientos, mayormente, desagradables. Distintos a los que, hasta ahora, habíamos conocido.

 

 

¡Qué pena de sociedad! De planeta y de Humanidad. Tantas penas que ya no me conmueve hablar de ellas, aunque mi espalda esté cada vez más doblada por el peso de la tristeza. Por los muertos y los contagiados. Por las otras calamidades que nos rodean: el Gran Valle del Rift de África Oriental, se agrieta. El Cráter de Batagaika, situado en Siberia –conocido como la Puerta del Infierno—, se ensancha. La Antártida, se derrite. El campo magnético de la Tierra, cambia. El virus del Nilo –transmitido por el mosquito común—, nos ataca. La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo –trasferido por las garrapatas— hace estragos. En fin… estamos sufriendo numerosos envites. Tal vez estemos en una época inter lo que sea… Posiblemente, interglaciar como enseñaban en la universidad hasta hace poco. Actualmente desconozco qué se enseña.

 

 

Los jóvenes son jóvenes y si buscamos en nuestras dendritas de un pasado más o menos cercano, recordaremos qué sentíamos riendo, fumando porros, besando al de turno, emborrachándonos o lo que hiciera falta por un poquito de libertad. Por hacer aquello que nos prohibían, por olvidar a nuestros padres que nos trataban como a niños, a nuestros insoportables hermanos, a nuestras madres con el aspirador, a las vecinas rezando el rosario y al agujero negro que azotaba nuestras entrañas sin saber el porqué.

 

 

 

A día de hoy, estaríamos hartos de mascarillas, de no poder meterles mano a nuestras chicas, de no hacer el botellón o de que la píldora antibaby no nos sirviera para nada porque no podíamos meter. Lo entendemos. Los mayores entendemos que vuestra juventud pasa por un momento de mierda y por eso incumplís las normativas.

 

La vida es un cuadrilátero, una batalla constante y a vosotros, los jóvenes actuales, os ha tocado vivir en este caos, en esta nueva guerra. Las guerras asesinan. Y, pasados los años, gracias a forzar la maquinaria y a los que quedaron bajo tierra, los supervivientes mejoran su calidad de vida de una u otra manera. Sucedió con la I y la II Guerra Mundial. Esta, desde otro prisma, bien podría ser la III. No obstante, una cosa es que te fusile el enemigo y otra muy distinta que seas víctima de tu propio ejército; algo que está sucediendo por relajar las pautas sanitarias.

 

 

Todos estamos del revés. Grandes y chicos, mujeres y hombres, travestis y transexuales, religiosos y laicos, propietarios y okupas, fachas y progres, negacionistas y solidarios, ricos y pobres, albañiles y abogados, enfermos y sanos, putas y cándidos, policías y ladrones. La covid19 nos arrastra. Pero, hay que plantarle cara y seguir adelante… ya lo sabéis: «Si no podemos con el enemigo, nos unimos a él». La Nueva Normalidad es nuestra realidad. Y, como hay que cohabitar con la covid19, vamos a acoplar la enzima ACE2 –responsable de la infección de las células sanas— a nuestras vidas.

 

 

Que cierran los comercios físicos, compremos online y esperemos que esos sacrificados comerciantes sean indemnizados debidamente. Puede ser que, con el montante que reciban, se reinventen en esta nueva fase: la Era de la tecnología que, por causa mayor, ha irrumpido en nuestra existencia. Actualmente, tenemos al alcance de la mano el uso masivo del ciberespacio. Utilicémoslo a gran escala y a nuestra conveniencia.

 

 

Que se acabaron las quedadas y las discotecas, pues tomemos birras por Skype y subamos las imágenes a Instagram. Grabemos en directo nuestros bailes. Abramos chats y tengamos sexo virtual. Utilicemos la mascarilla como un complemento de moda. Desmenucemos nuestros cerebros e inventemos juegos de realidad virtual. Leamos en digital. Compremos un robot en Alibaba y un arco desinfectante en Amazon. Disfrutemos de las megamultiples vídeo conferencias. A ver, ¿qué problema tenéis si, habitualmente –en la época precovid19— ya os comunicabais por wasap, aunque estuvierais junto al colega wasapeado?  Va a resultar que los jóvenes sois más carcas que los mayores.

 

 

Es obvio que me gusta la ciencia ficción, pero estamos a uno paso de que estas premisas se hagan realidad. El futuro pasa por desarticular el concepto histórico que tenemos de familia, de manada… y convertirnos en hikikomoris. Démosle a este término japonés una vuelta de tuerca y adoptemos la exclusión social sin finales trágicos ni imposiciones. Que no podemos tocarnos, veámonos a través del ciberespacio.

 

El conjunto de la sociedad debería volcarse en las nuevas tecnologías porque son el futuro. Al respecto, incluyo la educación. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) son herramientas esenciales para poner el modelo educativo a punto. Si hay grados universitarios online, lo mismo pude suceder con educación primaria. Necesitamos cambios significativos en profesores y alumnado. Extensible a la mayor parte de aspectos sociales. Tomemos como referencia a Japón o a Finlandia donde el espacio y el ciberespacio van de la mano.

 

 

Me confieso, en cierta medida hikikomori. Sin embargo, he descubierto algo que desconocía: tengo conciencia social.  No miro por mí, sino por el conjunto. Puede ser que mi exceso de imaginación se anticipe a los acontecimientos. Gracias.

 

 


©Anna Genovés

Quince de agosto de 2020

                                                       





Vacunas sí. Pero, ¿cómo?

 

 

Cuando era peque nos vacunaban a casi todos de un montón de patologías... Poliomielitis, viruela, tuberculosis, sarampión, difteria... A posterior, también me inocularon para la Hepatitis B y el Tétano. A la mayoría, nos ha ido bien. Por el camino perdí a una amiga de viruela, sin vacunar, claro. Y mi primo tuvo poliomielitis antes de que la jeringuilla cayera en su brazo: fue muy duro y vive con diversas secuelas.

 

 

Con respecto a la vacuna de la gripe, me la pongo anualmente desde que estuve de profe en Las 1000 Viviendas de Alicante. Cogí una gripe que derivó en no sé qué... Que me dejó más allá que aquí. Y, todo sea dicho, me va mejor desde entonces. Estoy a la espera de que este año salga el calendario de vacunación para repetir. Creo que será en octubre. Aunque, con la covid19 de por medio, todo está en el aire.

 

 

 

Con esto decir que intentaré ponerme la vacuna del Covid-19 cuando llegue, si sigo por estos lares. Creo en las personas y espero que entremos en razón –aunque nos fastidie— y sigamos las recomendaciones de Sanidad con el uso de las #mascarillas y la #distanciadeseguridad porque #lavadodemanos imagino que, en general, vamos por la tercera o cuarta muda de piel. A falta de antivirales y vacunas, opino que son los medios más seguros para intentar frenar la pandemia. Ahora, tengo una duda… Pongamos por caso que nos van a vacunar de la covid19, ¿antes nos harán PCR o serológicos o test rápidos o algo parecido para saber si hemos sido asintomáticos y ya tenemos anticuerpos? ¿O será un totum revolutum? Si tenéis anticuerpos o células T o cierta inmunidad, ya veremos qué os pasa… Si estáis limpios del maldito bicho, posiblemente, os irá bien.

 

 

Volviendo al tema central, hay gente para todo, tanto del lado negacionista –por cierto, he leído diferentes artículos de su proclama y no me convence ninguno de sus argumentos— como de los gobiernos que utilizan la fabricación de la vacuna anticovid19 como moneda de cambio. Parece que, a fecha de hoy, quien la comercialice antes –sin importar demasiado los efectos secundarios a medio o largo plazo— tendrá el poder en sus manos.

 

 

Hay gobernantes sin escrúpulos que pasan de las personas –les da lo mismo un muerto que mil, para ellos solo son cifras— y ofrecen a sus habitantes como ratillas de laboratorio para probar esa tercera fase de las vacunas más adelantadas. Pongamos por ejemplo… Brasil. A lo mejor nos hacen un favor a todos, pero opino que es irreflexivo lanzarse al precipicio sin una mínima seguridad. Una de las últimas vacunas comercializadas fue la del ébola –VSV-EBOV— creada en 2010 y distribuida cuatro años después y… pese al visto bueno de la OMS, aún está en fase experimental. Cuatro años, ni uno ni dos, cuatro.

 

 

Actualmente, hay tantos laboratorios trabajando a destajo en la necesaria anticovid19 que, tal vez, peligre la idónea. Ojalá me equivoque.

 

 

Me gustaría que la vacuna contra la covid19 fuera segura, libre y duradera. El riesgo cero no existe, pero si ponemos de nuestra parte, tal vez podamos construir un mañana beneficioso para las futuras generaciones.

 

©Anna Genovés

Veinticinco de agosto de 2020

 






La vida calla

 

 

Acostumbrada a la nueva normalidad

 

 

La mujer ha cambiado sus vivencias y sus ansias

 

 

Acude al supermercado con mascarilla y enguantada

 

 

Compra lo necesario presta como un rayo

 

 

Se aleja de los que pasan, de los que ama, del virus exterminador

 

 

Que deja el cuerpo con llagas

 

 

En la sangre, en el cerebro, en las piernas, en el Todo y en la Nada

 

 

Supura sus dudas con las teclas del ordenador

 

 

Habla por Skype o abre el wasap

 

 

Las fincas están desoladas

 

 

Las calzadas inundadas de horror

 

 

El cielo se empaña de un celofán extraño

 

 

–parece que hayan echado matarratas—

 

 

El ambiente cargado de porquería

 

 

Los humos por el suelo y la espera larga, demasiado larga

 

 

Pero hay algo que la sumerge en el fango y la mata

 

 

El sonido impertinente de las ambulancias que surcan la calles

 

 

No una ni dos, sino varias

 

 

Demasiadas cada día, cada jornada

 

 

Se hunde en sus tímpanos el dolor que arrastran

 

 

Las agujas clavadas

 

 

La dama de la hoz prendida por estampa

 

 

El cuerpo inanimado que lucha por vivir sin ganas

 

 

La muerte se cierne en las ciudades

 

 

La vida calla

 

 

©Anna Genovés

Treinta de agosto de 2020








 11S de 2020

 

 

El 11 de septiembre de 2001 diversos atentados hicieron tambalearse a la recién nacida sociedad del Segundo Milenio. Hubo muchas bajas y la vida de innumerables personas quedó marcada para siempre.

 

Por aquel entonces, trabaja de maestra en el IES 15 de Alicante –un CAES encubierto en pleno barrio marginal de Las 1000 viviendas—. Era martes y tenía unos días libres: comía con mamá. Angels Barceló estaba dando las noticias cuando las imágenes de las Torres Gemelas invadieron la TV y, allí, delante de nosotras, antes de que la presentadora supiera lo que realmente sucedía, los aviones impactaron en los rascacielos del World Trade Center.

 

Miré a mi madre y le dije: «Mamá ha comenzado el principio del fin de Occidente». Desconozco por qué se lo dije, pero para mí nunca volvió a ser igual. El 11 de septiembre de 2020 incidencia del coronavirus en el mundo: 28,2 M de casos contabilizados. Casi 1 M de fallecidos. Curados –si la infección no vuelve a afectarlos y con secuelas de por vida— 19 M. 

 

La Humanidad merma más de lo habitual, por lo general, durante el primer cuarto de cada siglo a lo largo de la historia. Se conoce la fragilidad de la misma. Pero, con el paso del tiempo se olvida y cuando llega la bonanza –en la que a casi nadie le importa casi nada—, la dama de la Hoz asoma más de la cuenta.

 

Quizá algún día aprendamos la lección. De lo contrario, el ciclo biológico de la naturaleza estallará de nuevo. Y, cada vez, la recuperación será más caótica y apocalíptica.

 

 

Viernes once de septiembre de 2020

*In memoriam de las víctimas del 11S de 2001






 


Infierno

 

 

 

Corazón roto

 

Desquebrajado

 

Palpitaciones quedas

 

Sistólica descompensada

 

Ventrículos astillados

 

Muerte serena

 

Millones de cicatrices tatuadas

 

Por los hombres que se fueron

 

Las mujeres calladas

 

Los niños que nunca envejecerán

 

Las madres muertas

 

Los padres de miradas gachas

 

Economía sumergida

 

Ciénaga negra

 

Tertulias que se acaban

 

Angustia en las entrañas

 

Muerte que te llevas la alegría y la tristeza

 

A todos nos mata

 

En silencio y con pena

 

En fila de a uno

 

Ataúdes yermos

 

Agujero negro en la Tierra

 

Campanas que suenan

 

En lo alta de las montañas

 

El silencio voluptuoso de las mareas

 

La guerra de Nostradamus

 

La tercera guerra

 

Enemigo invisible

 

Sanidad que olvida sus quejas

 

El que puede no hace nada

 

Y la maldad acecha

 

Futuro incierto

 

Tradiciones nuevas

 

Cubre tu rostro

 

No hables, no mires, no camines

 

Ve con el rebaño

 

Y si mueres, ya estás muerta

 

Enciérrate en casa

 

Y si la dama de la hoz

 

Toca a tu puerta

 

Invítala a que entre

 

El monte calvario está cerca

 

Demasiados crucificados

 

Demasiada tristeza

 

El día toca a su fin

 

El infierno está en la Tierra

 

 

 

©Anna Genovés

18 de octubre de 2020

 








Nada

 

 

La ventana indiscreta

 

Nos recuerda que estamos en toque de queda

 

Nudo en la garganta

 

Ganas de llorar

 

De lanzarte al vacío y quebrar tu vida entera

 

Nadie camina ni tan siquiera un alma en pena

 

La ciudad está muerta

 

Cementerio lleno de angustias y penas

 

Edificios suculentos, vehículos regios

 

Semáforos en rojo perpetuo

 

Nadie cruza la calzada y los perros no muerden

 

La Humanidad perece en un vaso de agua

 

Sin música ni risas ni lloros, nada

 

No queda amor para abrazar las mañanas

 

Se fue la alegría y llegó la tristeza del alma

 

Como si tres jinetes del Apocalipsis nos tragaran

 

Trotan por esta tierra marchita

 

Caminan a sus anchas

 

El rojo trajo la guerra

 

Y el amarillo la muerte

 

Tal vez, el negro, nos deje sin pan

 

Si pasea por esta calle tétrica

 

Sentimientos apagados

 

Campanas que tocan a muerto

 

En una iglesia cristiana olvidada

 

El minarete de la mezquita, calla

 

El monasterio lama, no tiene velas

 

¿Quién vivirá mañana?

 

¿Quién guiará a la manada?

 

Lluvia de meteoros

 

Nostalgia y pena

 

Todo calla

 

 

©Anna Genovés

Veinticinco de octubre de 2020










Halloween tétrico 


Este cuento lo escribí en 2014 
y lo reedité este año con unos pequeños cambios. 
La sonrisa es necesaria. 

 


Estábamos celebrado Halloween en casa de una amiga. Había de todo: priva, pirulas y Moby-Dicks a tutiplén. Mi chica iba disfrazada de brujita insinuante: curvas perfectas, labios carnosos y pechos redondeados...

 

Cada vez que la miraba me apetecía comerle el pico e introducirme entre sus carnes. Me excité tanto mirándola, que la arrastré al cuarto de baño. Me senté en la tapa del inodoro y ella movió sus caderas... ¡Guau! Mis dedos recorrieron sus muslos y acariciaron sus nalgas. La bajé sobre mis piernas. Nuestras lenguas se enredaron en los interiores acuosos, relamiendo hasta la última gota del alcohol que traspiraban. De repente, varios golpes en la puerta nos cortaron el rollo.

 

–La luz se ha ido –dijo Marc.

–Se habrán fundido los plomos, ¡capullo! –contesté de mala gaita. Le hubiera roto la cara.

–La TV se ha encendido sola. Hay un programa extraño –siguió mascullando.

–¿Tú flipas, tío? –contestó mi nena desternillándose.

–De eso, nada –bramó Cris. Luna y yo nos miramos alucinados.

 

Cris era la única que no se metía viruta y, por tanto, estaba lúcida. Salimos pitando. La pandilla estaba hipnotizada mirando el LG de 42’. La pantalla mostraba imágenes sucesivas del Congreso de los Diputados con los políticos masacrados.

 

–Buen montaje –dije.

–Para lo que hacen… –soltó Marc.

–Para trincar la pasta y dejarnos con el culo al aire –sugirió Luna.

–Quiero un chalé en Galapagar –insinuó Cris.

–¿Y quién no? –sentenció Javi.

–En España todos somos hijos de Curro Jiménez. Poner otro canal –solté de mal talante, sorbiendo los últimos gránulos de perico que revoloteaban por el interior de mi napia.

–Es el único que funciona –contestó Fran, áspero.

 

En la siguiente imagen, una presentadora salió al plató con la ropa hecha jirones; llevaba los brazos repletos de rasguños. Detrás, Screen amenazándola con un cuchillo inmenso. Reímos a carcajada limpia.

 

–¡Que guasa tienen…! Son unos putos cachondos –dije.

–Calla nano. La cosa no pinta bien –sugirió Fran.

–Porque seas segurata, no estás en posesión de la verdad absoluta –repuse.

 

 

La locutora habló:

 

 

–Estamos en directo realizando un informativo especial Halloween…  –paró en seco. Screen le metió una puñalada en la clavícula. Ella chilló; la sangre espesa y grana, resbaló por su cuerpo. Siguió hablando… La Humanidad peligra –terminó de decir.

 

El psicokiller se cebó con ella. La pantalla se fundió en negro.

 

–¿Habéis visto? Ha sido más real que un snuff movie –soltó Marc.

–¡Joder! Ahora el que no se ríe soy yo –dije con el rictus obtuso.

–¡Estamos acabados…! –indicó Javi.

–¡Que no cunda el pánico! Aparqué el furgón del curro justo enfrente. Quizás nos venga bien dar un paseo… –repuso Fran. Lo miramos flipados.

–¿Qué pasa? Era una sorpresa. Quería daros una vueltecita con el buga de la pasta gansa –terminó por decir.

–Nos vendrá genial –aseveró Cris. Antes de subir al vehículo, escuchamos música en el centro de Karate Gu.

 

Entramos. Había una fiestorra gansa: todos iban disfrazados y hasta las cejas.

 

–Veis: es una broma macabra. Hoy es la noche de los muertos. ¡Qué miedo! ¡Booo!!! –dijo Luna riendo.

 

La melodía galopó a marchas forzadas. Los invitados comenzaron a bailar frenéticos; se hizo el caos. Los vampiros se abalanzaron sobre los demonios. Jason asesinó a la niña del exorcista. Freddy descuartizó a Chucky. Sólo una figura se mantuvo apartada. Agazapada en la esquina; cubierta por una capa oscura. Un púgil indefenso. Fuimos a socorrerla. Cogimos katanas y nunchakus. Inmediatamente, la emprendimos con todo bicho viviente. Al acercarnos a la víctima, una lengua kilométrica y gelatinosa, se expandió delante de nosotros; era un asqueroso strongoi de Guillermo del Toro. Rajé, de parte a parte, ese apéndice repugnante y mortífero que nos amenazaba. Veloces como guepardos, nos echamos sobre la repulsiva aberración hasta triturarla. Acto seguido, salimos del garito, subimos al blindado y emprendimos nuestro terrífico viaje. La city estaba en penumbra. En las calles, reinaba el terror. Giramos hacia la avenida y un ejército de zombis nos cortó el paso.

 

–¡Es el fin del mundo!  –insinuó Manu.

–¡Cállate! Que no me dejas pensar –grité.

 

–Tranquilos. Voy a echar marcha atrás –dijo Fran. Imposible. La legión de muertos vivientes se arrojó sobre nosotros.

 

Estábamos rodeados. El furgón blindado comenzó a moverse como una mecedora de madera noble con carcoma. Mis colegas, gritaron.

 

–¡No! ¡No! ¡No…! –voceé cuando los cristales cedieron y un zombi putrefacto mordió mi brazo.

 

La luz murió.

 

–Calma Alex. Has tenido una pesadilla –dijo Luna acariciando mi rostro empapado de un sudor gélido.

–¿Seguro…? –pregunté frunciendo el ceño. Luna estaba recostada sobre la cama. Su sonrisa era brillante. Enrosqué mis dedos en su melena azabache: no era un sueño.

–¿Qué te pasa? –preguntó.

–No tiene importancia. ¿Qué haces vestida de bruja marchosa? 

–Es Halloween cariño y, aunque estemos en pandemia, hemos quedado en el piso de Cris y Fran. Estaremos solo los cuatro. ¿No me digas que lo habías olvidado? 

–Algo parecido... He tenido un mal sueño, pero, ahora ya no tiene importancia.

 

La abracé y la poseí frenético. Gozamos cuajados en nuestros excesos. Destrocé el disfraz que llevaba. Podía vestirse de todo menos de bruja picarona. Mal pálpito.

 

©Anna Genovés

Veinticinco de octubre de 2014

Reedición: domingo veinticinco de octubre de 2020

 

 

 

 


 

 Noviembre 20

 

Durante el mes de noviembre no subí ninguna entrada al blog porque estuve inmersa en la publicación de mi última novela. Era la espinita sangrante que me perturbaba, pero, cuando llegó la covid19 fui incapaz de terminar su revisión de un tirón. 

 

Apenas leí información sobre la pandemia. Estaba demasiado tocada como para seguir en primera línea: sobrada de información de primera o segunda fila, verídica o falseada. Daba lo mismo, mi psique empezaba a hacer aguas. Aun así, estaba al día de las funestas noticias que llegaban. A finales de octubre comenzó la segunda ola del coronavirus en Europa. Y, ahora, finales de diciembre, ha comenzado la tercera. La covid19 es como un gusano informático que se copia a sí mismo y se propaga y afecta al mayor número de personas… y de seres vivos.


Me he acoplado a la actualidad lo mejor que he podido en la ampolla bipersonal de casa. J sale lo justo –un paseo diario a última hora de la tarde, cuando hay menos gente—. Y, yo, lo justo y un poco más; lo mismo que llevamos haciendo desde que él enfermó en 2010. Es la NN que se pregona como un paso hacia delante de la vida anterior: la guapa. 


Soy catastrofista por naturaleza –bueno, mejor dicho, por las adversidades en las que he permanecido sumergida desde la más tierna infancia—. Opino, que el pasado quedará alejado de nosotros para siempre. Mejor olvidarlo y seguir la vida tal y como llegue. ¿De qué sirve pensar en que volverá algo que ya no existe? 


Más que alarmista, a veces, soy tan realista, que dejo de agradar a las personas por excesiva sinceridad. Los peces verdes siempre hemos existido. 


 

©Anna Genovés

Domingo veintidós de noviembre 2020

Revisado el viernes veinticinco de diciembre de 2020








Diciembre 20

 

Son las siete de la tarde del veinticuatro de diciembre de este año trágico con ese número tan particular rubricando su fetidez: 2020. ¡Vete lejos y no vuelvas!

 

He salido a comprar algunos alimentos de primera necesidad en este día opaco desde primera hora de la mañana. Hay bastante tráfico y pocos transeúntes. No he visto a nadie sin mascarilla, pero creo que todos tenemos el corazón partido.

 

Las sonrisas son de medio lado, cuando las hay. Los supermercados están poco abastecidos, apenas hay luces navideñas y villancicos en la lejanía… aunque, ciertamente, las campanas de la iglesia han repicado. Las parroquias se han regenerado, y, la mayoría, están bastante llenas. Es como si la fe perdida hubiera regresado como el hijo pródigo. Se dice que cuando hay miedo, se recurre a Dios. 

 

A mí me sucede lo contrario, no creo en las religiones y mi fe en Dios se va apagando como un farolillo de invierno carente de aceite. Además, nunca me ha gustado la Navidad. La veo como una celebración repleta de hipocresía en la que, la mayoría de familias, se reúnen por aquello de la tradición, los regalos, las fiestas, las comilonas… Que no porque nace el niño Dios. Otra cosa es Noche Vieja, que aplaude el nacimiento de un Año Nuevo. Fiesta pagana cuyos orígenes constatados se remontan a época romana donde enero se dedicaba al Dios Jano. 

 

Hoy inoculan las primeras dosis de la vacuna de Pfizer y Biontech. Y, aunque el científico que está detrás de la misma, Ugur Sahin, haya avisado de que NO es la panacea instantánea para gritar: «El mundo está libre de la covid19». La esperanza está en marcha. Ojalá que la próxima vez que Merkel llore ante un medio de comunicación sea de emoción por la erradicación mundial de la misma y no por haber tenido que someter a la población alemana a un confinamiento domiciliario estricto. También lo están en otros países y ya veremos como acabamos en España.

 

El mundo recoge aproximadamente 81M de contagiados y 2M de fallecidos. Pasado mañana es veintinueve de diciembre; ese día fatídico en el que el cielo de mi casa se desplomó. Seguro que 2021 es mejor.

 

©Anna Genovés

Domingo veintisiete de diciembre de 2020

* La experiencias, reflexiones, opiniones... de este libro pueden haber cambiado desde su publicación. Éste es un libro sin correcciones gramaticales ni de estilo. Escrito tal y como me salía de las entrañas con el corazón roto y el alma derrotada.. Gracias a todos.





Anna Genovés 2020

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