Los secretos del emperador – 3. Utópica o realidad. 2004.

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Los secretos del emperador – 3 


Utópica o realidad. 2004

 

Los paseos por la megalópolis pekinesa han dejado a Daniel completamente extenuado. Cena algo ligero y se mete en la cama. Cinco minutos más tarde, duerme como un bebé. Al sonar el despertador le cuesta ponerse en funcionamiento, pero, llega al trabajo puntual como un reloj suizo.


No obstante, pasadas varias horas, el cansancio le pasa factura y entra en un sopor que lo deja caos. Se despierta empapado de un hircismo frío que le recorre el cuerpo. Las vértebras una a una, los brazos, las piernas y su nutrido cerebro. Mueve la cabeza varias veces y se queda alucinado por lo que le rodea. Entones, recuerda que está en el archivo secreto la dinastía Qi. Revisaba unos legajos cuando una extraña somnolencia, le invadió. Y, en la otra verdad de la vida, los sueños le llevaron a través de los siglos junto al mismismo Qi Shi Huang Ti.


Era el único guerrero de piel blanca que vestía la cota de innumerables cuadrados de cuero repujado engarzados con un durísimo hilo –del mismo material— dejado secar al sol y torneado con indescifrables condimentos que le conferían una alabastrina dureza; ataviado como cualquiera de los guerreros de terracota que yacen en la antesala del mausoleo del emperador para custodiarlo por la eternidad del espacio y el tiempo. Estaban preparados para la batalla contra las huestes mongolas y, él, cabalgaba junto al soberano chino con una espada de filo lijado. Su coraza, tenía una singularidad: en el centro sobresalía un tigre rojo.


Vaya sueñecito. Hablar con mis amigos ingleses tiene sus consecuencias. El hijo de Xong me tatuó un tigre rojo en la espalda sin que yo se lo pidiera. Ahora que la providencia nos ha reunido, tendré que preguntarle el significado, piensa.


Mira hacia uno y otro lado y sonríe. Está delante de un sencillo escritorio de railite y latón, feo como ningún otro y repleto de antiquísimos pliegos. Sentado en silla de metal con respaldo bajo –de esos que se clavan justo en la mitad del lomo—. Ha colocado una almohada para que sus músculos no se deterioren excesivamente. Cercando su fuerte, innumerables y desvencijadas estanterías desmontables, también metálicas, que contienen infinitos pergaminos de Qi Shi Huang Ti.


Sigue ensimismado meditando en sus fantasías, cuando Lin le sorprende—:


– ¿Haciendo un alto, Durán?

Daniel se atraganta –la nuez se pasea por su cuello varias veces hasta que por fin le contesta—:

– ¿Qué le trae por aquí, doctora Puen? Es la primera vez que viene a visitarme.

– Bueno, alguna vez tenía que ser la primera –Lin lleva un carrito portaequipajes repleto de cajas precintadas.

– ¿Usted dirá?

– Le he traído más trabajo: estas valijas acaban de llegar de Xian. Los arqueólogos han descubierto nuevos documentos en la fosa que están excavando, pero como siempre, me los envían a mí para que los estudie y registre. Y yo, los traigo al archivo y los olvido. Por suerte, ahora, usted los estudiará.


Daniel maquilla su asombro enviando una gélida mirada a la no menos glacial doctora, la cual pasa olímpicamente de su contemplación y se pone a ojear los documentos expuestos sobre la mesa, como si se tratara de simples apuntes de un colegial. Daniel mantiene la calma, se ha convertido en todo un intérprete de la vida.


– Y dígame, ¿en qué se basa su estudio? ¿Ha encontrado algo que le llame la atención, Durán?

– En este lugar, todo me interesa. Aún es demasiado pronto para mostrarle mis avances –la verdad es que no tiene nada y Lin lo sabe, pero ambos siguen su comedia con la hipocresía ácida que los acompaña en su día a día.

– Es cierto, es demasiado pronto… pero recuerde que el tiempo vuela. Dentro de dos meses viajaremos a Xian y no podrá consultar esta documentación. Antes de proseguir su investigación recuerde que debe archivar todo lo que le he traído. ¡Ay! Casi se me olvida, también le traigo el listado de los pliegos; están numerados por estanterías. Imagino que habrá visto los números en la parte superior…

– Los vi y le pregunté el significado a Chen. Él me habló del listado… Así que, gracias a los dos.

– De nada, Durán.

– Esto… –dice Daniel tocándose el cabello— Doctora Puen, ¿por qué no me los ha traído antes?

– Se nos había extraviado.

– ¡¿Cómo se les puede perder algo tan importante?! –espeta Daniel algo irritado.

– No consiento que ningún subordinado me hable en ese tono, y menos un extranjero.

– De eso se trata, ¿verdad? –sugiere Daniel que ya ha vuelto a la imperturbabilidad acostumbrada–. En el fondo soy un forastero que se inmiscuye en sus efemérides.

– Pue sí. No nos agrada que personas ajenas a China vayan rebuscando en nuestro pasado.

– Oiga, que yo investigo a un gran emperador, no me interesan sus errores. Le aseguro que si los encuentro, los guardaré en mi memoria y pasaré página: admiro de Qi Shi Huang Ti.

– Lo sé, pero, lo acontecido hace tantos siglos no puede compararse con la actualidad. ¿Y si encuentra algo completamente inaceptable? Entonces, ¿qué sucederá? ¿Vencerá el admirador o el investigador?  

– Primero soy investigador… y para conocer la verdad, hay que arriesgarse.

– Usted mismo. Yo prefiero quedarme con lo que tengo y no buscarle tres pies al gato, porque cuando indagas demasiado, siempre aparece algo que no deseas encontrar.

– Ustedes tienen una visión universal muy diferente a la nuestra. Disculpe… pero no puedo callarme, la China actual me parece una sociedad falsa que se muestra abierta al exterior solo cuando le interesa. En realidad, se parece bastante a la China feudal.

– ¿Y me lo dice usted que proviene de un país imperialista que sigue creyéndose el amo y señor de sus colonias y cuya elitista y snob reina no se digna a dar la mano, sin guantes, a ninguno de sus vasallos?

– Eso es diferente –contesta Daniel.

– No es diferente. En todos los países sucede lo mismo por mucho que nos empeñemos en lo contrario. En el fondo, siempre nos creemos mejores que nuestros vecinos. Hasta superiores. Usted siga con su investigación que yo seguiré de cerca sus pasos.

– Imagino. Sé que estoy más controlado que Truman.

– ¿Cómo?

– ¿No ha visto la película El show de Truman, doctora Puen?

– La he visto y entiendo por qué lo dice, por eso le pregunto. ¿No lo comprendo?

– Estoy seguro que me vigilan a todas horas como si fuera un criminal.

– Además de ser un engreído tiene manía persecutoria, quizá sean las secuelas de la heroína.


La pareja de investigadores está de pie a una cierta distancia. Hablan con templanza y a la vez con despecho; miradas enfrentadas y brazos cruzados. Cuando Lin menciona la antigua adicción de Daniel, desaparecen las formalidades. Él la coge por las muñecas y grita a pleno pulmón—:


– ¿Qué acaba de decir?

– Haga el favor de soltarme –Daniel la suelta y, ella, agrega—: Ya tiene la prueba de que no está vigilado, de lo contrario hubieran saltado las alarmas o hubiera escuchado una voz diciéndole que estaba detenido o algo por el estilo –grita la doctora Puen.


Daniel le replica—:


– Puede que sea demasiado pronto. Tal vez, dentro de unos minutos entren unos guardias fornidos a detenerme.

– ¡No sea estúpido! Las únicas cámaras que le vigilan, a usted y a todo el que entra en el archivo, son las del pasillo. Aquí dentro no hay ninguna.

– ¿Y en mi casa? Y… ¿qué me dice del teléfono?

– Siempre con ánimos de protagonismo como su reina. Su casa está limpia y el teléfono, también. Si quisiera espiarle utilizaría otros métodos.

– ¿Chen?

– Entre nosotros… Chen es mi perro faldero. Hace lo que le ordeno y punto. Si no quiere que le acompañe cuando vaya de turismo, me lo dice y no volverá a molestarle –Daniel levanta las cejas—. Aunque, no me responsabilizaré de lo que pueda sucederle. Hay mafias interesadas en extranjeros ricos… y usted lo es.

– ¿Qué sabe de mí, doctora Puen? –Daniel la ha vuelto a sujetar por las muñecas y la ha bamboleado un poco.

Lo sé todo. Si el gobierno conociera la parte oscura de su pasado quizás hubieran denegado su estancia. Claro, que su fortuna es demasiado sustancial para mandarle a paseo. ¡Y suélteme de una vez! Puedo defenderme solita.

– ¿No me diga?

– Qué petulante es –acto seguido, Lin realiza unas llaves de kung–fu y lo somete.



Poco después, Daniel está en el suelo inmovilizado; Lin aprisiona su cuello con las piernas cruzadas. De improviso, lo suelta y se estira a lo largo de su cuerpo con los dedos sujetando su garganta. Apenas puede respirar. Es la primera vez que la tiene tan cerca y desea besarla, pero no está en posición de intentarlo y permanece inmóvil, mirándola a los ojos, sin inmutarse, sin defenderse. Ella mantiene la mirada imperturbable. Al cabo de unos segundos de mutismo y parálisis, se aparta.


– Siento que hayamos llegado a esto –dice Lin—. Usted no me cae mal, pero tenga en cuenta que en China nadie se lo va a poner fácil. ¡Ah! Y si en algún momento se siente vigilado, por favor, hágamelo saber. Puede que tenga razón: las bandas tribales son muy peligrosas. ¿Quién sabe? A lo mejor no les interesa su dinero, pero quieren saber qué investiga. Nada es lo que parece ni aquí ni en ninguna parte del mundo –gira sobre sus talones y se aleja.

– Lo recordaré doctora Puen, no le quepa la menor duda. Lo recordaré todo…

– Adiós Daniel, perdón, Durán –le dice desde la puerta.

– Espere un momento, doctora.

– Tengo prisa,. ¿Qué quiere?

– No le diga nada a Chen, quizás necesite su compañía. Gracias.

– De nada. Hasta pronto.

– Hasta pronto.


Cuando Lin desaparece, Daniel ruge como el felino que acaba de perder a su presa favorita. No le importa que puedan o no observarle. La tensión ha sido extrema, nunca lo hubiera imaginado. Podía haberse defendido, ha practicado aikido y esgrima durante años, pero de haberse mostrado violento, las cosas hubieran empeorado. Por otro lado, la cercanía con la doctora Puen, lo han sumido en un halo de incipiente desconcierto. Se sienta y apoya los codos en el escritorio. Masajea su rostro y piensa con los ojos cerrados.


Al cabo de unos minutos, entre abre los párpados y se queda mirando el carrito que le ha dejado la doctora. Lo primero que ve son los folios del listado. Por debajo, varios sacos llenos de polvo. El conjunto es tan atractivo que decide echarle un vistazo.


Coge la lista y se da cuenta que en cada punto aparece el nombre del emperador junto a alguna parte importante de su vida, repartidos y numerados de la siguiente forma:


1.       Qi Shi Huang y su ejército

2.      Qi Shi Huang y la casta sacerdotal.

3.       Qi Shi Huang y sus concubinas.

4.       Qi Shi Huang y sus construcciones.

5.       Qi Shi Huang y su pueblo.

6.       Qi Shi Huang y sus mascotas.

7.       Qi Shi Huang y los mongoles.

8.       Qi Shi Huang y su salud.


La lista es extensísima y enumera las costumbres del emperador, así como las relaciones que tuvo con sus aliados, sus enemigos, su ejército, su corte y sus súbditos. A Daniel no le cabe la menor duda de que Qi Shi Huang fue un Dios que podía hacer y deshacer lo que le viniera en gana, siempre que sus guardianes se lo permitieran. Tenía una corte exagerada de guardaespaldas, sacerdotes, médicos, arquitectos, soldados, mujeres… Si movía un dedo, se enteraba el país entero.


Daniel pone cara de asco y suelta: ¡Qué agonía! Sucede y ha sucedido lo mismo con todos los personajes célebres… Más todavía, si pertenece a la nobleza o a la realeza. Mi emperador tiene hasta una estantería completa dedicada a sus ropas y otra a sus costumbres íntimas. No me gustaría estar en su pellejo –habla solo mientras desempaqueta los bultos del carro y, de repente, se calla y vuelve a cavilar para sí mismo.


Abre las ocho cajas apiladas en la carretilla y a comienza a coger los pliegos; separados en grupos de treinta, anudados con una cuerdecilla de bambú trenzado y endurecido con técnicas ancestrales. Al transportarlos a una de las estanterías, se fija en que la mayoría de los documentos están apilados y anudados de la misma forma. O sea: nadie los ha estudiado. La dejadez de sus custodios es obvia, piensa apretando los dientes, ligeramente enfadado.


En la primera valija, los pictogramas de Qi Shi Huang aparecen relacionados con sus huestes; documentación militar, piensa. Minutos más tarde, es inevitable que sus pensamientos vuelvan a la sonoridad como los de esos viejos recluidos que hablan solos. Y, de inmediato, se escucha a sí mismo diciendo: Vamos a buscar la estantería de los manuscritos relativos a los ejércitos. Mira la lista y dice: Estantería décimo octava. ¡Vaya! La tengo enfrente.


Al ir a coger otro bloque, la atadura se rompe y los pliegos se esparcen por el suelo:


» ¡Joder! ¡Maldita sea! La cuerda se ha roto, dice cabreado. Toma uno de los cabos y los examina antes de recoger los pergaminos. Esto no está roto… está cortado con unas tijeras normales y corrientes. Los putos chinos son unos verdaderos chapuceros.

 

En ese mismo instante, a cierta distancia, Lin llega a su despacho.


– Meo Yi –le dice a su secretaria.

– Dígame doctora –responde solícita la muchacha, que se ha levantado de inmediato, y baja la cabeza.

– No estoy para nadie. ¿Entendido?

– Entendido doctora, entendido –repite reverencial.

 

Lin entra en su despacho y cierra la puerta con llave. Inmediato se dirige al servicio privado, se lava la cara y las manos, orina y vuelve lavarse sus delicados dedos como si fuera un cirujano a punto de entrar al quirófano. Después, los unta de una crema sedosa que desaparece al contacto con su piel aterciopelada. Se mira en el espejo y le da un beso a su reflejo. Después, se dirige al sillón de cuero pardo que está detrás de su escritorio y se deja caer, distendida y con una sonrisa maliciosa en sus voluptuosos labios. Veamos qué estás haciendo mi querido Daniel, dice moviendo la cabeza con arrogancia.


Abre el portátil e introduce su clave. Al instante, la pantalla se llena de almendros floridos. Teclea una determinada flor y el ordenador se reinicia. De repente, el panorama cambia por completo y aparecen numerosos iconos con caracteres chinos. Ahí te tengo, dice pinchado dos veces el pictograma de la dinastía Qi. La pantalla del ordenador es una retahíla de números al estilo Matrix. Pero, si cliqueas sobre cualquiera de ellos, aparece un cliché de Daniel desde que aterrizó en Beijín: todos sus movimientos están registrados. Lin llega al último dígito y aparece Daniel en tiempo real. Se recuesta en el respaldo de su reconfortarle asiento y observa.


Daniel está recogiendo los legajos que se le han caído. Sigue elucubrando sobre el corte de la cuerda: Si lo has hecho tú, hermosa Lin, comprenderé la negrura de tu alma; tan pérfida y retorcida como bello es tu exterior, dice hablando consigo mismo mientras recoge uno de los muchos documentos dispersados por el suelo.


Me encuentra hermosa. ¡Este chico es gilipollas! Se entretiene en chorradas en vez de estudiar la joya que tiene entre sus manos, suelta ella sonriendo con picardía.


Daniel relee por encima, y en alto, los manuscritos del ejercito del emperador: Bla, bla, bla, bla... ¿Cómo? Parte de mi sueño aparece en estos legajos. ¡Mierda! El tigre rojo me acompaña en la contienda. Cabalga a mi lado. ¡Oh! ¡Nooo…! Se acabó. ¿Cómo seguirá? Debo encontrar el siguiente papiro esté donde esté. Me he quedado con la miel entre los labios. Se sienta pensativo y amasa su rostro.


El juego ha comenzado, mi querido Daniel, las fichas han dado su primer paso. ¿A ver cómo digieres los acontecimientos? Aconseja Lin desde su trono. Vigilante a través de las cámaras como un sabueso del ciberespacio.


Daniel sigue a lo suyo; ha recogido los pergaminos y está ordenándolos para leerlos desde el principio. Los trascribe, aunque estén en chino clásico, como si fuera su idioma materno. Ninguno hace referencia a un tigre rojo hasta la penúltima hoja, donde el emperador narra lo que ya sabe y repite en alto porque ha encontrado el papiro siguiente: El Tigre Rojo me acompaña a la contienda. Cabalga a mi lado. Y sigue:  Mi fiel amigo de piel blanca y ojos claros, nunca me abandona.


Alguien me está gastando una broma de mal gusto porque casi nadie sabe lo de mi tatuaje… Mis allegados y Xong Go que me lo dibujó. Quizá la señora doctora, que dice saberlo todo de mí, esté al tanto. Pero, no es una broma, estás hojas son genuinas, no lo puedo demostrar al cien por cien sin las pruebas necesarias, pero no parecen falsas. Entonces solo cabe una posibilidad: coincidencias de la vida… un círculo que se repite con diferentes personajes en el espacio tiempo o en universos paralelos, piensa Daniel.


Deja el bloque sobre su mesa y coge el siguiente. De improviso, Chen aparece entre las estanterías—:


– Durán es hora de marcharse. Seguro que ha encontrado algo interesante porque no se ha dado cuenta de lo tarde que era.

– Chen me gusta trabajar solo.

– Lo sé, pero quiero marcharme a casa y son las cuatro menos cinco. ¿Qué le parece? –Daniel mira el reloj y dice—:

– Vaya, tiene razón, lo siento.

– Me alegra que haya encontrado algo importante.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque siempre es muy puntual y recoge los documentos a las cinco menos cuarto.

– Pues mire por donde: no he encontrado nada que me llamara la atención más que los otros días –miente con una naturalidad pasmosa.

– Peor para usted –Chen se encoje de hombros.

– Yo también lo siento. Mañana será otro día.

La pareja sale del archivo a paso ligero.


Cuando Daniel abre la puerta de su apartamento, está molido. Ha sido una jornada dura. El estómago comienza a hacerle ruidos extraños y, entonces, se da cuenta que tiene un hambre atroz –no ha pegado bocado desde las seis de la mañana—. Va a la cocina, abre la nevera y mordisquea un sándwich de la noche anterior. En una hora se va de excursión con Chen y no puede cambiar los planes. Así que, respira con fuerza y piensa que, por la mañana, descubrirá si todo está como él lo dejó; de lo contrario, sabrá que lo espían.


En el museo, la doctora Puen marca un numero desde un teléfono del pleistoceno. Al tercer son, en un despacho lejano y turbio de la jefatura central de la ciudad, una mano nudosa y misteriosa –que conoce todos los movimientos de Daniel— descuelga el auricular.

 

– ¿Diga?

– El peón se ha movido.

– Cuántas jugadas.

– Una.

– Victoriosa.

– Indecisa.

– ¿Sabrá terminar la partida?

– Sí.

– Adiós.

Adiós.

 

La doctora Puen está pletórica. Algo normal pues está inmersa en la aventura de su vida. Sus ojos ambarinos se cierran unos instantes y deja volar su imaginación… se ve entre los almendros en flor de la escuela en la que fue educada para ser una de las mejores espías de Asia.


En otro lugar, una conversación similar se repite con otras voces, diferente sentido y distinta finalidad. El diálogo se clausura con palabras sorprendentes—:

 

– Podemos tener un problema.

– ¿Cuál?

– Por teléfono es peligroso hablar del tema.

– Venga mañana a las diez de la noche. Estaré esperándolo.

– Hasta mañana.

– Adiós.

– ¡Ciao!

 

 

@Anna Genovés

Martes 22 de junio de 2021

 Entrega por capítulos solo en el blog


Seguirá…




Los secretos del emperador – 3 


Utópica o realidad. 2004

 

Los paseos por la megalópolis pekinesa han dejado a Daniel completamente extenuado. Cena algo ligero y se mete en la cama. Cinco minutos más tarde, duerme como un bebé. Al sonar el despertador le cuesta ponerse en funcionamiento, pero, llega al trabajo puntual como un reloj suizo.


No obstante, pasadas varias horas, el cansancio le pasa factura y entra en un sopor que lo deja caos. Se despierta empapado de un hircismo frío que le recorre el cuerpo. Las vértebras una a una, los brazos, las piernas y su nutrido cerebro. Mueve la cabeza varias veces y se queda alucinado por lo que le rodea. Entones, recuerda que está en el archivo secreto la dinastía Qi. Revisaba unos legajos cuando una extraña somnolencia, le invadió. Y, en la otra verdad de la vida, los sueños le llevaron a través de los siglos junto al mismismo Qi Shi Huang Ti.


Era el único guerrero de piel blanca que vestía la cota de innumerables cuadrados de cuero repujado engarzados con un durísimo hilo –del mismo material— dejado secar al sol y torneado con indescifrables condimentos que le conferían una alabastrina dureza; ataviado como cualquiera de los guerreros de terracota que yacen en la antesala del mausoleo del emperador para custodiarlo por la eternidad del espacio y el tiempo. Estaban preparados para la batalla contra las huestes mongolas y, él, cabalgaba junto al soberano chino con una espada de filo lijado. Su coraza, tenía una singularidad: en el centro sobresalía un tigre rojo.


Vaya sueñecito. Hablar con mis amigos ingleses tiene sus consecuencias. El hijo de Xong me tatuó un tigre rojo en la espalda sin que yo se lo pidiera. Ahora que la providencia nos ha reunido, tendré que preguntarle el significado, piensa.


Mira hacia uno y otro lado y sonríe. Está delante de un sencillo escritorio de railite y latón, feo como ningún otro y repleto de antiquísimos pliegos. Sentado en silla de metal con respaldo bajo –de esos que se clavan justo en la mitad del lomo—. Ha colocado una almohada para que sus músculos no se deterioren excesivamente. Cercando su fuerte, innumerables y desvencijadas estanterías desmontables, también metálicas, que contienen infinitos pergaminos de Qi Shi Huang Ti.


Sigue ensimismado meditando en sus fantasías, cuando Lin le sorprende—:


– ¿Haciendo un alto, Durán?

Daniel se atraganta –la nuez se pasea por su cuello varias veces hasta que por fin le contesta—:

– ¿Qué le trae por aquí, doctora Puen? Es la primera vez que viene a visitarme.

– Bueno, alguna vez tenía que ser la primera –Lin lleva un carrito portaequipajes repleto de cajas precintadas.

– ¿Usted dirá?

– Le he traído más trabajo: estas valijas acaban de llegar de Xian. Los arqueólogos han descubierto nuevos documentos en la fosa que están excavando, pero como siempre, me los envían a mí para que los estudie y registre. Y yo, los traigo al archivo y los olvido. Por suerte, ahora, usted los estudiará.


Daniel maquilla su asombro enviando una gélida mirada a la no menos glacial doctora, la cual pasa olímpicamente de su contemplación y se pone a ojear los documentos expuestos sobre la mesa, como si se tratara de simples apuntes de un colegial. Daniel mantiene la calma, se ha convertido en todo un intérprete de la vida.


– Y dígame, ¿en qué se basa su estudio? ¿Ha encontrado algo que le llame la atención, Durán?

– En este lugar, todo me interesa. Aún es demasiado pronto para mostrarle mis avances –la verdad es que no tiene nada y Lin lo sabe, pero ambos siguen su comedia con la hipocresía ácida que los acompaña en su día a día.

– Es cierto, es demasiado pronto… pero recuerde que el tiempo vuela. Dentro de dos meses viajaremos a Xian y no podrá consultar esta documentación. Antes de proseguir su investigación recuerde que debe archivar todo lo que le he traído. ¡Ay! Casi se me olvida, también le traigo el listado de los pliegos; están numerados por estanterías. Imagino que habrá visto los números en la parte superior…

– Los vi y le pregunté el significado a Chen. Él me habló del listado… Así que, gracias a los dos.

– De nada, Durán.

– Esto… –dice Daniel tocándose el cabello— Doctora Puen, ¿por qué no me los ha traído antes?

– Se nos había extraviado.

– ¡¿Cómo se les puede perder algo tan importante?! –espeta Daniel algo irritado.

– No consiento que ningún subordinado me hable en ese tono, y menos un extranjero.

– De eso se trata, ¿verdad? –sugiere Daniel que ya ha vuelto a la imperturbabilidad acostumbrada–. En el fondo soy un forastero que se inmiscuye en sus efemérides.

– Pue sí. No nos agrada que personas ajenas a China vayan rebuscando en nuestro pasado.

– Oiga, que yo investigo a un gran emperador, no me interesan sus errores. Le aseguro que si los encuentro, los guardaré en mi memoria y pasaré página: admiro de Qi Shi Huang Ti.

– Lo sé, pero, lo acontecido hace tantos siglos no puede compararse con la actualidad. ¿Y si encuentra algo completamente inaceptable? Entonces, ¿qué sucederá? ¿Vencerá el admirador o el investigador?  

– Primero soy investigador… y para conocer la verdad, hay que arriesgarse.

– Usted mismo. Yo prefiero quedarme con lo que tengo y no buscarle tres pies al gato, porque cuando indagas demasiado, siempre aparece algo que no deseas encontrar.

– Ustedes tienen una visión universal muy diferente a la nuestra. Disculpe… pero no puedo callarme, la China actual me parece una sociedad falsa que se muestra abierta al exterior solo cuando le interesa. En realidad, se parece bastante a la China feudal.

– ¿Y me lo dice usted que proviene de un país imperialista que sigue creyéndose el amo y señor de sus colonias y cuya elitista y snob reina no se digna a dar la mano, sin guantes, a ninguno de sus vasallos?

– Eso es diferente –contesta Daniel.

– No es diferente. En todos los países sucede lo mismo por mucho que nos empeñemos en lo contrario. En el fondo, siempre nos creemos mejores que nuestros vecinos. Hasta superiores. Usted siga con su investigación que yo seguiré de cerca sus pasos.

– Imagino. Sé que estoy más controlado que Truman.

– ¿Cómo?

– ¿No ha visto la película El show de Truman, doctora Puen?

– La he visto y entiendo por qué lo dice, por eso le pregunto. ¿No lo comprendo?

– Estoy seguro que me vigilan a todas horas como si fuera un criminal.

– Además de ser un engreído tiene manía persecutoria, quizá sean las secuelas de la heroína.


La pareja de investigadores está de pie a una cierta distancia. Hablan con templanza y a la vez con despecho; miradas enfrentadas y brazos cruzados. Cuando Lin menciona la antigua adicción de Daniel, desaparecen las formalidades. Él la coge por las muñecas y grita a pleno pulmón—:


– ¿Qué acaba de decir?

– Haga el favor de soltarme –Daniel la suelta y, ella, agrega—: Ya tiene la prueba de que no está vigilado, de lo contrario hubieran saltado las alarmas o hubiera escuchado una voz diciéndole que estaba detenido o algo por el estilo –grita la doctora Puen.


Daniel le replica—:


– Puede que sea demasiado pronto. Tal vez, dentro de unos minutos entren unos guardias fornidos a detenerme.

– ¡No sea estúpido! Las únicas cámaras que le vigilan, a usted y a todo el que entra en el archivo, son las del pasillo. Aquí dentro no hay ninguna.

– ¿Y en mi casa? Y… ¿qué me dice del teléfono?

– Siempre con ánimos de protagonismo como su reina. Su casa está limpia y el teléfono, también. Si quisiera espiarle utilizaría otros métodos.

– ¿Chen?

– Entre nosotros… Chen es mi perro faldero. Hace lo que le ordeno y punto. Si no quiere que le acompañe cuando vaya de turismo, me lo dice y no volverá a molestarle –Daniel levanta las cejas—. Aunque, no me responsabilizaré de lo que pueda sucederle. Hay mafias interesadas en extranjeros ricos… y usted lo es.

– ¿Qué sabe de mí, doctora Puen? –Daniel la ha vuelto a sujetar por las muñecas y la ha bamboleado un poco.

Lo sé todo. Si el gobierno conociera la parte oscura de su pasado quizás hubieran denegado su estancia. Claro, que su fortuna es demasiado sustancial para mandarle a paseo. ¡Y suélteme de una vez! Puedo defenderme solita.

– ¿No me diga?

– Qué petulante es –acto seguido, Lin realiza unas llaves de kung–fu y lo somete.



Poco después, Daniel está en el suelo inmovilizado; Lin aprisiona su cuello con las piernas cruzadas. De improviso, lo suelta y se estira a lo largo de su cuerpo con los dedos sujetando su garganta. Apenas puede respirar. Es la primera vez que la tiene tan cerca y desea besarla, pero no está en posición de intentarlo y permanece inmóvil, mirándola a los ojos, sin inmutarse, sin defenderse. Ella mantiene la mirada imperturbable. Al cabo de unos segundos de mutismo y parálisis, se aparta.


– Siento que hayamos llegado a esto –dice Lin—. Usted no me cae mal, pero tenga en cuenta que en China nadie se lo va a poner fácil. ¡Ah! Y si en algún momento se siente vigilado, por favor, hágamelo saber. Puede que tenga razón: las bandas tribales son muy peligrosas. ¿Quién sabe? A lo mejor no les interesa su dinero, pero quieren saber qué investiga. Nada es lo que parece ni aquí ni en ninguna parte del mundo –gira sobre sus talones y se aleja.

– Lo recordaré doctora Puen, no le quepa la menor duda. Lo recordaré todo…

– Adiós Daniel, perdón, Durán –le dice desde la puerta.

– Espere un momento, doctora.

– Tengo prisa,. ¿Qué quiere?

– No le diga nada a Chen, quizás necesite su compañía. Gracias.

– De nada. Hasta pronto.

– Hasta pronto.


Cuando Lin desaparece, Daniel ruge como el felino que acaba de perder a su presa favorita. No le importa que puedan o no observarle. La tensión ha sido extrema, nunca lo hubiera imaginado. Podía haberse defendido, ha practicado aikido y esgrima durante años, pero de haberse mostrado violento, las cosas hubieran empeorado. Por otro lado, la cercanía con la doctora Puen, lo han sumido en un halo de incipiente desconcierto. Se sienta y apoya los codos en el escritorio. Masajea su rostro y piensa con los ojos cerrados.


Al cabo de unos minutos, entre abre los párpados y se queda mirando el carrito que le ha dejado la doctora. Lo primero que ve son los folios del listado. Por debajo, varios sacos llenos de polvo. El conjunto es tan atractivo que decide echarle un vistazo.


Coge la lista y se da cuenta que en cada punto aparece el nombre del emperador junto a alguna parte importante de su vida, repartidos y numerados de la siguiente forma:


1.       Qi Shi Huang y su ejército

2.      Qi Shi Huang y la casta sacerdotal.

3.       Qi Shi Huang y sus concubinas.

4.       Qi Shi Huang y sus construcciones.

5.       Qi Shi Huang y su pueblo.

6.       Qi Shi Huang y sus mascotas.

7.       Qi Shi Huang y los mongoles.

8.       Qi Shi Huang y su salud.


La lista es extensísima y enumera las costumbres del emperador, así como las relaciones que tuvo con sus aliados, sus enemigos, su ejército, su corte y sus súbditos. A Daniel no le cabe la menor duda de que Qi Shi Huang fue un Dios que podía hacer y deshacer lo que le viniera en gana, siempre que sus guardianes se lo permitieran. Tenía una corte exagerada de guardaespaldas, sacerdotes, médicos, arquitectos, soldados, mujeres… Si movía un dedo, se enteraba el país entero.


Daniel pone cara de asco y suelta: ¡Qué agonía! Sucede y ha sucedido lo mismo con todos los personajes célebres… Más todavía, si pertenece a la nobleza o a la realeza. Mi emperador tiene hasta una estantería completa dedicada a sus ropas y otra a sus costumbres íntimas. No me gustaría estar en su pellejo –habla solo mientras desempaqueta los bultos del carro y, de repente, se calla y vuelve a cavilar para sí mismo.


Abre las ocho cajas apiladas en la carretilla y a comienza a coger los pliegos; separados en grupos de treinta, anudados con una cuerdecilla de bambú trenzado y endurecido con técnicas ancestrales. Al transportarlos a una de las estanterías, se fija en que la mayoría de los documentos están apilados y anudados de la misma forma. O sea: nadie los ha estudiado. La dejadez de sus custodios es obvia, piensa apretando los dientes, ligeramente enfadado.


En la primera valija, los pictogramas de Qi Shi Huang aparecen relacionados con sus huestes; documentación militar, piensa. Minutos más tarde, es inevitable que sus pensamientos vuelvan a la sonoridad como los de esos viejos recluidos que hablan solos. Y, de inmediato, se escucha a sí mismo diciendo: Vamos a buscar la estantería de los manuscritos relativos a los ejércitos. Mira la lista y dice: Estantería décimo octava. ¡Vaya! La tengo enfrente.


Al ir a coger otro bloque, la atadura se rompe y los pliegos se esparcen por el suelo:


» ¡Joder! ¡Maldita sea! La cuerda se ha roto, dice cabreado. Toma uno de los cabos y los examina antes de recoger los pergaminos. Esto no está roto… está cortado con unas tijeras normales y corrientes. Los putos chinos son unos verdaderos chapuceros.

 

En ese mismo instante, a cierta distancia, Lin llega a su despacho.


– Meo Yi –le dice a su secretaria.

– Dígame doctora –responde solícita la muchacha, que se ha levantado de inmediato, y baja la cabeza.

– No estoy para nadie. ¿Entendido?

– Entendido doctora, entendido –repite reverencial.

 

Lin entra en su despacho y cierra la puerta con llave. Inmediato se dirige al servicio privado, se lava la cara y las manos, orina y vuelve lavarse sus delicados dedos como si fuera un cirujano a punto de entrar al quirófano. Después, los unta de una crema sedosa que desaparece al contacto con su piel aterciopelada. Se mira en el espejo y le da un beso a su reflejo. Después, se dirige al sillón de cuero pardo que está detrás de su escritorio y se deja caer, distendida y con una sonrisa maliciosa en sus voluptuosos labios. Veamos qué estás haciendo mi querido Daniel, dice moviendo la cabeza con arrogancia.


Abre el portátil e introduce su clave. Al instante, la pantalla se llena de almendros floridos. Teclea una determinada flor y el ordenador se reinicia. De repente, el panorama cambia por completo y aparecen numerosos iconos con caracteres chinos. Ahí te tengo, dice pinchado dos veces el pictograma de la dinastía Qi. La pantalla del ordenador es una retahíla de números al estilo Matrix. Pero, si cliqueas sobre cualquiera de ellos, aparece un cliché de Daniel desde que aterrizó en Beijín: todos sus movimientos están registrados. Lin llega al último dígito y aparece Daniel en tiempo real. Se recuesta en el respaldo de su reconfortarle asiento y observa.


Daniel está recogiendo los legajos que se le han caído. Sigue elucubrando sobre el corte de la cuerda: Si lo has hecho tú, hermosa Lin, comprenderé la negrura de tu alma; tan pérfida y retorcida como bello es tu exterior, dice hablando consigo mismo mientras recoge uno de los muchos documentos dispersados por el suelo.


Me encuentra hermosa. ¡Este chico es gilipollas! Se entretiene en chorradas en vez de estudiar la joya que tiene entre sus manos, suelta ella sonriendo con picardía.


Daniel relee por encima, y en alto, los manuscritos del ejercito del emperador: Bla, bla, bla, bla... ¿Cómo? Parte de mi sueño aparece en estos legajos. ¡Mierda! El tigre rojo me acompaña en la contienda. Cabalga a mi lado. ¡Oh! ¡Nooo…! Se acabó. ¿Cómo seguirá? Debo encontrar el siguiente papiro esté donde esté. Me he quedado con la miel entre los labios. Se sienta pensativo y amasa su rostro.


El juego ha comenzado, mi querido Daniel, las fichas han dado su primer paso. ¿A ver cómo digieres los acontecimientos? Aconseja Lin desde su trono. Vigilante a través de las cámaras como un sabueso del ciberespacio.


Daniel sigue a lo suyo; ha recogido los pergaminos y está ordenándolos para leerlos desde el principio. Los trascribe, aunque estén en chino clásico, como si fuera su idioma materno. Ninguno hace referencia a un tigre rojo hasta la penúltima hoja, donde el emperador narra lo que ya sabe y repite en alto porque ha encontrado el papiro siguiente: El Tigre Rojo me acompaña a la contienda. Cabalga a mi lado. Y sigue:  Mi fiel amigo de piel blanca y ojos claros, nunca me abandona.


Alguien me está gastando una broma de mal gusto porque casi nadie sabe lo de mi tatuaje… Mis allegados y Xong Go que me lo dibujó. Quizá la señora doctora, que dice saberlo todo de mí, esté al tanto. Pero, no es una broma, estás hojas son genuinas, no lo puedo demostrar al cien por cien sin las pruebas necesarias, pero no parecen falsas. Entonces solo cabe una posibilidad: coincidencias de la vida… un círculo que se repite con diferentes personajes en el espacio tiempo o en universos paralelos, piensa Daniel.


Deja el bloque sobre su mesa y coge el siguiente. De improviso, Chen aparece entre las estanterías—:


– Durán es hora de marcharse. Seguro que ha encontrado algo interesante porque no se ha dado cuenta de lo tarde que era.

– Chen me gusta trabajar solo.

– Lo sé, pero quiero marcharme a casa y son las cuatro menos cinco. ¿Qué le parece? –Daniel mira el reloj y dice—:

– Vaya, tiene razón, lo siento.

– Me alegra que haya encontrado algo importante.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque siempre es muy puntual y recoge los documentos a las cinco menos cuarto.

– Pues mire por donde: no he encontrado nada que me llamara la atención más que los otros días –miente con una naturalidad pasmosa.

– Peor para usted –Chen se encoje de hombros.

– Yo también lo siento. Mañana será otro día.

La pareja sale del archivo a paso ligero.


Cuando Daniel abre la puerta de su apartamento, está molido. Ha sido una jornada dura. El estómago comienza a hacerle ruidos extraños y, entonces, se da cuenta que tiene un hambre atroz –no ha pegado bocado desde las seis de la mañana—. Va a la cocina, abre la nevera y mordisquea un sándwich de la noche anterior. En una hora se va de excursión con Chen y no puede cambiar los planes. Así que, respira con fuerza y piensa que, por la mañana, descubrirá si todo está como él lo dejó; de lo contrario, sabrá que lo espían.


En el museo, la doctora Puen marca un numero desde un teléfono del pleistoceno. Al tercer son, en un despacho lejano y turbio de la jefatura central de la ciudad, una mano nudosa y misteriosa –que conoce todos los movimientos de Daniel— descuelga el auricular.

 

– ¿Diga?

– El peón se ha movido.

– Cuántas jugadas.

– Una.

– Victoriosa.

– Indecisa.

– ¿Sabrá terminar la partida?

– Sí.

– Adiós.

Adiós.

 

La doctora Puen está pletórica. Algo normal pues está inmersa en la aventura de su vida. Sus ojos ambarinos se cierran unos instantes y deja volar su imaginación… se ve entre los almendros en flor de la escuela en la que fue educada para ser una de las mejores espías de Asia.


En otro lugar, una conversación similar se repite con otras voces, diferente sentido y distinta finalidad. El diálogo se clausura con palabras sorprendentes—:

 

– Podemos tener un problema.

– ¿Cuál?

– Por teléfono es peligroso hablar del tema.

– Venga mañana a las diez de la noche. Estaré esperándolo.

– Hasta mañana.

– Adiós.

– ¡Ciao!

 

 

@Anna Genovés

Martes 22 de junio de 2021

 Entrega por capítulos solo en el blog


Seguirá…


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Los secretos del emperador – 2 


Correspondencia. 2003

 

Pasadas las doce del mediodía, Tatiana sale del Red Moon a recoger la correspondencia. Lleva un vestido negro ceñido y con un escote cuadrado de lo más sugerente, sus torneados brazos palpitan a lo largo de su esbelto cuerpo y sus perfiladas pantorrillas lucen enfundadas en un tacón de aguja de ocho centímetros. Cuando se aúpa y abre y el buzón, escucha los silbidos de unos chavales que, como todas las mañanas, han acudido a la hamburguesería de enfrente para verla unos minutos. Son unos fans incondicionales, pero, Juanfran, su novio y dueño del local donde trabaja –una sala de striptease— no les deja entrar porque todavía son menores. Y, ahí están, esperando que pasen los días y los meses para poder contemplar a su Afrodita de cerca. Tatiana sonríe, y, de regreso al Club, se contonea con elegancia y deja caer una carta para agacharse a recogerla y alegrarles el día. Le divierte la inocente lascivia de sus miradas, es lo único que conseguirán, porque está embarazada y, en unas semanas, su hombre la retirará para siempre.

La carta que ha dejado caer al azar, sin mirar el montón que ha recogido, que, como siempre, son facturas, catálogos de viajes y propaganda, es de un particular muy querido. Pero ella no se ha dado cuenta que tiene unos signos extraños en el matasellos. Al descubrirla, su corazón golpea con fuerza y su pecho palpita con ansia. Es de Daniel, piensa. Mira el remite y se pone a dar saltos de alegría y a chillar como una loca—:


– ¡Ha llegado una carta de Daniel! ¡Daniel no se ha olvidado de nosotros! ¡Juanfran, Juanfran! ¡Tenemos carta de Daniel! Corre Alex –le dice al camarero cuando pasa por la barra– acompáñame al despacho y leamos lo que nos cuenta nuestro amigo.

– Enseguida voy Tatiana –contesta Alex con chispas en los ojos.


Juanfran está sentado en su sillón de cuero grana con los pies sobre la mesa –hecha un desastre— y un pitillo en la boca. No ha escuchado las voces de su chica, pero sabe que algo bueno sucede cuando Tatiana entra alborozada con una botella de güisqui de Malta entre sus manos.


– ¿Qué sucede muñeca? –le pregunta con una sonrisa de medio lado.

– ¿No me has oído chillar como una loca?

– Nooo… ¿Qué pasa? –frunce el ceño.


Tatiana le baja las piernas de la mesa con gracejo y se sienta sobre sus muslos.


– Mi querido Juanfran, mi amor –le dice acariciando las tres arrugas verticales que atraviesas su entrecejo—. Ha llegado una carta de Daniel.

– ¡Es fabuloso! –contesta Juanfran.

– Sí. Mira, mira… –le dice mostrándosela antes de danzar como una saltimbanqui por la habitación.

– Alex –le dice al camarero que acaba de entrar—. Cázala. Cógela y quítale la carta.

– De eso nada. Yo no toco a Tatiana por mucho que te empeñes, que luego te pones como una fiera.

– ¡Venga ya! Si la final haréis que me levante.

– Mira el señorito –gorgotea Tatiana.

– El jefe es el jefe –sugiera Alex encogiéndose de hombros.


Juanfran, sin previo aviso y dejando a sus amigos boquiabiertos, da un salto por encima de la mesa y coge en brazos a Tatiana. La lleva boca abajo como un saco de patatas; ella golpetea su espalda con cariño. Tras quitarle la carta y propinarle unas delicadas zurras en su bonito trasero, la vuelve a sentar sobre sus piernas. Los tres ríen de buena gana. Alex se sienta en una de las sillas del otro lado del escritorio y se quita la gorra del Arsenal –la toquetea nervioso entre sus manos.


– Ya vale Alex. Deja la gorra que la vas a destrozar –le dice Juanfran, que se toma su tiempo para abrir la carta.

– Es que vas muy despacio…

– Es una carta de nuestro Indiana Jones particular y hay que tratarla con mucho cariño, ¿o no? –contesta él.

– ¡Por supuesto! Yo estoy la mar de tranquila –puntualiza Tatiana como una niña buena mordisqueando sus labios.

– Es que la alegría me ha puesto eufórico –dice Alex.

– Pues ya vale nano. Ahora, los dos a callar que voy a leer la dichosa cartita. ¿Vale? –sugiere Juanfran.

– Vale –corea la pareja de colegas al unísono.


Juanfran desdobla el folio, manuscrito con tinta negra y márgenes perfectamente delimitados, y sonríe satisfecho al ver la inconfundible letra de su amigo Daniel.


– Bueno, allá voy. Ejem… –carraspea.

 


Hola amigos:

He cumplido mi palabra. Hace un mes que llegue a Pekín y estoy hasta arriba de trabajo. Pero os echo de menos. ¿Cómo estáis? Las cosas no pueden iros mal porque sois unos marchosos. Yo tampoco puedo quejarme, me tratan bien; teniendo en cuenta las diferencias entre nuestra cultura y la China, puedo sentirme un privilegiado.


Vivo en una casita con una galería ajardinada en la entrada y techumbre de estilo imperial; en un barrio antiguo rehabilitado. Antes de llegar a casa recorro una calle estrecha repleta de viviendas similares. Aunque me traen en coche desde el trabajo, estoy pensando en alquilarme una bicicleta, pero, como tengo chofer particular, sería una tontería y una grosería. Mi auxiliar se llama Chen y es el ojito derecho de mi supervisora: la doctora Lin Yun Puen. Una adjunta del Museo Nacional de Historia de Beijing. Ella y Chen, me ayudan cuando lo necesito. No obstante, por lo general, trabajo solo –ya sabéis que desde que retomé los estudios me he vuelto un animal de biblioteca: taciturno y de pocos amigos—. Vosotros estáis fuera de todo esto, sois muy especiales para mí.


Mi turno laboral comienza a las siete de la mañana y acaba nueve horas después. Por las tardes tengo libre y suelo trabajar en el ordenador. Pero, a veces, me dedico a hacer turismo. He visitado La Ciudad Prohibida, La Plaza de Tian'anmen, La Gran Muralla, Las Tumbas Ming, El Templo del Cielo, Las Ruinas del Antiguo Palacio de Verano, Gulou Museo del Hombre de Pekín en Zhoukoudian (Patrimonio Mundial de la Humanidad) y otros lugares imprescindibles para los extranjeros. Chen me acompaña siempre, así que tengo un guía particular. La ciudad es demasiado grande para que deambule en solitario. En ocasiones me siento como un niño pequeño que no sabe caminar sin su guardián. Es lo mejor que podía sucederme en este océano licuado de olas pretéritas y coetáneas.


No hace falta que le digáis a mi madre que os he escrito, a ella la telefoneo todas las semanas. No os enfadéis, ya os llegará el turno. Si preferís, podéis llamarme vosotros: pedirle el número a mi madre porque tengo un móvil nuevo.

Un beso muy fuerte para todos. Espero que Sarah siga tan guapa como siempre.

 

                   Vuestro Indiana Jones londinense,

                                            Daniel Durán y York

 


– ¡Ya está! –brama Tatiana.

– ¿Y qué más quieres? Me voy a poner celoso –sugiere Juanfran.

– Celoso estás todos los días. Cada vez que nuestro bebé hace que eche todo lo que me he metido en el estómago, no puedes esconder tus dudas.

– Si queréis me marcho –sugiere Alex.

– No. De eso nada –puntualiza Juanfran–. La que se va a marchar es mi dulce Tatiana. Si te parece no estaré mosqueado, llevabas acostándote conmigo desde que eras una chiquilla y justo al poco hacerlo con Daniel te quedas embarazada.

– Forniqué con él porque me lo ordenaste. Yo era su regalo de despedida, eso dijiste… ¿lo recuerdas? Me trataste como a una vulgar mujerzuela.

– Claro que lo recuerdo… y a que mala hora lo hice.


Juanfran y Alex siguen sentados –el segundo con la cabeza gacha y el primero tan sereno y autoritario como siempre. Tatiana camina por la habitación, con los brazos en jarras, mugiendo como una res apresada hasta que se acerca a la mesa y mira a su novio directo a los ojos.


– Cariño, yo sólo te quiero a ti.  De Daniel me encapriché… nada más. Fue una aventurilla, te aseguro que la criatura que llevo dentro es tuya. Sé que, aunque fuera de nuestro querido Daniel, la reconocerías igualmente, pero ése no es el caso. Y para que te quedes tranquilo, cuando nazca le haremos la prueba del ADN.

– Sabes que soy un malas pulgas pacífico.  

– No puedo quejarme. Para mí eres el mejor hombre del mundo –Tatiana ha vuelto a sentarse en sus piernas–. De todas formas, haremos una prueba de paternidad y te quedarás más tranquilo.

– Como quieras amor –Juanfran le da un candoroso beso que termina tan húmedo y sensual como la propia Tatiana.

– Bueno pues ya está todo. Me marcho –jalea Alex algo incómodo.


Juanfran se escabulle, como puede, de los apetecibles tentáculos de su princesa del Vodevil—:


Alex quédate. Cariño ve a la barra que tenemos que hablar de unos asuntos… –le dice a Tatiana.


Ella juguetea con sus morritos y toquetea a su hombre. Juanfran se pone serio—:


– Estate quietecita cielito. No seas traviesa. Largo –espeta con las manos—. Recuerda que dentro de dos semanas te jubilarás para siempre. A Alex le quedan muchos años detrás de la barra.

– De acuerdo… pero, que no tarde demasiado porque, ahora, me canso muchísimo –sugiera Tatiana.

– No te preocupes caramelito –Alex arquea las cejas– en cinco minutos te lo envío, ahora ejerce de jefa un ratito.

– Vale amorcito –dice antes de salir.

– Ufff… sírveme una copa Alex, la necesito –sugiere Juanfran al poco de cerrarse la puerta, mientras se desabrocha varios botones de la camisa.

– Hay que reconocer que Tatiana es la perfecta meretriz; perdona el apelativo, no es peyorativo sino todo lo contrario.

– Ya, ya… Tienes razón. Cuando se pone cariñosa es muy difícil quitártela de encima –insinúa Juanfran con el primer trago–. Nosotros al asunto, que si no volverá y nos fastidia...

– ¿El asunto?

– Pues claro, no te has dado cuenta que esta carta es una carta de mierda.

– Algo raro he notado… pero, no sabría decirte.

– ¡Joder nano! Tienes unos momentos de lucidez que acojonan –mueve la cabeza—. En cambio, otros te quedas en la inopia. Veamos, como te decía, esto es una carta de mierda –repite balanceando el folio como si fuera en un columpio–. Daniel esconde algo. Quiere decirnos algo pero no puede... 

– ¿Seguro?

– Conozco demasiado bien a Daniel, tú también.

– Desde luego.

– Pues ya me dirás… ¿te parece normal que nos envíe una nota tan insulsa? Su letra es inconfundible: es original –Alex sonríe.

– Sin embargo, podrían obligarle a decir esto y no aquello –se rasca la barba.

¿Cómo?

– Pues, yo que sé. Igual lo tienen preso.

– Juanfran, ¿te has fumado un Moby Dick o qué?

– Nada de eso Alex. Es que no me fío de los chinos ni un pelo. Además, al final rubrica: Vuestro Indiana Jones londinense. ¿No te parece extraño?

– ¿Y qué tiene de raro? Así lo llamábamos.

– ¿Cuándo?

– Cuando… Ahora caigo –Alex frunce el ceño—. Lo llamábamos así cuando íbamos muy pasados de vueltas. SI bien, cuando se convirtió en investigador, dejó de gustarle ese apelativo. Si que es raro, sí –Alex se queda pensativo y aprieta la boca.

– ¿Entonces por qué lo nombra?

– A lo mejor ha querido rememorar la juventud.

– Si hombre. A mí me parece que está coaccionado. Quizá lo vigilan y no puede decirnos ciertas cosas…

– Tal vez tengas razón.

– Y hay más. Relee el párrafo final…  ¿a ver qué es lo que encuentras?


Alex toma la hoja y mira la frase de despedida.


– Sarah… ¿por qué?

– Más bien, para qué.

– ¿Y? …

– ¿A santo de qué la menciona si pasó a mejor vida hace años?

– ¡Tienes mucha razón!

– Veamos, ¿qué hora es?

– Las doce y veinte –dice Alex mirando su Citizen de pulsera.

– En Pekín serán poco más de las seis y media de la tarde. ¡Perfecto!

– ¿Qué vas hacer?

– Llamar a Daniel. Ha dicho que por las tardes hace turismo o trabaja con el ordenador… se supone que lo hará desde su casa. ¡Ojalá no esté de tournée!


Juanfran busca su agenda, pero antes de abrirla recuerda el número, con prefijo incluido, que Daniel le dio antes de marcharse. Lo marca maquinal como el sintético de Alíen el octavo pasajero.


– Pero ¿qué haces? Tenemos que pedirle el número a su madre –dice Alex.

– De eso nada. Antes de llamarle al número nuevo lo hago al antiguo que para algo se lo llevó acoplado a llamadas transatlánticas, ¿no crees?

– Y si lo ha perdido…

– Pues no contestará Daniel, y entonces le pediré el número a su madre.

– Tienes razón –insinúa Alex que va justito de mollera. Juanfran coloca su teléfono en manos libres.


Cuando escuchan la voz de Daniel respiran aliviados.


– Mamá te dije que me llamarás al móvil nuevo. Este número tiene demasiadas interferencias y apenas te escucho.

– Daniel que no…

– Mamá te oigo fatal. ¿Cómo? Que has perdido el número. Voy a colgar porque apenas sé lo que dices. Llámame en cinco minutos que bajo a la calle a ver si te entiendo mejor.

– ¿Daniel?

– No oigo nada. Cuelgo. ¡Llámame otra vez! –finaliza a grito pelado.


Ambos colegas se miran con cara de alucinados.


– Ahora no me cabe la menor duda. Daniel tiene problemas –asevera Juanfran para asombro de Alex.

– Lo volvemos a llamar, ¿no?

– Por supuesto, esperaremos unos minutos y lo volveremos a intentar. Voy a decirle a Tatiana que se las arregle sola y que no nos moleste nadie.

– Me parece buena idea…


Diez minutos más tarde, Juanfran y Alex hacen un nuevo intento. Daniel, desde el otro lado del planeta, espera que su teléfono suene. Cuando contesta, pese a estar alegre, se mantiene flemático, ya no le cuesta el más mínimo esfuerzo esconder cualquier tipo de sentimientos, cuarenta y dos días en Beijing lo han transformado en un hombre gélido y distante; al más puro estilo británico.


– Juanfran, ¿con quién estás? –pregunta Daniel bastante distante.

– Estoy en el despacho con Alex. He puesto manos libres.

– Hola Alex.

– Hola Daniel.

Estáis solos, ¿verdad?

– Completamente solos, amigo.

– Mejor. ¿Cómo estáis?

– Nosotros bien, ¿y tú?

– Bueno…

– Imaginamos que estás chungo. Tu carta es un tanto extraña –asevera Juanfran.

– Estás desmotivado –sugiere Alex.

– Bueno, pues acertasteis. No me tratan mal, pero me siento espiado –termina por decir Daniel.

– ¿Por quién y por qué? –insinúa Juanfran.

– Lo desconozco, aunque imagino que me espía el ejército porque trabajo en el archivo secreto de los emperadores chinos: un lugar desconocido hasta para la comunidad científica. ¿Os acordáis que mi investigación era sobre el emperador Qi Shi Huang?

– Sí –contesta Juanfran por los dos.

– Pues la cámara que guarda los hallazgos sobre este personaje, es tan grande como un campo de fútbol.

– ¡Joder! Desde luego trabajo no te faltará. Quizá tengas razón y te investiguen por ese motivo –apunta Alex.

– A veces me siento demasiado presionado. Todo son accesos computarizados y miradas recelosas. Luego está lo del móvil nuevo… que seguro está pinchado. Creo que tengo micrófonos y cámaras ocultas hasta en mi casa. No sé si podré soportarlo.

– ¡Oye! No fumarás opio, ¿verdad? Porque yo sufro de manía persecutoria crónica por la viruta que me metí en el pasado... Y, los tres hicimos lo mismo.

– Alex ¡qué ideas tienes!

– Tranquilos, estoy igual de limpio que cuando me marché y eso que he visitado un local clandestino de opiáceos junto a Chen.

– ¡Chen! Tu asistente, ¿verdad?

– Más o menos. A veces es tan solícito que me crispa los nervios. Eso sí, no sabe mear solo, todo lo que hace es porque la doctora Lin se lo ordena: es su marioneta.

– Y esa tal Lin, ¿cómo es?

– Es Michelle Yeoh.

– ¿Qué estás diciendo?

– Es su hermana gemela. Tiene un físico espléndido: me fascina. Pero cuando abre la boca es más pérfida que Medusa.

– Pues ándate con ojo… que los bellezones con dotes de arpías son las peores.

– Es ella la que no se fía de mí y la que hace y deshace todo. Es tan hermosa que nadie la detiene… y su beldad se ha convertido en tiranía.

– Amigo, mal lo tienes, ¿no te habrás enamorado? –pregunta Juanfran.

– Tranquilos. Me asquea su presencia porque he descubierto su verdadero rostro.

– Pues… sigue así Daniel –le dice Alex.

– Lo procuraré. Quiero deciros algo importante, no puedo hablar mucho porque si me vigilan verán que estoy hablando demasiado tiempo con mi antiguo teléfono. Además, será la última vez que utilicemos este móvil.

– ¿Y cómo sabes que, este, no lo controlan? –dice Juanfran.

Porque lo he llevado encima a todas horas. Si me ducho está a mi lado metido en una fiambrera. Cuando duermo, está bajo la almohada.

– ¿Y cómo nos comunicaremos?

– Os acordáis del señor Xong Go, el acupuntor.

– ¿Como no? Era súper enrollado y su hijo nos tatuaba filigranas maravillosas. Me caía bien. Fue una pena que regresará a su país –concreta Juanfran.

– Pues ahí lo tenéis.

– ¿Cómo? ¿No irás a decirnos que te has topado con él? –dice Alex.

– Con él no. Era muy mayor y falleció hace unos meses. Pero, por casualidad, encontré a su hijo.

¿No me digas? –comenta Juanfran.

– Practica acupuntura en un mercadillo callejero cercano a mi vivienda. Es una lonja ambulante tanto de comestibles, como de artículos decorativos, dispensarios de té y prácticas médicas a la antigua usanza.  

– Es un milagro, Daniel.

– Por supuesto. Un milagro que no voy a desperdiciar. Cuando lo vi lo reconocí al instante, él no se fijó en mí. Volví a la semana siguiente y después de ponerme en sus manos, junto con el yen que le pagué, le entregué un papelito con el motivo de mi estancia en China y mi situación. Él no se inmutó, me hizo las típicas reverencias y siguió a lo suyo. Siete días después volví, hice las compras habituales y lo visité… mientras me clavaba los mágicos aguijones, me dijo que me ayudaría en todo lo que pudiera, que en su país muchas cosas siguen ancladas en el pasado y que el gobierno chino –aunque parezca moderno— sigue aferrado al pasado. En fin, cuando quiera comunicarme con vosotros, lo haré por carta, se la entregaré a Xong Lee Go, y él la enviará con su remite a un pariente que tiene en Londres; mi carta estará dentro de la suya. El hombre está al tanto del asunto… pero es prooccidental y ayudará. Hará de cartero particular, os dará mis cartas y se llevará las vuestras. Una vez en China, Xong me las entregará en su tenderete de acupuntura.

– ¿Estás seguro de que este embrollo funcionará? –intercepta Alex.

– Sí. Su hijo apareció muerto en una callejuela de Shanghái: lo habían torturado. Él dice que fue el gobierno porque el chaval tenía ideas capitalistas que revolucionaban a las gentes. Confío plenamente en él.

Una razón de peso –dice Juanfran.

– Solo utilizaremos de correo a Xong si estoy en apuros. Para cosillas normales, hacemos el tonto y hablamos por el teléfono nuevo, aunque lo escuchen todo.

– Me parece bien –dice Juanfran secundado por Alex.

– Bueno, ya está bien de hablar de mí. ¿Y vosotros? ¿Cómo andáis?

– Aquí todo sigue como antes, Daniel –dice Alex.

– ¿Y Tatiana? ¿Qué tal está?

– ¡Fenomenal! En la barra como siempre. Te envía besos –dice Juanfran. Daniel no tiene la menor idea de su embarazo.

– Devuélveselos de mi parte.

– Así lo haré.

– Bueno mamá –dice Daniel con un tono algo más elevado— debo colgar porque acaba de llegar Chen: vamos a visitar el barrio financiero de Beijing. Ya te contaré.

– ¡Que pesado! –dice Alex.

– Sí, es un chico muy agradable –Chen que está cerca y lo oye, sonríe–. Chen mi madre le agradece todo lo que hace por mí.

– Dele recuerdos de mi parte. Y dígale que le hemos dado un móvil nuevo.


Daniel tapa unos segundos el altavoz del teléfono y le dice a Chen—:


– Mi madre es mayor y está un poco olvidadiza. Pero creo que esta vez le ha quedado claro que debe llamarme al otro número. Gracias por recordármelo Chen –le guiña el ojo y el guardián le deja un poco de intimidad. Entonces, Daniel dice—:

– Mamá, Chen te envía recuerdos.

– Nosotros le enviamos un corte de mangas –rumia Juanfran.

– Le gustará. Mi mamá dice que te regale la bufanda que me tejió.

– Dígale que se lo agradezco –Juanfran y Alex, que lo escuchan de fondo, se destornillan de risa.

– Te da las gracias mami. Apuntaste bien el número nuevo, ¿verdad?

– Sí hijito. Xong Go si es crucial –dramatiza Juanfran afinando la voz–. Para el resto, llamadas al móvil chino.

– Perfecto mami, tomaste bien el número. No llores más que todo marcha sobre ruedas.

– Te estás haciendo más mentiroso que yo –puntualiza Juanfran tapándose la boca para que Chen no escuche sus carcajadas.

– Besos a la tía Brenda –Juanfran le propina un manotazo a Alex para que se despida de Daniel. 

– Hasta pronto Daniel, cuídate.

– Gracias mamá. Yo también te quiero.

– Mi madre siempre se emociona Chen –le dice al instante de colgar.

– Es cosa de mujeres. A todas les sucede lo mismo.

– Cierto. Por lo general, suelen llorar bastante a menudo.

– Casi todas, Durán. A la única que nunca he visto llorar es a la doctora Lin Yu Puen. Es de acero.

– Se le ve muy masculina –corta Daniel volviendo a su rigidez habitual. A Chen le desconcierta su apostilla, pero se calla.




Antes de pasear por el barrio financiero pasan por casa de Daniel y Chen sale con una bufanda de colores anudad al cuello. Después, recorren varios hutong de Pekín hasta subir al vehículo que les transportará al área pekinesa con más actividades florecientes.


Daniel ha decidido recorrer sus formidables calles y visitar un par de centros comerciales, amén de alguna que otra vivienda de lujo, oficinas y sedes corporativas de distintas empresas. Es una de las zonas económicas más importantes del país; le deslumbran sus modernas esculturas y sus resplandecientes rascacielos. Es como vivir en el siglo XVI y de repente verse transportado por una máquina del tiempo al tercer milenio. 

 

Seguirá …

 

@Anna Genovés

Domingo treinta de abril de 2021

Entrega por capítulos solo n el blog









Los secretos del emperador - 1


Pekín 2003

 

La doctora Lin Yu Puen esperaba en su despacho ubicado en el ala oeste del segundo piso del Nacional Museum of China. Cuando Daniel entró precedido por Chen –el militar que había ido a recogerlo— estaba de espaldas mirando por la ventana que daba justo a la zona ajardinada de la entrada.

La estancia estaba literalmente empapelada de libros. Daniel se quedó embobado mirando los volúmenes y nada en aquella mujer de melena azabache le llamó la atención. Al girarse para las presentaciones, un halo luminoso irrumpió a través de los cristales cubriéndola de luminiscencia, y, al instante, cuando contempló su rostro con detenimiento, un imperceptible hormigueo recorrió su esculpido cuerpo: era la viva estampa de Michelle Yeoh —su actriz fetiche, protagonista de Tigre y Dragón entre otros numerosos films que Daniel había descubierto tras seguir su filmografía. Conocía al dedillo todas sus apariciones en la gran pantalla desde que finalizó su reinado como Miss Malasia en los 80.

Aquella morena de cabello lacio y ojos castaños –de poco más de un metro sesenta de estatura— había sido su icono sexual desde la adolescencia, y, ahora, como si de una broma de mal gusto se tratara, la tenía enfrente. Sabía que no era quien parecía ser, pero, ni su hermana gemela, si existía en algún lugar, sería tan semejante a la bellísima mujer que lo miraba con impertinencia. Rememoró las palabras de un amigo: «Cuando veas a una mujer sumergida en un celaje traslúcido y nacarado, estarás enamorado». Él sabía que la dama en cuestión ya no era una niña, ni tan siquiera una mujer joven, más bien se trataba de una fémina madura de fisonomía delicada y poderosa. Aunque estaba impresionado, mantuvo el tipo cuando la hermosa le habló. 

– ¡Ah! Es usted, por fin conozco en persona al admirado doctor Durán –dijo Lin con una ironía maliciosa.

– No sé quién me admira hasta ese punto, pero gracias por su adulación.

– Yo no adulo a nadie –corrigió, ella, arqueando una ceja–. Sólo le expongo lo que mi colega, el doctor Vanhaüsen, me ha comentado hace unos instantes sobre usted.

– ¿Cómo?

– Acaba de telefonearme… y es lo que ha dicho en numerosas ocasiones. Si quiere que le sea franca, estoy impaciente por ver si es tan virtuoso como pregona su tutor: el tiempo lo dirá –acabó tildando sus palabras con una pizca de desprecio. Daniel se molestó, pero mantuvo la cortesía.

– Pues como usted ha dicho: el tiempo lo dirá.

– No hace falta que se sienten –dijo con desgana—. Usted, Chen, puede retirarse a su despacho y seguir con sus papeles. Y usted, Durán, sígame.

Dicho esto, salieron de la habitación enderezados como disciplinados militares al son de un alto rango. Chen desapareció por una de las puertas del interminable pasillo de paredes toscas y amarillentas del museo de estilo estalinista, donde, colosal, se asentaba entre las flores del atrio y el cielo opaco de Beijing. Daniel siguió a Lin sin abrir la boca, elucubrando para sí cómo una mujer tan bella podía tener un carácter tan agrio. Desde luego, su amigo se había equivocado de lleno. Ver a una mujer rodeada de una aureola mágica debía significar que te alejaras rápido de su vista. Pero, era obvio que no podía hacerlo.

Cogieron el ascensor y descendieron hasta la planta baja. Salieron rígidos como estatuas y anduvieron hasta una cancela de hierro macizo que les cerraba el paso. Lin extrajo un llavín estrellado de su bolsillo y lo introdujo en la cerradura; dio cuatro vueltas a la derecha y los blindajes internos, crujieron. Seguido propinó tres giros hacia el lado opuesto. Daniel iba a pedirle que le dejara abrirla, por aquello de la caballerosidad y de las astronómicas dimensiones del portón, pero no tuvo oportunidad. De repente, se abrió como si se tratara de una puerta de papel albal ennegrecido. Trago saliva y la siguió. Ella se paró a pocos metros y encendió la luz cuyo interruptor estaba junto al marco: una bombilla anticuada iluminó el recinto mortecino. Entonces, le dijo—:

– ¡Adelante! ¿qué hace usted parado como si fuera un colegial?

– Nada señora, sólo contemplaba el interior de tan cuidada sala –contestó con el humor ácido de los ingleses al ver un pequeño recibidor de paredes ajadas y que tan sólo contaba con la entrada de un nuevo ascensor con un teclado minúsculo en los que introdujo un código cifrado después de que Lin le diera el sobre lacrado que contenía la numeración oportuna.

– ¿Decepcionado?

Yo, ¿por qué iba a estarlo?

– Veamos si el resto de habitáculos le dejan tan escéptico como los que ha visitado hasta ahora –dijo ella pulsando el único botón que aparecía en el interior del elevador.

Una fuerte sacudida anticipó su movimiento, y al instante, descendieron con una rapidez insólita, varias plantas.

– Hemos llegado –dijo Lin con aspereza.

Las argénteas y flamantes puertas del elevador se abrieron y apareció una nueva cancela precedida por una aureola de luz ultra violeta.

– Ya veo que esto tampoco le impresiona, Durán. Mejor, porque pasará usted mucho tiempo en este lugar.

– ¿De verdad? –preguntó Daniel manteniendo un tono de voz orgulloso.

– Nunca miento, no me gustan las mentiras ni los mentirosos. ¿Entendido?

– Por supuesto, señora.

– Me dirigiré a usted como Durán. Y, usted, debe llamarme doctora Puen, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Voy a explicarle cómo funciona –Daniel asintió–. Mire, éste haz rutilante que centellea ligeramente alrededor de paredes, suelo y techo a un metro de distancia de la puerta –dijo Lin señalando la luminosidad ultravioleta– es un detector de movimiento y calor que revela cualquier cuerpo que lo traspasa, incluso delataría a un pequeño insecto que tuviera el infortunio de atravesarlo, porque lo destruiría al instante, además, pondría en funcionamiento una alarma sonora más irritante y potente que el horripilante silbido que avisaba a los civiles de un ataque aéreo durante una guerra.

Daniel abrió los ojos como platos y ella esperó unos segundos antes de proseguir—:

» Con las personas es diferente, sólo les da una descarga eléctrica que las deja inconscientes durante varios minutos. Los suficientes como para que los de seguridad, que antes de inutilizarlo ya la habrían visto por los monitores, ¡hola camaradas! –saludó Lin alzando la mano de manera imprecisa– Ya lo hayan maniatado y llevado a la sala de interrogatorios… y le aseguro que nuestros profesionales sonsacan los secretos a la vieja usanza: mejor no enfadarlos. Bueno, cambiemos de tema y volvamos al central. Como verá, aquí –dijo señalando un pequeño saliente– hay un artilugio numérico donde tecleará su clave a diario.

Sin problemas.

Lin lo miró con desdén y le entregó un segundo sobre de la carpeta añil que llevaba bajo el brazo derecho.

– Ábralo y memorice los ocho dígitos, después destruya la prueba como guste, yo lo hice lanzándola a través del círculo láser. Se deshizo al instante.

– De acuerdo.

Daniel sabe que está en un buen lío. Si el haz ultravioleta era un potente láser que destruía papeles y desintegraba mosquitos, era imposible que a las personas solo las atontara durante unos minutos. De pronto, supo que aquella mujer era sádica y malévola, pero hizo lo que le había dicho sin rechistar.

– Buen chico –puntualizó ella–. Ahora tecléelos y traspase el umbral.

Al hacerlo, el láser se desactivó inmediatamente.

– ¡Vaya!

¡Ah! Se me ha olvidado decirle que tan sólo puede pasar una persona por intento, si lo hicieran dos a la vez, aunque una de ellas hubiera introducido el código correcto, las alarmas saltarían –él la miró con recelo.

No pensará que somos unos asesinos, ¿verdad?

– No. ¿Debería?

– Tranquilo. Cuando traspasa los haces materia humana no la destruye, solo saltan las alarmas –él se quedó boquiabierto y con bastantes dudas.

– ¡Ahhh…!!!

– Ahora, haré lo propio y pasaré.

¡Dios! Parece una de esas instructoras a las que odias al instante de conocerlas, nada que ver con la bella Michelle Yeoh, pensó Daniel. Ella le echó una mirada luciferina.

– Veo que le gustan mis explicaciones. Es todo un alivio –concluyó jactándose. A Daniel le asqueó su soberbia, pero siguió como un corderillo todas sus instrucciones.

– Ahora, para abrir la férrea verja –le dijo mientras le entregaba una llave con mango triangular idéntica a la que pendía de su cuello— deberá abrir este sobre.

¿Otro?

Ella hizo caso omiso a su pregunta y le entregó la nota mientras le decía—:

– Descubra su clave y haga lo mismo que antes –indicó señalándole un teclado—. No se preocupe, aquí sí pueden pasar varias personas a la vez, siempre que estén dentro del registro de personas autorizadas, y nosotros los estamos. Nuestra memoria ofimática ha ido recopilando todos sus datos, hasta los más inverosímiles, desde que Oto Vanhaüsen nos comunicó su llegada.

La profesora Lin Yu Puen cerró la cancela y abrió un interruptor de luz. Otra pequeña bombilla de no más de 60 vatios iluminó escasamente un nuevo recibidor con un escenario idéntico a los anteriores y con la misma accesibilidad. Daniel seguía impasible, aunque por dentro le estaban entrando ganas de salir corriendo. Cada vez entendía menos a ese país de costumbres ancestrales fusionadas con los esnobismos más avanzados.

– Hemos llegado al último control –dijo Lin—. Y, además, solo quedan algunos datos para cumplimentar su ficha.

Seguro que han recopilado más detalles de mi fisiología que un vademécum farmacéutico, pensó.

– ¿Me está escuchando? –enfatizó Lin.

Por supuesto doctora Puen.

– Bien, porque debe entender todo cuanto le digo a la perfección. A partir de mañana, recorrerá el camino en solitario y si erra en alguno de sus códigos, ya sabe…

Le entregó un nuevo despacho igualmente precintado con otros ocho dígitos. Además, le explicó cómo debía colocarse para que el comprobante iridólogo captara su retina y la guardara en su memoria para la posteridad. Daniel ejecutó la maniobra rápido y solemne. Al instante, una voz hermética salió del exótico ingenio—:

– Buenos días Durán.

Él se quedó un poco perplejo y Lin, a su forma, lo socorrió—:

– Debe contestar a Khan para que proceda con el ceremonial.

– ¿Khan? ¿ceremonial?

– Khan es nuestro ordenador central. Al reconocer sus oceánicos iris, ha abierto los primeros resortes blindados, ahora deberá introducir el código alfanumérico que le acabo de entregar para que abra los restantes

Mis oceánicos iris… ¡vaya por Dios! Se ha percatado del color de mis ojos, creía que esta mujer sólo se preocupaba por desempeñar a la perfección su papel de oficial femenino de la Gestapo china, pensó.

» ¿A oído lo que le he dicho?

– Cómo no, se explica usted de maravilla doctora Puen.

– Hemos llegado al pasillo del archivo. Cuando se abra la puerta entre. De inmediato, se cerrará. Yo le seguiré.

– No será mejor que entre usted primero, doctora Puen.

– No. Dentro hay luz, no se preocupe.

– No lo digo por la oscuridad, no la temo. Lo digo…

– Aquí mando yo. Si no le gustan mis formas es su problema. ¿Algo que agregar?

– No.

– Pues proceda.

Daniel ejecutó la tarea con sigilosa precisión. La puerta se abrió y él la traspasó. Un segundo después, quedó aislado del exterior en un interminable y rectilíneo pasillo con innumerables puertas a ambos lados y tan amarillento como los anteriores. Las bombillas del siglo anterior, iluminaban el gusano hermético por el que caminaba como un cervatillo perdido y atrapado en un laberinto subterráneo.

Como la doctora Puen se demoró unos minutos y Daniel caminó un largo trecho por aquel corredor bilioso de innumerables puertas y galerías a ambos lados. En cada acceso –sin control aparente había un cartel rudimentario con un número romano junto con el nombre de la dinastía correspondiente. Se fijó que los dos primeros seguían el orden cronológico histórico. Así pues, la inicial correspondía a la dinastía que gobernó desde el 2.000 al 1.500 a.C. llamada Xia como el pictograma de la misma anunciaba: La segunda contenía el pictograma de la dinastía que reinó entre los años 1700–1027 a.C. llamada Shang y representada por el ideograma:

No tuvo tiempo de mirar mucho más, pero sabía que la dinastía de su idolatrado emperador Qi Shi Huang Ti había sido la séptima, por lo que no debía de andar demasiado lejos. Las que había mirado estaban enfrentadas –a unos veinte metros de la entrada— y separadas entre sí por un trecho considerable y un pasillo doble. ¿Quién sabía lo que le esperaba? Pensó antes de escuchar la voz de la doctora Lin—:

– Durán veo que está inspeccionando nuestro archivo secreto.

– A todo caso, habré examinado el pasaje exterior. No tenía ni la más remota idea de que había un archivo secreto… ni tan siquiera conocía la existencia de un lugar como este –resaltó Daniel abriendo mucho los ojos.

– No sea usted tan puntilloso, Durán.

– Cada uno es como es, doctora Puen.

– Eso es cierto. Ejem… –carraspeó— Debe saber que esta parte del museo es de alto secreto y nadie, excepto un puñado de personas, la conoce.

Daniel percibió un tono ligeramente más cercano, aunque la doctora Lin Yu Puen siguió erguida y con un mutismo aterrador por el pasadizo vertebrado. Él, en pos de esa estatua silente y diamantina, miraba las portezuelas y los tentáculos que pasaban de largo, haciéndose miles de cábalas al ver que sus previsiones eran inexactas. Habían recorrido la mayor parte del espinazo de aquel extraño lugar e incluso traspasado el umbral de la dinastía Tang que gobernó entre 618–907 d.C. y ni rastro de los Qing. De improviso, cuando iban a toparse de bruces con el muro final, ella torció hacia la derecha en un giro de noventa grados perfecto, y allí, a pocos metros de la bifurcación, una única puerta con las grafías de los Qing: 大清

– Ahí la tiene, Durán: la dinastía Qing. Absolutamente todos los documentos y algunos objetos… de su admirado Qi Shi Huang Ti, están detrás de esa puerta. ¡Ah! Y no se preocupe, no tiene controles: es una puerta normal y corriente.

Lin giró sobre sus talones e hizo ademán de marcharse.

– Pero… ¡doctora Puen¡

– ¿Ahora qué quiere?

– No irá a dejarme aquí, sin más, ¿verdad?

– Pues sí. Ya es mayorcito para valerse por sí solo, además, está lo suficientemente capacitado como para seguir sin mí.

– Oiga, ¿cuánto tiempo puedo quedarme? ¿Y cómo puedo salir…?

– Encontrará una serie de documentos Confidenciales que le indicarán el camino a seguir en sus investigaciones. Recuerde que solo un puñado de personas conocen su existencia y usted, dentro de poco, estará entre ellas.

– Me está diciendo que no se han dado a conocer a la comunidad científica.

– Exacto.

– ¿Y por qué? Eso es…

– No diga nada de lo que pueda arrepentirse –indicó levantando el dedo para que se callara—. Como bien ha dicho, cada uno es como es. Del mismo modo, cada país hace y deshace dentro de su jurisdicción como le viene en gana, debería saberlo.

– De acuerdo, hagamos las paces. Creo que no hemos comenzado con buen pie –dijo Daniel en un intento de acercamiento.

– No sé a qué se refiere. He actuado cómo lo hago siempre, y por supuesto, no voy a tener ninguna deferencia con usted, aunque sea el pupilo de un colega.

– No lo pretendo, pero creo que esto es injusto. Sólo me ha enseñado cómo llegar hasta aquí y… ¿ahora qué?

– Ahora se las arreglará usted solito, a no ser que quiera la compañía de Chen. Es lo máximo que puedo ofrecerle.

– ¿Cómo?

– Lo que se esconde detrás de esa insignificante portezuela de madera, son legajos encontrados en diferentes fosas del mausoleo del emperador. Los arqueólogos los descubrieron hace años, pero nadie se ha molestado en estudiarlos: hay demasiados. Chen, anduvo el año pasado revoloteando entre el polvo.

– De momento prefiero quedarme solo, gracias.

Entonces, ¿qué quiere?

– Vale, no se enfade doctora Puen.

– Puede estar el tiempo que desee, siempre que mantenga el horario del funcionariado. Eso quiere decir que puede llegar a las seis de la mañana y quedarse hasta las cinco menos diez de la tarde. Durante el resto de la jornada no puede entrar, ni tan siquiera permanecer en el Museo: está cerrado. Deberá recopilar la información a las horas convenidas. Tiene mucho material para elegir, puede hacer un doctorado de cada una de las costumbres de Qi Shi Huang. Para iluminar la cámara deberá palpar el interruptor una vez abra la puerta, está a la izquierda, muy fácil de localizar; y para salir, tiene que realizar las mismas operaciones que para entrar, pero a la inversa. Como buen historiador y antropólogo, debe de haberse fijado que cada sección tiene un reverso idéntico. ¡Ah! En su tiempo libre puede desplazarse a dónde quiera, siempre acompañado de mi querido Chen.

– ¿Cómo?

– Chen será su sombra cuando no esté en su apartamento o trabajando. Ya sabe que puede ayudarle.

– Ya.

– A Xian viajará dentro de tres meses, claro como especialista. Si desea ir antes, Chen le acompañará, pero sólo podrá visitar lo que recorran los turistas, ni más ni menos.

– De acuerdo.

– ¿Tiene alguna duda o alguna pregunta más, Durán?

– No doctora Puen, me ha quedado todo muy claro. Gracias por su amabilidad –concluyó con retintín.

– Si me necesita para algo relacionado con nuestro gran emperador, lo ayudaré en lo que pueda, aunque no sea mi especialidad. Búsqueme en mi despacho, quizás me encuentre. ¡Ay, qué tonta soy! No le he dado el móvil.

– Tengo móvil, gracias.

– Lo imagino, pero seguro que aquí no funciona. Este, aunque sea un Sharp antiguo, sí. Está rectificado por nuestros expertos, es una joya.

– Me lo creo –dijo Daniel recapitulando la tecnología que había visto y sin dudar ni un instante que dicho aparato estará pinchado–. Gracias, señora. Perdón, quiero decir doctora Puen.

– Hasta luego, Durán. Hoy, por ser el primer día, vendré personalmente a recogerle. ¿A qué hora desea que pase a buscarle? –Daniel miró su Samsung E700 y lo toqueteó, percatándose de que solo funcionaba el reloj: eran las ocho y doce minutos de la mañana.

– A las cinco menos diez, doctora Puen –contestó con sarcasmo–. Gracias.

– No hay de qué –dijo Lin antes de girar y desaparecer por el pasillo.

 


Una vez solo, Daniel Durán se quedó varios minutos cavilando, sin moverse, sin pensar, mirando la puerta cuyo letrero sin número mostraba la soberanía de Qin Shi Huang Ti.

Desde una habitación cercana al despacho de Lin, un hombre enjuto y uniformado observaba detenidamente los doce ordenadores que tenía encendidos y conectados al archivo secreto del museo. Exhaló varias veces el humo de su cigarrillo y el ambiente viciado de ese cuchitril desde el que vigilaba, quedó turbio y oscuro. Segundos, más tarde, su mano, nudosa y de uñas amarillentas, descolgó el auricular de un vetusto teléfono y marcó un número—:

– ¿Diga? –preguntó una voz tenebrosa.

– El pájaro está en el nido –contestó él.

– Lo comunicaré de inmediato al alto mando.

– Adiós.

– Adiós.

 Seguirá …


@Anna Genovés

Viernes siete de mayo de 2021

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