Un orujo por favor
Diluido en alcohol, el hombre mira a la mujer de enfrente…
Prietas sus carnes de abundancias generosas; labios voluptuosos y
caderas generosas. No sabe que podría ser suya por bien poco. Es una mujer de
esas que se venden a todos.
Empapado en orujo y whisky, la ve envuelta en terciopelos finos y
cachemires de buen ver... cuando sus mallas, casi transparentes, las ha comprando
en los chinos de todo a diez y su suéter en Saldos
de segunda mano para ella y para él.
Su cabello, es dorado como el oro barato de un negro que garabatea un
Picasso de la etapa de Isidre Nonell. Pero él lo ve hermoso, esponjoso y brillante;
lavado con champú Kerastase y acicalado con Bylgari de Té. No sabe, el bueno
del caballero, que aclaró su melena con gel marca blanca y que utilizó como
perfume una colonia imitación a Chanel nº 6.
La cortesana es un arma de doble filo para hombres con presbicia y cabellos
exiguos; ríe, picarona, y entre sus dientes asoman varios huecos. Él ni los ve.
Sonrisa espléndida para una mujer de bien –piensa.
Y así, entre miradas y contoneos, salen cogidos del brazo y se van a un
lugar secreto. Él piensa que están en una suite del Ritz, cuando es un
cuartucho de alquiler.
La hembra va directa al grano, se desnuda entre sortilegios y engaños que
el hombre transforma en sinuosas caricias y ternura por doquier.
¡Ay! Pero en el momento álgido del encuentro furtivo, la mujer gime de
placer mientras el hombre, pistola en mano, tiene un gatillazo que lo deja
fundido. Ella se
consuela con un artilugio de látex. Él ni mira lo que hace. Y seguido, se toma
otro orujo con miel.
La niñez, la juventud, la madurez y lo que viene después...
©Anna
Genovés
2012
