La boca que recuerda

 








LA BOCA QUE RECUERDA

 


 

La zozobra las hace caer una y otra vez. Nadie sabe si se refiere a seguir aquí o a seguir viva, pero la pregunta queda suspendida como una grieta que no termina de cerrarse. Él siempre supo cuáles eran sus gustos. Siempre fue él. Y quienes la hicieron morir usaron magia negra. Ella repasa los recuerdos con voracidad, como si cada uno fuera un fragmento de sí misma que aún pudiera salvar.

 

Los castillos que recuerda son similares a los antiguos, pero invertidos: hundidos en la tierra, como si el mundo hubiera decidido darse la vuelta. Cuando llegue el momento, será el primero en descubrirlo. Volviendo a ella, imaginó que era un animal por sus respuestas físicas y por cómo protegía a su pareja. «Hay demasiados asuntos sueltos —le dijeron—, pero el rompecabezas acabará encajando. Piensa». En un mundo tan anclado en el pasado, las historias buenas no tienen espacio.

 

El instante llega cuando recibe un mensaje interno. Está acostumbrada a hablar mientras se pierde entre sus rastreos de libros.

 

—¿Sigues dudando?

—No lo sé.

—Entonces escucha.

 

No hay palabras, solo una firma. Lo que realmente querían introducir era una nueva pócima. El mensajero asegura venir enviado por un custodio, pero ambos saben que es un farsante.

 

—¿Qué dice el mensaje?

—No te va a gustar.

—Dímelo igual.

—Dice que no estamos solos. Y que alguien ha vuelto.

 

Ella sospecha que se refiere a su regreso. Quizá, en el camino, imaginó cómo sería vivir sin tener que viajar a parajes peligrosos.

 

La mitad de los nacimientos del clan se produjo gracias a rituales con animales reproductores. Ni siquiera las brujas pudieron abrir o cerrar los portales del castillo al que fueron llevados. Era el inicio de una aventura destinada a revelar secretos antiguos. Para ellos, el mundo exterior es una distopía creada por un linaje de brujería terrestre. Creen ser descendientes de una tribu perdida. Intentaron comunicarse con ellos, pero el resultado fue siempre negativo.

 

No porque dudaran de lo que ella podía ser, sino porque alguien debía encontrarla. Si no hubiera existido el programa MUJER Y BRUJA, jamás habría regresado. Nunca imaginó que el artífice de la trama fuera quien menos esperaba. Ella lo sabe; se le nota solo con mirarla. Pero él no dice nada. Es el protector supremo, el que se enfundó piel humana para defender a su gente de la magia exterior. Nada cambiará eso.

 

Viajó por todos los yacimientos conocidos buscando una réplica exacta. Pero él las destruía. Antes intentó aparearlos con un vidente y otros humanos. Lo consiguió, pero los bebés nacían muertos. Cuando él se rebeló para enmendar los errores, el antiguo líder perdió la razón.

 

Ella debe discernir entre lo que pudo haber sido y lo que jamás sucederá. Recordar el momento en que descuajaron una de sus obras maestras. La licencia estaba en un pergamino antiguo hallado en un yacimiento. Él necesitaba que regresara a la excavación. Ese fue el verdadero motivo por el que la hizo venir.

 

A la sombra, como un ermitaño urbano llegado de tierras lejanas, quizá del comercio ilegal de maquinaria pesada, sobrevivía como podía.

 

Las guerras tribales estallaron por creencias religiosas. Los países se alinearon. Hasta que los ateos se inclinaron por la religión del dinero. Las guerras solo traen muerte. Y la muerte puede venir de cualquier arma.

 

—Incluidas las biológicas —dijo alguien.

—Dijeron que era un cambio de estación. Y lo fue. Pero provocado.

—Los científicos siguieron cosechando nubes.

—Y el fruto no fue magia, sino mal.

—Cuando quisieron reaccionar, ya era tarde.

—El agujero estaba en el dique.

 

El rascacielos tiene tres niveles conectados por escaleras y un ascensor adaptado. La bobina del telefilm avanza y otra ciudad cae igual que la anterior. Los gobernantes actúan como siempre: inventan holocaustos, guerras, estrategias que solo sirven para justificar su propia existencia. La población, agotada, observa las imágenes como si fueran parte de un ritual antiguo que ya no conmueve a nadie.

 

Ella, sin embargo, no aparta la vista. No porque crea en la verdad del telefilm, sino porque reconoce un patrón. Las ciudades no caen al azar. Caen siguiendo la forma exacta del rascacielos: una boca abierta, un óvalo perfecto que se repite en cada derrumbe. Como si alguien estuviera copiando la arquitectura para convertirla en método de destrucción.

 

Desciende al segundo nivel. El ascensor vibra como si tuviera memoria propia. Allí encuentra los restos de la sala de proyecciones: pantallas rotas, cables expuestos, un olor metálico que no debería estar ahí. En el centro, un dispositivo aún encendido proyecta una frase intermitente:

 

LA BOCA RECUERDA.

 

Ella entiende entonces que no es un mensaje para la población, sino para ella. Para quienes, como ella, han visto antes esa forma en los yacimientos, en los castillos invertidos, en los cilindros desaparecidos. La boca no es metáfora. Es un mecanismo.

 

En el tercer nivel, el más alto, el aire es más frío. Las paredes están cubiertas de marcas circulares, como si alguien hubiera intentado abrir un portal desde dentro. No hay nadie, salvo un cuaderno abandonado sobre una mesa metálica. Lo abre.

 

Dentro, solo una frase escrita a mano:

 

“Si la ciudad cae, no es por lo que hicieron ellos.

Es por lo que recordamos nosotros.”

 

Ella cierra el cuaderno. Comprende. Las ciudades no están siendo destruidas: están siendo despertadas. Cada derrumbe revela la estructura original que siempre estuvo debajo, oculta por siglos de manipulación política y magia mal entendida.

 

El rascacielos tiembla. No por un ataque, sino porque está respondiendo a algo que ella ha activado sin querer: su presencia, su memoria, su regreso.

 

La cúpula superior se abre como una flor mecánica. Bajo ella, la ciudad entera parece respirar. No hay fuego, ni explosiones, ni gritos. Solo un silencio profundo, como si el mundo estuviera esperando una decisión.

 

Ella da un paso adelante.

 

Y la boca —la verdadera, la que ha sido imitada en piedra, metal y ruinas— se ilumina bajo sus pies. No para devorarla, sino para reconocerla.

 

Por primera vez en siglos, la estructura habla sin palabras:

 

“Ahora sí. Continúa.”

 

Y la ciudad, en lugar de caer, se eleva unos centímetros. Lo suficiente para que todos entiendan que la historia no se repite: cambia de manos.

 

Escrito por Anna Genovés

El 1 de febrero de 2026

 

Confesión editorial:

Este relato es una versión nueva del anterior: El retablo de los Aghori. Creado a partir de los retales incongruentes que he ido acumulando de distintos relatos y novelas.

Mi propósito es claro: explorar cómo mi cerebro puede dar rienda suelta a su imaginación a partir de las mismas palabras.

La boca que recuerda, es la mutación del anterior.

Gracias por leer y acompañarme en este blog que tiene quince años  de existencia.

 

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