El Retablo de los Aghori
En el corazón de una
metrópolis que agoniza bajo el peso de su propia avaricia, se alza un
rascacielos de cincuenta y seis metros. No es una torre de cristal al uso; es
una estructura ovoide, una boca dentada de hormigón con un perímetro de
doscientos cincuenta metros que parece querer engullir el cielo. En su
interior, el lujo se mezcla con la necesidad: ascensores adaptados con braille
y rampas de cota cero conviven con el chirrido de poleas remendadas, piezas de
elevadores "tuneados" que suben y bajan como el pulso de un enfermo.
Pero la verdadera historia no
está en la altura, sino en lo que hay debajo: castillos invertidos, clavados en
las profundidades terrestres como raíces venenosas.
Ónix contemplaba el derrumbe
de la fachada posterior desde la seguridad de las balconadas redondeadas. Sabía
que el mundo exterior se había convertido en un "telefilm" de
catástrofes provocadas. Los científicos, en su soberbia, cosecharon nubes y
solo obtuvieron un mal endémico; las guerras habían diezmado a la
población, dejando un rastro de "corderitos" hedonistas y ciudades
que caían una tras otra.
—¿Dudas? —la voz de Mirian
llegó a través de un mensaje interno, rompiendo su trance. —¿Tú qué crees?
—respondió Ónix, sintiendo el frío del vudú en la nuca. —Vale, me callo.
El mensaje era una advertencia
de Sutra, el custodio malnacido. Hablaba de los Aghori, una estirpe de la India
que, en el siglo XX, se refugió en el subsuelo. Su líder, el Aghori Supremo,
era un ser oscuro que se había enfundado la piel humana de sus trofeos
para caminar entre nosotros. Durante años, intentaron cruzar su linaje con
videntes y humanos en excavaciones arqueológicas secretas, pero la tierra
escupía los resultados: los bebés nacían muertos, malformados por la magia
exterior.
La zozobra los hacía caer una
y otra vez, empero, la obsesión de Ashuka por enmendar el pasado los trajo de
vuelta al yacimiento. No buscaban oro, sino la licencia de un pergamino antiguo
que permitiera a los patógenos crecer de forma distinta, sanando a los
malnacidos.
De pronto, un rumor eléctrico
recorrió el enclave. Adan, siempre prudente y distante, activó la alerta
máxima. En el pórtico de la iglesia de Santa María Magdalena de Getafe, la
realidad se había rasgado. Una mujer de porte aristocrático acababa de emerger
directamente del retablo bíblico, cruzando el arco que conectaba los pasadizos
nocturnos con el presente. No era una intrusa cualquiera; era una pieza del
rompecabezas que Mistral, la bruja silenciosa, ya había previsto.
El rascacielos gimió. El ruido
ensordecedor del hormigón cediendo fue la señal de que el tiempo de los
experimentos había terminado. Mientras los gobernantes inventaban holocaustos
para distraer a las mentes lentas, las células durmientes de los Saturnales de
Madrid despertaban de su letargo.
Ónix cerró los ojos. Sabía que
debía discernir entre lo que pudo haber sido y lo que jamás sucederá. El mundo
anclado en el pasado no permitía historias buenas, solo supervivencias amargas.
Pero mientras el edificio ardía y el Aghori Supremo observaba desde las sombras
como un hikikomori milenario, ella comprendió que el verdadero agujero no
estaba en el rascacielos, sino en el dique de contención de la propia
humanidad.
Escrito por Anna Genovés con la revisión
ortográfica y la imagen de Gemini.
"Nota del autor: Los Aghori son una orden real de
ascetas hindúes conocidos por sus rituales en campos de cremación y su búsqueda
de la iluminación a través de lo que la sociedad considera tabú. En este
relato, su misticismo se funde con la distopía urbana."
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