Doce libros para
revisar una y otra vez
Estoy desaparecida de las redes porque estoy revisando una novela (sí, la del post con mi foto), pero no quiero que este rincón parezca un solar abandonado. Así que rescato una entrada antigua escrita en un momento muy distinto al de ahora. Entonces atravesaba una sequía literaria; hoy, por suerte, la sequía es digital. En el teclado llueve a mares.
En su día solía compartir un resumen de mis últimas lecturas y una reseña del libro que más me había marcado. Hoy recupero aquella lista porque sigue siendo valiosa: doce obras que siguen latiendo, doce libros que recomendaría a cualquier lector que llegue nuevo a este espacio.
Lo dicho… Doce libros para revisar una y otra vez
1. Soy leyenda, de Richard Matheson.
Si
sois adictos a la ciencia ficción y aún no lo habéis leído… ¡ya tardáis!
Mientras lo examinaba, rememoraba las imágenes de su adaptación a la pantalla
grande: El último hombre vivo. Un Charlton Heston encarnando al solitario e
insensible Robert Neville invadía mi memoria. Muy recomendable.
2. Red Riding Quartet, de David Peace.
Brutal.
Una crónica periodística en la que se incluyen los asesinatos del Destripador
de Yorkshire. Pese a tener una base real, personajes y trama son ficticios. El
autor recorre el submundo de la corrupción policial, el crimen organizado y
diversos asesinatos envueltos en la pedofilia de forma magistral. Muy
recomendable.
3. Hannibal: el origen del mal, de Thomas Harris.
Si
todavía no conoces el horror en su versión más poética, no olvides degustar
estas páginas. Harris escribe con una pluma ágil y majestuosa, de adjetivación
precisa y un preciosismo insuperable. Te atrapa desde la primera línea. Dudo
que la monstruosidad pueda describirse con mayor delicadeza. Caerás rendido a
sus pies como un esclavo ante el látigo de su dueño. Obra maestra.
4. Llamada para el muerto, de John le Carré.
Como
todas las del autor, entretiene sin necesidad de devanarse los sesos. Es la
primera aparición de uno de sus personajes emblemáticos: George Smiley —agente
del MI6—. Con una estilográfica dinámica y toques de ese humor tan British, te
hará pasar un buen rato de principio a fin. Recomendable.
5. Llenos de vida, de John Fante.
¡Ufff…!
Nada que ver con las anteriores, pero… ¡qué bien escribía! Una pequeña
autobiografía en la que recrea la agradable/horrenda vida que llevaba en la
década de los 50 como parte de la clase media americana. Te transmite esa gran
mentira del sueño americano que, generación tras generación, han intentado
hacerte creer. Recomendable.
6. Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides.
Magistral. Un auténtico drama que te subyuga desde la primera
línea. Maravillosamente llevada al cine por Sofía Coppola, narra la trágica
vida de una familia de clase media americana compuesta por un quinteto de
adolescentes y unos padres anticuados e intransigentes que empujan a sus cinco
hijas —preciosas hadas de nacarada piel y ojos dulzones— a consumar una serie
de teatrales suicidios. Actual y, desde mi punto de vista, de lectura obligada
para los padres. Obra maestra.
7. Crímenes bestiales, de Patricia Highsmith.
De
plumaje impecable, la autora manifiesta su malestar ante la injusticia y las
relaciones humanas. La fórmula que emplea Highsmith es muy original: los
animales de compañía se rebelan contra sus amos, evidenciando el paralelismo
entre las clases sometidas y los opresores. Un tema social interesante, aunque
no ha llegado a sorprenderme como esperaba. Lejos de El talento de Mr. Ripley u
otras novelas de la autora. No he conectado con el libro.
8. Los reyes del cool, de Don Winslow.
Muy
Tarantino. Un jugoso batido entre Pulp Fiction y Kalifornia. El ascenso al
imperio del narcotráfico de tres amigos: un pacifista, un marine y O, la amante
de ambos. Contemporánea y trepidante, te muestra cómo el simple cultivo de
maría puede llevarte a la cima del poder. También habla de la piña que te pegas
cuando la cumbre se derrumba bajo tus pies. Muy recomendable.
9. Cuentos paralelos —versión original y completa—, de Isaac Asimov.
Si algo me ha enseñado esta novela, además
de pasármelo pipa leyéndola, es que los errores ortotipográficos no deben
menospreciar nuestro trabajo. Porque, tal como él indica: “Errar es de humanos
y si una obra vale, vale con errores y sin ellos”. Este libro tiene tantos
fallos como genialidades. Asimov era engreído y no se cortaba en decirlo; del
mismo modo, su ingenio queda patente en cada una de sus palabras. Muy
recomendable.
10. La dama del lago, de Raymond Chandler.
Una
de tantas novelas entretenidas y bien escritas del fantástico genio del noir a
la antigua. De por medio, su mítico detective: el entrañable Philip Marlowe. Un
caso de desaparición que encierra femmes fatales y crímenes insospechados que
se agradecen desde el inicio. Entretiene, te hace sonreír y te gusta.
Recomendable.
11.
Morfina,
de Mijaíl Bulgákov.Un
relato tan imprescindible como sui generis que te transporta al mundo de los
efectos secundarios de los morfinómanos, hasta el punto de que, en algún
momento de la lectura, deseas introducirte un chute malévolo de amapola para
experimentar en tus propias carnes esas alucinaciones tan apetitosas como
mortíferas. Adictiva. Muy recomendable.
12. Gomorra, de Roberto Saviano.
El
estilo punzante, real y, en ocasiones, hasta poético, convierte la novela en la
joya de la corona, aunque para ello debas pasearte por el fango más escabroso
de la sociedad. Saviano juega con sus emociones de amor/odio hacia la tierra —e
incluso hacia los amigos que lo vieron crecer—; esos sentimientos funcionan
como una marca de agua en todas las páginas. A veces, la lectura es tan densa
que llega a asfixiarte. Las palabras cobran vida y te envuelven en su mortífera
túnica.
Gomorra
no es una crónica periodística ni un simple ensayo sobre la Camorra napolitana
y cartesiana; dueña y señora de uno de los barrios más peligrosos de Europa,
Secondigliano. Es una Biblia con versos ensangrentados de todos y cada uno de
sus miembros: familiares, conocidos, amigos de los conocidos, conocidos de los
conocidos… Los habitantes de Nápoles y alrededores llevan una cruz que los
marca y los encadena al Sistema hasta que la Muerte los arrastra; sea bajo un
árbol cuyas raíces tapizadas de cadáveres afloran, o troceados por irse de la
lengua.
Reconozco
que, antes de leerla, era fan de la serie y del film homónimos. Esperaba que la
novela fuera un fiel retrato de una de ellas o, quizá, un cóctel entre ambas.
Nada más lejos de la realidad. Me di cuenta de inmediato.
El
manuscrito empieza y termina con el comercio. Por un lado, la mercancía fresca:
relojes, ordenadores, ropa de alta costura de los mejores modistos italianos… y
un largo etcétera, almacenado en lujosos palacetes reconvertidos en naves
industriales e introducido en contenedores que se mueven por el globo terráqueo
como pacíficos arcángeles. Por el otro, el comercio muerto: auténticas Parcas
que degüellan a quienes se interponen; me refiero a los residuos tóxicos y
químicos que siembran el subsuelo de gran parte de nuestro querido y podrido
planeta azul. Cosas de la globalización: los boss de la Camorra compran y
venden de todo, incluso tierras en el culo del mundo para enterrar la
putrefacción de sus negocios.
El
autor detalla tan esmeradamente cada suceso que el lector puede convulsionar
tras la lectura. No hay calificativo que explique cómo me sentía mientras
avanzaba por sus páginas: las mayores atrocidades del ser humano tomaban forma.
No era ficción, sino la cruda realidad. Sin embargo, este efecto puede ser
contraproducente. Al tener descripciones tan generosas y precisas, hay páginas
prescindibles y otras cuya grandilocuencia, además de sorprenderte, te sacuden
con una fuerza superior a los devastadores tsunamis que zarandean
constantemente Indonesia.
Tras
ese fragmento —tan quirúrgico, tan brutal en su exactitud— solo puedo reafirmar
que Gomorra es un libro hipnótico y minuciosamente argumentado, en el que el
autor conjuga la expansión de la Camorra de los clanes napolitanos y
cartesianos —o El Sistema, nombre que actualmente reemplaza al clásico Crimen
Organizado— con su política económico‑financiera.
Me
atrevo a decir que es irrepetible. ¿Quién mejor que Saviano, criado y partícipe
de la misma en sus años mozos, podría describir tan escrupulosamente los
horrores del Sistema? Nadie. En cierta medida, es una obra autobiográfica
escrita en primera persona, en la que el autor nos descubre los vericuetos y
las atrocidades que estrangulan a los habitantes de la zona. ¡Qué digo de la
zona! Del mundo. Después de leer este documento, te sientes como una oruga que
puede ser aplastada en cualquier momento por un puñado de mocosos de gatillo
fácil y Kaláshnikov al hombro.
Saviano
no habla de lo que todos sabemos acerca de la Mafia: tráfico de drogas,
prostitución, armas… Nos muestra con bravura un sistema perfectamente encajado,
cuyos engranajes tienen aduanas, derechos de pernada y un reguero interminable
de cadáveres sanguinolentos. El aceite que suaviza la monstruosa máquina es la
sangre de los innumerables reventados que se cobra, ya sea por balas o
cuchillos, por picadoras o toneladas de cal viva. Nadie está libre de pecado y
se comercia con TODO. Sí, TODO en mayúsculas: industria textil, calzado,
cadenas hoteleras y/o de alimentación, peluquerías, salones de belleza,
restaurantes, electrónica, construcción, desperdicios, basura, órganos,
personas. Hasta el quiosco del inválido de turno tiene un hueco en los
tentáculos del Sistema.
Fragmento original de la novela:
…”
El riesgo de perder dinero no era comparable al beneficio obtenido, sobre todo
si se comparaba con los intereses que habrían recibido si hubieran depositado
el dinero en el banco. Los únicos inconvenientes eran de tipo organizativo:
menudo hacían guardar los panes de coca a los pequeños inversores a fin de que
no estuvieran almacenados siempre en el mismo sitio y de que resultara
prácticamente imposible confiscarlos. Los clanes camorristas habían logrado
ampliar así la circulación de capitales para invertir, implicando también a una
pequeña burguesía alejada de los mecanismos delictivos, pero harta de confiar
sus propios fondos a los bancos. Habían transformado, asimismo, la distribución
al por menor. Los Nuvoletta‑Polverino
convirtieron las peluquerías
y los centros de bronceado en los nuevos minoristas de la coca. Los beneficios
del narcotráfico eran
reinvertidos después, a través de algunos testaferros, en la adquisición de pisos, hoteles, participaciones en
sociedades de servicios, colegios privados e incluso galerías de arte.” …
…Solo
puedo concluir que Saviano disecciona el Sistema con una precisión quirúrgica
que roza lo insoportable. Su mirada es tan detallada, tan generosa en datos y
tan despiadada en sus descripciones, que a veces el lector necesita detenerse
para respirar. Hay páginas prescindibles, sí, pero otras cuya grandilocuencia
te sacude con una fuerza superior a los tsunamis que arrasan Indonesia. Y aun
así, sigues leyendo, porque apartar la vista sería una forma de complicidad.
Desde mi humilde opinión, Saviano nos la ha
jugado a todos. No escribió la obra y, casualidades de la vida, después le
compraron los derechos para la pantalla grande o la caja tonta; no. La novela
fue concebida para tales menesteres. De ahí su interminable crónica de datos y
fechas, como la eterna lista de los reyes aqueménidas. Y… ¿cómo no? La
aparición de ese personaje ficticio —e hilo conductor del serial— llamado Ciro
Di Marzio; alter ego del autor. Lo bautiza con el sobrenombre de L’immortale
sabiendo que su obra pasaría a la posteridad como el Nuevo o Viejo Testamento.
¿Por qué? Porque el Sistema nunca morirá. O quizá porque, del mismo modo que los
Evangelios y su tocaya bíblica —tan distante en el tiempo y tan cercana en
pecaminosidad—, la Gomorra de Saviano puede pasar de mano en mano y convertirse
en una obra infinita.
Fragmento
original de la novela:
…”
Al convertirse en un auténtico toxicómano el dinero nunca le llegaba, de modo
que su camello le aconsejó que probara a vender en Mondragone, una ciudad sin
mercado de droga. Aceptó, y empezó a vender delante del bar Domizia, hallando
una clientela capaz de hacerle ganar en diez horas de trabajo lo que ganaba en
seis meses como porquero. Bastó con una llamada telefónica del propietario del
bar, hecha como se hace siempre por estos pagos, para que cesara la actividad.
Se llama a un amigo, que llama a su primo, que se lo explica a su compadre, que
le da la noticia a quien tiene que dársela. Un pasaje del que solo se conocen
el punto inicial y final. A los pocos días, los hombres de los La Torre, los
autoproclamados GAD, fueron directamente a su casa. Para evitar que se escapara
entre los cerdos y las búfalas, y obligarles, de ese modo, a perseguirle a
través del fango y de la mierda, llamaron al timbre de su cuchitril haciéndose
pasar por policías. Lo metieron en un coche y se pusieron en marcha. Pero el
coche no tomó la dirección de la comisaría. En cuanto Hassa Fajry comprendió
que le iban a matar tuvo una extraña reacción alérgica. Como si el miedo
hubiera desencadenado un shock anafiláctico, su cuerpo empezó a hincharse;
parecía que alguien le estuviera insuflando aire violentamente. El mismo
Augusto La Torre, al relatar lo sucedido a los jueces, se mostraría aterrado
ante aquella metamorfosis: los ojos del egipcio se hicieron minúsculos, como si
el cráneo los estuviera aspirando, por sus poros emanaba un sudor denso, como
de miel, y por la boca le salía una baba que parecía requesón. Lo mataron entre
ocho, pero solo fueron siete los que dispararon. Un arrepentido, Mario
Sperlongano, declararía posteriormente: —Me parecía algo por completo inútil y
estúpido disparar a un cuerpo sin vida. Sin embargo, siempre era así.
Augusto
estaba como ebrio de su nombre, del símbolo de su nombre. Detrás de él, detrás
de cada una de sus acciones, tenían que estar todos sus legionarios, los
legionarios de la Camorra. Homicidios que podían haberse resuelto con muy pocos
ejecutores —uno o, como máximo, dos— eran realizados, en cambio, por todos sus
hombres de confianza.” …
Cuando
acabé Gomorra estaba exhausta. Siempre he querido triunfar escribiendo y
llevarme unos buenos cuartos por ello, y si digo lo contrario o me callo,
miento. Pero no me gustaría estar en la piel de Saviano. Nunca cambiaría
libertad por dinero.
Amarás
u odiarás Gomorra, pero jamás la olvidarás. De lectura imprescindible para
quienes tengan agallas.
Escrito por Anna Genovés
Revisado el catorce de febrero de 2026
*Nota: Revisión ortotipográfica realizada con Copilot. Los collages también han sido creados con Copilot a partir de las portadas seleccionadas. Gracias por leerme.
#annagenoves #Lecturas #Libros #Reseñas #Bookstagram #Literatura #Noir #CienciaFicción #Clásicos #Narrativa #Crónica #BlogLiterario #Recomendaciones #Lectores #Escritura #Edición #Ortografía #Copilot #VisualStorytelling #Collage #Gomorra #Saviano #Cultura #LibrosQueAmo #BibliotecaPersonal

