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Tocamientos intelectuales


Ha llegado a mis manos un artículo publicado hace tiempo, puede que vosotros lo hayáis leído de antemano, que me ha dejado traspuesta después de examinarlo de ‘pe a pa’ e investigar sobre el asunto…

En Google podéis encontrarlo con diferente rotulación y pareceres –según el periodista o la revista que le haya dado forma.

Un desagradable episodio sobre Pablo Neruda en el que se afirma que violó a una joven nativa para más tarde revelarlo en sus memorias: Confieso que he vivido. Y que muchas personas, tergiversando las palabras, conocen como Confieso que he violado.


No se debe pasar por alto, ni de él ni de nadie, cuando existe violencia machista de por medio. Si bien, tampoco debemos juzgar el pasado con los ojos del presente. Por este motivo, os invito a leer estos dos artículos de entre todos los que he ojeado. El primero escrito por una feminista. El segundo por Luna Miguel; una periodista bastante objetiva.

Desde mi humilde punto de vista, lo terrible es que actualmente sigan sucediendo asuntos parejos. Nadie, por mucho poder que tenga o muy estrellita que sea, tiene derecho de pernada cuando la mujer se niegue a tener sexo.

En la revista Play Ground,  Luna Miguel muestra una crónica objetiva y con conocimiento de causa. Recomiendo su lectura: ¿Por qué sí es importante hablar de la violación de Pablo Neruda?


En el lado opuesto, la revista CLTRACLCTVA, con un producto titulado: El día que Pablo Neruda violó a una joven. Noticia escrita por Carolina Romero.


El párrafo en cuestión, extraído de la página 44 del libro Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, dice así:




SINGAPUR

…“La verdad es que la soledad de Colombo no sólo era pesada, sino letárgica. Tenía algunos escasos amigos en la calleja en que vivía. Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico. Mi cuerpo era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical. Mi amiga Patsy llegaba frecuentemente con algunas de sus compañeras, muchachas morenas y doradas, con sangre de Boers, de ingleses, de dravídicos. Se acostaban conmigo deportiva y desinteresadamente.

Una de ellas me ilustró sobre sus visitas a las hummerie. Así se llamaban los bungalós donde los grupos de jóvenes ingleses, pequeños empleados de tiendas y compañías, vivían en común para economizar alfileres y alimentos. Sin ningún cinismo, como algo natural, me contó la muchacha que en una ocasión había fornicado con catorce de ellos.

—¿Y cómo lo hiciste? —le pregunté.

—Estaba sola con ellos aquella noche y celebraban una fiesta. Pusieron un gramófono y yo bailaba unos pasos con cada uno, y nos perdíamos durante el baile en alguno de los dormitorios. Así quedaron todos contentos.

No era prostituta. Era más bien un producto colonial, una fruta cándida y generosa. Su cuento me impresionó y nunca tuve por ella sino simpatía. Mi solitario y aislado bungaló estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.

Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.

El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba. Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa. Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado.

Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

Un mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua.


Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.

Me costó trabajo leer el cablegrama. El Ministerio de Relaciones Exteriores me comunicaba un nuevo nombramiento. Dejaba yo de ser cónsul en Colombo para desempeñar idénticas funciones en Singapur y Batavia. Esto me ascendía del primer círculo de la pobreza para hacerme ingresar en el segundo. En Colombo tenía derecho a retener (si entraban) la suma de ciento sesenta y seis dólares con sesenta y seis centavos. Ahora, siendo cónsul en dos colonias a la vez, podría retener (si entraban) dos veces ciento sesenta y seis dólares con sesenta y seis centavos, es decir, la suma de trescientos treinta y tres dólares con treinta y dos centavos (si entraban). Lo cual significaba, por de pronto, que dejaría de dormir en un catre de campaña. Mis aspiraciones materiales no eran excesivas. Pero ¿qué haría con Kiria, mi mangosta? ¿La regalaría a aquellos chicos irrespetuosos del barrio que ya no creían en su poder contra las serpientes? Ni pensarlo. La descuidarían, no la dejarían comer en la mesa como era su costumbre conmigo. ¿La soltaría en la selva para que volviera a su estado primitivo?

Jamás. Sin duda había perdido sus instintos de defensa y las aves de rapiña la devorarían sin advertencia previa. Por otra parte, ¿cómo llevarla conmigo? En el barco no aceptarían tan singular pasajero. Decidí entonces hacerme acompañar en mi viaje por Brampy, mi boy cingalés. Era un gasto de millonario y era igualmente una locura, porque iríamos hacia países —Malasia, Indonesia— cuyos idiomas desconocía Brampy totalmente. Pero la mangosta podría viajar de incógnito en el cafamaum del puente, desapercibida dentro de un canasto. Brampy la conocía tan bien como yo. El problema era la aduana, pero el taimado Brampy se encargaría de burlarla. Y de ese modo, con tristeza, alegría y mangosta, dejamos la isla de Ceilán, rumbo a otro mundo desconocido.

Resultará difícil entender por qué Chile tenía tantos consulados diseminados en todas partes. No deja de ser extraño que una pequeña república, arrinconada cerca del Polo Sur, envíe y mantenga representantes oficiales en archipiélagos, costas y arrecifes del otro lado del globo.

En el fondo —explico yo— estos consulados eran producto de la fantasía y de la self—importance que solemos darnos los americanos del Sur. Por otra parte, ya he dicho que en esos sitios lejanísimos embarcaban para Chile yute, parafina sólida para fabricar velas y, sobre todo, té, mucho té. Los chilenos tomamos té cuatro veces al día. Y no podemos cultivarlo. En cierta ocasión se produjo una inmensa huelga de obreros del salitre por carencia de este producto tan exótico. Recuerdo que unos exportadores ingleses me preguntaron en cierta ocasión, después de algunos whiskies, qué hacíamos los chilenos con tales cantidades exorbitantes de té.

—Lo tomamos —les dije.

(Si creían sacarme el secreto de algún aprovechamiento industrial, sentí decepcionarlos.) El consulado en Singapur tenía ya diez años de existencia. Bajé, pues, con la confianza que me daban mis veintitrés años de edad, siempre acompañado de Brampy y de mi mangosta. Nos fuimos directamente al Raies Hotel. Allí mandé lavar mi ropa que no era poca, y luego me senté en la veranda. Me extendí perezosamente en un easychair y pedí uno, dos y hasta tres ginpahit. Todo era muy Sommerset Maugham hasta que se me ocurrió buscar en la guía de teléfonos la sede de mi consulado. No estaba registrado, ¡diablos! Hice en el acto un llamado de urgencia a los establecimientos del gobierno inglés. Me respondieron, después de una consulta, que allí no había consulado de Chile. Pregunté entonces referencias del cónsul, señor Mansilla. No lo conocían.

Me sentí abrumado. Tenía apenas recursos para pagar un día de hotel y el lavado de mi ropa. Pensé que el consulado fantasma tendría su sede en Batavia y decidí continuar viaje en el mismo barco que me trajo, el cual iba precisamente hasta Batavia y todavía estaba en el puerto. Ordené sacar mi ropa de la caldera donde se remojaba, Brampy hizo un bulto húmedo con ella, y emprendimos carrera hacia los muelles.

Ya levantaban la escalera de a bordo. Jadeante subí los peldaños. Mis ex compañeros de viaje y los oficiales del buque me miraron sorprendidos. Me metí en la misma cabina que había dejado en la mañana y, tendido de espaldas en la litera, cerré los ojos mientras el vapor se alejaba del fatídico puerto.

Había conocido en el barco a una muchacha judía. Se llamaba Kruzi. Era rubia, gordezuela, de ojos color naranja y alegría rebosante. Me dijo que tenía una buena colocación en Batavia. Me acerqué a ella en la fiesta final de la travesía. Entre copa y copa me arrastraba a bailar. Yo la seguía torpemente en las lentas contorsiones que se usaban en la época. Aquella última noche nos dedicamos a hacer el amor en mi cabina, amistosamente, conscientes de que nuestros destinos se juntaban al azar y por una sola vez. Le conté mis desventuras. Ella me compadeció suavemente y su pasajera ternura me llegó al alma.

Kruzi, por su parte, me confesó la verdadera ocupación que la esperaba en Batavia. Había cierta organización más o menos internacional que colocaba muchachas europeas en los lechos de asiáticos respetables. A ella le habían dado opción entre un marajá, un príncipe de Siam y un rico comerciante chino. Se decidió por este último, un hombre joven pero apacible.

Cuando bajamos a tierra, al día siguiente, divisé el Rolls Royce del magnate chino, y también el perfil del dueño a través de las floreadas cortinillas del automóvil. Kruzi desapareció entre el gentío y los equipajes.

Yo me instalé en el hotel Der Nederlanden. Me preparaba para el almuerzo cuando vi entrar a Kruzi. Se echó en mis brazos, sofocada por el llanto.”…

(1) Los Parias (o Dalits), son el eslabón más bajo del sistema de castas de la India. Según las creencias hindúes, son personas que no pertenecen a ninguna casta. A los parias solo se les permite realizar trabajos marginales, y son frecuentemente víctimas de crímenes como asesinatos, linchamientos o violaciones.

(2) No una persona, no un igual.

(3) A Neruda no parece importarle lo que pensaba o quería ella de él.

(4) Para tener sexo con ella.

(5) No le sonrió, no buscó gustarle, ni comunicarse con ella de alguna forma. Solo se asegura de que a ella no le queden dudas.

(6, 7 y 8) ¿Consentimiento?

(9) “Soy un loquillo”.

Cada cual que opine según le dicte su moral…

Él, lo confesó en sus memorias. Quizá demasiado poder para tanta juventud.

©Anna Genovés
18/12/2017






Pablo Neruda - Me gustas cuando callas







Enchufismo, enchufados y enchufadores



Basado en hechos reales

Enchufismo: dícese de la acción por la cual determinadas personas se ven beneficiadas de algo sin méritos propios.

Enchufados: aquellos semejantes que, por lazos de amistad o sangre, se aprovechan de algo que no merecen.

Enchufadores: benefactores de terceras personas, por vínculos fraternos o de parentesco, para que accedan a un lugar apetecible sin la acreditación necesaria.

Pese a escribir sobre femmes fatales y cargarme o calzarme al más pintado, en el momento del suceso seguía creyendo en la igualdad de oportunidades y en el Estado de derecho español. Y, ciertamente, me comí un marrón bastante desagradable. El asunto se desarrolló de la siguiente forma…

Estaba en la cinta del gimnasio cuando sonó el móvil. Algo extraño porque nunca me lo llevo al deportivo, y si lo hago, lo dejo en la taquilla. Pero ese día estaba destinado a ser especial: victorioso o catastrófico; según se mire. Dos parámetros insólitos confluían simultáneamente:

1.                     Llevaba el móvil.
2.                     Lo había sacado de la taquilla para arrástralo conmigo por esa carretera perdida que transitaba bajo mis pies.

Como pude, descolgué y pregunté una tanto sofocada:

 ¿Digaaa…??? 

El zumbido de la música gruñía en mis tímpanos y las cuerdas vocales vomitaban los monosílabos que exhalaba mi cansada hechura. Hice un esfuerzo sobrehumano para escuchar las palabras que salían del Smartphone.

 ¿Es usted Ana María Genovés Badenes? –preguntaron.

El respingo mecánico de mi cuerpo por casi me deja hecha papilla sobre el asfalto de poliuretano que recorría. Hacía tanto tiempo que no escuchaba mi nombre completo que me sonaba a chino. Tras una pausa, contesté de mala gaita pensando que era una compañía telefónica a la caza del incauto de turno:

 La misma –¡chicos! Me equivoqué de lleno. Lo supe cuando la interlocutora dijo:
 La llamo del INEM.

Una ráfaga olvidada en el retículo más profundo de mi cerebro, brilló. Pensé en los años de curro en televisiones, colegios, polideportivos, boutiques y un largo etcétera... Volví en sí como el badajo de la campana que recibe el Ángelus. Entonces, pregunte:

 Usted dirá, señorita.
 ¿Estaría interesada en una oferta laboral como Maestra de apoyo de una escuela taller que se va a impartir en el pueblo de Becerra? El contrato es a tiempo parcial y la duración sería de un año –explicó la solícita verbosa desde el otro lado del satélite.

Incrédula hasta la médula, contesté con rotundidad:

 Sí.

Bajé de la cinta y un cliché descarado me recordó que formaba parte de ese millón y pico de parados de larga duración, mayores de cuarenta y cinco años. ¿Cómo iba a decir lo contrario si mis labores como escribiente de medio pelo no me dan ni para pipas? ¡Hostia puta! Claro que estoy interesada, pensé.


 La oigo muy mal... –escuché de improviso mientras mi galimatías sesudo se daba de bruces con una piedra. ¿Qué digo con una piedra? Con el mismísimo muro de hielo que protege la Guardia de la Noche en GOT.
 Un momento –repliqué antes de salir como una flecha hacia la recepción del gym para agarrar boli y papel bajo la mirada atónita de la secretaria, que seguro pensaba: “¡Esta mujer se ha vuelto loca!”.
Doña Ana, ¿seguro que me escucha bien? –la frecuencia tierna y melódica que salía del celular quería envolverme en su plática… ¡Puñetera psicóloga de vocecilla conciliadora! Rumié al instante.
 ¿Ahora me recibe mejor, señorita? –dije elevando ligeramente la voz.
 Sí. Un poco mejor. Le decía… bla bla bla bla bla… –repitió el rosario de ‘pe a pa’ y añadió—: Lo primero que tiene que hacer es hablar con la encargada del proyecto.

Inmediato, me dio un teléfono y un nombre que apunté en el papel que le había mangado a la administrativa.  Con las consignas anotadas, mi cabeza parecía una de las ruletas del gran casino Venetian de Macao que no dejan de girar. Olvidé la gimnasia y me marché a casa.

Horas más tarde, llamé al teléfono indicado; era del Ayuntamiento de Becerra. Pero, claro, los ‘funcis’ no trabajan por la tarde. Repetí la fórmula por la mañana. En el cabildo me dieron otro número. Lo marqué convulsa y una voz con acento marcado me indicó que la persona buscada estaba reunida. No os suena esta canción…, siempre sucede lo mismo cuando llamas a alguien con cierto pedigrí que no desea atenderte. Bueno, me dije a mí misma, tendré que contarle la película al oyente. Después de mostrar mis cartas, el pavo –que parecía enterarse de la misa la mitad—, me dijo dónde y cómo presentar los credenciales.

Se me quedó un no sé qué raro… la información era tan vaga como las nanas que me cantaban a través los barrotes de la cuna. La primera cárcel de la vida, me dije a mí misma sin venir a cuento.

En ese momento de soberana lucidez, decidí buscar en Internet el Email de la persona clave. Tras el descubrimiento de ese correo ilustre, remití un mensaje con los datos que me habían facilitado. Y… ¡mira por dónde! Su majestad, la reina de Becerra, me contestó con una explicación concreta. Tras leer la nota repetidas veces, percibí el deseo de conocerme como si fuera otra yegua de su establo.

En pocas horas, reuní la información necesaria; hasta el primer Támpax que usé, quedó reflejado en el mamotreto fotocopiado. A toda prisa, embarqué en el metro. El traqueteo me dio malas vibraciones, mis dientes rechinaban. Demasiadas huertas de señores feudales, profusos municipios olvidados de la mano de Dios con carteles transparentes que me hablaban: “Aquí sobras, señorona capitalina”.  Con este paisaje futurista y distópico aterricé en el andén, medio roído, de Becerra.

Una cuesta larga más inclinada que el Everest, se abría ante mis ojos. Paso a paso, seguí la ruta hasta avistar los pendones de España en el balcón del concejo. Entregué mis méritos a un señor agridulce cuyos ojos me decían: “¡Gilipollas! No ves que este territorio es nuestro”.

La boca estaba pastosa como cuando me salto el Trankimazín de las doce y la lengua, gruesa, me pedía soma. Mis ojos chisposos habían dejado de emanar incandescencia. Era una mujer madura y deshidratada que no le hacía ni un pelo de gracia lo que veía. Sin embargo, seguía sonriendo como una tonta a la que le ha salido el Gordo. ¡Ayyy…!!! Amigos, ya lo dice el refrán: “La fe mueve montañas”.

De regreso a la estación, un espejismo alimentado por el mono y el sofocante calor del mediodía, me hicieron ver una fuente donde solo había un anciano que me observaba como si fuera una alienígena de otra galaxia. La ‘cosa’ estaba más que clara. Transparente.

A falta de un día para presentar los documentos, salieron las listas baremadas. ¡Toma ya! Razoné al comprobarlas. O sea, que la convocatoria sigue abierta y ya han calificado los méritos. Lagarto, lagarto… Empero, como mi nombre encabezaba el censo, sonreí de oreja a oreja y me dije para mis adentros: “Esta es la tuya, Anna. Olvídate de escribir para el aire y de rascar la pared de casa. Por lo menos tendrás un añito de sosiego”

A un día de la entrevista, imitaba a una teenager de short zarrapastrosos y top ombliguero en su primera cita: pasé toda la noche en blanco. Al levantarme, vi mi tez más apagada que una bombilla fundida. Pues nada, filosofé, me pongo una Ampolla flash de vitamina C y a rular por el mundo. Me coloqué unos jeans que estilizaban mi figura y una camiseta azul marinero; todo muy neutro para no levantar suspicacias. Aunque mi cabellera, larga, enroscada y rubia de bote, cantaba de lejos.

De vuelta al zarandeo del trenecito de Becerra por las huertas y caseríos de esta España que se desgaja como los penachos de los alabarderos de un Alfonso XIII exiliado, fantaseé con mi futuro… con el futuro de este país que vislumbro antiutópico. Se me fue el tiempo del pasado al futuro para quedarme en el presente. Así pues, sin comerlo ni beberlo, llegué a la Diputación de Becerra media hora antes de la fijada. Justo, con las entrevistas de otros cargos del programa.


La sala está concurrida por un grupo de mujeres que armaban un jolgorio ameno. Podrían ser amazonas  en plena batalla, damas aristocráticas, cortesanas de un burdel pendejo o gallinas de corral, deliberé antes de agudizar las antenas…

–No te preocupes –le decía una a otra de las congregadas—. Si no te toca de directora, será de secretaria y sino de profesora.
–Por supuesto. Y a ti te sucederá lo mismo, guapi…
–Cariño, y a mí, idéntico  –cacareó una tercera del corrillo jocoso. Y agregó—: Amigas nos conocemos desde hace tiempo y sabemos que, todas, marcharemos a casa con un trabajo nuevo.

¡Joder! –exclamé por lo bajini. Bufé. A continuación, recapacité—: “Ya estamos conque la abuela fuma. Me huele a gallinas de picoteo”. De improviso, alguien dijo:

–Fulanita de tal y menganita de tal, pasen conmigo.

Después llegó sotanita de tal y pascual. Y así, varias veces, hasta que las ponehuevos accedieron y salieron de un despacho de la empresa. Entretanto, la estancia se llenó de otras mujeres: mis compañeras. Desde luego que, en Becerra, se toman al pie de la letra la paridad femenina. Cavilé viendo que no había ni un solo ‘barón’ por coronar.

Llegó mi turno. Y, por fin, conocí a la dama que manejaba el cotarro: una mujer encogida, de aspecto un tanto desagradable, con arrugas verticales sobre el labio superior; fumadora empedernida con aliento de alcohol y modos de alcahueta. ¡Qué desilusión! Me miraba con ojos escudriñadores y preguntó:

–¿Y su currículum?
–Lo entregué junto al resto de credenciales en el Ayuntamiento –contesté con una sonrisa arrebatadora.
–Sí, sí... eso lo dirá usted. Pero no aparece por ningún sitio.
–¿Cómo que no aparece? Oiga le aseguro que lo presenté. Traigo los originales. Mire… aquí está mi currículo  –repliqué con amabilidad, señalando el documento indicado.
–Pues aquí no está –insinuó la doña mirando las copias de mis papeles.
–A lo mejor se ha extraviado… –sugerí, humilde.
–A mí nunca se me pierde nada –insistió con ojos de sapo. Y añadió—: Bueno, bueno… démelo que lo fotocopio y ya está.

Me marché más contenta que unas castañuelas. Superado el escollo, la audiencia me había salido con encaje de bolillos.

Dos días más tarde, salieron las listas y puntuaciones de los pretendientes a… lo que fuera. ¡Sorpresa! Desagradable sorpresa. La mayor parte de los puestos laborales ofertados, se declararon desiertos. Según la anotación a pie del listado, los candidatos o no cumplíamos con los requisitos mínimos o nuestro perfil no encajaba con el demandado.

Jarrón de agua fría sobre el rostro sofocado. Impotencia. Frustración. Cuerpo que se torna náuseas tras una sopa de almejas en mal estado. Toda yo un saco de heces líquido.

Una semana más tarde, ojeo el tablón de anuncios virtual de Becerra y veo que todas las plazas están cubiertas por las pitas que cacareaban en el mercadillo de susodicho pueblo.

Señores y señoras. Querida platea: si este hecho sucedió en un contexto menor, imaginen qué ocurrirá en las altas esferas.

Nunca mejor dicho: Genovés eres un saco de mierda. Enchufismo, enchufados y enchufadores.


©Anna Genovés
22/08/2017

Juanes - Hermosa Ingrata






Ciclismo urbano

¿Te has preguntado alguna vez si podrías recorrer el mundo pedaleando? Tras leer diversos artículos, he comprendido que las bicicletas son para todas las épocas del año. De hecho, sí se puede recorrer el globo terráqueo en bici.

Actualmente existen muchas ciudades con sistemas integrados para bicicletas, estacionamientos especiales, servicio de alquiler público, vías verdes, carriles bici e incluso transporte público en el que poder cargar el triciclo. La experiencia de los viajeros que transitan por las urbes al ritmo del pedaleo es tan satisfactoria, que este transporte se ha convertido en un elemento más de la vida cotidiana. Además, es ligero, económico, rápido y ecológico. No obstante, existen conductores y peatones, con opiniones adversas. Para los segundos, las bicis son un elemento molesto que invade las aceras. En el caso de los primeros, hay que mencionar que, en numerosas ocasiones, los ciclistas urbanitas se creen los dueños del mundo… Y tampoco es eso. El respeto mutuo es necesario para una armonía equilibrada.

Como ciclismo urbano, se entiende la utilización de la bicicleta como medio de trasporte en distancias cortas. El boom de dicha modalidad, fue una consecuencia directa del incremento de los automóviles a partir de la II Guerra Mundial que provocó la congestión del tráfico. La bicicleta es uno de los medios alternativos que más ha proliferado desde entonces.

En Dinamarca la demanda para el estacionamiento de las bicis, superó cualquier predicción. En 2008, la Asociación de ciclistas de Copenhague redactó la guía Bicycling Parking Manual. Gracias a la misma, surgió la revista digital copenhagenize. Acuñada como un neologismo que significa que cualquier ciudad puede convertirse en amiga del ciclista urbano.


La copenhagenize publica el ranking anual de las ciudades con mejores infraestructuras para bicicletas del mundo. Hace unos años, la lista fue la siguiente:

1-    Amsterdam (Holanda)
2-    Copenhague (Dinamarca)
3-    Utrecht (Países Bajos)
4-    Sevilla (España) y Burdeos (Francia)
5-    Nantes (Francia) y Amberes (Bélgica)
6-    Eindhoven (Países Bajos)
7-    Malmö (Suecia)
8-    Dublín (Alemania)
9-    Tokio (Japón)
10- Múnich (Alemania)
11- Montreal (Canadá) y Nagoya (Japón)
12- Río de Janeiro (Brasil)
13- Barcelona (España) y Budapest (Hungría)
14- París (Francia) y Hamburgo (Alemania)

Otras ciudades internacionales amigables con el ciclista urbano son: Curitiba (Brasil), Montreal (Canadá), Portland (Estados Unidos), Basilea (Suiza), Beijing (China), Trondheim (Noruega) o Bogotá (Colombia) ―bautizada, por este motivo, como la Ámsterdam latinoamericana.

Si nos ceñimos al territorio nacional la clasificación sería:

1-    Sevilla
2-    Barcelona
3-    Vitoria
4-    Zaragoza
5-    Gijón
6-    Palma de Mallorca
7-    Valencia
8-    Córdoba
9-    Guipúzcoa
10- Madrid

Sin embargo, el panorama a nivel mundial ha cambiado notablemente en pocos años. La clasificación de 2015 fue la siguiente:

1-                      Sevilla, España (10)
2-                      Ámsterdad, Países Bajos (2)
3-                      Copenhague, Dinamarca (1)
4-                      Barcelona, España (11)
5-                      Buenos Aires, Argentina (14)
6-                      Utrech, Países Bajos (3)
7-                      Eindhoven, Países Bajos (5)
8-                      Viena, Austria (16)
9-                      Amberes, Bélgica (9)
10-                   Dublín, Irlanda (15)
11-                   Estrasburgo, Francia (4)
12-                   Malmö, Suecia (6)
13-                   Nantes, Francia (7)
14-                   Montreal, Canadá (20)
15-                   Berlin, Alemania (12)
16-                   Liubliana, Eslovenia (13)
17-                   Burdeos, Francia (8)
18-                   París, Francia (17)
19-                   Hamburgo, Alemania (19)
20-                   Minneapolis, Estados Unidos (18)

Dentro del territorio nacional, actualizado en junio de este mismo año, la revista Donkey Republic con informes de la OCU, publica que las cuatro ciudades españolas mejores acondicionadas para el ciclismo urbano son:

1.                       Barcelona.

2.                       Sevilla.

3.                       Valencia.

4.                       Madrid.

Desde mi humilde punto de vista, las ciudades que actualmente se han visto relegadas a un puesto rezagado al que poseían anteriormente, se debe sobre todo a las nuevas infraestructuras de las urbes que carecían de las mismas. En tanto que las de más solera, acostumbradas al ciclismo urbanita, quizá carezcan de espacio para ampliar sus instalaciones y servicios, o simplemente crean que ya tienen suficientes.



Con todo, la mayoría de las calzadas no están optimizadas para las bicis, sino para vehículos de motor. Motivo por el cual, debemos concienciarnos de la necesidad de un respeto mutuo. Tú vas en coche, en silla de ruedas eléctrica o andando, yo en bici. Tú cumples tus obligaciones, y yo, las mías. Es una utopía que quizá, en un futuro próximo, sea realidad.

Pedalear tiene muchos beneficios para la salud y el medio ambiente. Hay numerosos estudios que han demostrado que el ejercicio aeróbico mejora el sistema cardiovascular, y por tanto, el ánimo. Lo que se traduce en un aumento de autoestima y una disminución de los estados depresivos. Por otro lado, los ciclistas urbanos suelen ser más productivos. Referente al medio ambiente, la bicicleta es totalmente ecológica.

Por todo lo dicho, se puede afirmar que las bicicletas son el transporte más aconsejables en distancias cortas. Si encima llevamos modelos plegables, pese a que hoy en día están en boga las bicis retro por aquello del amor por La cultura hipster,  que podemos introducir en distintos transportes públicos: ferris, aviones, metros... Sin lugar a dudas, lograremos recorrer parte de la Tierra con nuestro vehículo portátil. No olvidemos los múltiples modelos adaptables a cualquier estilo de vida y persona; así como la variedad de accesorios que podemos encontrar para cualquier tipo. Eso sí: no debemos olvidar el casco.



Punto y aparte es el ciclismo de carretera que, como vemos a diario en los informativos, por desgracia es mucho más peligroso. Si os animáis a recorrer distancias largas con vuestra bicicleta por medios rurales, ¡mucho cuidado!

Las bicicletas…

"Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más".

Arthur Conan Doyle
(1859 – 1930)
Médico, novelista y escritor escocés.




Recomendaciones de bicis plegables

1.                       Brompton S2L o M3L  -  1.100 € aprox. Cómoda y ligera. La más aconsejable si va hacer más de dos plegados diarios.
2.                       Dahon Vitesse 7 - 700€ aprox. Ideal para usuarios con recorridos de hasta dos horas diarias.
3.                       Monty Folding F18 – 300€ aprox. Adaptable a distintas Alturas y con trasportín trasero. Buena relación calidad precio.

©Anna Genovés
Retocado 18/07/2017





Queen - Bicycle Race (Official Video)



Ciclismo urbano

by on 21:21:00
Ciclismo urbano ¿Te has preguntado alguna vez si podrías recorrer el mundo pedaleando? Tras leer diversos artículos, he compre...