El día que conocí a Bowie

 





El día que conocí a Bowie

 

Cuando llegaba del colegio, devoraba los deberes para escapar cuanto antes hacia la casa de mi prima. La mía era un baúl pretérito, un lugar donde las risas no habitaban y las modernidades resultaban invisibles. Ella, en cambio, habitaba un mundo de libertad: se reunía con su pandilla para fumar, beber, abrazarse y, sobre todo, dejar que la música lo inundara todo.

 

El día más especial de mi juventud fue la tarde en que escuché por primera vez Ziggy Stardust. En cuanto la voz melodiosa de David Bowie me alcanzó, me desplomé en el sofá; ni siquiera di las buenas tardes. Sonaba Soul Love y, literalmente, me enamoré. Fue un flechazo absoluto. Al recuperarme del impacto, tomé el LP y clavé la mirada en la figura del Duque Blanco. No tenía idea de quién era aquel ser que cantaba con un timbre tan envolvente, enmarcado en acordes rock y pop que sonaban a puro futuro. La portada me impresionó; Bowie me cambió la vida.

 

Pasaron los años mientras yo reconstruía su historia y coleccionaba sus vinilos. Descubrí que era un londinense rebelde, un camaleón que probó todos los excesos: tabaco, alcohol, drogas, bisexualidad... un inventario de etiquetas poco recomendables para puritanos, pero magnéticas para cualquiera con sed de experimentar. Sin embargo, en aquel entonces, la disciplina que ceñía mi vida era como un junco: moldeable para contenerme, pero fuerte para no dejarme escapar. Ante la falta de esa libertad anhelada, decidí convertir mi habitación en un santuario. Ese cantante descarado y estrafalario poseía una voz tan sensual que me permitía volar por encima de las paredes de mi cuarto.

 

Si alguien se pregunta cómo era la habitación de una adolescente de barrio obrero en los años 80, aquí tiene la respuesta. Mi madre no tuvo piedad con el póster central de mi templo cuando me hizo la fotografía —una imagen de Bowie en el Murrayfield Stadium de Edimburgo (1983)— y, literalmente, le cortó la cabeza para que no sobresaliera. A ella solo le importaba su "princesa".

 

Sí, esa chiquilla de la foto, vestida con mallot negro y calentadores de rayas, soy yo. Siempre fui una danzarina y, en cuanto tuve ocasión, me subí al carro de la Movida Valenciana. Bailé hasta la extenuación los himnos de mi divo; primero en la intimidad de casa y, después, bajo las luces de Chocolate, Barraca, Spook Factory, Distrito 10, Un Sur o Triplex...






 

Demasiados años vividos, demasiadas sonrisas olvidadas, demasiados recuerdos en el aire, demasiadas ilusiones perdidas, demasiadas novelas escritas, demasiados poemas lanzados al mar, demasiadas mentiras, demasiada verdad.

 


Bowie era todo lo que se ha dicho y mucho más: un héroe de mirada magnética que cayó de las estrellas. Antes de bautizarse como el outsider definitivo, vio antes de bautizarse como outsider, vio a una China Girl y decidió rodearse de perros de diamante para convertirse en un Young American que nos invitaba a bailar para que Sakamoto no se enamorara de él por Navidad, ni Catherine Deneuve lo ansiara dentro y fuera del laberinto, antes de que la cruda realidad del nuevo día lo transmutara en una Blackstar.

 

Bowie se ha ido, pero su legado es eterno. Me despido de él tal como lo conocí: aquella tarde de mi adolescencia en la que mi alma se enamoró para siempre de su voz penetrante y su genio camaleónico.


©Anna Genovés

Escrita el 10 de enero de 2016.

Revisada el 10 de enero de 2026.





















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