BOBARY 21 - CAPÍTULO 4. El Espía





BOVARY 21

 

 CAPÍTULO 4

 


El espía

 

 

Intento retener tus facciones

tus ojos, tu nariz, tus labios

tu forma de gesticular

tus arrugas incipientes

Mi corazón se rompe

cada vez que te miro

porque nunca serás mío...

Aunque nada me impedirá, soñarte

y con ello vivir

besarte

cada vez que vengas a mí

recordarte

cada vez que imagine tu perfil

vivir a tu lado

mientras sea feliz


 

 


 


EL ESPÍA

 

 

Por desgracia, nunca llegué a Afganistán. Juan se marchó cuando Carlota regresaba del colegio. Media hora después, hizo explosión una bomba y mi hija pereció en el atentado. Yo estaba gravemente herida y permanecí siete meses en la UCI. Alguien me dijo que, en el buzón de casa, había una nota que decía: «Yul tiene muchos tentáculos».

No volví a ver a ningún compañero y menos a Juan, que me inculcó el ardor policial. La agresión me dejó secuelas físicas graves. Necesitaba someterme a diversas reconstrucciones faciales. De un plumazo, mis superiores y yo decidimos matar dos pájaros de un tiro: cuando saliera del quirófano, nadie podría reconocerme. Y así fue: el cambio de identidad fue absoluto.

Tras mi estancia en la UCI, pasé cinco años en el psiquiátrico de Mondragón, dentro del pabellón donde envían a los policías con secuelas postraumáticas. Allí entablé amistad con varios agentes y me convertí en Emma Rouault —en honor a Flaubert, mi escritor preferido.

Con el alta en la mano, decidí empadronarme en Tamariu, una pedanía costera de Palafrugell, Girona. Adopté el personaje de una guiri lesbiana —con el cabello a lo Mia Farrow en La semilla del diablo, pero canoso, para ir a la última moda— que había decidido ubicar su residencia en España. Cuando una ha sido infiltrada media vida, es fácil interpretar nuevos papeles. Me convertí en la novia de una checoslovaca llamada Michaela.

Dos veces al mes, iba a la capital para mis controles psiquiátricos. Allí volvieron los problemas con los hombres porque mi psicólogo era guapísimo. Se llamaba León y, en poco tiempo, logró que volviera a sentirme mujer. Llevaba tanto tiempo con Michaela que había olvidado cómo seducir a los hombres. Me apetecía intimidar con él. Empero, sabía que era una locura. A mis años, ¿qué iba a hacer con un bizcochito treintañero? Los bisturíes habían hecho milagros en mi rostro y llevaba un entrenamiento férreo en el gimnasio. Pero la diferencia de edad seguía existiendo. Además, ponía en peligro mi tapadera, elucubraba interiormente de regreso a casa. Esa primavera, el calor había llegado antes. Lo sentí al salir de una herboristería como una bofetada en el rostro y el bochorno me desagradaba.

Mi guardarropa también había cambiado. Los vestidos sinuosos y las plataformas se habían convertido en una amplia gama de tejanos; tenía anchos, ceñidos, oscuros, claros, largos, piratas y cortos. Tres faldas —también vaqueras—, diversas camisetas y el vestido negro que llevaba puesto. En los pies, nada de pedicura ni esmaltes, zapatillas Skechers básicas y poco más. Mientras divagaba, sucedió algo inesperado... «¡Piiip!». Un sonido fuerte me sacó de mis ensoñaciones.

—¡Qué pasa! Ya sé que estoy cruzando por donde no debo —dije, de mala gana.

—¡¿Qué no me conoces, Emma?! Soy tu psicólogo.

Trágame tierra, pensé con un suspiro interno.

—¡Ay! Disculpa, no me había dado cuenta. Pero… ¿qué haces por aquí?

—Pues nada, como llega el verano, he decidido trasladar mi residencia a esta localidad. Por lo menos, pasaré un verano fresquito.

—Vaya… ¡Qué coincidencia!

—En fin, tanto me has hablado de este pueblecito que me he enamorado de él.

—Ya veo… disculpa si te he contestado mal. Iba pensando en mis cosas.

—No te preocupes. Oye, ¿te apetece que tomemos algo?

—¿Tomar algo?

—Bueno, si no tienes ganas, otro día será. Ahora, somos vecinos.

En ese momento, difícil de prever —no podía negarle una invitación a mi psicólogo—, lo miré con una sonrisa discreta y solté:

—Acepto la invitación. Gracias.

—Estupendo. Espera un momento, que aparque.

Poco después, entramos en una cafetería y León, que era todo un caballero, apartó la silla para que me sentara; me sentía rara. Fuera de lugar, al borde del abismo o quizás en el Nirvana. Desconcertada y, a la vez, entusiasmada, algo que disimulé. Como pidió una cerveza y no quería parecer una mojigata, aunque hacía tiempo que había dejado el alcohol y las drogas, pedí otra. Conversamos de su trabajo en el Centro de Salud. Pero obviamos mi retiro; los datos del accidente que sufrí en Francia —eso era lo que figuraba en mi historial clínico— ya los conocía. Después, charlamos de temas actuales. Estábamos despidiéndonos cuando me invitó a su bungalow.

—Emma, ¿te gustaría ver mi casona? Es labriega y tiene unas vistas fabulosas. Es que, como lo he alquilado hace unos días, tal vez podrías ayudarme un poco con la decoración. Está aquí mismo… Al volver la esquina.

—Es un poco tarde… no sé…

—Venga, ¡anímate, que será solo un rato! Y a mí me vendrá genial darle un toque femenino a la villa.

—Vale: tú ganas. Te daré mi opinión, aunque ya sabes que muy femenina no soy.

—Más que yo, seguro.

Además, no mentía: al girar la calle, andamos tan solo cinco minutos antes de entrar en la casa labriega que había alquilado. Era antigua y muy hermosa, y estaba restaurada en su totalidad. Se accedía por una escalera de madera hasta una altura aproximada de dos pisos. Incrustada entre muros con piedra de sillería. Tenía arcadas en la planta baja y una torre lateral. León me miró de soslayo al ver que ponía cara de «Dios bendito. ¿No podía tener más escaleras?». Y sonrió descarado, a la par que decía:

—¡Venga, Emma! Sé que estás en forma; subirás sin problemas —la sonrisa de León era preciosa.

—Bueno, pues adelante —contesté.

—Las damas, primero —me abrió el camino con la mano.

 

A medida que ascendíamos, sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo. Pero me apetecía tanto que no podía remediarlo. Íbamos parloteando de nimiedades; no dejaba de pensar en lo que vería desde cuatro peldaños más abajo. Su cara estaba adquiriendo ese matiz que tanto me sedujo en la primera sesión: miraba mis piernas con deseo. Dios, ¡cómo me gustaría estar dentro de su cabecita y desmenuzar todos y cada uno de sus pensamientos!, cavilaba mientras realzaba mis movimientos de cadera y recordaba a la Vera de antaño. Sabía que esos pensamientos eran un arma de doble filo, por la que no debía navegar. Pero León era superior a mis fuerzas. Había intentado cambiar de psicólogo: fue inútil. Así que estaba dispuesta a sucumbir a sus encantos. Mi relación con Michaela, esa novia postiza que nunca me había gustado, hacía aguas y necesitaba tener a un hombre entre mis piernas. Llegamos a la puerta de entrada. La abrió y dijo:

—Adelante, estás en tu casa.

—¡Espléndida! —señalé al ver un interior de mampostería equilibrando las paredes antiguas con las rehabilitadas.

León cerró y dejó su maletín junto al perchero. El recibidor era amplio y cómodo. Un haz brillante aclaraba la estancia. Son imágenes que siempre permanecerán en mi retina. La experiencia afloró una parte olvidada de mi personalidad.

—¡Qué luminoso! —indiqué, mientras giraba hacia él.

León estaba mirándome a través de los rayos que se interponían entre nosotros. No decía nada, solo me observaba. De repente, me sujetó contra la pared. Comenzó a besar mi cuello y mis labios con devoción. Le respondí con anhelo, aferrándome a su torso.

—¡No puedo! —espeté, desembarazándome de la situación.

—¿Qué quieres decir?

—¡Soy lesbiana! —enfaticé, dubitativa.

—¿Estás segura? —insinuó, fijando sus iris (azulinos, con pintas grises) en los míos, tan negros como el azabache, bajo las lentillas verdes que utilizaba en aquella época.

—¡No! Soy bisexual... Pero vivo con una mujer.

—Ya... Me lo dijiste en la segunda sesión. Pero me parece absurdo porque tu fragancia es demasiado femenina.

—¡Soy mucho mayor que tú! Por favor, suéltame —sabía que era un error, que podía echar al traste mi tapadera.

—Un poco tarde para eso, ¿no? —León mantuvo la calma, vigilando mis ademanes y observando mis excusas, como su jefe: un vanidoso psiquiatra. Como todos los jefes que he conocido. Vuelvo a recordar a Stellan y al Comisario. Me excito muchísimo.

Palabras que se oponen a mis deseos: quiero desgarrar los botones de su camisa Tommy Hilfiger y comportarme como la Vera del porno. La mujer tatuada —grabados que borraron de mi cuerpo con un láser de picosegundos.

—A veces, cometemos errores —indiqué con voz trémula, embriagada por sus labios.

—Desde mi punto de vista, todos los muros pueden escalarse. Mi lema en el amor y la pasión es el siguiente: no importa el sexo, el color de la piel, las ideologías o las edades —susurró, lamiendo mi lóbulo con suavidad.

—Vaya. No puedo creer que un psicólogo sea capaz de decir estas chorradas.

—¿Tienes algo en contra de mi profesión?

—¡Sss!

Estiré la nuca hasta rozar su boca y, a continuación, resquebrajé su camisa y acaricié su torso. Seguido, acopló sus manos en mis glúteos y los masajeó, mientras olfateaba la fragancia de mi cabello.

—Hazme tuya aquí mismo —dije, casi como una súplica.

—¡Mmm! Desde que te vi la primera vez, deseaba tener sexo contigo.

—A mí me sucedió algo parecido, aunque me negaba a mí misma ese deseo.

—En el fondo eres una chiquilla. Juguemos un poco.

—Jugar, ¿a qué? —pregunté divertida.

—Sorpresa...

—¿Artilugios perversos? Una máscara, unas esposas, un pañuelo —recordé a Fredo y sus trikinis de neopreno adosados a látigos multiforma.

—¿Es lo que te gusta?

—Depende...

—Tal vez, lo averigües más tarde...

 

Nuestro encuentro fue como regresar a la juventud. Me cargó a su grupa con la cabeza mirando hacia el suelo y los pies pataleando en su espalda. No dejé de reír. Aunque desconocía adónde me llevaba, era feliz.

León era tan fuerte que a su lado me sentía protegida. Ciertamente, me recordaba al conjunto de hombres que habían pasado por mi vida: tenía un poco de todos. O quizás fuera fruto del enamoramiento inicial.

Subimos hasta la torre. La habitación era cuadrada, con ventanales. Al fondo, había una panorámica mayestática del Mediterráneo hipnótico. Segundos después, me derribó sobre la cama, me descalzó y acarició mis pies.

—¡Me haces cosquillas! Jajajajaja…

—Eres muy juguetona.

—Demasiado.

—Creo que lo descubriré...

Me reí como una cría pequeña por las cosquillas y porque comprendí que la psicología no servía para casi nada: lo había engañado por completo.

León era tan tierno que me deshice entre su cuerpo y sus caricias. Cegó mis ojos con un pañuelo de seda. Desnudó mi hechura con delicadeza y me rodeó con sus brazos, besando cada centímetro de mi piel. Me sentí especial, desconcertada: nadie me ha tratado con tanta devoción. Absorbí su aliento, agrio. Entre mi voracidad y la lubricidad de mi organismo desbordado. Y, por fin, me hizo suya: despacio y rítmicamente.

Acoplados el uno al otro como si fuéramos un solo cuerpo. Arañé su espalda en el momento culmen de mi lujuria. León jadeó; no hubo quietud en su organismo ni frialdad en sus movimientos. Cuando apartó la pañoleta de mis ojos, descubrí que sus pupilas estaban dilatadas y que su goce rozaba el éxtasis.

No dejaba de besarme, entreabriendo mis labios y sorbiendo mi esencia. Mi lengua recorría su interior como un demente. Adoro que me besen —es lo que más me excita— y León ha sido el hombre que mejor me ha besado. Jamás lo olvidaré. Aquella primera vez fue apoteósica: comprimía sus labios cuando todavía estaba dentro de mi cuerpo, acariciando mi rostro jadeante y lisonjeando mis pechos, rematados por unos pezones afilados.

—Si supieras cuántas veces he deseado hacerte mía viendo tu sombra en otras mujeres —me confesó mientras su hechura se sosegaba.

—Mi situación es diferente. Pero, ciertamente, he fantaseado con tu cuerpo y he satisfecho mis apetencias pensando en ti —balbuceé, mimando su cabello.

 

Nuestras miradas se cruzaron. Esa mañana, hubiera dado mi vida por no tener un pasado tan oscuro. Permanecimos sin hablar durante mucho tiempo. Uno junto al otro, húmedos, con las manos entrelazadas, murmurando palabras tibias. La vida se había detenido, el tiempo no existía en ese momento imperecedero.

Pero seguía siendo Vera Carmona. Aunque respondía al nombre de Emma Rouault y dijera que era lesbiana. Camuflando mi identidad con acento francés y amnesia postraumática. Recordaba toda mi vida. No necesitaba medicación. Me hacía la tonta y sacaba de la farmacia lo que me prescribían para que no sospecharan de mí. Pero no me tomaba nada.

De repente, comprendí que se había hecho muy tarde. Me vestí rápido. León había preparado un tentempié que agradecí. Después de tomarlo, fui hacia la puerta y le di un último beso, consciente de que aquello no podía volverse a repetir. Mis labios estaban acuosos, igual que todo mi cuerpo. Y León volvió a sorprenderme.

—Una última cosa —sus ojos centellearon.

—Tell me?

—I would like fuck you.

Me poseyó de nuevo. Apoyados en el lienzo de la entrada.

—¿Cuándo volveré a verte?

—Creo que no está bien que los terapeutas intimiden con sus pacientes.

—La psicología es una ciencia inexacta. Aunque no debería decirlo.

—Es totalmente errónea —contesté.

—¡Qué poco te gusta!

—Más bien, me desagrada.

—Pues olvidémosla. ¿Cuándo te veo?

—No puedo decírtelo, tengo que pensar.

—No pienses. Mañana quiero verte. Fija la hora, me las arreglaré para estar contigo.

 

Habían pasado nueve semanas y media desde nuestro encuentro fortuito. Éramos amantes. Habíamos hecho el amor en su casa, en la mía y en algún que otro motel donde le había preparado más de una sorpresa con lencería seductora y R&B sureños. Cuanto más lo veía, más aumentaban mis apetencias. Su masculinidad no tenía fronteras. Desconocía cuánto duraría nuestro idilio, aunque sabía que yo nunca tomaría arsénico para poner fin a mi vida como la Bovary, de Flaubert. Seguramente, me asesinaría León; había descubierto que era un espía de Yul. Me había enamorado de mi enemigo.

 

 

Título de la edición original: Bovary 21

Autor: Anna Genovés

Asiento Propiedad Intelectual

09/2913/2206

 

*Os espero de algunas semanas o, tal vez, meses, para leer el quinto capítulo: El topo... ¡No os lo perdáis! 💋