BOBARY 21
CAPÍTULO 2
El vikingo
Piérdete
en mi hechura
que
tiembla cuando te ve
Piérdete
en mis pechos
afilados
con tus caricias
Piérdete
en mis piernas
con
brasas de fuego
Piérdete
en mi memoria
no
dejes de ser mi reto
Piérdete
conmigo y
fusiónate
a mi piel
Mi
esencia de mujer
está
hecha para darte placer
y
mis dedos,
de
geisha de occidente,
para
retenerte a mis pies
EL VIKINGO
Vuelvo a ver
al tatuador en sucesivas ocasiones. Siempre tiene que darle una ojeada a su
obra que agranda cada día. De manera que frecuento mis visitas para que lo
finalice.
Han pasado
tres semanas desde nuestro primer encuentro, dando rienda suelta a mi
imaginación. Como buena diseñadora, hemos hecho el amor en todas las posturas
del Kama Sutra. Y en una ocasión, realizamos un ménage à trois con el
taxidermista. Fue tan lujurioso que he preferido no repetirlo.
Además, Yuma
se ha vuelto bastante acaparador y me quiere solo para él. Lo que desconoce —el
muy idiota— es que, para mí, es un entertainment pasajero con una finalidad
concreta...
Mi vida sigue
complicada; el trabajo se ha acabado y las esperanzas son mínimas. Sin embargo,
me veo hermosa; van a tener razón los chovinistas que dicen: «Nada mejor para
mantener la belleza que un buen revolcón con un instrumento de tamaño
considerable».
Una tarde, a
eso de las ocho, al acercarme para el consabido retoque del tatuaje, me topé de
bruces con uno de los moteros que acostumbran a estar en la puerta del garito.
El chico es un espécimen imponente y tiene una Harley preciosa. Soy una
apasionada de las dos ruedas. Mi primer amor —recién cumplidos los veinte—
tenía un taller de motos. Por ese motivo me hice su novia. Me encanta sentir la
velocidad a 200 km/h sobre mi rostro, cuando la carretera es un haz grisáceo
que se pierde en el horizonte y los ojos no dejan de lagrimear. Yo seguía
mirando, aunque mi semblante se inundara de lágrimas y de algún que otro
bichejo que tropezaba contra mis pómulos.
Fran —el
mecánico— me perdió el día que intentó desvirgarme; me negué, por supuesto.
Después tuvimos una bronca tremenda; él decía que no era virgen. Cogí un
disgusto apoteósico; lo único que había entrado en mi vagina eran los Támpax.
Y, ciertamente, son los «desvirgadores» oficiales. Las mamás no ponen ninguna
pega en que sus preciosas adolescentes los utilicen —ahora me toca a mí sufrir
con Carlota—. Recuerdo que mi amiga la enfermera me metió el primero hasta la
garganta, tras haber intentado la hazaña con numerosas cajas de tampones sin
éxito alguno. Sí, la ATS dijo a grito pelado, como un *praeco* romano en el
foro donde estaba apoltronada nuestra pandilla: «¡Ya está! La niña ya no es
virgen. ¡Olé!». Sentí una vergüenza atroz. Hogaño, me río.
Fran, que
manoseaba mis partes nobles, no dio crédito a la historia hasta que consultó a
varios doctores. El culmen que fomentó nuestra ruptura fue la frase que me dijo
una noche tras hacerle una fellatio, mientras gemía en los alrededores del
camposanto habitual:
—Vera, me
gustas tanto que, cuando nos casemos, te voy a preñar cada nueve meses para que
no te mire otro hombre.
—Pero ¿qué
dices, Fran? ¿Estás loco? —dije asustada.
Desde esa
noche corté por lo sano y lo mandé a paseo. Mi familia se alegró; no les
gustaba nada el pobre mecánico. Lo sentí por las motos; había subido en todas
las habidas y por haber, y me había enamorado, literalmente, de las Harley.
El flashback
juvenil da paso al presente al pensar que puedo volver a rodar con la Harley
más bonita que he visto, y cuyo propietario es un sueco de casi dos metros que
quita el hipo. «¡Qué rico está!», pienso al ver cómo se recoge su melena dorada
en una coleta, se cierra la chupa de cuero y se coloca el casco. «Voy a
coquetear con él», sopeso para mis adentros. Un cuarto de hora más tarde, el motero
se rinde a mis pies. Antes de marcharse, el tatuador me entretiene unos segundos:
—Vera, Stellan
—el motero— no es como yo. Sé que os gusta a todas... Pero él es diferente.
Hará lo que le plazca contigo —insinúa con los ojos enrojecidos por la envidia.
—¿Estás
celoso, Yuma?
—De todo hay,
Vera. Yo te aviso...
—Serás tonto.
Te hacías el remilgado cuando flirteaba contigo y ahora… Lo siento. La verdad
es que Stellan… ¡me vuelve loca!
Dicho y hecho.
Salgo contoneándome y me subo a la Harley, oscura como la noche y reluciente
como los metales nobles.
—¿Dónde
quieres que te lleve, muñeca? —me dice a lo Charlton Heston en Cuando ruge
la Marabunta, pero con ese acento tan peculiar que poseen los vikingos.
—Adonde
quieras; tú mandas.
—Como eres una
princesa, primero te daré una vuelta con mi carroza y después te llevaré a mi
palacio —me acaricia la barra de la barbilla.
Vibro como una
veinteañera. Surcamos la E-803 durante más de una hora y, seguido, nos
adentramos en el barrio residencial de Heliópolis. La «Ciudad del Sol» es uno
de los mejores barrios de Sevilla, con palacetes encalados de estilo andaluz y
frondosos jardines.
Nos apeamos a
la entrada de una finca. Stellan desconectó la alarma y la cancela metálica se
abrió. La arquitectura de la hermosa villa encalada —y rota por pequeños
detalles cromáticos alberos en las ventanas y puertas, tan tradicional de la
zona— se acoplaba a los chalets señoriales. Estaba distribuida en dos plantas
y, en las esquinas, tenía pequeños torreones con cubiertas árabes. Pero antes
de la construcción principal, a modo de marquesina entre piscinas de cantos
rodados, palmeras y tableros de madera, había mesitas niqueladas alrededor de
una barra. «Seguro que Stellan celebra más de una fiesta y me encantaría ser la
anfitriona», pienso.
El interior de
la vivienda es fabuloso. Restaurada por completo, con parqué en tono humo y
mobiliario minimalista, níveo. Los vanos insonorizados con Climalit y estores
grises. En la planta baja, desde los ventanales, se atisba el maravilloso
exterior. No me percato de que hace más de un cuarto de hora que hemos llegado
y sigo ensimismada con lo que veo: todo es perfecto. Es el lugar más cool
que he visto. Stellan me observa mientras prepara unas copas. Brindamos en la
terraza superior frente a una hermosa panorámica de Sevilla, bajo la
irradiación de una luna mayestática. En ese momento, Stellan me besa. Es un
roce tierno que se transforma en un volcánico y suculento aperitivo.
Saboreo su
interior entreabriendo sus labios y succionando su profundidad. Llevo un hot
pant que humedezco por completo. De repente, entiendo por qué las
prostitutas no besan: quizás sea el acto más sensual del apareamiento. Stellan
va apoderándose de mi cuerpo; acariciando mis brazos, mi cabello de fuego, mis
muslos y mi espalda. Me reclina hacia atrás y allí —apoyada en la antigua
balaustrada— gimo de placer mientras me despoja de la ropa y bebe mi rocío. Sin
dejar de estremecerme, noto cómo entra en mi templo y cómo, temblorosa, vuelvo
a tener otro orgasmo. Seguido, me transporta a la alcoba en brazos; desnuda y
tiritando de pasión.
El motero,
además de atractivo y de tener mucho dinero —a juzgar por todo lo que veo—,
posee un miembro poderoso. Se parece a un amor frustrado que mantuve como amigo
durante demasiados años: un estudiante de la escuela de San Javier. Quería ser
piloto y lo consiguió gracias a mí; le infundí la suficiente tenacidad para que
acabara con la crudeza de la academia militar del aire. Lo recuerdo porque fue
la primera vez que hice el amor con un joven. Aunque me dolió bastante, el
placer venció los miedos y lubriqué lo suficiente como para copular durante
toda la noche. La velada con el sueco se avecinaba idéntica. Pero en esta
ocasión ambos somos expertos y el goce llega desde el inicio.
Entre jadeos
rememoro los pormenores con Carlos, el piloto. Estuvimos juntos cerca de tres
años. Me visitaba siempre que tenía permiso; casualidades de la vida, también
con una moto. No era una Harley, pero molaba mogollón y era enorme: una Ducati
Monster 900 azul. Con ella volamos a innumerables sitios, junto a ella conocí
las locuras del amor. Parábamos en cualquier lugar y nos entregábamos a la
pasión de la carne sin condiciones ni ataduras. Fue un amigo muy especial.
Esperaba que
me regalara un anillo. Sin embargo, recibí unos aros de oro: preciosos y caros,
que no le comprometían a nada. Un día me dijo que no soportaba que estuviéramos
separados, no se fiaba de mí. Era muy bonita y todos me miraban —eso me dijo el
muy estúpido—. Me destrozó el corazón. Por aquel entonces pené que la máxima:
«Si eres guapa, no eres de fiar», era algo habitual en el pensamiento de los
hombres.
Lloré
desconsoladamente durante varios días cuando recibí una carta —tarjetón de boda
incluido— in la que me invitaba a su enlace. Desde entonces me propuse ser
infiel. Pájaro que veo, a la cazuela me lo llevo. Me convertí en una picaflor,
como suelen hacer «ellos».
Olvido a
Carlos cuando los ojos de Stellan devoran mis pupilas alabastrinas; desde
luego, es mucho más atractivo. Horas más, tarde, cuando el Sol despunta en el
firmamento despejado, salgo del lujoso palacete y regreso a casa. Dejo una nota
con mi teléfono y dirección sobre la almohada. Ignoro si surtirá efecto. Pero
Stellan vale más que una noche azarosa entre sábanas de algodón egipcio Giza
45, con una sutil fragancia a azahar y Dom Pérignon P3. «Mi intimidad necesita
relajarse; demasiadas horas ininterrumpidas haciendo el amor como locos»,
pienso.
Había leído en
algún artículo que los suecos eran hombres fértiles. Pero desconocía que
fueran, además, tan vigorosos. Sonrío recordando mis lecturas juveniles;
devoraba los cómics de Marvel. Mi héroe preferido era Thor. Me fascinaba ese
portentoso dios de cabellera rubia y cuerpo poderoso; ahora tengo uno, aunque
su procedencia sea Suecia, la tierra de los lagos y los bosques infinitos.
Tres días más
tarde, mis sueños se diluyen y mi dios particular sigue sin dar señales de
vida. Estoy triste y me pregunto en qué fallé… ¿seré una amante pésima o acaso
no soy tan hermosa como para vivir en Asgard? O, tal vez… ¿tenía que haberme
quedado hasta que se despertara? Un montón de porqués bullen por mi mente
mientras pateo las calles de mi amada Sevilla entregando currículums o
intentando que me concedan una entrevista. Como decía Golpes Bajos: Malos
tiempos para la lírica.
De improviso,
suena el móvil. Lo cojo al vuelo. «Será una llamada de alguna de las empresas
que he visitado», pienso. Pero me equivoco; la voz que escucho me produce una
satisfacción inaudita.
—¿Cómo está mi
pelirroja preferida?
—Stellan…
—¡Qué pronto
me has conocido! Esperabas que te llamara, ¿eh?
—Te he
conocido por tu acento… Es peculiar.
—Ya. ¿Y te
alegra oírme?
—¿Tú qué
crees?
—No, no, no…
He preguntado primero.
—Puesss… Sí.
Me alegra escucharte. No tenía muy claro que me llamaras.
—Pensabas que
no me gustabas…
—Motero…
—¿Cómo vas
vestida?
—¿Qué?
—Dime qué
llevas puesto, quiero imaginarte.
—¿Para qué?
Estoy cansada. Llevo toda la mañana repartiendo currículums.
—¿Y?
—Está bien.
Llevo un vestido.
—Un vestido…
¡Uh! ¿Cómo es? ¿Corto? ¿Largo? ¿Boho o lencero?
—¿Qué
intentas?
—Jugar al
teléfono erótico… ¿Nunca lo has hecho?
—Ja, ja, ja…
—Río a mandíbula suelta.
—Descríbemelo
con esa voz tan sensual que tienes, ¿vale?
—Llevo un
vestido corto de gasa con estampado floral. Es de tirantes finos y deja al
descubierto la mayor parte de mi espalda. El escote es generoso…
—Tatuajes y
músculos sudorosos bajo el sol…
—Sí…
—¿Hay cerca
algunos baños públicos?
—Hay
cafeterías... ¿No esperarás que entre?
—Sí. Quiero
que entres y que te quites la ropa interior.
—Stellan…
—¡Shhh…! ¿Qué
lencería llevas? La que llevabas la otra noche me gustaba mucho.
—Es de La
Perla… Un conjunto de encaje gris suave de bustier y brasileña.
—Una brasileña
de encaje… ¡Mmm…! Con tus nalgas suculentas aflorando por los laterales.
—Exacto. Son
dos melocotones turgentes —comienzo a sentirme húmeda y le sigo el juego.
—Seguro que
tienes muchas ganas de tenerme dentro.
—No lo sabes
bien…
—Entra en una
cafetería y pide agua. Después ve al servicio. Bájate la braguita e imagina que
estoy contigo. Acaricia tu pubis, tus hermosos senos…
Mi cuerpo
siente unas pequeñas convulsiones, preámbulo de un orgasmo suculento. Entro en
la cafetería y hago lo que Stellan me susurra por el móvil. Jadeo mientras
acaricio mi fosa ilíaca y estimulo mis órganos genitales.
—Sigue,
muñeca, que oiga tus alaridos…
Sudo a
raudales. Pero sonrío con una mirada diabólica.
—Esta noche te
recojo a las ocho. Doy una fiesta y quiero que conozcas a mis amigos.
—Y tú… ¿no te
has excitado?
—Preciosa,
estoy con unas amigas y tu sex appeal nos ha inundado a todos. Ahora voy
a satisfacerlas. Nos vemos en unas horas… Ah, te envío un pequeño obsequio:
póntelo.
—Pero,
Stellan…
El teléfono ha
muerto. «A ver si Yuma tiene razón y Stellan es algo más de lo que parece. Tal
vez algo más desagradable o, tal vez, peligroso», fantaseo para mis adentros
como una jovencita indecisa y frustrada.
Cuando llego a
casa y veo a Mamá y a Carlota con los brazos abiertos y un buen gazpacho de
esos que tanto me reconfortan, se me olvida todo. Después de comer, nos
sumergimos en una dilatada siesta. A las seis de la tarde, suena el timbre y
abro desperezándome. Hace tanto calor que me cuesta hasta descolgar el
telefonillo de la puerta.
—¿Dígame?
—¿La señorita
Vera Carmona?
—Sí —contesto
con legañas en los ojos y traspuesta.
—Traigo un
paquete de los diseñadores Antonio y Fernando García.
—¿Cómo? —una
lucecita tintinea en mi cabeza. Stellan dijo que me haría un obsequio—. ¡Suba!
—Señora…
—Tercer piso.
Minutos más
tarde, abro el cajón rígido del envío con embalaje de alta costura de los
modistos; envuelto en papel de seda, un precioso vestido negro de satén corto.
Es un modelo exquisito, con un brazo al descubierto y el otro con manga larga
drapeada, junto a varios complementos selectos y unos zapatos con tacones de
aguja de Manolo Blahnik, preciosos. Estoy colapsada. Mi cabeza gira en torno a
dos frases… La de Yuma: «Él es diferente». Y la de Stellan: «Te envío un
pequeño obsequio. Póntelo». Por unos instantes estoy a punto de devolver los
lujosos regalos que he recibido. Pero mi madre entra en la habitación y, al ver
esas dádivas tan exquisitas con las que he sido agasajada, me convence para que
no deje escapar la oportunidad de entablar una relación con un joven adinerado.
Una hora
después, Stellan me espera con un Porsche 911 Targa en color azul Gentiana
metalizado. Aparezco más bella que nunca, con el selecto que me ha regalado y
mi melena recogida en un moño italiano texturizado con algunos mechones sueltos
que caen sobre mi rostro. Cuando mi pareja me ve, le brillan los ojos. Horas
más tarde, literalmente, me devoran. Me he convertido en el manjar de la
pandilla de moteros y sus chicas, en una orgía desenfrenada por todo lo alto.
Ebrios de Jack Daniel’s Reserva, cocaína y otros estimulantes… Vuelo por los
aires teniendo sexo con hombres y mujeres, lamiendo esencias de unos o siendo
lamida por otros. Acariciando con mis extremidades o siendo agasajada por
innumerables manos.
Entorno los
ojos cuando Stellan bucea entre mis piernas y consume mi ambrosía. Diluyo mi
deseo acariciando mis labios enjugados por diferentes elixires. Extasiada, veo
que sonríe y echa la cabeza hacia atrás para atarse la melena en una coleta.
—Vera, ya estás preparada…
—¿Preparada para qué?
—Me dijiste que necesitabas trabajo: ya tienes uno.
Dicho esto, un
personajillo extraño y ajeno a la fisonomía e indumentaria del resto habla por
primera vez.
—Stellan, querido —dice con voz estridente.
Se acerca
contoneándose. Sus caderas van enfundadas en un traje de los 70 con camisa
floreada de cuello picudo y su West Highland White, con lacito rosa, bajo el
brazo.
—Dime, Fredo —contesta Stellan.
—Tu nueva putita me gusta —me acaricia la barbilla mientras
parpadea repetidas veces—. Eres muy mona y no le haces ascos a nada… Uy, ¡qué
bien! Vas a ser la sensación de la pantalla —se tapa la boca sonriendo.
No salgo de mi
asombro. Miro a Stellan.
—Nena. Vas a ser una estrella. ¡Hala! ¡Ponte algo por encima!
Me da unas
palmadas en el trasero. Me pasa una bata y se sienta a liarse un cigarrillo de
marihuana tan tranquilo como un marajá de la dinastía Udaipur en su palacio de
oro. El invertido me arrastra de la mano hacia una puerta. Al abrirla veo otro
mundo: una habitación guarnecida de terciopelo grana. En el centro, una cama
redonda que recuerda a las de gelatina del prostíbulo de Twin Peaks.
Artilugios de sex shops y varias esteticohólicas limándose las uñas o
arreglándose las escuetas prendas que adornan sus cuerpos. Enfrente, unos
jovenzuelos hipermusculados con apariencia de metrosexuales. Me quedo atónita
cuando uno de ellos le da un beso apasionado a mi acompañante. Hay cámaras por
un lado y focos sobre el escenario. «Sin lugar a dudas, es un plató de
películas pornográficas», pienso asustada.
En ese
instante recuerdo a las actrices de películas para adultos de la serie Sons
of Anarchy. Y no puedo evitar pensar que voy camino de convertirme en una
de ellas. Fredo —el gay que me ha llevado a la habitación de terciopelo— me
pasa a otra alcoba donde hay un vestuario de cuero y neopreno en diferentes
tonalidades…
—Vera, hoy vamos a rodar una cinta estupenda. La he escrito
para ti viendo cómo te desenvolvías en la bacanal. Así que… ¡Boom! Eres la
protagonista —sigo estupefacta.
—¿Eh? Disculpa, pero no entiendo nada. Creo que os habéis
equivocado conmigo.
—De eso nada. Soy un ojeador y descubro a las verdaderas
actrices nada más verlas. Estarás estupenda con este trikini de plexiglás negro
y un antifaz con destellos plateados en los ojos.
—Bueno… Si tú lo dices. ¿Qué tengo que hacer?
—Eso está mejor. Verás, te tumbarás en la cama redonda y
sonará un timbre. Entrarán dos de mis chicos vestidos de electricistas con
monos azules. Comenzarán a maniobrar los enchufes…
—¡Ah! —digo con cara de susto.
—Entonces te levantas y coges el látigo. Te subes al lomo del
que esté agachado y fustigas al otro —sigue parloteando Fredo. Yo no oigo nada,
la vista se me ha nublado.
Despierto
sobre la cama vestida de dominatrix. Y, al verme tan sexi, mi libido se
dispara. Pienso en lo mal que está mi economía y en que tengo que mantener a mi
madre y a mi hija. Cierro los ojos y mi coach interno me habla: «¡Qué
más da el oficio que desempeñes con tal de llevar dinero a casa! Además, eres
una mujer erótica y sexual. Disfrutarás con esas escenas tan libidinosas en las
que dominarás a los hombres. No lo pienses más: ¡adelante! Conviértete en una
actriz porno de renombre».
Los actores
disfrazados de electricistas llegan y me convierto en una voraz ama domina. Los
hago míos con perversidad. Fredo está encantado y Stellan, que ha entrado…
desabrocha su bragueta. Cuando acabo, entramos en el vestidor y nos dejamos
llevar por una pasión salvaje.
—Cuando te vi, desconocía hasta dónde podías llegar —afirma
Stellan.
—Contigo al fin del mundo, siempre que me pagues por todos
los excesos que haga —contesto mirándole a los ojos y maniobrando su miembro,
erecto como una barra de hierro candente.
Mi sueco
aúlla. Yo sonrío perversa. Seré la meretriz más promiscua de todas… pero,
después, tendré a Stellan cuando me plazca: lo convertiré en mi esclavo. Le
gusto demasiado para complacer a otros hombres y me pagará lo que le diga,
elucubro sin dejar de masajearlo.
—Eres insaciable —jadea mi hombre.
—A lo mejor estoy descubriendo mi parte ninfómana —insinúo
traviesa.
Creo que soy
más pérfida que Barbara Stanwyck en Perdición y más promiscua que
Mesalina.
Dos horas más
tarde, vuelvo a casa con un contrato en firme: rodaré tres películas por semana
y cobraré tres mil euros por sesión, más el porcentaje por distribución y pase.
El resto de la semana disfrutaré de Stellan. El tatuador se ha equivocado. Hago
lo que desea mi sueco sólo porque quiero hacerlo. Él me pertenece… Lo he cazado
entre mi intimidad.
Han pasado dos
meses y todo va sobre ruedas. A Stellan le encanta mi rostro cuando finjo
llegar al orgasmo. Hacen tomas únicas de mis perversas facciones y de mi cuerpo
agitado. Hemos terminado el rodaje de un film lésbico. Y, de pronto, irrumpe un
grupo de la BIT —Brigada de Investigación Tecnológica de la Unidad policial— en
la sala de rodaje. Nos colocan separados, cara a la pared. Los hombres a un
lado, con los brazos apoyados en el muro y las piernas abiertas.
Las mujeres
—en idéntica posición— en el lado opuesto. Veo a Juan, mi vecino; crecimos
juntos, hasta hicimos manitas de jovenzuelos. Se ha convertido en un policía
metrosexual que me gusta bastante. Los uniformes siempre han sido mi debilidad
—como la de casi todas las mujeres—. Nos cachean y revisan la mansión. Poco
después nos llevan a un furgón celular que nos transporta a comisaría. Stellan
vocea:
—¡Gente! Tranquilos, que ha sido un error. En veinticuatro
horas estaremos fuera. —Me guiña un ojo.
Cuando paso
junto a mi vecino, le digo:
—Escuché en una de mis series favoritas, Romanzo Criminale,
que cada madero tiene a su puta. ¿Es cierto?
Me mira con
una pasividad escalofriante. Clavando sus gélidas pupilas, negras e
insondables, en mis ojos, contesta:
—Quizás lo descubras dentro de poco.
Título de la edición original: Bovary
21
Autor: Anna Genovés
Asiento Propiedad Intelectual
09/2913/2206
*Os espero
dentro de quince días para leer el tercer capítulo: El comisario... ¡No os lo perdáis!
💋

