BOVARY 21
CAPÍTULO 6
El diplomático
Mujer de miles de
rostros
escondida bajo un
burka
azul, naranja o
negro: grotesco
Mujer lisonjera
deseada por todos
y amada por nadie
Mujer que busca y
encuentra
que utiliza su sexo
instrumento de apero
o ligereza
Mujer que asesina sin
piedad
que se entrega hasta
el final
Mujer que eres el
bien y el mal
en una sola presencia
Mujer con un solo
cuerpo
y una mente perversa
EL DIPLOMÁTICO
Quetta, provincia de Beluchistán,
Pakistán, a 80Km de la frontera con Afganistán. Mohamed habla con uno de sus
soldados:
—¿Sabemos algo de nuestros amigos
los qataríes?
—Todavía no.
—¿La prisionera ha dicho algo
interesante?
—No. Sólo nos insulta. ¿Quieres
que la torture? —Mohamed, le chilla.
—¡De eso me encargo yo! Si sigue
callada, la sentenciaré por un crimen de honor y será lapidada en medio de la
plaza.
—¡Buena idea! Diremos que es una
de tus mujeres y que ha cometido adulterio. Por suerte, los burkas las cubren
por completo y nadie ve sus rostros. Nadie la reconocerá.
—¡No vuelvas a decirme lo que
debo o no hacer! O serás tú quien pruebe mis métodos —saca la lengua y hace un
gesto (con los dedos) cortándola.
—Ella todavía no lo sabe. Pero,
es valiosa.
—Por supuesto que es valiosa, de
lo contrario nunca le hubiera dicho a Karim que me la prestara por una
temporada, aunque no lo voy a devolver. Vendrán a liberarla.
***
Seis meses después, en Las Vegas
(USA), varios diplomáticos chinos se divierten en una sala de strippers: la más
exquisita de la Sodoma occidental. En la mesa colindante varios individuos de
rasgos árabes. Entre ellos Naser —el primo de Karim—. Está claro que tienen
negocios conjuntos. Se han invitado mutuamente a varias rondas. Además, pasadas
unas horas, los dirigentes se trasladan a una sala privada para conversar.
Una rubia, estilo Pamela Anderson
en Los vigilantes de la Playa y con movimientos a lo Demi Moore en Striptease,
acaba de salir a la pista con un osito de peluche en la mochila. Viste como una
colegiala: minifalda plisada de cuadros, camisa blanca, corbata con dibujos de
Mickey Mouse, cabello trenzado y gafas de pasta. Todos silban. Esperan que vaya
desprendiéndose de los artilugios infantiles que la rodean. Les gusta creer que
es una niña mala. Pedofilia encubierta, piensa la stripper cuando se desliza
boca abajo por la barra metálica con sinuosas contorsiones. Termina el número
con unos cuantos billetes en su tanga de lentejuelas. Se marcha directa a su
camerino individual. Unos golpes en la puerta paralizan los algodones que
desmaquillan sus pómulos.
—¿Sí?
—Liz, hay unos caballeros que
quieren conocerte.
—Estoy ocupada.
—Son árabes muy distinguidos.
Creo que están forrados de pasta. Igual te apetece conocerlos...
—¡Está bien! Entretenlos un rato.
Ahora salgo.
Quince minutos más tarde, Liz se
sienta entre los dignatarios.
—¿De dónde me han dicho que son?
—Todavía no se lo hemos dicho,
señorita. Somos de Qatar.
—El país de Las Mil y una
noches. ¡Me encantaría conocerlo!
—Y nosotros, estaríamos
encantados de mostrárselo —dice eufórico Naser.
—No me lo puedo creer.
Liz parpadea, varias veces, con
sus pestañas XXL. El único talento de ese un monumento de mujer, es embelesar a
los hombres con sus bailes.
—Pues, la oferta está hecha, de
usted depende... señorita —concluye Naser.
—¡Ojalá! —sonríe de oreja a
oreja, sujetando sus voluminosos pechos entre las manos.
Los qataríes, prendados de sus
cualidades: babean. Ha salido vestida como una niñita con coletas.
—Se lo decimos en serio. Nos
gustaría que nos acompañara. Es usted una gran bailarina.
—¿De verdad?
—De verdad —le dice Naser
acariciando sus muslos con suavidad.
—Pues, Liz será buena y papi
estará contento de su niñita —le da un beso en la perilla.
Una semana más tarde, Liz sube a
un jet privado que la lleva directo a Doha. No es una muchachita desorientada;
los treinta ya no los cumple. No obstante, se han prendado de sus curvas y,
sobre todo, de sus espectaculares movimientos. Naser la lleva directamente a la
privé de Karim.
Por donde pasa es el punto de
mira; no por su elegancia, más bien por todo lo contrario: su exuberancia. El
príncipe se extraña cuando la ve entrar. Quiere chicas jóvenes. Pero, tras un
pase con música. Se la lleva al dormitorio durante toda la noche.
Al día siguiente, se instala en
el palacete colindante al harem. El mismo que ocupó Tania, dieciocho meses
antes —desalojado desde su partida. Liz es vulgar y no puede ser la acompañante
de Karim. Es él, quien la visita. Una mañana, Almansur, aparece en el palacete.
—Karim nuestros amigos los chinos
desean hablar contigo.
—Querrán que les prepare otra
fiestecita. ¿Qué desean, niña o niño?
—Niña.
—Pues llama a Naser y que la
busque. Él lo organizará todo. Cuando acabe la orgía que les pague por la
droga. Yo me quedo con Liz.
—Karim, querrán verte a ti.
—Te he dicho que se encargue
Naser. No me agradan ni las fiestas ni los niños.
—Lo sé. Pero, a ellos sí.
Después, está el asunto de Mohamed...
—Mohamed es un hijo de perra:
quiere que financie sus masacres. Me niego.
Almansur, se acerca y le dice en
tono grave:
—Motivo por el que sigue
reteniendo a Tania. Por eso, acabarás hundido en la miseria: te remuerde la
conciencia —bebes demasiado.
—Hola amorcito —le dice Liz con
voz dulzona.
Aparece vestida de fucsia. Dos
Yorkshire Terrier —con lacitos fresa— bajo el brazo.
—Ves, Almansur, ella es la única
que me comprende —dice mirando al techo.
—He oído algo de una fiesta con
chinos. Pues, ¡hala! ¡A qué esperas! Yo bailaré para todos.
—Así sea. A las damas hay que
tenerlas contentas. Prográmalo todo. Que inviten a Mohamed: hablaré con él.
El salón de los placeres está
adornado por todo lo alto: Lámparas araña con cristal de Murano, narguiles de
plata, pubs de colores y muchos velos entre los cuerpos semidesnudos de jóvenes
de ambos sexos y de todas las etnias. Los comensales van llegando y se ubican
entre los infantes del deseo.
El último en llegar es Naser
acompañado de Mohamed. Se sientan en el centro. A los pocos minutos, comienza
el espectáculo. Cuando Liz finaliza su danza entre sinuosos movimientos y gasas
transparentes. Los cuerpos forman una amalgama que gime: el súmmum que desearía
cualquier director porno. Una bacanal a la usanza de la antigua Roma.
Con los primeros rayos de luz,
Mohamed sale de la mansión con un maletín lleno de dólares. Liz lo acompaña
bajo un burka añil que la cubre por completo. Destino: Pakistán.
***
La residencia de Mohamed en
Quetta, es un palacio antiquísimo de barro cuyo interior sólo han visto sus
mujeres, desconocidas para el resto del mundo, y la servidumbre lisiada.
Dañados, ex profeso, por Mohamed para salvaguardar sus secretos. A unos les ha
cortado la lengua; a otros les ha arrancado los ojos: es otro mundo.
El terrorista ha reconstruido el
interior de la fortaleza con el estilo purista de la dinastía Maurya de la
India. Sin embargo, cuenta con los avances tecnológicos más sofisticados, del
globo terráqueo. Los obreros que trabajaron en su restauración, fueron
eliminados según terminaban su cometido. La custodia exterior es inexpugnable.
En el flanco Este, las escarpadas montañas de Sulayman, con el pico de Kalifat;
al Sur, la cordillera de Khirtar; el resto del perímetro, guarnecido por su
ejército.
Liz sabe que vivirá como
Scheherazade en un palacio de oro del que sólo saldrá bajo la práctica del
Purdah; las mujeres se cubren ante cualquiera que no sea pariente directo. Sólo
Mohamed, los sirvientes y las mujeres del harem, podrán ver su rostro y su
cuerpo. Pero, ella, es tan superficial, caprichosa y rudimentaria, que ha
cambiado su libertad por una vida rodeada de suntuosidad. Eso sí, podrá viajar
al exterior, cuando lo necesite. En suelo pakistaní bajo ese humillante atavío
que apenas la deja ver, como al resto de mujeres que moran en aquel tosco país.
En occidente, podrá vestirse como quiera. Otra muestra de hipocresía. Mohamed
la visita cada noche. Liz es la única mujer que enajena sus sentidos. Sólo
cumple con sus esposas para que le den hijos. Pero, siempre acaba con ella. Esa
noche le pide de rodillas que le deje saborear su sagrado templo, algo
degradante para los musulmanes. El terrorista se deshace entre sus piernas,
practicando el primer cunnilingus de su vida.
Liz es la reina dentro de esa
monstruosidad de oro enclavada en la roca. Conoce los rincones y su sofisticada
vigilancia. Hay cámaras de seguridad por todos los recovecos. Poco le importa.
Ella cumple con su labor y se preocupa de estar hermosa para Mohamed.
Si necesita comprarse ropa, se
pone el burka y se desplaza hasta el helipuerto particular. Desde allí, con jet
privado, hasta donde quiera. Lo mismo si desea algún retoque plástico. Por lo
general, sus visitas son a Qatar. Mohamed tiene un pacto con Karim: Liz le
lleva una maleta con papeles y vuelve con otra llena de dinero.
En una de sus salidas, no va
sola. Dentro de una de sus maletas-armario introduce a Tania. Está muy drogada;
lo ha estado desde que llegó a Quetta. La han convertido en una yonqui a
expensas de su amo. Por este motivo, permanece completamente inmóvil. Literalmente,
es un zombi.
La estúpida de Liz es más
inteligente de lo que parece. Mucho más. Se ha encargado de revestir un baúl
con todas las comodidades para transportar a una persona, incluida una
mascarilla unida a una bombona de oxígeno para la respiración del pasajero.
—¿Dónde está Liz? —pregunta
Mohamed al no verla en la cena.
—Ha ido a Qatar con los planos
del nuevo campo de entrenamiento que construiremos en Afganistán. Quiere
convencer a Karim para que lo financie.
—Yo no le he dado ningún plano.
—Es lo que ha dicho. Ha salido,
como siempre, con el burka y su séquito de maletas. Ha dicho que volverá la
semana próxima. Igual que la última vez.
Mohamed abre mucho los ojos. Su
rostro se desencaja.
—¿Sucede algo? —pregunta el
soldado.
—¡Eres un necio! ¡Registrad la
fortaleza! —ordena un Mohamed delirante.
La fortificación se registra y,
en el habitáculo de Tania, Rapsud, el fiel mayordomo de Mohamed —mudo de
nacimiento—, yace muerto sobre el lecho de la prisionera. Le han rajado el
cuello con un sable curvo de oro. Sobre su pecho, un trozo de papel escrito en
árabe:
لتبدأ الثورة
ضد الذين كفروا
(Nunca subestimes el poder de una mujer. Liz).
De repente, un ritual continuado
de explosiones se sucede en diferentes piezas del recinto. En las calles de
Quetta cunde el terror. Hombres y mujeres imploran clemencia a Alá. Entre
ellas, la mayoría de las concubinas de Mohamed y sus hijos.
Han logrado escapar siguiendo las
instrucciones que Liz les dio antes de partir. En la calle, todas son iguales:
anónimas. Las mujeres no cuentan, no valen nada en un país de prácticas
medievales. Es el salvoconducto que les devolverá la libertad si siguen al pie
de la letra sus instrucciones, tanto para camuflarse en la ciudad como para
traspasar las montañas y llegar a un lugar más seguro.
—¿La CNN, Karim?
—Por supuesto. Veamos qué dicen
nuestros amigos...
La pantalla, a lo Minority
Report, centellea. Sale el logo de la CNN con un encabezado y música de fondo.
Es la hora del programa especial dirigido por Anderson Cooper. El presentador
da una noticia explosiva:
«Según fuentes fidedignas, hace
unas horas, un equipo de SEALs ha hecho una incursión en una fortaleza de Al
Qaeda situada en la ciudad de Quetta, en Pakistán. Se cree que en ella vivían
varios dirigentes del grupo terrorista. Según nos informan, ha sido destruida
por completo».
—¡Estos americanos son unos putos mentirosos!
—Como si no los conocieras...
Siempre han hecho lo mismo, por lo menos desde que tengo uso de razón —Almansur
y Karim ríen.
—El equipo de SEALs se reduce a
una sola mujer llamada Liz, con un cuerpo espectacular y un par de ovarios más
grandes que los encumbrados. Ahora, la humanidad tiene menos enemigos. A partir
de hoy deberemos elegir nuestras actividades para que la CIA siga avalándonos.
—En unas horas, la Operación
Qatar habrá terminado —comenta Almansur—. Siento que hayamos tenido que
entregar a tu primo. Pero un trato es un trato y sabes que es un completo
depravado.
—Mantendremos los negocios con
los chinos. El mundo, sin drogas y prostitución, no sería mundo. Pero se
acabaron los menores y las orgías. Por otro lado, debo confesarte que la
liberación de Tania me quita un peso de encima. Nunca debí cedérsela a Mohamed.
Era algo temporal que se había cronificado. Estaba cansado de sus chantajes.
—Todos cometemos errores, príncipe.
—¿Dónde está el
avión que las traía?
—En el hangar privado del
aeropuerto. Liz me acaba de llamar.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que embarca hacia Virginia de
inmediato. Tania está atendida por especialistas. ¿Quieres verla?
—¿Cómo está?
—Liz me ha dicho que, además de
irreconocible, está en estado catatónico.
—Lo siento muchísimo, pero los
negocios son los negocios. No. No deseo verla. Que esté atendida las
veinticuatro horas del día por los mejores especialistas. Cuando se recupere...
ya veremos.
***
Media hora más tarde, Liz
emprende el vuelo a EE. UU. desde el aeropuerto internacional Hamad DOH, en un
jet privado de la CIA.
Viste un traje diplomático gris
antracita, no lleva maquillaje y el cabello se lo ha recogido en un moño
italiano. El avión va equipado con un quirófano especial. Durante el vuelo, los
cirujanos plásticos que la esperaban hacen su trabajo con la celeridad que solo
los mejores pueden realizar: extracción de todos los implantes que lleva, tanto
en el rostro como en el cuerpo.
Los estilistas le quitan las
extensiones y le devuelven la melena corta y oscura que llevaba antes de
camuflarse como la stripper Liz Smith: vuelve a ser Candela Herrera, la
personalidad con la que mejor se ha llevado.
Horas después, el avión aterriza
en la base militar de Langley, Virginia (EE. UU.). Tras presentar los informes,
Candela coge otro avión con destino a Madrid, España.
Desde el aeropuerto de Barajas
hasta la central de la OCN.
—Buenos días, señorita. El
director me espera —le dice a la recepcionista.
—Su nombre, por favor.
—Liz Smith. Disculpe. Dígale que
Vera Carmona ha llegado.
—Un momento, por favor —la
señorita teclea un código y, al instante, le dice—: Pase, la esperan en la sala
de conferencias.
Esta vez, la acogida es sincera.
Recibe las felicitaciones de sus compañeros y, por supuesto, del jefe, con
quien acaba en un tête-à-tête.
—No estaba seguro de haber tomado
la decisión acertada —le dice su jefe—. Pero ahora sé que no me equivoqué —toma
su mano y le da unas palmaditas.
—Gracias. Viniendo de usted, es
todo un honor —contesta Vera.
—Has hecho un trabajo excelente.
Si quieres, puedes reincorporarte.
—Gracias. Pero no. Ahora sí voy a
retirarme. ¿Cómo está Carlota?
—Es fuerte, como tú. Hemos
hablado con nuestros amigos de Qatar y han accedido a que la recogiera un
agente del Mossad para su recuperación en Tel Aviv. En su situación era lo
mejor que podíamos hacer. Los judíos...
Ella le corta y dice:
—Sabia decisión. Son los únicos
que pueden salvarla. Nos llevan muchos años de ventaja médica. Además, ya sabe
que tengo muchos amigos en el país. ¿Puedo estar con ella hasta que se
recupere?
—Por supuesto. Si todo va bien,
en unas semanas la trasladarán al kibutz de Ramat Rachel, cerca de Jerusalén.
¿Te gusta la idea?
—Es perfecta. Cuando visité
Israel por primera vez, pensé en fijar mi residencia allí.
—Tu hija se alegrará.
—Supongo que estarán preparadas
las nuevas identidades...
—Por supuesto. Como pediste,
desde ahora eres Noa Cohen: profesora de yoga.
—Perfecto.
—Cuando Tania... Bueno, Carlota, aunque
ahora deba responder al nombre de Shira, se recupere, ¿qué harás?
—Dar clases de yoga y Pilates.
—¿Dónde?
—Si me acogen bien, en Israel.
O... ¿quién sabe? Igual regreso a mis raíces. Le dejaré la elección a Shira.
Pasado un largo periodo, Noa y
Shira Cohen se desenvuelven en el kibutz de Ramat Rachel como cualquier
israelí. Noa da clases de yoga y Shira empieza una relación con Ari, el
diplomático que hizo posible su traslado a Israel.
Cuando llega la primavera,
deciden ir de vacaciones a España. Se alojan en un hotel modesto de Sevilla. Y
turistean... Un día, al caminar por delante de New Tatoo, Yuma —que habla con
unos moteros— les sonríe. Ellas se desternillan.
—¿Te apetece hacerte un tatuaje,
Shira?
—Madre, ¿no te parece que
llevamos suficientes cicatrices?
—Nunca se sabe. Es broma —le da
un beso—. Tienes razón, dejemos los grabados para los snobs y los freaks
—comenta Noa con una mueca.
—Te divierte que las personas de
tu pasado no te reconozcan, ¿verdad? —pregunta la joven.
—Más de lo que crees, hija...
Quizás deberíamos escribir nuestras memorias.
—Escribe las tuyas. Serían la
sensación.
—¿Tú crees?
—Por supuesto. Valerie Tassó a la
española.
—¿Te estás burlando de mí?
—Lo digo muy en serio. Tal vez
tengas más experiencia que ella...
—Puede ser... Pero no tentemos al
diablo y vivamos con discreción.
—Lo intentaremos, madre. Lo
intentaremos.
La pareja sigue paseando cogidas
del brazo hasta los Reales Alcázares. Se sientan en un banco de los jardines y
se relajan. El sol ilumina sus rostros de muñecas de porcelana.
Un día después, Shira Cohen se
apea en la estación del AVE de Atocha. Se dirige a la central de la INTERPOL.
Ha dejado una nota:
Madre:
Ya he descansado lo suficiente
como para saber que necesito volver a trabajar. Me inculcaste el espionaje y es
lo único a lo que deseo dedicarme. No volveré a cometer errores.
No te he dicho nada para que
no te opusieras a mi decisión: es irrevocable.
Carlota.
Una nota escueta, ausente de
sentimientos y con su verdadero nombre, piensa esa mujer con alma de espía e
infinitos nombres mientras su hija camina con paso firme hacia la OCN.
Ari Levi, el diplomático del
Mossad que se encargaba de su recuperación y con el que llegó a intimar, se
acerca por un lateral y la retiene con discreción.
—¿Ari? No sabía que estabas en
España.
—Hace unas semanas recibimos
información sobre un agente de Mohamed que había sobrevivido y que estaba en
España para acabar con vosotras. En Sevilla podía vigilaros a las dos. Ahora,
he tenido que decidir...
—¿Mi madre está en peligro?
—Ambas lo estáis.
—¿Qué hacemos?
—De momento, nada. Sigue como si
no sucediera nada, pero sé precavida.
Shira camina por la calle de
Julián González Segador, cuando se le acerca un sintecho joven. Ella olvida lo
que le ha dicho Ari: es un crío de no más de trece años, con el rostro
desangelado y envuelto en harapos.
—Señorita, ¿podría darme algo de
comer? —le pregunta.
—La verdad es que no llevo nada
de comida, pero... toma —saca un billete de cinco euros y se lo da.
El chico se levanta la camiseta y
le muestra un cinturón estrecho repleto de pequeños explosivos.
Shira no se inmuta; simplemente
se acaricia la coleta muy despacio.
Al instante, aparece Ari y empuja
al chaval con todas sus fuerzas; se abraza a Shira y ruedan juntos por la
calzada. Poco después, el joven muere por la detonación de la correa. Shira y
Ari están abrazados, repletos de partículas ígneas volátiles. La carga no era
demasiado grande. Pero si el judío no hubiera estado cerca, ella habría muerto.
El despliegue policial de la
INTERPOL OCN cubre la explanada en busca del terrorista que engañó al sintecho.
Saben que no puede estar lejos. La ambulancia acaba de llegar y van a revisar
las constantes de Shira cuando Ari les dice que les dejen unos minutos solos.
Después le susurra a su amiga:
—Shira, no cometas ninguna
locura. Sabemos que tú eres la terrorista. Lo sabíamos desde que llegaste a Tel
Aviv. Mohamed te torturó hasta convertirte en una yonqui que dijo sí al islam.
Cuando intimamos, creí que te había salvado. Pero, al decirme que visitabais
España, comprendí que estaba equivocado y te mantuve en vigilancia cautelar. La
verdadera bomba está en tu bolso y has esperado a que la explanada estuviera
llena de policías para hacerla detonar. Déjame que los avise.
—Siento haberos fallado a todos.
Pero antes me fallasteis todos a mí. Y sí, tienes razón: me convertí a la causa
de Mohamed. Sufrí tanto que, al final, caí. Sin creencias. Sin preguntas. ¿Cómo
lo descubriste?
—Te escuché una noche rezar el
Corán. No lo hagas, por favor.
—¡Llevo una bomba en mi bolso!
¡Marchaos todos o morid! —vocea.
Antes de que los agentes le
disparen, Ari saca su arma y la dispara a bocajarro en la cabeza. Muere
instantáneamente.
***
Me llamo Vera Carmona, aunque
haya respondido a diferentes nombres: Emma Rouault, Liz Smith, Candela Herrera
o Noa Cohen.
Hoy, veinticinco de octubre de
2012, empiezo una nueva vida aquí, en Israel. Donde respetan mi libertad y
nadie me pregunta quién soy. Donde las mujeres podemos vestirnos como más nos
agrade y tenemos los mismos derechos que los hombres.
La vida vuelve a sonreírme.
¿Hasta cuándo? Lo desconozco. Prefiero no pensar en el futuro.
Título de la edición original: Bovary
21
Autora: Anna Genovés
Asiento Propiedad Intelectual
09/2913/2206
Capítulo
2. El vikingo
Capítulo 3. El comisario
Capítulo 4. El espía
Capítulo 5. El topo
Capítulo 6. El diplomático (The end)
Gracias por acompañarme en esta nueva aventura. Tal vez la
publique como una Novela corta en Amazon. Si os ha gustado podéis leer Las
cicatrices mudas, que sería la continuación si Carlota/Tania/Shira no
hubiera muerto 😉😉😉
