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Ana y María: un cuento de terror

La luz de la mañana traspasa los visillos nacarados del ventanal de madera. Ana mira el cielo diáfano, deja el libro que está leyendo sobre la silla victoriana tapizada de terciopelo, abre la ventana y respira hondo. Su hermana la mira con agrado. Se acerca a ella y hablan pausadamente:
–Ana me agrada tu cambio. Te has convertido en una mujer perspicaz y bella –le dice, cariñosa—. Pero, deberías salir un poco más. Desde que dejaste la universidad, solo tienes ojos para los libros. ¿O me equivoco?
–Puede que tengas razón, María. No obstante, he descubierto que mi sitio está en los lugares solitarios. No caso bien con las personas; tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para relacionarme con ellas. La timidez me ha envuelto de una muralla inexpugnable, pero me siento a gusto. En realidad, no tengo intención de dejar mi aislamiento –contesta Ana algo contrariada.
–Tranquila, no te enfades. No volveré a mencionarlo –comenta María con su voz angelical. Y añade—: Lo decía porque será difícil que encuentres pretendientes... te quedarás solterona.
–No busco un hombre: se cuidar de mi misma. Papá nos dejó suficiente dinero como para vivir bajo una buena administración y sin demasiados caprichos. Puedes quedarte con esta casa solariega. En unos meses, me trasladaré a un pisito de Londres cerca de La Morgue. Allí practicaré mi oficio con los cadáveres sin identificar que lleguen –indica Ana. María hace un respingo; un escalofrío gélido recorre su columna vertebral.
Se esfuerza para contestar animosa:
–¡Me alegro por ti! No tendrás más remedio que hacer amigos...
–Te equivocas –contesta Ana—. Por el día estudiaré y por la noche viviré en la casa de los muertos.
María se abraza a la toquilla de bolillos artesanal que lleva puesta y cierra la ventana. De inmediato, prosigue el diálogo con su hermana:
–Espero que no te moleste. Me ha entrado un frío repentino, extraño. A veces, tus respuestas me desconciertan un poco...
–María no mientas. En el fondo, prefieres que esté alejada del mundo. Así, tus posibilidades de casorio, aumentan. –Replica Ana con desdeño.
–No digas estupideces, Ana. Te quiero muchísimo –concluye María con una mueca tierna. Y prosigue—: Las dos deseábamos estudiar medicina, pero madre no quiso tocar el dinero de padre y solo tuvo dinero para que fuera una. Tú eres más lista. Te has convertido en la primera mujer cirujano: estoy orgullosa de ti.
Ana vuelve a la silla y María se queda mirando la campiña.
De improviso, entra en la alcoba una dama crepuscular de facciones rígidas. Mira a su hija, y le dice, agria como un pomelo:
–¡Ana María!¿Otra vez hablando sola? –La joven de cabello azabache y ojos marinos, agacha la cabeza. La mujer añade—: Al final creeré que tengo dos hijas; una que se llama Ana y otra que se llama María.


La joven se encoje de hombros. La madre se le acerca y mira la portada del libro. Inmediato, la abofetea, y agrega:
–¡Encima estás leyendo otra vez la misma novela! ¡Voy a tirarla!
–¡No por favor! No lo hagas, madre. Fui buena y te hice caso. Me dijiste que leyera...
–Sí, hija, sí. Que leyeras libros... hay una biblioteca completa. Sin embargo, te empeñas en escudriñar solamente El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Stevenson estaría satisfecho contigo: te la debes saber de memoria. –Espeta la matriarca antes de arrojar la novela sobre la cama con desprecio. Después, le aclara con dedo acusador—: Los personajes te devorarán.
–Eso no sucederá –replica Ana María.
¡Que no se te ocurra volver a protestar! Ahora verás lo que hago con tu novela –indica la madre, bastante alterada.
Ana María se queda impasible viendo cómo su madre coge el ejemplar, encuadernado con piel de vacuno, y la rompe en mil pedazos frente a la chimenea; echa los trocitos al fuego vivo. Unos lagrimones enormes recorren su rostro contraído, con la mirada perdida en la llamarada rojiza.
De repente, la joven, da dos zancadas, coge el atizador y golpea con fuerza a su madre en la cabeza. La mujer se tambalea y acaba desplomándose.
Ana sonríe maliciosa; los ojos abiertos como platos, la tonalidad de la piel, violácea. No conforme con un solo bastonazo, sigue golpeándola hasta que su cráneo se abre como una hamburguesa recién amasada. En cada hachazo su risa aumenta y su voz se torna grave:
–¡Estoy harta de que me ignores! No conozco a ninguna María. Soy Ana. Siempre fui Ana; Hyde me sedujo el mismo día que papá se suicidó. Lo veo todos los días colgado de la viga del salón, diciéndome: «Ana no hagas caso de lo que te diga mamá. Ella nunca te querrá como yo». –Sus fosas nasales hiperventilan, satisfecha por su ópera prima.
Ana se agacha y retira el cabello del rostro materno desfigurado. La acaricia y le susurra:
–Madre estás favorecida. La belleza de la muerte te ha poseído con todo su amor.
Su vestido se empapa de plasma cárdeno. Ana se desviste, tranquila. La sangre se esparce por el parqué níveo de la estancia. Ella ríe con los ojos desorbitados.
Minutos más tarde, la joven se acurruca sollozando como una niña. Su voz atronadora, se torna delicada:
–Mami, mami… ¿quién te ha hecho esto? –Murmura aterrada junto al cuerpo destrozado de su madre.


Acto seguido, mira sus manos ensangrentadas. Resbala los dedos por la pared de estampado florar, y chilla horrorizada.

©Anna Genovés
26/06/2016

P.D. Hace unos días finalizó la serie gótica Penny Dreadful. Esta es mi pequeña aportación. Desde mi humilde punto de vista, en su género, es una serie de culto.

Closer Than Sisters - Penny Dreadful - Abel Korzeniowski




La maleta

Jonás estaba tumbado en una cama de la UCI; unos tubos de varios milímetros se adentraban en su organismo y drenaban la porquería que, a falta de poder expulsarla por él mismo, le ayudaban en tan vital faena. Hacía unas horas que lo habían tronchado como a un gorrino en el matadero: entró en el quirófano con una perforación de intestinos causada por una peritonitis. Pero al abrirlo, se percataron de que el asunto era bastante más grave… Una de las doctoras, amante del humor negro en momentos inoportunos, le había dicho que de esa no salía. Pero ahí estaba Jonás dando guerra.

Anabel y Melania esperaban en los asientos de plástico azul adosados a los laterales de la puerta de doble hoja que las separaba de su hombre. La primera, la esposa. La segunda, la hermana. Cuando las llamaron, hicieron acopio de todas sus fuerzas y entraron al purgatorio hospitalario como dos almas en pena que no saben a dónde mirar porque los encamados están a pocos segundos del más allá. En la última cama de la derecha, separada por una cortina plastificada de la colindante, yacía Jonás. El hombre esbozó una sonrisa ladeada cuando las vio aparecer. Ellas lo correspondieron con un abrazo de “mírame y no me toques”, por si acaso…

Para la esposa fue un shock tremendo. Aquel cuerpo maltrecho, nada tenía que ver con su amado Jonás; parecía un Frankenstein recién llamado a la vida por el relámpago exaltado del bisturí mágico. Cuando se acercó a darle un beso en esos labios amoratados y resecos, se percató que una mancha sanguinolenta empapaba la impoluta sábana. La levantó y estuvo en un tris de desmayarse; se quedó helada: uno de los tubos del drenaje abdominal, estaba fuera. ¡Menos mal que lo he visto a tiempo! –pensó antes de llamar a uno de los ángeles custodios.

Las hicieron salir para cambiarlo y, cuando quisieron volver a entrar, la hora de las visitas había finalizado; tuvieron que esperar al día siguiente para verlo. Anabel hizo guardia en el saloncito de sillas plastificadas cercana a REA. Pero, por la mañana, le dieron una buena noticia: Jonás pasaba a planta. La consorte siguió la cama hidráulica hasta la habitación, esperó a que reubicaran a Jonás y entró. No podía creer que su esposo le sonriera como si nada hubiera sucedido. Llamó a Melania para darle las buenas nuevas. Así pasaron varios días, hasta que la hermana del resucitado le propuso hacer turnos por las noches.

A Anabel no le hacía ni pizca de gracia dejar a su monstruito particular con ella: nunca se habían llevado bien. Sin embargo, recordar las palabras que Melania le había dicho la noche que ingresaron a Jonás: “Tranquila Anabel, esto lo llevaremos entre las dos”. Le hicieron cambiar de parecer. Hablaron y concretaron los turnos.

Eran las diez de la noche, cuando Melania hizo aparición. Iba sola, pero parecía que llevara una corte. La acompañaban: dos almohadas, una mochila, un edredón y una maleta. Anabel y Jonás se miraron de refilón. No obstante, los goteros repletos de antibióticos y opiáceos no le daban demasiado carrete al enfermo. Y la desposada, a falta de compañía con la que parlotear, solo indicó:

–Pero, Melania, ni que fueras a quedarte una semana.
–Es que soy muy tiquismiquis y necesito que todo esté limpio, limpísimo… Tú, con cualquier fruslería de pacotilla te conformas: yo no.

Anabel no pudo evitar pensar: ¡Joder! Menos mal que mi cuñada va por la vida de podemita alternativa, le faltan las rastas. Con todo, a la hora de la verdad, es más pija que la Presley. ¡Será posible! ¡Ni que fuera aristócrata! Esto es un hospital público. Hay lo que hay… y gracias.

Anabel, marchó a descansar. Cuando volvió, a primera hora de la mañana, encontró a los hermanos con caras neutras. Al despedirse la maleta de Melania se abrió. Dentro, el único traje que tenía Jonás con todos los aperos que eran menesteres. Se juzgaron con sorpresa, horror y vergüenza. Melania se apresuró a decir:

–Hijos, no me miréis con esa cara. Los doctores dijeron que a lo mejor no la contabas. Te he traído las mejores galas por si era necesario…

No hubo más palabras. En los años siguientes, la relación se enfrió. Anabel le daba vueltas a la frasecita de Melania: “Tranquila, Anabel, esto lo llevaremos entre las dos”. A esas alturas, tenía claro que la propuesta se refería, únicamente, al sepelio de Jonás. Porque a verlo, solo había ido dos veces. Pese a ello, callaba: no quería meter cizaña.

El tiempo pasó veloz como un árbol de hojas eternas. Y cómo dice el refrán: “A cada cerdo le llega su San Martín”. Un día, el matrimonio se topó con una vecina chismosa. Lo primero que les dijo fue que Melania estaba enferma. Lo segundo, ¿cómo no iban a verla? Anabel fue astuta –le pegó un codazo a su marido para que callara—.  Contestó que estaban al corriente de todo y que, justamente en ese momento, venían de visitarla. La cotilla se marchó con el rabo entre las piernas. Y ellos siguieron caminando como si nada...

Una vez en casa, Anabel le dijo a Jonás:

–Jonás, no te sulfures. Arréglate y vayamos a ver a tu hermana.

Así lo hicieron. Y llegó el momento de la nocturnidad... Melania tenía muchísimos amigos y poca familia. Nadie estaba libre para pernoctar; así que, Anabel, permaneció con ella. Jonás era un enfermo crónico que no debía ni podía ni se iba a quedar: Anabel nunca lo permitiría.

A las nueve de la noche, Anabel, se presentó en el hospital, acicalada y con una maleta. Las amigas de Melania la miraron y cuchichearon: “Se cree una señora”. “Hasta lleva equipaje”. “Siempre ha sido una snob”. “Ella y su quincalla”… –dijeron por lo bajini—. Anabel se hizo la sueca. Y Melania la miró recelosa.

Cuando las dos mujeres se encontraron solas con la opacidad de la noche, entre sonido angustiosos y rostros apagados. Melania escuchó el retintín de las bisagras de la puerta; miro hacia ella y se estremeció. Sus ojos se abrieron como platos y un chillido ahogado surgió de su garganta vacía. Anabel le preguntó:

–¿Qué te sucede, querida?
–¿Has visto a esa mujer? No deja de mirarme. Vestida de negro riguroso y con la tez de porcelana. ¿Puedes decirle que se marche? Me da un poco de miedo.

Anabel se giró hacia la puerta y, señalando a la figura que observaba desde la penumbra, dijo :

–¡Ahhh! ¿Te refieres a esa?
–Sí. ¿La conoces? preguntó Melania.
–Pues claro. Es Muerte –contestó una Anabel flemática.
–¿Cómo…? –el óvalo de Melania se descompuso. Amarró la sábana y se cubrió por completo, temblando como una fútil hojarasca.

Anabel le dio unas palmaditas en el hombro para que se calmara, antes de decirle:

–Tranquila, Melania, nos hemos visto tantas veces que nos hicimos buenas amigas: viene a por ti. No te apures, no dejaré que te pongan un sudario. En la maleta he traído ese vestido estampado que tanto te gusta. Lucirás como una reina dentro del féretro.

©Anna Genovés
30/07/2015

Gabriella Cilmi - Sweet About Me


La maleta

by on 14:41:00
La maleta Jonás estaba tumbado en una cama de la UCI; unos tubos de varios milímetros se adentraban en su organismo y drenaba...








Todas las noches


Tic tac, tic tac, tic tac…

Suena el reloj al lado del oído. Un sonido monótono que atraviesa los tímpanos. Lo escucha perpetuo, clavándose en la masa encefálica de su cabeza huera. La una, las dos, las tres de la madrugada. Las cuatro, las cinco…

En su lecho, Manuel da vueltas; el cansancio hace mella en su hechura. Sin embargo, no quiere dormir: tiene miedo a la oscuridad. Y los terrores nocturnos lo mantienen en vela. A veces, una vigilia infinita acompaña las horas de reposo de su vida monótona y solitaria.

Cuando el sueño arrebata los sentidos. Penetra en un maremágnum de historias que sobrecogen a su mismísimo espíritu. Morfeo lo pasea por el camino del horror; cuando los sapiens eran bípedos recién nacidos que apenas se sostenían en pie y los dinosaurios seguían gobernando sobre la faz de la Tierra. Después, sonámbulo, dibuja lo que ve en sus pesadillas.

Manuel es un pastor ágrafo que nunca ha ido a la escuela. Apeas ha tenido contacto con otros humanos; un anacoreta rodeado de naturaleza, aperos de labranza y ovejas. ¿Cómo puede ilustrar los cuerpos de esos monstruosos animales con la precisión de un paleontólogo? ¿Cómo puede sentir esos ojos crueles y repulsivos de los colosales reptiles de finales del cretácico, acechándole? Desconoce la respuesta. Pero todos los crepúsculos, se despierta sobresaltado; empapado de sudor frío. El pulso agitado. El horror ceñido hasta la médula.

Todas las noches, abre los ojos, falto de aire. Todas las noches, siente los dientes ensangrentados de los demonios gigantescos, hincados en su carne prieta. Todas las noches, percibe cómo es engullido por unas fauces bestiales. El dolor es tan agudo, que su corazón galopa desbocado como un caballo salvaje lazado a un espino. Desgarrada la piel, los músculos; los huesos astillados como palillos. El mismísimo nazareno crucificado en el último hálito vivido.

Después, la negrura más absoluta se abre ante sus ojos despavoridos. Su cuerpo mutilado yace devorado por afilados estiletes que despedazan su cadáver vivo.


©Anna Genovés
03/03/2013
Modificado el 09/02/2015
Propiedad Intelectual V-488-14


Goodbye Horses (traducida)



Todas las noches

by on 14:14:00
Todas las noches Tic tac, tic tac, tic tac… Suena el reloj al lado del oído. Un sonido monótono que atraviesa los tí...







Go back for Christmas

Jorge estaba terminando de poner la mesa con un mantel cobrizo repleto de paquetes de regalo y guirnaldas de muérdago. El belén observaba desde el aparador, el árbol de Navidad junto a la puerta y la cubertería de plata al lado de los platos de porcelana fina. El pavo seguía en el horno y los ibéricos sobre el Silestone. La casa olía a Navidad.

El hombre esperaba a su esposa y su hijita. Desde el traslado empresarial de su partenaire a otra ciudad, el pobre estaba de un Rodríguez perpetuo. Pero era imposible que vivieran juntos porque alguien debía cuidar del hermoso adosado que habían comprado cuando la bonanza económica les permitía todo tipo de caprichos. Además, él tenía un  tallercito de mecánica que no deseaba cerrar.

Se dio un buen baño. Se afeitó –rasurando hasta los pelillos, que todavía no habían salido— con una navaja snowboard. Se perfumó con unas gotas de Bvlgari Extreme pour homme; el único capricho que se permitía para que su Carmen olfatease esa fragancia que tanto le gustaba. Y se puso su mejor traje –un diplomático sobrio con unas finísimas rayas en tono cáscara de huevo— de Easy Wear. En el espejo vislumbró a un hombre pletórico y radiante a la espera de recoger el premio gordo.

Cuando escuchó el timbre de la entrada, brincó como un chiquillo y se apresuró a abrir la puerta. Antes, se miró por última vez asegurando su aspecto:

–¡Olé Jorge! Estás como todos los años: hecho un chaval guapo y fuerte –se dijo a sí mismo con una sonrisa de oreja a oreja.

Fue hacia el portón, precipitado. No obstante, a dos pasos del umbral, aminoró la marcha para no parecer excesivamente efusivo. Su chica era muy seria.

Al abrir la hoja de castaño blindado, le brillaron los ojos. Ahí estaban sus mujeres. Su amada esposa y su perlita. Carmen con un chaquetón de corte diplomático en negro y un echarpe salmón. Carmencita llevaba un abriguito rojo de lo más lindo, como de costumbre.

–¡Hola papito querido! –la criatura se le echó al cuello.

–¡Hola lindura! Siempre tan cariñosa –contestó un emocionado Jorge.

La esposa ladeo la cabeza y besó su mejilla.

–Hola Jorge. Siempre impecable, como a mí me gusta. Es un placer volver a casa. Está como la recordaba –dijo con un halo difuso.

Se sentaron a cenar entre sonrisas y cariños. Las tres personas más felices de la tierra. En mitad de la comilona, la niña sacó la mano antes de tiempo y recibió un cucharazo en el dorso de la palma; se puso a llorar a moco tendido.

–Mujer, no seas tan estricta con nuestra preciosa Carmencita –refunfuñó Jorge.

Carmen lo miró con cara de pocos amigos. Jorge supo que esas palabras estaban de más. Calló.

–Lo hago por ella. No quiero que crezca malcriada. Ya sabemos lo que pasa después... Y por favor, no me contradigas delante de la niña –sentenció  su cónyuge.

–Como quieras, mujer. No te enfades –terminó por decir Jorge con el rostro fruncido.

Por dentro le hervía la sangre. Todas las navidades sucedía lo mismo, empezaban de buen rollo y, a mitad de la cena, se enzarzaban en una disputa que acababa con una mortífera pelea; tirándose los platos, literalmente, a la cabeza. La niñita agazapada en un rincón. Mirando cómo su papi y su mami discutían bastante acalorados hasta llegar a las manos.

Carmen le pegó varias patadas a Jorge. Y éste la abofeteó. Acto seguido, ella se marchó a la habitación y cerró la puerta de golpe. Jorge cogió a Carmencita y la llevó hasta su dormitorio tiernamente. La niña se durmió arropada por un edredón con dibujos de Disney; su rostro de angelito dibujaba una sonrisa. Inmediato, Jorge fue al garaje. Manipuló el automóvil de su esposa y durmió en el sofá.

A la mañana siguiente, más temprano que de costumbre, Carmen salió picando biela. La niña con ella. Algo que Jorge no había previsto.

La carretera bordeaba una montaña lindante con el embravecido Cantábrico. En una curva, el Renault se salió de la calzada y ruló por el acantilado. Carmen intentó abrir la puerta. Sin embargo, tenía diversas heridas abiertas que le impedían moverse; sus piernas estaban aplastadas. A su lado, la niña empotrada en la luna delantera: el cuerpecito inerte, triturado.

–¡Nooo…! –chilló con todas sus fuerzas.

Una explosión feroz convirtió el vehículo en una bola de fuego.
La estricta madre, en un flashback momentáneo antes de cerrar los ojos por última vez, atravesó un túnel de luz fulgurante y blanquecina; se vio horas antes, peleando con Jorge. Sonrió, habían olvidado cerrar las cortinas de los ventanales. Al lado, vivían dos solteronas –bastante chismosas— que no perdieron detalle de la disputa en un tête à tête muy sui géneris…

–Lo ves, el idiota de Jorge está hablando consigo mismo como si estuviera acompañado –le dice la una a la otra.

–No es idiota, hermanita. ¡Está como un cencerro!

–Mira, mira. Ya se levanta. Y se pone hecho un basilisco maldiciendo a la pared.

–Ahora coge un cuchillo jamonero y amenaza al árbol de Navidad como si fuera una persona.

–¡Fíjate! Gira hacia la mesa y pasa la mano por el respaldo de una silla, como si estuviera acariciando a una niña.

–Todas las Nochebuenas hace lo mismo…

–¡Míralo…! Ya se pone el abrigo y la bufanda de cuadros. Agita la mano como si se despidiera de alguien…

–Y así seguirá hasta llegar al cementerio.

–Volverá en una hora, para variar. Después, recobrará su ostracismo y acumulará todos los desperdicios hasta las próximas fiestas.

–Nuestro vecino es un Diógenes muy especial. Una semana antes de Navidad limpia toda la casa y se acicala a la espera…

–Sí. Espera a su esposa y a su hijita, como si el tiempo no hubiera pasado.

–¡Ya te digo! Hace tres décadas que sus Cármenes se marcharon en ese Clio azul que se despeñó por la carretera.

–¡Pobrecillo! La verdad es que me da un poquito de pena.

–A estas alturas, ¡me la pela! Nunca me cayeron bien: ni él ni ellas.

–¡Dios mío, qué viejas somos! Nos hemos convertido en unas urracas que espían a todo el vecindario. Jijijiii…

–Je, je (más risas).

Esa fue la última Navidad de las chismosas oficiales del vecindario. Había nevado más que de costumbre; salieron tras Jorge para cebarse de su esquizofrenia fantasmal, y dos estalactitas del tejado se incrustaron en sus cabezas. El sepelio sería de lo más sencillo; nadie las echaría de menos. Una corona sin nombre, acompañaría los ataúdes. La dedicatoria luctuosa, rezaría: “no es bueno reírse de lo ajeno”. A Jorge no le importó en absoluto toparse con dos nuevos espectros; siguió su camino hasta el cementerio. Sus Cármenes, iban delante.

En la puerta del Campo Santo la hijita preguntó:

–¿Papito, te vienes con nosotras?

Carmen le dio un sopapo en el cogote:

–Te he dicho una y mil veces, que tu papi no te quiere. De lo contrario, ¿cómo iba a dejar que se ensuciara tu vestido nuevo?

El rostro de la hermosa mujer, en carne viva, sonreía macabro. Jorge se despidió de Carmencita…

–Mi querida pequeñina, yo no sabía que tú irías con mamá.

–Si de verdad me quisieras, me acompañarías –susurró Carmencita, afligida, moviendo la cabeza; los tirabuzones rociados de sangre salpicaron el abrigo de Jorge.

La Parca lo miró cizallando los copos de nieve; las órbitas oculares vacías. La túnica azabache deslizándose entre los panteones.

–Todavía no, cielito. Todavía no. Quizás el año próximo… Pero recuerda: Go back for Christmas.

El rostro hueco de la pequeña, sonrió. Su cuerpo calcinado se descompuso y cruzó el umbral con barrotes de forja. Jorge las vio desaparecer entre nichos marmóreos y cruces sacras. Regresó a casa renqueando. Al observar su reflejo, lloró de amargura: no conocía al anciano marchito que veía en el espejo.



©Anna Genovés
12/12/2014
Todos los derechos reservados a su autora


Christmas Metal Songs - We Wish You a Merry Christmas [Heavy Metal] - Orion's Reign









Halloween terrífico

Estábamos celebrado Halloween en casa de una amiga. Había de todo: priva, pirulas y Moby-Dicks a tutiplén. Mi chica iba disfrazada de brujita insinuante: curvas perfectas,  labios carnosos y  pechos redondeados... Cada vez que la miraba me apetecía comerle el pico e introducirme entre sus carnes. Me excité tanto mirándola, que la arrastré al cuarto de baño. Me senté en la tapa del inodoro; ella movió sus caderas... ¡Guau! Mis dedos recorrieron sus muslos y acariciaron sus nalgas. La bajé sobre mis piernas. Nuestras lenguas se enredaron en los interiores acuosos, relamiendo hasta la última gota del alcohol que traspiraban. De repente, varios golpes en la puerta nos cortó el rollo...

—Nanos, la luz se ha ido —dijo Marc, flemático.
—Se habrán fundido los plomos, ¡capullo! —contesté de mala gaita. Le hubiera roto la cara.
—La TV se ha encendido sola. Hay un programa extraño…  —siguió mascullando.
—Jajajaaa… ¿Tú flipas, tío? —contestó mi nena desternillándose.
—Es cierto. ¡Salir de una puta vez! —bramó Cris.

Luna y yo nos miramos alucinados. Cris era la única que no se metía viruta y, por lo tanto, estaba lúcida. Salimos pitando. En el salón estaba la panda hipnotizada con el LG de 42’. La pantalla mostraba imágenes sucesivas del Congreso de los Diputados: los políticos masacrados.

—Buen montaje —dije, dando por sentado que aquello era parafernalia.
—Para lo que sirven —soltó Marc.
—¡Ya te digo! Para trincar la pasta y dejarnos con el culo al aire —sugirió Luna.
—Quiero una Tarjeta Black —insinuó Cris.
—¡Coño! ¿Y quién no? —sentenció Javi.
—Al tajo, tíos. No dispersaros que en España todos somos hijos de Curro Jiménez. Poner otro canal —solté con mal talante. Sorbiendo los últimos gránulos de perico que revoloteaban por el interior de la napia.
—Es el único que funciona —contestó Fran, áspero.

En la siguiente imagen, una presentadora salió al plató con la ropa hecha jirones; llevaba los brazos repletos de rasguños. Detrás, Screen amenazándola con un cuchillo inmenso. Reímos a carcajada limpia.

—¡Que guasa tienen…! Son unos putos cachondos  —dije.
—Calla nano. La cosa no pinta bien —sugirió Fran.
—Porque seas segurata, no estás en posesión de la verdad absoluta —repuse.

La locutora habló:

—Estamos en directo realizando un informativo especial Halloween…  —paró en seco.

Screen le metió una puñalada en la clavícula. Ella chilló; la sangre espesa y grana, resbaló por su cuerpo. Siguió hablando…

—El fin del mundo se acerca —terminó de largar.

El psicokiller se cebó con ella. La pantalla se fundió en negro.

—Nanos, ¿habéis visto? Ha sido más real que un snuff movie —soltó Marc con los ojos enajenados.
—¡Joder! Ahora el que no se ríe soy yo —solté con el semblante rígido.
—¡Estamos acabados…! —indicó Javi.
—¡Que no cunda el pánico! Aparqué el furgón del curro justo enfrente. Quizás nos venga bien dar un paseo… —repuso Fran.
Lo miramos flipados…
—¿Qué pasa? Era una sorpresa. Quería daros una vueltecita con el buga de la pasta gansa —terminó por decir.
—Nos vendrá de huevos —aseveró Cris.

Antes de subir al vehículo, escuchamos música en el centro de Karate Gu. Entramos. Había una fiestorra: todos iban disfrazados y hasta las cejas.

—Veis, es una broma macabra. Hoy es la noche de los muertos. ¡Qué miedo! ¡Booo!!! —dijo Luna riendo.

La melodía galopó a marchas forzadas. Los invitados comenzaron a bailar frenéticos; se hizo el caos. Los vampiros se abalanzaron sobre los demonios. Jason asesinó a la niña del exorcista. Freddy descuartizó a Chucky

Sólo una figura se mantuvo apartada. Agazapada en la esquina; cubierta por una capa oscura. Un púgil indefenso. Fuimos a socorrerla. Cogimos  katanas y nunchakos. Inmediatamente, la emprendimos con todo bicho viviente. Al acercarnos a la víctima, una lengua kilométrica y gelatinosa, se expandió delante de nosotros.

—Es el puto strongoi de Guillermo del Toro —dije férreo, a lo Vin Diesel en Riddick.

Rajé, de parte a parte, ese apéndice repugnante y mortífero que nos amenazaba. Veloces como guepardos, nos echamos sobre la repulsiva aberración hasta triturarla. Acto seguido, salimos del garito, subimos al blindado y emprendimos nuestro terrífico viaje. La city estaba en penumbra. En las calles, reinaba el terror. Giramos hacia la avenida y un ejército de zombis nos cortó el paso.

—¡El fin del mundo…!  —recordó Manu.
—¡Cállate, hostia! Que no me dejas pensar —grité.
—Tranquilos. Voy a echar marcha atrás —dijo Fran.

Imposible. La legión de muertos vivientes se arrojó sobre nosotros. Estábamos rodeados. El furgón blindado comenzó a moverse como una mecedora de madera noble con carcoma. Mis colegas, gritaron.

—¡No! ¡No! ¡No…! —voceé cuando los cristales cedieron y un zombi putrefacto mordió mi brazo.

La luz murió.

—Calma Alex. Has tenido una pesadilla —dijo Luna acariciando mi rostro empapado de un sudor gélido.
—¿Seguro…? —pregunté frunciendo el ceño.

Luna estaba recostada sobre la cama. Su sonrisa era brillante. Enrosqué mis dedos en su melena azabache: no era un sueño.

—¿Qué te pasa? —indagó mi chica.
—No tiene importancia… ¿Qué haces vestida de bruja marchosa? —curioseé.
—Es 31 de octubre. Esta noche celebramos Halloween en el piso de Cris. ¿No me digas que lo habías olvidado…?
Deslizó sus uñas de gel por mi pernera. Me puse como una moto
—¿No…?

La abracé y la poseí frenético. Gozamos cuajados en nuestros excesos. Destrocé el disfraz que llevaba. Podía vestirse de todo menos de bruja picarona. Mal pálpito.



©Anna Genovés
24/10/2014

Todos los derechos reservados a su autora
P.D. Con ironía y humor muy ácido, a todos los amigos de Polideportivo Abastos; en especial al grupo Peñasol.



The Walking Dead Trailer