Bailemos el cacán cogidos del brazo y sin mascarillas 

 

Es la consigna de la pospandemia que mañana estrena nueva relajación: ¡Fuera las mascarillas! ¡Qué ganas teníamos! Y, ¡qué caray! Nos lo merecemos porque estamos a cara cubierta desde hace más de un año.


Os preguntareis ¿por qué el cancán? Lo entenderéis enseguida, y cito textualmente del cajón de sastre más guay de la red: Wikipedia.


… “El cancán apareció por primera vez en los salones de baile de la clase trabajadora del barrio parisino de Montparnasse alrededor de 1830. Era una versión más animada del galope, un baile rápido en un compás de 2/4, el cual solía ser la figura final en la cuadrilla –en la que participaban tanto hombres como mujeres—. Por lo tanto, el cancán era originalmente una danza para parejas, las cuales realizaban patadas altas y otros gestos con los brazos y las entrepiernas.

Para este momento, y durante la mayor parte del siglo XIX en Francia, el baile fue también conocido como el chahut. Cancán significa ‘escándalo’ y ‘chahut 'ruido' o 'alboroto'.” …



Después de la cuarentena nos dejaron salir por parejas; nunca había visto tantos pares de personas –de todas las edades, sexos, colores…— cogidos de la mano. Era alentador como le retour de l'amour. Creo que muchos emparejamientos que, antes de la pandemia ni se miraban, con este varapalo que nos ha dado la vida, o se han separado o están más unido que nunca. Además, en ocasiones, hasta dábamos no patadas altas, pero sí largas o movíamos los brazos como las gallinas si veíamos a algún conocido, por aquello de la distancia… recordemos que estaba prohibido las reuniones de más de dos personas no convivientes, aunque fuera en la calle. Pues, eso, a adaptarse. Y nos adaptamos.


Pasaron los meses, y llegaron las relajaciones. Podíamos pasear de cuatro en cuatro o hacer grupos de seis –todo dependía de la normativa de la comunidad en la que viviéramos—. Igual que en el cancán que comenzó con pares y acabó en el vaudeville. En pocas horas, no hará falta salir a la calle con cubrebocas. ¡Hala! Todos a lucir nuestras mejores sonrisas –aunque sean más falsas que Judas— como animan los psicólogos positivistas y los coach.


Mañana los casi 4M de muertos por coronavirus y los casi 200M de contagios –muchos de ellos con las secuelas de por vida— ya no existirán. Soy una amargahipócritas, lo reconozco y me importa un bledo; prefiero la sinceridad que la mentira. O por lo menos, lo intento. Al margen de que la covid19 sigue con nosotros. Lo cual, hay que tener muy en cuenta. Ayer, me decía una amiga que ya habíamos pasado lo peor. ¡Ojalá tenga razón!


He leído la letra pequeña de fuera las mascarillas y por casi me meo encima. Resulta que podemos quitárnosla siempre que mantengamos la distancia de seguridad y estemos en el exterior. ¡Ah! Pero hay que llevarla encima por si, de repente, te encuentras en un semáforo concurrido y tienes que ponértela a toda prisa porque la cuadrilla de personas está al mogollón; a la sazón, solo nos faltará echar las piernas al alto y bailar despreocupados.





Anteriormente, el accesorio en cuestión, no se podía llevar ni en el brazo ni en la barbilla, solo puesto o guardado a buen recaudo en aquellos lugares sacrosantos en los que podíamos prescindir del mismo. O sea, en casa y poco más. De la noche a la mañana, ¡qué más da! Mucha gente le daba pluriempleo a este complemento médico que llevaban en la cara u otra parte corporal. Al presente… ¡ya me diréis las horas que rularán sin cambio de pañal!


Idiotas no somos. Con la obligación vigente de llevar cubrebocas, muchas personas se pasaron el precepto por el forro de los ovarios o los testículos, y no hablo solo de la juventud que son, al fin y al cabo, los menos peligrosos siendo los que más incumplen y contagian. Los mayores debemos dar ejemplo. Como unos lo hemos dado y otros no, pues, a callar que estamos en el mismo saco. Y, por desgracia, el bicho no distingue entre los que hacen y los que deshacen. ¿Qué pasa, que como estoy vacunado me la trufa el de al lado? Hipócritas y egoístas.


Al respecto de fuera la mascarilla en exteriores, la experta en transmisión aérea de virus y profesora estadounidense Linsey Marr, ha creado una regla con el nombre de 2 x 3 que se basa en…


1.       Mascarilla

2.       Distancia

3.       Aire libre


Para que funcione, siempre hay que cumplir dos de estas tres normas. Si estás al exterior con distancia de seguridad entre personas: NO MASCARILLA. En la misma situación sin distancia de seguridad: SÍ MASCARILLA porque de lo contrario, puedes infectarte.


Por otro lado, los psicólogos se han sacado de la manga un síndrome de lo más moderno: el síndrome de la cara vacía. Pues… ¡qué bien! Síndrome de la cara vacía o tener miedo o malestar de quitarnos la mascarilla o de hablar con alguien que no la lleve o de haber olvidado cómo mover agradablemente las facciones... ¿Por qué a todo hay que ponerle etiquetas? ¿Por qué no nos dejan en paz en vez de aprovecharse de la situación e inventarse sintomatologías para que seamos ovejitas baladoras al son de sus consejos? El asunto es obvio; si todos fuéramos responsables, dentro de unas horas, nadie llevaría mascarilla en los exteriores sin aglomeraciones. Sin embargo, esto no es así. No existe el síndrome de la cara vacía, hay personas irresponsables.


Sinceramente, no creo en la psicología. Por motivos trágicos en mi infancia y adolescencia, recorrí unos cuantos durante la juventud. La verdad, solo me sirvieron para descubrir que era una gilipollez pagarles: te dicen qué hacer para estar guay y punto. Algo que ya sabes antes de entrar en consulta. Que te digan lo que tienes que hacer no arregla nada porque te quedas igual de jodido. Seamos sinceros. ¿Cuántas sonrisas y palabritas bonitas de buenos días amigos, que paséis buen finde, somos los mejores y etcéteras… tienen realmente una capacidad sanadora si no fueran acompañadas de antidepresivos, betabloqueantes, hipnóticos, antiinflamatorios, ansiolíticos, alcohol, tabaco, petas, drogas duras o lo que sea que ingiramos para estar un poco más mejor de lo que realmente estamos? Pocas o ninguna. Colegas, que cada uno ponga la cara que le dé la gana con o sin cubrebocas, cada uno es como es y, dejémonos de monsergas.


Pues… ya lo sabéis, dentro de unas horas, bailaremos el cancán al estilo gallineta y con mascarillas de collar. ¡Genial!

 


Enlaces de interés


·         La regla 'dos de tres' para usar mascarilla en exteriores, M. G. redacción de Las provincias 

 

·      Basta de pensamiento positivo, Carmen Posadas   



·         El fin de la mascarilla y el síndrome de la ‘cara vacía’, Redacción RTVC.


 

·         Los psicólogos advierten del 'Síndrome de la cara vacía' con la desaparición de las mascarillas 

 

 

@Anna Genovés

Viernes 25 de junio de 2021

Publicado en el diario El cotidiano

 

En memoria de mi amigo Jose Luis Moreno-Ruíz y a todas las víctimas de la covid19


#actualidad #mascarillas #covid19 #sociedad #pandemia



Los secretos del emperador – 3 


Utópica o realidad. 2004

 

Los paseos por la megalópolis pekinesa han dejado a Daniel completamente extenuado. Cena algo ligero y se mete en la cama. Cinco minutos más tarde, duerme como un bebé. Al sonar el despertador le cuesta ponerse en funcionamiento, pero, llega al trabajo puntual como un reloj suizo.


No obstante, pasadas varias horas, el cansancio le pasa factura y entra en un sopor que lo deja caos. Se despierta empapado de un hircismo frío que le recorre el cuerpo. Las vértebras una a una, los brazos, las piernas y su nutrido cerebro. Mueve la cabeza varias veces y se queda alucinado por lo que le rodea. Entones, recuerda que está en el archivo secreto la dinastía Qi. Revisaba unos legajos cuando una extraña somnolencia, le invadió. Y, en la otra verdad de la vida, los sueños le llevaron a través de los siglos junto al mismismo Qi Shi Huang Ti.


Era el único guerrero de piel blanca que vestía la cota de innumerables cuadrados de cuero repujado engarzados con un durísimo hilo –del mismo material— dejado secar al sol y torneado con indescifrables condimentos que le conferían una alabastrina dureza; ataviado como cualquiera de los guerreros de terracota que yacen en la antesala del mausoleo del emperador para custodiarlo por la eternidad del espacio y el tiempo. Estaban preparados para la batalla contra las huestes mongolas y, él, cabalgaba junto al soberano chino con una espada de filo lijado. Su coraza, tenía una singularidad: en el centro sobresalía un tigre rojo.


Vaya sueñecito. Hablar con mis amigos ingleses tiene sus consecuencias. El hijo de Xong me tatuó un tigre rojo en la espalda sin que yo se lo pidiera. Ahora que la providencia nos ha reunido, tendré que preguntarle el significado, piensa.


Mira hacia uno y otro lado y sonríe. Está delante de un sencillo escritorio de railite y latón, feo como ningún otro y repleto de antiquísimos pliegos. Sentado en silla de metal con respaldo bajo –de esos que se clavan justo en la mitad del lomo—. Ha colocado una almohada para que sus músculos no se deterioren excesivamente. Cercando su fuerte, innumerables y desvencijadas estanterías desmontables, también metálicas, que contienen infinitos pergaminos de Qi Shi Huang Ti.


Sigue ensimismado meditando en sus fantasías, cuando Lin le sorprende—:


– ¿Haciendo un alto, Durán?

Daniel se atraganta –la nuez se pasea por su cuello varias veces hasta que por fin le contesta—:

– ¿Qué le trae por aquí, doctora Puen? Es la primera vez que viene a visitarme.

– Bueno, alguna vez tenía que ser la primera –Lin lleva un carrito portaequipajes repleto de cajas precintadas.

– ¿Usted dirá?

– Le he traído más trabajo: estas valijas acaban de llegar de Xian. Los arqueólogos han descubierto nuevos documentos en la fosa que están excavando, pero como siempre, me los envían a mí para que los estudie y registre. Y yo, los traigo al archivo y los olvido. Por suerte, ahora, usted los estudiará.


Daniel maquilla su asombro enviando una gélida mirada a la no menos glacial doctora, la cual pasa olímpicamente de su contemplación y se pone a ojear los documentos expuestos sobre la mesa, como si se tratara de simples apuntes de un colegial. Daniel mantiene la calma, se ha convertido en todo un intérprete de la vida.


– Y dígame, ¿en qué se basa su estudio? ¿Ha encontrado algo que le llame la atención, Durán?

– En este lugar, todo me interesa. Aún es demasiado pronto para mostrarle mis avances –la verdad es que no tiene nada y Lin lo sabe, pero ambos siguen su comedia con la hipocresía ácida que los acompaña en su día a día.

– Es cierto, es demasiado pronto… pero recuerde que el tiempo vuela. Dentro de dos meses viajaremos a Xian y no podrá consultar esta documentación. Antes de proseguir su investigación recuerde que debe archivar todo lo que le he traído. ¡Ay! Casi se me olvida, también le traigo el listado de los pliegos; están numerados por estanterías. Imagino que habrá visto los números en la parte superior…

– Los vi y le pregunté el significado a Chen. Él me habló del listado… Así que, gracias a los dos.

– De nada, Durán.

– Esto… –dice Daniel tocándose el cabello— Doctora Puen, ¿por qué no me los ha traído antes?

– Se nos había extraviado.

– ¡¿Cómo se les puede perder algo tan importante?! –espeta Daniel algo irritado.

– No consiento que ningún subordinado me hable en ese tono, y menos un extranjero.

– De eso se trata, ¿verdad? –sugiere Daniel que ya ha vuelto a la imperturbabilidad acostumbrada–. En el fondo soy un forastero que se inmiscuye en sus efemérides.

– Pue sí. No nos agrada que personas ajenas a China vayan rebuscando en nuestro pasado.

– Oiga, que yo investigo a un gran emperador, no me interesan sus errores. Le aseguro que si los encuentro, los guardaré en mi memoria y pasaré página: admiro de Qi Shi Huang Ti.

– Lo sé, pero, lo acontecido hace tantos siglos no puede compararse con la actualidad. ¿Y si encuentra algo completamente inaceptable? Entonces, ¿qué sucederá? ¿Vencerá el admirador o el investigador?  

– Primero soy investigador… y para conocer la verdad, hay que arriesgarse.

– Usted mismo. Yo prefiero quedarme con lo que tengo y no buscarle tres pies al gato, porque cuando indagas demasiado, siempre aparece algo que no deseas encontrar.

– Ustedes tienen una visión universal muy diferente a la nuestra. Disculpe… pero no puedo callarme, la China actual me parece una sociedad falsa que se muestra abierta al exterior solo cuando le interesa. En realidad, se parece bastante a la China feudal.

– ¿Y me lo dice usted que proviene de un país imperialista que sigue creyéndose el amo y señor de sus colonias y cuya elitista y snob reina no se digna a dar la mano, sin guantes, a ninguno de sus vasallos?

– Eso es diferente –contesta Daniel.

– No es diferente. En todos los países sucede lo mismo por mucho que nos empeñemos en lo contrario. En el fondo, siempre nos creemos mejores que nuestros vecinos. Hasta superiores. Usted siga con su investigación que yo seguiré de cerca sus pasos.

– Imagino. Sé que estoy más controlado que Truman.

– ¿Cómo?

– ¿No ha visto la película El show de Truman, doctora Puen?

– La he visto y entiendo por qué lo dice, por eso le pregunto. ¿No lo comprendo?

– Estoy seguro que me vigilan a todas horas como si fuera un criminal.

– Además de ser un engreído tiene manía persecutoria, quizá sean las secuelas de la heroína.


La pareja de investigadores está de pie a una cierta distancia. Hablan con templanza y a la vez con despecho; miradas enfrentadas y brazos cruzados. Cuando Lin menciona la antigua adicción de Daniel, desaparecen las formalidades. Él la coge por las muñecas y grita a pleno pulmón—:


– ¿Qué acaba de decir?

– Haga el favor de soltarme –Daniel la suelta y, ella, agrega—: Ya tiene la prueba de que no está vigilado, de lo contrario hubieran saltado las alarmas o hubiera escuchado una voz diciéndole que estaba detenido o algo por el estilo –grita la doctora Puen.


Daniel le replica—:


– Puede que sea demasiado pronto. Tal vez, dentro de unos minutos entren unos guardias fornidos a detenerme.

– ¡No sea estúpido! Las únicas cámaras que le vigilan, a usted y a todo el que entra en el archivo, son las del pasillo. Aquí dentro no hay ninguna.

– ¿Y en mi casa? Y… ¿qué me dice del teléfono?

– Siempre con ánimos de protagonismo como su reina. Su casa está limpia y el teléfono, también. Si quisiera espiarle utilizaría otros métodos.

– ¿Chen?

– Entre nosotros… Chen es mi perro faldero. Hace lo que le ordeno y punto. Si no quiere que le acompañe cuando vaya de turismo, me lo dice y no volverá a molestarle –Daniel levanta las cejas—. Aunque, no me responsabilizaré de lo que pueda sucederle. Hay mafias interesadas en extranjeros ricos… y usted lo es.

– ¿Qué sabe de mí, doctora Puen? –Daniel la ha vuelto a sujetar por las muñecas y la ha bamboleado un poco.

Lo sé todo. Si el gobierno conociera la parte oscura de su pasado quizás hubieran denegado su estancia. Claro, que su fortuna es demasiado sustancial para mandarle a paseo. ¡Y suélteme de una vez! Puedo defenderme solita.

– ¿No me diga?

– Qué petulante es –acto seguido, Lin realiza unas llaves de kung–fu y lo somete.



Poco después, Daniel está en el suelo inmovilizado; Lin aprisiona su cuello con las piernas cruzadas. De improviso, lo suelta y se estira a lo largo de su cuerpo con los dedos sujetando su garganta. Apenas puede respirar. Es la primera vez que la tiene tan cerca y desea besarla, pero no está en posición de intentarlo y permanece inmóvil, mirándola a los ojos, sin inmutarse, sin defenderse. Ella mantiene la mirada imperturbable. Al cabo de unos segundos de mutismo y parálisis, se aparta.


– Siento que hayamos llegado a esto –dice Lin—. Usted no me cae mal, pero tenga en cuenta que en China nadie se lo va a poner fácil. ¡Ah! Y si en algún momento se siente vigilado, por favor, hágamelo saber. Puede que tenga razón: las bandas tribales son muy peligrosas. ¿Quién sabe? A lo mejor no les interesa su dinero, pero quieren saber qué investiga. Nada es lo que parece ni aquí ni en ninguna parte del mundo –gira sobre sus talones y se aleja.

– Lo recordaré doctora Puen, no le quepa la menor duda. Lo recordaré todo…

– Adiós Daniel, perdón, Durán –le dice desde la puerta.

– Espere un momento, doctora.

– Tengo prisa,. ¿Qué quiere?

– No le diga nada a Chen, quizás necesite su compañía. Gracias.

– De nada. Hasta pronto.

– Hasta pronto.


Cuando Lin desaparece, Daniel ruge como el felino que acaba de perder a su presa favorita. No le importa que puedan o no observarle. La tensión ha sido extrema, nunca lo hubiera imaginado. Podía haberse defendido, ha practicado aikido y esgrima durante años, pero de haberse mostrado violento, las cosas hubieran empeorado. Por otro lado, la cercanía con la doctora Puen, lo han sumido en un halo de incipiente desconcierto. Se sienta y apoya los codos en el escritorio. Masajea su rostro y piensa con los ojos cerrados.


Al cabo de unos minutos, entre abre los párpados y se queda mirando el carrito que le ha dejado la doctora. Lo primero que ve son los folios del listado. Por debajo, varios sacos llenos de polvo. El conjunto es tan atractivo que decide echarle un vistazo.


Coge la lista y se da cuenta que en cada punto aparece el nombre del emperador junto a alguna parte importante de su vida, repartidos y numerados de la siguiente forma:


1.       Qi Shi Huang y su ejército

2.      Qi Shi Huang y la casta sacerdotal.

3.       Qi Shi Huang y sus concubinas.

4.       Qi Shi Huang y sus construcciones.

5.       Qi Shi Huang y su pueblo.

6.       Qi Shi Huang y sus mascotas.

7.       Qi Shi Huang y los mongoles.

8.       Qi Shi Huang y su salud.


La lista es extensísima y enumera las costumbres del emperador, así como las relaciones que tuvo con sus aliados, sus enemigos, su ejército, su corte y sus súbditos. A Daniel no le cabe la menor duda de que Qi Shi Huang fue un Dios que podía hacer y deshacer lo que le viniera en gana, siempre que sus guardianes se lo permitieran. Tenía una corte exagerada de guardaespaldas, sacerdotes, médicos, arquitectos, soldados, mujeres… Si movía un dedo, se enteraba el país entero.


Daniel pone cara de asco y suelta: ¡Qué agonía! Sucede y ha sucedido lo mismo con todos los personajes célebres… Más todavía, si pertenece a la nobleza o a la realeza. Mi emperador tiene hasta una estantería completa dedicada a sus ropas y otra a sus costumbres íntimas. No me gustaría estar en su pellejo –habla solo mientras desempaqueta los bultos del carro y, de repente, se calla y vuelve a cavilar para sí mismo.


Abre las ocho cajas apiladas en la carretilla y a comienza a coger los pliegos; separados en grupos de treinta, anudados con una cuerdecilla de bambú trenzado y endurecido con técnicas ancestrales. Al transportarlos a una de las estanterías, se fija en que la mayoría de los documentos están apilados y anudados de la misma forma. O sea: nadie los ha estudiado. La dejadez de sus custodios es obvia, piensa apretando los dientes, ligeramente enfadado.


En la primera valija, los pictogramas de Qi Shi Huang aparecen relacionados con sus huestes; documentación militar, piensa. Minutos más tarde, es inevitable que sus pensamientos vuelvan a la sonoridad como los de esos viejos recluidos que hablan solos. Y, de inmediato, se escucha a sí mismo diciendo: Vamos a buscar la estantería de los manuscritos relativos a los ejércitos. Mira la lista y dice: Estantería décimo octava. ¡Vaya! La tengo enfrente.


Al ir a coger otro bloque, la atadura se rompe y los pliegos se esparcen por el suelo:


» ¡Joder! ¡Maldita sea! La cuerda se ha roto, dice cabreado. Toma uno de los cabos y los examina antes de recoger los pergaminos. Esto no está roto… está cortado con unas tijeras normales y corrientes. Los putos chinos son unos verdaderos chapuceros.

 

En ese mismo instante, a cierta distancia, Lin llega a su despacho.


– Meo Yi –le dice a su secretaria.

– Dígame doctora –responde solícita la muchacha, que se ha levantado de inmediato, y baja la cabeza.

– No estoy para nadie. ¿Entendido?

– Entendido doctora, entendido –repite reverencial.

 

Lin entra en su despacho y cierra la puerta con llave. Inmediato se dirige al servicio privado, se lava la cara y las manos, orina y vuelve lavarse sus delicados dedos como si fuera un cirujano a punto de entrar al quirófano. Después, los unta de una crema sedosa que desaparece al contacto con su piel aterciopelada. Se mira en el espejo y le da un beso a su reflejo. Después, se dirige al sillón de cuero pardo que está detrás de su escritorio y se deja caer, distendida y con una sonrisa maliciosa en sus voluptuosos labios. Veamos qué estás haciendo mi querido Daniel, dice moviendo la cabeza con arrogancia.


Abre el portátil e introduce su clave. Al instante, la pantalla se llena de almendros floridos. Teclea una determinada flor y el ordenador se reinicia. De repente, el panorama cambia por completo y aparecen numerosos iconos con caracteres chinos. Ahí te tengo, dice pinchado dos veces el pictograma de la dinastía Qi. La pantalla del ordenador es una retahíla de números al estilo Matrix. Pero, si cliqueas sobre cualquiera de ellos, aparece un cliché de Daniel desde que aterrizó en Beijín: todos sus movimientos están registrados. Lin llega al último dígito y aparece Daniel en tiempo real. Se recuesta en el respaldo de su reconfortarle asiento y observa.


Daniel está recogiendo los legajos que se le han caído. Sigue elucubrando sobre el corte de la cuerda: Si lo has hecho tú, hermosa Lin, comprenderé la negrura de tu alma; tan pérfida y retorcida como bello es tu exterior, dice hablando consigo mismo mientras recoge uno de los muchos documentos dispersados por el suelo.


Me encuentra hermosa. ¡Este chico es gilipollas! Se entretiene en chorradas en vez de estudiar la joya que tiene entre sus manos, suelta ella sonriendo con picardía.


Daniel relee por encima, y en alto, los manuscritos del ejercito del emperador: Bla, bla, bla, bla... ¿Cómo? Parte de mi sueño aparece en estos legajos. ¡Mierda! El tigre rojo me acompaña en la contienda. Cabalga a mi lado. ¡Oh! ¡Nooo…! Se acabó. ¿Cómo seguirá? Debo encontrar el siguiente papiro esté donde esté. Me he quedado con la miel entre los labios. Se sienta pensativo y amasa su rostro.


El juego ha comenzado, mi querido Daniel, las fichas han dado su primer paso. ¿A ver cómo digieres los acontecimientos? Aconseja Lin desde su trono. Vigilante a través de las cámaras como un sabueso del ciberespacio.


Daniel sigue a lo suyo; ha recogido los pergaminos y está ordenándolos para leerlos desde el principio. Los trascribe, aunque estén en chino clásico, como si fuera su idioma materno. Ninguno hace referencia a un tigre rojo hasta la penúltima hoja, donde el emperador narra lo que ya sabe y repite en alto porque ha encontrado el papiro siguiente: El Tigre Rojo me acompaña a la contienda. Cabalga a mi lado. Y sigue:  Mi fiel amigo de piel blanca y ojos claros, nunca me abandona.


Alguien me está gastando una broma de mal gusto porque casi nadie sabe lo de mi tatuaje… Mis allegados y Xong Go que me lo dibujó. Quizá la señora doctora, que dice saberlo todo de mí, esté al tanto. Pero, no es una broma, estás hojas son genuinas, no lo puedo demostrar al cien por cien sin las pruebas necesarias, pero no parecen falsas. Entonces solo cabe una posibilidad: coincidencias de la vida… un círculo que se repite con diferentes personajes en el espacio tiempo o en universos paralelos, piensa Daniel.


Deja el bloque sobre su mesa y coge el siguiente. De improviso, Chen aparece entre las estanterías—:


– Durán es hora de marcharse. Seguro que ha encontrado algo interesante porque no se ha dado cuenta de lo tarde que era.

– Chen me gusta trabajar solo.

– Lo sé, pero quiero marcharme a casa y son las cuatro menos cinco. ¿Qué le parece? –Daniel mira el reloj y dice—:

– Vaya, tiene razón, lo siento.

– Me alegra que haya encontrado algo importante.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque siempre es muy puntual y recoge los documentos a las cinco menos cuarto.

– Pues mire por donde: no he encontrado nada que me llamara la atención más que los otros días –miente con una naturalidad pasmosa.

– Peor para usted –Chen se encoje de hombros.

– Yo también lo siento. Mañana será otro día.

La pareja sale del archivo a paso ligero.


Cuando Daniel abre la puerta de su apartamento, está molido. Ha sido una jornada dura. El estómago comienza a hacerle ruidos extraños y, entonces, se da cuenta que tiene un hambre atroz –no ha pegado bocado desde las seis de la mañana—. Va a la cocina, abre la nevera y mordisquea un sándwich de la noche anterior. En una hora se va de excursión con Chen y no puede cambiar los planes. Así que, respira con fuerza y piensa que, por la mañana, descubrirá si todo está como él lo dejó; de lo contrario, sabrá que lo espían.


En el museo, la doctora Puen marca un numero desde un teléfono del pleistoceno. Al tercer son, en un despacho lejano y turbio de la jefatura central de la ciudad, una mano nudosa y misteriosa –que conoce todos los movimientos de Daniel— descuelga el auricular.

 

– ¿Diga?

– El peón se ha movido.

– Cuántas jugadas.

– Una.

– Victoriosa.

– Indecisa.

– ¿Sabrá terminar la partida?

– Sí.

– Adiós.

Adiós.

 

La doctora Puen está pletórica. Algo normal pues está inmersa en la aventura de su vida. Sus ojos ambarinos se cierran unos instantes y deja volar su imaginación… se ve entre los almendros en flor de la escuela en la que fue educada para ser una de las mejores espías de Asia.


En otro lugar, una conversación similar se repite con otras voces, diferente sentido y distinta finalidad. El diálogo se clausura con palabras sorprendentes—:

 

– Podemos tener un problema.

– ¿Cuál?

– Por teléfono es peligroso hablar del tema.

– Venga mañana a las diez de la noche. Estaré esperándolo.

– Hasta mañana.

– Adiós.

– ¡Ciao!

 

 

@Anna Genovés

Martes 22 de junio de 2021

 Entrega por capítulos solo en el blog


Seguirá…










Todas las noches


Tic tac, tic tac, tic tac…

Suena el reloj al lado del oído. Un sonido monótono que atraviesa los tímpanos. Lo escucha perpetuo, clavándose en la masa encefálica de su cabeza huera. La una, las dos, las tres de la madrugada. Las cuatro, las cinco…

En su lecho, Manuel da vueltas; el cansancio hace mella en su hechura. Sin embargo, no quiere dormir: tiene miedo a la oscuridad. Y los terrores nocturnos lo mantienen en vela. A veces, una vigilia infinita acompaña las horas de reposo de su vida monótona y solitaria.

Cuando el sueño arrebata los sentidos. Penetra en un maremágnum de historias que sobrecogen a su mismísimo espíritu. Morfeo lo pasea por el camino del horror; cuando los sapiens eran bípedos recién nacidos que apenas se sostenían en pie y los dinosaurios seguían gobernando sobre la faz de la Tierra. Después, sonámbulo, dibuja lo que ve en sus pesadillas.

Manuel es un pastor ágrafo que nunca ha ido a la escuela. Apeas ha tenido contacto con otros humanos; un anacoreta rodeado de naturaleza, aperos de labranza y ovejas. ¿Cómo puede ilustrar los cuerpos de esos monstruosos animales con la precisión de un paleontólogo? ¿Cómo puede sentir esos ojos crueles y repulsivos de los colosales reptiles de finales del cretácico, acechándole? Desconoce la respuesta. Pero todos los crepúsculos, se despierta sobresaltado; empapado de sudor frío. El pulso agitado. El horror ceñido hasta la médula.

Todas las noches, abre los ojos, falto de aire. Todas las noches, siente los dientes ensangrentados de los demonios gigantescos, hincados en su carne prieta. Todas las noches, percibe cómo es engullido por unas fauces bestiales. El dolor es tan agudo, que su corazón galopa desbocado como un caballo salvaje lazado a un espino. Desgarrada la piel, los músculos; los huesos astillados como palillos. El mismísimo nazareno crucificado en el último hálito vivido.

Después, la negrura más absoluta se abre ante sus ojos despavoridos. Su cuerpo mutilado yace devorado por afilados estiletes que despedazan su cadáver vivo.


©Anna Genovés
03/03/2013
Modificado el 09/02/2015
Propiedad Intelectual V-488-14



Todas las noches

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Todas las noches Tic tac, tic tac, tic tac… Suena el reloj al lado del oído. Un sonido monótono que atraviesa los tí...