ÁMAME


Ámame, por favor.
Por favor, ámame.


Necesito tus besos
necesito tu aliento…
necesito el vigor de tu cuerpo
sobre mi ser.


Si no te veo, es un suplicio
y si te tengo cerca
me duele el cuerpo
 me incrustan clavos ardientes
atornillados a mis nudillos
y no dejan de doler.


Y entonces, te digo: vete
con palabras mudas que  nadie ve,
ven con la sinuosidad de mi cuerpo
y el ardor de mi querer.


Eres mi tormento
mi amor prohibido
aquel que cuando era Lolita
pasaba aireado ante mis ojos
y, peyorativo, se iba creído
sabedor de la verdad.


Y es que tus pasos, tu figura,
la manera de comer chicle…
como diciendo: “ding-dong” aquí estoy
o de mirarme sin querer
mientras juegas con tu HTC,

 hacen que me ruborice
que me sienta pajarillo caído del nido
hacen que siga sintiéndome mujer.


En realidad, no te quiero cerca
porque desearía retenerte en mis brazos
hasta que desfallezcas
 mis pensamientos, repletos de tus maneras,
 recordaran tus ojos y tu extrema languidez.



@Anna Genovés




             




ÁMAME

by on 21:16:00
        ÁMAME Ámame, por favor. Por favor, ámame. Necesito tus besos necesito tu aliento… necesito el vigor de tu c...










        ¡AY DE MÍ!



¡Ay de mí!



Que ya no oigo…
porque te llevaste contigo
mis palabras y mis odios.



¡Ay de mí!



Que he olvidado el sabor
de tus besos y tus abrazos,
tu desdicha y tu amor.



¡Ay de mí!



Que ya no veo…
por haber desaparecido
de mis noches y mis cielos.



¡Ay de mí!



Que no tengo olfato,
porque sólo recuerdo el perfume
sobre tu rostro aterciopelado.



¡Ay de mí!



Que he perdido el tacto,
por no acariciar piel alguna…
por no deslizar por tu cuerpo
mis deseosos dedos
y mis ansiosas manos.
Y es que si no estás a mi lado
vivo como un muerto
como un muerto mancillado.




Yermo de ternura y de amores
ausente de memoria cercana
y perdido en la que tú me amabas.



Carne de mi carne
aliento de mi boca,
vida de mi corazón
que me dejaste sola,
sin tu pasión y tu zozobra.
Con tu vida marchitándose ,
por otro cuerpo distinto al mío…
y también por otros ojos.



Te fuiste camino abajo
por la ladera de la montaña,
aquella montaña que tantas veces
fue el templo que tanto amabas.
ahora, me debato entre este mundo
y  tu olvido incierto.



Ya no vuelvas, ya no te quiero,
ahora mi cuerpo consumido
sólo necesita silencio.



Anna Genovés






¡AY DE MÍ!

by on 14:14:00
          ¡AY DE MÍ! ¡Ay de mí! Que ya no oigo… porque te llevaste contigo mis palabras y mis odios...








               I LOVE ROCKY BALBOA





Tanto fue el cántaro a la fuente, que al final se rompió.
Siempre he sentido admiración por ese campeón llamado Rocky Balboa. He visto la saga completa y cuando escucho el tema principal del film, o visualizo su storyboard, esté donde esté, me recuerda que aún puedo seguir luchando… Que este mundo se acabará el día que tenga que finalizar, pero que hasta entonces, debemos escalar todas sus montañas. Por diminutas o escarpadas que sean.
Estoy desempleada y –todos los días- miro las páginas de ofertas laborales más fiables, o por lo menos esas que dice “el boca a boca” del compendio de parias que formamos parte de España, mi querido y lastimoso país.
Voy con regularidad al gimnasio para mantenerme en forma y potenciar la serotonina que circula por mi organismo. De manera que, siempre, tengo una sonrisa en los labios y parece que vivo en el mundo de Wally. Nada más lejos de la realidad. Mi barrio no es “La Coma”… Pero, mi vida es tan poco generosa que no recuerdo las últimas vacaciones que tuve. Como aquel, que Dios nos dé salud: en realidad es lo importante.
De igual forma, estoy apuntada a tropecientas mil bolsas de empleo público, y hasta me he presentado a las “opos” de Auxiliares de Biblioteca de la Universidad de Valencia. Por supuesto, me han cateado, y casi que lo prefiero porque fui una de las candidatas que ejercieron como testigos en la rutina post-finalización del examen y… La pregunta de la “miembra” del tribunal, fue lapidaria

- ¿Ya has trabajado en la universidad, verdad?

- No.

 - Vaya… pues que tengas mucha suerte: la vas a necesitar. Es que se presentan muchas personas que sí han trabajado con nosotros.

Visto para sentencia. Más vale un suspenso matutino que un muy deficiente al final del camino. Hoy estoy espesa: why? Porque ayer, por darle un toque especial a mi monótona vida, como la de casi todos los mortales que pululan por nuestro fatigado planeta. No fui la gym si no de paseo con mi esposo, y la zozobra que debió producirme la ausencia de serotonina a la que estoy acostumbrada ha hecho que la noche se perturbara… Primero, no podía conciliar el sueño y, después, llegaron las pesadillas.
Me he levantado varias veces, siempre con la luz apagada y los ojos cerrados –manías que tengo-. En una de mis andanzas “sonambulistas” he querido ser metamórfica y traspasar la puerta del dormitorio. Resultado: me he dado de bruces con el canto de la misma:  “¡Hija de puta!…” –Le he dicho-. Pero, la muy cazurra ni se ha inmutado y, yo, he comenzado a tambalearme por el –larguísimo- pasillo hasta llegar al cuarto de baño. Allí, he comenzado a notar que todo me daba vueltas, que un sudor frío recorría mi cuerpo y que algo recorría mi pómulo izquierdo. Al abrir la luz, ¡joder! Si no me sujeto me voy al suelo –entre el mareo y la sangre (rojo intenso) que fluía de mi párpado a borbotones-. En vez de pedir ayuda, me he sentido como el “potro italiano” al que tanto admiro, y –como he podido- me he sentado en el inodoro, sujetando una toalla sobre mi –sanguinolento- ojillo.
Pasados unos minutos, me he levantado –flotando en una nube extraña y turbadora que me ha empujado hasta la cocina-. He abierto el congelador, he envuelto unos cubitos de hielo en un paño; y, seguido –dando unos pasos más hieráticos que los de Frankenstein-, me he dejado caer en el sofá-. La saliva se me antojaba agria y pastosa. Me he acordado de Johnny Deep en “Miedo y asco en las Vegas” y –con una carcajada socarrona- he pensado que aquello era como un mal ácido…  No sabía si estaba despierta o dentro de una pesadilla: no pensaba con claridad. Veía nubes amarillentas y tenía escalofríos que trastocaban mi temperatura –desde un calor intenso hasta el gélido frío de la Antártida.
Recuperada, me he puesto –con un bastoncillo- Betadine sobre la brecha. Amanecía cuando me tumbaba en la cama y lograba dormir unas horas… En el hospital, me ha reconocido una enfermera y he pasado a la sala de espera:

-                     Coloque su historia clínica en el buzón y ya la llamarán

-                     Gracias.

Debería haber añadido… Y, desgracias. Porque, entre la primera, segunda, tercera, cuarta y quinta hora de mi permanencia en susodicho saloncito, los lloros se han sucedido igual que los chillidos. ¡El panorama era para matar! Y eso que llevaba un ojo a la funerala.

Mostrador con dos patas metálicas y cubierta cristalina –con una señorita al mando de un teléfono, un ordenador y un “walkie”-. Era una visión cómica, una muñeca articulada en un frenético ir y venir hacia dentro y hacia fuera, llamando por un celular, introduciendo datos y auxiliando a los damnificados o acompañantes.

Las sillas –de reconfortable plástico azulón- se adosaban a lo largo de la pared. Un grupo de horondas señoras ataviadas de “todo a cien” hablaban, animadamente. Nadie diría que estaban en un hospital. Lo tenían muy claro, vamos a pasar un ratito a urgencias, como quien dice: “a tomar un café o beber una cerveza…”

En la esquina cercana –dos latinas- se han puesto a sollozar, cuando una tercera salía de “boxes” hecha una Magdalena. Las anteriores mantenían su jolgorio.

A mi derecha, un grupo de “afros” con sus peculiares atavíos y sus tribales fonemas. Español poco, pero, educación, bastante. Al lado, un mandarín que no ha dicho ni pruna hasta que la enfermera ha pronunciado: Chu Lin. Y Chu Lin, abnegado y cabizbajo, se adentraba tras ella con sus pasitos diminutos y su pelo lacio.

Enfrente, la pareja de cincuentones acostumbrados a la sala, correctos y sin meterse con nadie –uno al lado del otro-. Él, con un periódico; ella, tejiendo un suéter verde oliva, del que más tarde ha asegurado:

-                     A este paso, aquí lo he comenzado y aquí lo acabo.

 Y de repente, la moderada fraternidad del lugar se ve truncada… Hace aparición la princesa de “Las Baratas”, perdón, quiero decir de “La Olivereta”. Moño pardusco –alicaído y enmarañado- con más de un habitante por sus lares, camiseta de yo que sé cuánto tiempo sobre su escuálido torso –de color indeterminado- y pantalones “cagaos” con dibujos cada uno de su madre y de su padre. Entra cojeando, sujetándose la cadera derecha con una mano, y con la otra, boceando por el móvil:

-                     Pápa, que toi en el hospitá. Siii que me duele muxo el pié –y, ahí, voy yo y se lo miro.

¡Jesús! Chanclas con florituras de plexiglás y plataformas, y unos talones… ¡Con más mierda que el palo de un gallinero! Justo, se sienta a mi lado, a darme cháchara. ¡La virgen! Ni Yacaré en sus buenos tiempos. Unos minutos… Y, pies en polvorosa: al servicio y cambio de asiento.
Llega la otra aristócrata: la bien vestida, la bien calzada. Maletín en mano, en el que –supuestamente- alberga un portátil… Toma, debo de tener imán, porque se adosa a mí. Yacaré se ha convertido en Bvlgary: buen cambio.
¡Ah! Pero, a mí no me quitas potagonismo. The princess of "The Olivereta" speaks:

-                     ¡Mariii!!! –Vocea.

Mis sueños se hacen realidad: Aparece “the perfect family”. ¡Atentos!. No perdáis detalle: ambos con chándales de elastómero. Él, negro con letras NIQUE en dorado, ella en fresa con logos ADIDOS.  Chaquetas de medio cuello y puños de goma como el pantalón. ¡Ayyyyyyy! Si llevan unas zapatillas galácticas, todas ellas reflectantes y con más goma que el resto de ropa. ¡Cómo me duelen los callos, los sabañones y todos y cada unos de los diez dedos de mis pies! Al bebé del carrito con adornos navideños, sólo le diviso una carita de ¿por qué tengo una papis tan frikis?
Por fin escucho: “Ana Mª Genovés...”
Entro y le cuento la historia al médico, ni se levanta. No tienes nada, te envío a oftalmología para que te hagan unas pruebas. Cambio de pabellón y cambio de sala. Frente a mí, una madre y su hija, más o menos de mi quinta, coincidencia, con el mismo ojo “estropiciao” que yo.
Vuelvo a explicar los hechos por tercera vez, a la señorita que me toma nota y le entrego el historial; cuarta, a la enfermera que llega y, por último, a la doctora que me atiende.
-                     Mareos, dolor de cabeza, sensación de cuerpos extraños…  Tápese el ojo –dudo-. Es disléxica o está mareada.

-                     Perdone. Lo primero –me tapo el ojo afectado. La doctora sonríe.

-                     A ver, qué letra es esta –cambio de pantalla- y esta… Todo parece estar bien, no sé si darle enzimas orales para el hematoma –pues lo sabré yo, pienso.
Más dudas.
-                     A ver, espera que se me olvidaba. Apoya aquí la barbilla –cambio de taburete, cambio de aparato-. A pues no, no está perfectamente sellado como a simple vista parece… –Más dudas- no sé si ponerte dos puntos de sutura –¡la madre que me parió! Lo sabré, yo. (Pienso un poco hasta las narices de la doctora y su indecisión).

-                     A ver doctora, por lo demás, todo está bien, ¿no? –Interpelo.

-                     Sí, sí…

-                     Pues usted es la especialista, haga lo que crea más conveniente. Por cierto…

-                     Dime, dime –a todo esto, ella, sigue enfrascada con mis datos y el ordenador, que (por supuesto) no es lo suyo.

-                     ¿Cree usted que se me notará? -pregunta del millón.

-                     Bueno, pues creo que no… Pero, si te pongo puntos puede que sí. Mira, te voy a poner unas tiritas de estas que sujetan las heridas –puntos americanos- y te doy unas cuantas para que te las cambies. ¿Vale?

-                     Me parece bien –qué voy a decir. Si tengo más hambre que el perro de un ciego y estoy hasta las narices de preguntas, indecisiones y etcétera, etcétera…

Y ahí va, de regreso a casa “la Yegua de Abastos” para plantarle cara al mismísimo “Potro Italiano”.



Anna Genovés








Calles malditas


Estaba frente a la caja tonta; los ojos comenzaban a cerrarse y el sueño a invadía mi cuerpo, se me ocurrió hacer un poco de “zapping”. En La Cuatro TV, comenzaba Callejeros. Adiós al duermevela. Durante unos intensos y fructíferos minutos, los ojos se me abrieron como platos y me quedé amarrada a esa pantalla con iconografía y testimonios sobrecogedores. El documento no era para menos. Estaban hablando del suburbio más delictivo del puerto de Santa María de Cádiz: la barriada de José Antonio.

***

La reportera entrevistaba a uno de los muchos yonquis que a plena luz del día, iban a pillar y a colocarse en los escondrijos de la barriada de San José Antonio del puerto de Santa María de Cádiz; calle del Desengaño, del Doctor Fleming y del Doctor Pasteur. Hablaba con una chica que dijo tener secuelas por los abusos sexuales y psicológicos que había sufrido, desde los nueve años. Se levanta su roída camiseta para decir que, desde entonces, sus pechos siempre habían supurado leche… ¡Coño! se aprieta el pezón y, ¡cierto!, un líquido pastoso y blanquecino hace aparición en ese pellejo que pende de esa esquelética hechura que dio de comer a algún desnutrido churumbel.

Después, tomaron contacto con otros parias de la sociedad: un grupo de ex heroinómanos que estaban enganchados al chapapote. Chapapote: dícese, en el leguaje de los desheredados “typical spanish”, a la cocaína que se extrae del rascado de las pipas utilizadas para “colocarse” con tan tentadora sustancia. Una enjundia negra y dura que se vuelve a fumar y que, según sus aficionados: sube antes y coloca más. Estaban en una especie de nave encalada con arcadas inmensas; abierta al exterior por vanos interminables en la parte superior, y a la que se accedía por una cancela metálica verde hoja. No existía suelo; estaba enterrado entre los deshechos infectos de sus asiduos: bolsas de basura y ratas más grandes que Bugs Bunny. Era una antigua bodega que hace las veces de templo de esta particular droga made in Spain.

Cuando se encendieron la pipa, la reportera tosió, el conjunto se tornó más íntimo, y comenzaron a contar historias… Uno de ellos —dijo— que tras un desencuentro amoroso se fumó el coche, el oro, el piso y hasta la vida propia. Continuó a lo Séneca especificando que cuando los valores se pierden, la vida no importa. Otro de los desdentados, mostró su tobillo derecho: todo él como un armazón de roca por los pinchazos que se metía. Seguido, sacó su miembro —un glande marchito y desfigurado— y contó que era el mejor sitio para inyectarse sin levantar sospechas. Un día se le infectó un pico y por casi se convirtió en eunuco. La entrevista se cerró con el “abre camino”; los cronistas se despidieron y el más silente de todos, fue haciéndoles huecos entre la mierda y los roedores que acampaban a sus anchas: “no te preocupes. Es por si salta una y te muerde la pierna” —le dijo a la periodista.

Pero la vida seguía en la barriada periférica del puerto de Cádiz. A media tarde, los reporteros se dieron una vuelta por un albergue que repartía metadona, comida, medicamentos, duchas calientes y ropa… Después, pasaron por el mercado de la Concepción, repleto de vida; con marrajos descuartizados y vendedoras de hierba buena bailando por soleares… Inevitable, hacer un alto en la parada de una de las mejores churreras de España. Cerca, un grupo de vendedores ambulantes (gitanos), hablaban de los calientes que eran: “en la vida lo que importa es follar a todas horas…” —dijeron ante la atónita mirada de los cámaras.

A posteriori, visitaron un cuchitril habitado por dos mujeres. Eran felices de vivir en el Puerto de Santa María, sólo sentían que el cabeza de familia desapareciera en 2009 sin dejar rastro —aseguraron—. La esposa, con carencias psíquicas, se sentía dichosa porque se le había aparecido la virgen y el mismísimo Jesús. Minutos más tarde, concomieron al “guapo” del barrio: un “mascachapas” ciclado (al estilo Cristiano Ronaldo pero en cutre) que mostró sus grotescos tatuajes y dijo vivir como el “Maharajá de Caputela”.

La luna se alzó en el firmamento azulino y limpio cuando el equipo de Callejeros entró en una de las cien viviendas sociales del barrio: una casa humilde y aseada. Ocupada por dos personas tan normales como lo somos tú y yo o la vecina de enfrente. Las señoras, quisieron mostrar a los periodistas lo que vislumbraban a la luz de las escuetas farolas, cada noche de sus acongojadas vidas. Señalaron una esquina, dónde se amontonaban la basura y los meados. Varios tipos se encaminaron a dicho tramo y defecaron como si fuera el mismísimo WC de su casa.

Un furgón de los “nacionales” se apeó en un extremo; minutos de incertidumbre… Los maderos, cautelosos —cómo no— se dieron a conocer, pidieron las identificaciones y se marcharon. Inmediato, reapareció el grupo de segregados (a lo de siempre), a vender droga o a fumarla, a beber la litrona o a comenzar una reyerta. Se escucharon amenazas de muerte mientras las ratas saltaban libres como chicharras entre la podredumbre.

***

Acabado el programa, me fui a la cama sobrecogida por las imágenes que había visto. Mi lecho —limpio y hermoso— con sábanas de Benetton y manta Paduana, me arropó. Una cadena desbocada de clichés, se sucedieron en mi mente; aparecieron los fotogramas de Callejeros. Uno consecutivo e infartante con el siguiente y, de repente, mi lucidez me transportó a un episodio de The Wire. Ése en el que Bubbles pasea su carrito en la nocturnidad de las Baratas Una ráfaga luminosa y cerebral superpuso las secuencias. Apenas distinguía lo ficticio de la realidad. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me perdí en la oscuridad de mi alcoba con un único y terrorífico pensamiento: lo que acababa de ver formaba parte de eso que llamamos primer mundo, de occidente, de mi país, de mi querida España.

Anna Genovés
05/11/2011


Calles malditas

by on 7:07:00
Calles malditas Estaba frente a la caja tonta; los ojos comenzaban a cerrarse y el sueño a invadía mi cuerpo, se me ocu...