Nunca habrás nacido

 

Joven retraída y mujer declinada, caminas por la vida con pies de metralla. Las manos son largas, teclean un sonido eterno. Los labios no dejan de amar entre el mundo imaginario y el verdadero. Desconoces en qué momento te pusiste a caminar; el sendero no era recto, la montaña no te dejaba hablar. La cumbre estaba lejos.

El rostro colmado de arrugas finas

Tejidas por los años

Verdades y mentiras, odio y sosiego.


 

El cuerpo camina esbelto apoyado en un bastón de cristal. El corazón apenas siente y la mente se fragua de maldad. Dulce niña que olvida la juventud y se disuelve en un vaso lleno de azafrán.

Fe, esperanza y caridad

El señuelo de tu vida

Sin ir a misa ni rezar.



 

Te apiadas de los sintecho, de los rumanos que escarban la basura, de los pedigüeños, de las personas cuya salud deja mucho que desear. Y sigues tu existencia sin mucho que decir y poco que dar.

Volutas de humo se alzan al techo

copa de vidrio con líquido espeso

la sangre brota

el aire se agota,

olvida los sueños.


 

Yacerás en el camposanto un día de estos. La mañana clara morirá en tus ojos. Las nubes no serán rebaños de borregos; las campanas no tañerán tu muerte, las flores se marchitarán y los gusanos brillarán en la carne corrompida y el también en el cerebro.

Bebida por la muerte

Nutrida por despecho

Café de molinillo

Tiritas de miedo


 

Tu cuerpo hermoso, estará deshecho en un cajón de madera sin cruz en la tapa ni nombre en la lápida de otro. Nadie recordará cómo te llamabas ni tampoco tus ojos.

Nunca habrás existido

Nunca habrás nacido

Nunca saliste del lodo.

 


@Anna Genovés 

Dos de mayo de 2021


*Anoche vi el primer capítulo de la cuarta temporada de 'El cuento de la criada' y recordé que este poema podría acompañar a June



Nunca habrás nacido

by on 18:18:00
    Nunca habrás nacido   Joven retraída y mujer declinada, caminas por la vida con pies de metralla. Las manos son largas, teclean un sonid...




Ana y María: un cuento de terror


La luz de la mañana traspasa los visillos nacarados del ventanal de madera. Ana mira el cielo diáfano, deja el libro que está leyendo sobre la silla victoriana tapizada de terciopelo, abre la ventana y respira hondo. Su hermana la mira con agrado. Se acerca a ella y hablan pausadamente:

–Ana me agrada tu cambio. Te has convertido en una mujer perspicaz y bella –le dice, cariñosa—. Pero, deberías salir un poco más. Desde que dejaste la universidad, solo tienes ojos para los libros. ¿O me equivoco?
–Puede que tengas razón, María. No obstante, he descubierto que mi sitio está en los lugares solitarios. No caso bien con las personas; tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para relacionarme con ellas. La timidez me ha envuelto de una muralla inexpugnable, pero me siento a gusto. En realidad, no tengo intención de dejar mi aislamiento –contesta Ana algo contrariada.
–Tranquila, no te enfades. No volveré a mencionarlo –comenta María con su voz angelical. Y añade—: Lo decía porque será difícil que encuentres pretendientes... te quedarás solterona.
–No busco un hombre: se cuidar de mi misma. Papá nos dejó suficiente dinero como para vivir bajo una buena administración y sin demasiados caprichos. Puedes quedarte con esta casa solariega. En unos meses, me trasladaré a un pisito de Londres cerca de La Morgue. Allí practicaré mi oficio con los cadáveres sin identificar que lleguen –indica Ana. María hace un respingo; un escalofrío gélido recorre su columna vertebral.

Se esfuerza para contestar animosa:

–¡Me alegro por ti! No tendrás más remedio que hacer amigos...
–Te equivocas –contesta Ana—. Por el día estudiaré y por la noche viviré en la casa de los muertos.
María se abraza a la toquilla de bolillos artesanal que lleva puesta y cierra la ventana. De inmediato, prosigue el diálogo con su hermana:
–Espero que no te moleste. Me ha entrado un frío repentino, extraño. A veces, tus respuestas me desconciertan un poco...
–María no mientas. En el fondo, prefieres que esté alejada del mundo. Así, tus posibilidades de casorio, aumentan. –Replica Ana con desdeño.
–No digas estupideces, Ana. Te quiero muchísimo –concluye María con una mueca tierna. Y prosigue—: Las dos deseábamos estudiar medicina, pero madre no quiso tocar el dinero de padre y solo tuvo dinero para que fuera una. Tú eres más lista. Te has convertido en la primera mujer cirujano: estoy orgullosa de ti.

Ana vuelve a la silla y María se queda mirando la campiña.

De improviso, entra en la alcoba una dama crepuscular de facciones rígidas. Mira a su hija, y le dice, agria como un pomelo:

–¡Ana María!¿Otra vez hablando sola? –La joven de cabello azabache y ojos marinos, agacha la cabeza. La mujer añade—: Al final creeré que tengo dos hijas; una que se llama Ana y otra que se llama María.


La joven se encoje de hombros. La madre se le acerca y mira la portada del libro. Inmediato, la abofetea, y agrega:

–¡Encima estás leyendo otra vez la misma novela! ¡Voy a tirarla!
–¡No por favor! No lo hagas, madre. Fui buena y te hice caso. Me dijiste que leyera...
–Sí, hija, sí. Que leyeras libros... hay una biblioteca completa. Sin embargo, te empeñas en escudriñar solamente El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Stevenson estaría satisfecho contigo: te la debes saber de memoria. –Espeta la matriarca antes de arrojar la novela sobre la cama con desprecio. Después, le aclara con dedo acusador—: Los personajes te devorarán.
–Eso no sucederá –replica Ana María.
¡Que no se te ocurra volver a protestar! Ahora verás lo que hago con tu novela –indica la madre, bastante alterada.

Ana María se queda impasible viendo cómo su madre coge el ejemplar, encuadernado con piel de vacuno, y la rompe en mil pedazos frente a la chimenea; echa los trocitos al fuego vivo. Unos lagrimones enormes recorren su rostro contraído, con la mirada perdida en la llamarada rojiza.

De repente, la joven, da dos zancadas, coge el atizador y golpea con fuerza a su madre en la cabeza. La mujer se tambalea y acaba desplomándose.

Ana sonríe maliciosa; los ojos abiertos como platos, la tonalidad de la piel, violácea. No conforme con un solo bastonazo, sigue golpeándola hasta que su cráneo se abre como una hamburguesa recién amasada. En cada hachazo su risa aumenta y su voz se torna grave:

–¡Estoy harta de que me ignores! No conozco a ninguna María. Soy Ana. Siempre fui Ana; Hyde me sedujo el mismo día que papá se suicidó. Lo veo todos los días colgado de la viga del salón, diciéndome: «Ana no hagas caso de lo que te diga mamá. Ella nunca te querrá como yo». –Sus fosas nasales hiperventilan, satisfecha por su ópera prima.
Ana se agacha y retira el cabello del rostro materno desfigurado. La acaricia y le susurra:
–Madre estás favorecida. La belleza de la muerte te ha poseído con todo su amor.
Su vestido se empapa de plasma cárdeno. Ana se desviste, tranquila. La sangre se esparce por el parqué níveo de la estancia. Ella ríe con los ojos desorbitados.

Minutos más tarde, la joven se acurruca sollozando como una niña. Su voz atronadora, se torna delicada:

–Mami, mami… ¿quién te ha hecho esto? –Murmura aterrada junto al cuerpo destrozado de su madre.


Acto seguido, mira sus manos ensangrentadas. Resbala los dedos por la pared de estampado florar, y chilla horrorizada.

©Anna Genovés
26/06/2016
Revisado en abril 2021






Vinted: una adicción sana

 


En 2017 escribí un artículo sobre la empresa de compraventa de ropa de segunda mano online más fructífera del momento en territorio españolChicfy: la startup de moda. No hacía falta más, pues todos sabíamos de qué se trataba.


El anuncio simpático y de música pegadiza que lanzó la empresa, inundaba a diario los televisores de nuestros hogares. En sus momentos álgido facturara más que el Avecrem de antaño. Muchas personas que, habitualmente, dejábamos la ropa que ya no usábamos en los contenedores de Cáritas, en ONG o en las iglesias, cambiamos de hábitos y nos subimos al tren del comercio online. En parte, desmotivados al descubrir que las prendas que donábamos, iban a parar a mercadillos de segunda o a redes oscuras que se beneficiaban de nuestro buen hacer en vez de llegar a esas personas desprotegidas a las que nosotros pretendíamos ayudar.


Llegó un momento en el que proliferó tanto este tipo de redes –porque, de eso se trata, de redes sociales— que, el pez grande se comió al chico. Chicfy cerró sus puertas virtuales sin avisar. Pestañeó una vez y dijo adiós dando la oportunidad de pasar el perfil de las usuarias a la nueva startup que se comía Europa, llamada Vinted.


En un principio, me produjo mal sabor de boca pues, realmente, me sentía muy cómoda en Chicfy: puro entretenimiento. Nunca ganaba dinero, más bien se trataba de un intercambio o una donación a través de Correos con el plus que te brindaba la oportunidad de hacer sonreír por unos instantes a la persona que recibía el envío. Ya que, además de haberlo adquirido a precio de súper ganga, estaba mejor empacado que los virtuosos paquetes de Zara.


Empero, los tiempos, cambian. ¡Y tanto!


La pandemia, nos ha dejado del revés, y, además de las pérdidas y los daños emocionales que todos sufrimos, ha traído consigo la destrucción de muchos empleos y, por contra, la propagación de otros. Así pues, como dijo Darwin: “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes; sino aquellas que se adaptan mejor al cambio”. Y, nos guste o no, nos han cambiado sin previo aviso. A la fuerza y con el yunque y el martillo de la despiadada fragua de Vulcano.


Entre las empresas que han sobrevivido a la hecatombe sanitaria y económica que ha segado la vida de millones de personas, ha enfermado a muchas más y, ya veremos cómo acaba… están aquellas que cambiaron o abrieron un apartado en el que se podía acceder a sus productos de manera online. Dentro de las mismas, aunque hayan pasado por momentos amargos, las grandes privilegiadas son las que llevaban tiempo en el mundo Matrix. Por ejemplo, el gigante Amazon o, por qué no, la plataforma Vinted, que, entre otras cosas, ofrece el trueque de ropa y diferentes artículos hogareños en todo el territorio europeo.


Fiel heredera de la mítica Chicfy, Vinted ha recogido lo mejor de aquel startup que brillo durante una década por los lindes españoles, añadiéndole ingredientes tan sugestivos como es el mercado europeo. Los productos se pueden comercializar dentro o fuera del país en el que viva el vendedor. Wikipedia nos aclara el porqué de esta idea tan bien formada y, de paso, nos cuenta cómo empezó esta empresa de origen lituano.


En realidad, el asunto es sencillo, porque puedes trabajar a partir del PC, portátil o app móvil. Solo tienes que ingresar tus datos –incluida cuenta bancaria— y fotografiar lo que quieres vender con un breve resumen de sus detalles, amén de ojear aquello que necesitas y en Vinted seguro que encuentras a bajo coste.


Como me desagradan las comparativas, solo voy a resaltar algunas de las atractivas cualidades de la plataforma y alguno que otro punto débil:


1.       Posee un catecismo exento de lo que puedes o no vender muy detallado. Aquí he encontrado algunos puntos flacos. Por ejemplo, no se pueden vender chaquetas u otra prenda de pelaje natural y, sin embargo, sí puedes vender artículos o accesorios de piel, edredones de oca, cinturones de cocodrilo… Es una incongruencia absoluta.

 

2.       Es fascinante la rapidez en la que tu ‘armario’ –así se llaman los espacios virtuales de las ‘vinties’ o vendedoras— puede descontar ‘x’ euros por un conjunto de piezas adquiridas a la vez. Existe un botón en la configuración, que, al activarlo, accedes a vender lotes con descuento. Si vendes 2 artículos, ipso facto, la compradora, por defecto; luego puedes personalizarlo, tendrá un descuento del 25%. Si quiere 3, al pagar –insuperable las formas de pago y, por supuesto de total confianza—, obtendrá el 30% y si te hace una compra de 5 artículos, se llevará un botín al 50%.

 

3.       Los métodos de envío son inigualables, puedes acceder a diferentes tipos de transportista e incluso personalizar el envío.

 

4.       La atractiva publicidad es apabullante. Por ejemplo, cuando una vintie te da un ‘like’ en una prenda, de inmediato recibes un mensaje que te lo indica y, de paso, surge un desplegable que te incita a que le hagas una oferta rebajándole el precio por interno. Al respecto no tenía muy claro si era bueno utilizar esta herramienta, así que lo he experimentado y he llegado a la conclusión de que es mejor pasar. Sin embargo, a la inversa, que también funciona, suele ser una venta segura. Quiero decir, quienes van a comprar, suelen pedirte una rebaja por interno. Como vendedora puedes o no aceptarlo e incluso regatear el precio hasta llegar a un acuerdo. ¡Es fabuloso! Al más puro mercado de las especias de la antigua Ruta de la Seda o de los actuales zocos del Magreb. Es tan divertido que, mientras estás en la app, olvidas la realidad…

 

5.       Sobre los pagos… Bueno, tu envías el paquete y cuando la compradora lo recibe y da el visto bueno, se ingresa el dinero o bien en tu cuenta Vinted para gastarlo en otro armario o bien en tu cuenta bancaria. Nadie te obliga a uno u otro método, es el vendedor quien lo elige e incluso puede tener otros métodos que le convengan más. He visto armarios que aceptan Paypal, por ejemplo.


6.       Los trueques son otra forma de compraventa. Si te gustan algunos productos de otros armarios y los propietarios están interesados en los tuyos, se habla por interno y se pasa a un intercambio de especias.

 

7.       Si quieres encontrar verdaderos chollos, es interesante realizar una búsqueda por marcas. Existen numerosos filtros: activas el que te interesa e igual encuentras verdaderas gangas de firmas con pedigrí en muy buen estado.

 

8.       En los armarios, como en otras redes, se puede reseñar la experiencia que has tenido al comprar algo. Del mismo modo, puedes hacerte seguidor.

 

9.     Algo que me desagrada son ciertas vinties que se dedican a vigilar las prendas nuevas que se publican… porque, si creen que incumplen alguna de las reglas… pues… imaginaros… La prenda llega a oídos de atención al público de Vinted –por cierto, bastante mediocre, pues los trabajadores solo saben el abecedario y si les comentas sobre algún carácter cirílico no saben responder— y te quitan ese artículo que subiste, cuanto no te cierran el armario por un tiempo y sin aviso. Y, lo que puede indignarte, es que otro guardarropa tenga cositas parecidas y nadie les diga nada… ¿Armarios VIP? ¿Enchufismo? Puede ser.


10. Después de andar varios meses en la plataforma, opino que tener un armario en Vinted es un mero entretenimiento con el que puedes reciclar las prendas que no usas, pero no esperes ganar dinero -por lo menos en mi caso-. He comprendido que el truco está en poner algo y que se lo lleven... porque cuando recibes el pago crees que has ganado un dinero extra y no es cierto: son euros completamente virtuales, pues recuperas parte de aquello que pagaste en su día. No obstante, la acción de percibir euros, te engancha e incluso llegas a comprar cosillas para subirlas con etiquetas y que entren en la sección: 'Nuevo con etiquetas'. Pero, ¿de verdad ganas dinero? No. Para que algo salga de tu armario debes tener los precios -por lo general- muy, muy bajos. Y, después, entra tu propia ética. A mí, por ejemplo, me es imposible hacer un paquete cutre. Hacerlo con amor y con ganas de hacer felices a quienes lo reciben -por lo menos por unos segundos-, tiene un costo adicional que nunca percibirás.


11. Po otro lado, hay vinties que te piden más imágenes, verlo puesto o mil historias... -con el tiempo que esto supone-. E incluso te hacen lotes que van a llevarse o te lanzan una oferta porque les interesa este o aquello, y, después, te dejan empantanada y ni tan siquiera te contestan cuando les preguntas amablemente qué han decidido. No obstante, las buenas compradoras, si tienen la suerte de ver varias cosas en un armario, pueden recoger prendas a bajo costo, y, en perfectas condiciones, gracias a los descuentos de comprar un lote.


12. Tampoco tengo claro que invertir algunos euros en la promoción de tu armario o de un artículo determinado, sea algo que de verdad favorezca las ventas. Opino, que sirve de bien poco e incluso dudo de su veracidad, por mucho que tengas un desplegable que te indique un número de visitas bastante superior a las habituales.. 

 

12. Lo verdaderamente importante, es que Vinted fomenta el reciclaje y esto es algo muy loable y beneficioso para el planeta y sus habitantes. Así como para las generaciones venideras. Por otro lado, si estás en el mercado laboral, te ayuda a desconectar y si no lo estás, a sentirte un poco útil. O sea... Sigamos con el juego: es necesario.

 

Al comenzar la pandemia cerré mi escaparate, pero, lo he vuelto a abrir –Theflappergirl. Creo que solo se puede entrar si estás registrado, lo cual es bien fácil y no te obliga a nada—, y, reconozco que me da muchos alicientes. He recuperado a varias amigas; entre nosotras hablamos por interno e intercambiamos trucos para darle alas a nuestros artículos. Por otro lado, puedes conocer a personas de distintas comunidades y distintos países. Me encanta conocer gente nueva, virtualmente hablando, claro. Pero, si lo pensamos bien, inmersos en la era de la tecnología y con todos los bichejos del mundo caminando a sus anchas por calles y plazas… ¡ya os digo! O nos subimos al carro o nos aislamos por completo.


Por otro lado, en Vinted, puedes obtener un retrato fidedigno de la sociedad actual. O sea, que os recomiendo haceros un hueco en esta red para desquitaros de los sinsabores de la vida; sale más económico que una visita al psicólogo y, de paso, las prendas que no utilizamos circulan a otras manos. Aunque económicamente nuestras arcas no se llenen, ganamos psicológicamente y recuperamos algún que otro euro para reutilizarlo en lo que nos interese.


Una válvula de escape. Un entretenimiento de lo más agradecido si le pones un poquito de corazón porque las ganas llegan solas cuando recibes un pedido y, al final, tu armario se convierte en la sala de juego que te pide más y siempre sacas algo olvidado que subes a tu armario para que otra persona la recoja. Nos hacemos vinteros. ¿Y qué? Algún vicio hay que tener.


¿Qué por qué Vinted es una adición sana? Entretiene, recicla, equilibra, conoces a personas guais. ¿Qué mas queremos? Pues… ¡Hala! Todos a Vinted aunque le falte lo 'chic' de Chicfy.

 


© Anna Genovés

Domingo cuatro de abril de 2021

 

 #vinted #compraventa #online #ropa #fashionmoda #theflappergirl #annanoves #actualidad 




La maleta

Jonás estaba tumbado en una cama de la UCI; unos tubos de varios milímetros se adentraban en su organismo y drenaban la porquería que, a falta de poder expulsarla por él mismo, le ayudaban en tan vital faena. Hacía unas horas que lo habían tronchado como a un gorrino en el matadero: entró en el quirófano con una perforación de intestinos causada por una peritonitis. Pero al abrirlo, se percataron de que el asunto era bastante más grave… Una de las doctoras, amante del humor negro en momentos inoportunos, le había dicho que de esa no salía. Pero ahí estaba Jonás dando guerra.

Anabel y Melania esperaban en los asientos de plástico azul adosados a los laterales de la puerta de doble hoja que las separaba de su hombre. La primera, la esposa. La segunda, la hermana. Cuando las llamaron, hicieron acopio de todas sus fuerzas y entraron al purgatorio hospitalario como dos almas en pena que no saben a dónde mirar porque los encamados están a pocos segundos del más allá. En la última cama de la derecha, separada por una cortina plastificada de la colindante, yacía Jonás. El hombre esbozó una sonrisa ladeada cuando las vio aparecer. Ellas lo correspondieron con un abrazo de “mírame y no me toques”, por si acaso…

Para la esposa fue un shock tremendo. Aquel cuerpo maltrecho, nada tenía que ver con su amado Jonás; parecía un Frankenstein recién llamado a la vida por el relámpago exaltado del bisturí mágico. Cuando se acercó a darle un beso en esos labios amoratados y resecos, se percató que una mancha sanguinolenta empapaba la impoluta sábana. La levantó y estuvo en un tris de desmayarse; se quedó helada: uno de los tubos del drenaje abdominal, estaba fuera. ¡Menos mal que lo he visto a tiempo! –pensó antes de llamar a uno de los ángeles custodios.

Las hicieron salir para cambiarlo y, cuando quisieron volver a entrar, la hora de las visitas había finalizado; tuvieron que esperar al día siguiente para verlo. Anabel hizo guardia en el saloncito de sillas plastificadas cercana a REA. Pero, por la mañana, le dieron una buena noticia: Jonás pasaba a planta. La consorte siguió la cama hidráulica hasta la habitación, esperó a que reubicaran a Jonás y entró. No podía creer que su esposo le sonriera como si nada hubiera sucedido. Llamó a Melania para darle las buenas nuevas. Así pasaron varios días, hasta que la hermana del resucitado le propuso hacer turnos por las noches.

A Anabel no le hacía ni pizca de gracia dejar a su monstruito particular con ella: nunca se habían llevado bien. Sin embargo, recordar las palabras que Melania le había dicho la noche que ingresaron a Jonás: “Tranquila Anabel, esto lo llevaremos entre las dos”. Le hicieron cambiar de parecer. Hablaron y concretaron los turnos.

Eran las diez de la noche, cuando Melania hizo aparición. Iba sola, pero parecía que llevara una corte. La acompañaban: dos almohadas, una mochila, un edredón y una maleta. Anabel y Jonás se miraron de refilón. No obstante, los goteros repletos de antibióticos y opiáceos no le daban demasiado carrete al enfermo. Y la desposada, a falta de compañía con la que parlotear, solo indicó:

–Pero, Melania, ni que fueras a quedarte una semana.
–Es que soy muy tiquismiquis y necesito que todo esté limpio, limpísimo… Tú, con cualquier fruslería de pacotilla te conformas: yo no.

Anabel no pudo evitar pensar: ¡Joder! Menos mal que mi cuñada va por la vida de podemita alternativa, le faltan las rastas. Con todo, a la hora de la verdad, es más pija que la Presley. ¡Será posible! ¡Ni que fuera aristócrata! Esto es un hospital público. Hay lo que hay… y gracias.

Anabel, marchó a descansar. Cuando volvió, a primera hora de la mañana, encontró a los hermanos con caras neutras. Al despedirse la maleta de Melania se abrió. Dentro, el único traje que tenía Jonás con todos los aperos que eran menesteres. Se juzgaron con sorpresa, horror y vergüenza. Melania se apresuró a decir:

–Hijos, no me miréis con esa cara. Los doctores dijeron que a lo mejor no la contabas. Te he traído las mejores galas por si era necesario…

No hubo más palabras. En los años siguientes, la relación se enfrió. Anabel le daba vueltas a la frasecita de Melania: “Tranquila, Anabel, esto lo llevaremos entre las dos”. A esas alturas, tenía claro que la propuesta se refería, únicamente, al sepelio de Jonás. Porque a verlo, solo había ido dos veces. Pese a ello, callaba: no quería meter cizaña.

El tiempo pasó veloz como un árbol de hojas eternas. Y cómo dice el refrán: “A cada cerdo le llega su San Martín”. Un día, el matrimonio se topó con una vecina chismosa. Lo primero que les dijo fue que Melania estaba enferma. Lo segundo, ¿cómo no iban a verla? Anabel fue astuta –le pegó un codazo a su marido para que callara—.  Contestó que estaban al corriente de todo y que, justamente en ese momento, venían de visitarla. La cotilla se marchó con el rabo entre las piernas. Y ellos siguieron caminando como si nada...

Una vez en casa, Anabel le dijo a Jonás:

–Jonás, no te sulfures. Arréglate y vayamos a ver a tu hermana.

Así lo hicieron. Y llegó el momento de la nocturnidad... Melania tenía muchísimos amigos y poca familia. Nadie estaba libre para pernoctar; así que, Anabel, permaneció con ella. Jonás era un enfermo crónico que no debía ni podía ni se iba a quedar: Anabel nunca lo permitiría.

A las nueve de la noche, Anabel, se presentó en el hospital, acicalada y con una maleta. Las amigas de Melania la miraron y cuchichearon: “Se cree una señora”. “Hasta lleva equipaje”. “Siempre ha sido una snob”. “Ella y su quincalla”… –dijeron por lo bajini—. Anabel se hizo la sueca. Y Melania la miró recelosa.

Cuando las dos mujeres se encontraron solas con la opacidad de la noche, entre sonido angustiosos y rostros apagados. Melania escuchó el retintín de las bisagras de la puerta; miro hacia ella y se estremeció. Sus ojos se abrieron como platos y un chillido ahogado surgió de su garganta vacía. Anabel le preguntó:

–¿Qué te sucede, querida?
–¿Has visto a esa mujer? No deja de mirarme. Vestida de negro riguroso y con la tez de porcelana. ¿Puedes decirle que se marche? Me da un poco de miedo.

Anabel se giró hacia la puerta y, señalando a la figura que observaba desde la penumbra, dijo :

–¡Ahhh! ¿Te refieres a esa?
–Sí. ¿La conoces? preguntó Melania.
–Pues claro. Es Muerte –contestó una Anabel flemática.
–¿Cómo…? –el óvalo de Melania se descompuso. Amarró la sábana y se cubrió por completo, temblando como una fútil hojarasca.

Anabel le dio unas palmaditas en el hombro para que se calmara, antes de decirle:

–Tranquila, Melania, nos hemos visto tantas veces que nos hicimos buenas amigas: viene a por ti. No te apures, no dejaré que te pongan un sudario. En la maleta he traído ese vestido estampado que tanto te gusta. Lucirás como una reina dentro del féretro.




©Anna Genovés
30/07/2015

Revisado el quince de marzo 2020




La maleta

by on 13:31:00
La maleta Jonás estaba tumbado en una cama de la UCI; unos tubos de varios milímetros se adentraban en su organismo y drenaban la por...

 



¡Qué guasa con WhatsApp!

 

 

 

A mediados de 2010 –aproximadamente un año después de que WhatsApp irrumpiera en nuestras vidas— muchos usuarios seguían enviando SMS. Tania era una de ellas. Estaba atacada enviándole un mensaje a su amiga Vanessa. El teléfono era nuevo y le costaba manejarlo. Tecleaba los iconos de su Galaxy-S con tanta torpeza que se enfadaba consigo misma—:

 

–¡Maldita sea! Será una pasada de teléfono, pero como no aprenda a usarlo pronto me va a dar un síncope –gritaba por el pasillo de casa—. Con sólo rozarlo salta de una a otra letra como si fuera un muelle. Me ha costado más enviar el puñetero mensaje que hacer unas lentejas. O soy muy lerda o no sirvo para esto de la tecnología.

 

Lo acababa de dejar en la mesita del comedor cuando entró una llamada y prosiguió con su soliloquio matutino—:

 

–¡Jo! No gano para sustos con el Galaxy de las narices. ¿A ver quién es? ¡Qué bien! Es mi amiguita.

 

Se apresura a contestar—:

 

–¿Cómo andas, querida?

 

–Bien, bien… Poniendo en funcionamiento a las dependientas novatas. Mi jefe solo quiere jovencitas. ¡Será mamón! ¡Ah! Y quéjate, parece que me perdone la vida. Total. ¿Qué pasa? Tengo cuarenta y tres años y llevo la talla 36. Los modelitos de la boutique me quedan genial, amén de dejarme medio sueldo en tratamientos faciales e ir al gimnasio. ¡Ya quisieran muchas tennager!

 

–Tienes razón Vanessa, pero la vida es así de cruel y los hombres así de machistas. Muchas veces alentados por algunas mujeres…, no lo olvides. Tienes más de veinte y ya eres madurita… Más de treinta y eres una abuelita… Más de cuarenta… Y te tiran, ipso facto, al contenedor de desperdicios. A partir de los 50 ya no existes. Son tópicos que, a veces, nosotras mismas fomentamos. Mi vecinilla, una pocholada de veinteañera, no puede ni verme porque llevo ropa juvenil como tú. A ella le gustaría que me vistiera marujil. Sin insultar, que hay “Marus” encantadoras. Me refiero a esas mujeres –de la edad que sea— que piensan como la Santa Inquisición, cotillean a todas horas y se visten de señoras cuando todavía son unas crías. En fin, cada cual que haga lo que le venga en gana con su vida que no con la de otros.

 

–Aquí hay mucha tela… ya lo comentaremos con tranquilidad. Te llamaba por lo del cine. Quería decirte que el sábado libro y me apetece muchísimo ir. Viggo Mortensen me chifla y la peli pinta bien.

 

–¡Genial! Te parece que quedamos sobre las cinco y media… Nos tomamos un piscolabis y después vamos a los cines Lys.

 

–¡Estupendo!

 

–Espera Merche, Quería decirte otra cosa…

 

–¿Tú dirás?

 

–Me has enviado un SMS ¿no?

 

–Calla, calla… ¡estoy harta del telefonito!

 

–¡BUAHHH!!!!! Si es una pasada. A eso voy.

 

–¿Qué quieres que me meta en internet y etcétera…?

 

–Quiero que te descargues una App que se llama WhatsApp.

 

–¿Guap qué?

 

–Ja, ja, ja… Apunta

 

Vanessa le deletrea el nombre y Tania se lo escribe en un papel y le pregunta a su amiga—:

 

–¿Y para qué sirve?

 

–Es un chat gratuito que funciona entre las distintas compañías telefónicas: te ahorras un montón de euros y puedes hablar con todos los colegas del mundo.

 

–¿Quieres decir que en vez SMS te envío un WhatsApp y no me cobran?

 

–Exacto.

 

–¡Me apunto!

 

Vanessa le da las instrucciones para que se descargue la App y, en unos días, la instruye en cómo utilizarlo. Y, de esta manera tan ingenua, WhatsApp entra en la vida de Tania.

 


Una semana más tarde, maneja su Galaxy como si fuera una Lolita post moderna. Ciertamente, se engancha de tal manera que no deja el móvil ni para ir al WC. Las redes sociales le pirran y los grupos de WhatsApp, más.

 

Un sábado su marido estalla.

 

–¡Cariño la comida está en la mesa! –le dice Tania a su esposo.

 

–Ya voy Tania que estoy terminando unas facturas del trabajo.

 

–¡Ja! Que te conozco muy bien, pájaro. Seguro que estás metido en alguna página para adultos.

 

–Me has pillado. Estoy preparando una peliculita, de esas que tanto nos gustan, para después de comer.

 

–¡Uf! Vale, pero no tardes…

 

Poco después, el marido entra en el comedor con una sonrisa de oreja a oreja, frotándose las manos. Le da un beso pringoso en la mejilla y se sienta en la mesa. En mitad de la comida suena la campanita de WhatsApp. Tania asalta su Galaxy como si fuera algo de vida o muerte y comienza a reír, tecleando.

 

–Es Vanessa –le dice a su marido y, prosigue—: Mira que emojis me envía para decirme que está harta de su jefe. Esto del WhatsApp es un magnífico invento. ¡Oye! Ni un euro.

 

–Sí cariño, tienes la razón, pero como te pongas a guasapear, se te enfría la comida –contesta el hombre.

 

Con la rapidez de una gacela, Merche, responde a su amiga. De inmediato, recibe la contestación y ríe que te ríe a contestar. Así, un sinfín de veces, mientras termina de comer y recoge la vajilla.

 

Su marido pasa al dormitorio y la reclama. Está en ropa interior: recostado de medio lado como la mismísima Maja Desnuda de Goya. Es atractivo y se mantiene en plena forma; sin lugar a dudas es un apetecible bocado para cualquier mujer.

 

Tania entra en la habitación sonriendo –Samsung en mano— Al verlo, se relame los labios, se arrodilla sobre la cama caminando siseaste a cuatro patas como una verdadera tigresa. Pasa sus dedos –con uñas de porcelana y manos cuidadas— por el torso desnudo de su amante.

 

–Eres tan atractivo como el primer día, Alex –su voz es susurrante como la de un felino— Yo tampoco estoy mal ¿verdad, cariño?

 

–Déjame que lo compruebe –le dice el marido mientras le desabrocha la blusa de gasa— ¡Guauuu!!!  –maúlla como un gato al ver el abdomen de su esposa a la que piropea—: Veo que haces bien los deberes. Creo que no hace falta que pongamos ninguna peli…

 

Se enrollan como dos amantes entregados a la pasión. Y, de repente, suena el WhatsApp. Tania le pega un empujoncito y lo separa con gracia. Lee el mensaje, ríe a carcajada limpia y teclea, como una posesa, una y otra vez con los tintineos de la App de por medio, ante la cara atónita de su esposo…

 

En un intento desesperado, Alex enchufa el televisor y la pantalla se inunda de respiraciones silbantes.

 

–Así cariño así… ¡Qué bien lo haces! ¡Ayyy! ¡Qué gusto! –jadean en plena faena el dueto porno.

 

Tania mira de reojo y deja el Samsung. Runrunea cual leona en celo. El hombre se vuelve a animar. Se desnudan y comienzan a imitar la escena del televisor. De improviso, suena la campanita del móvil y se aparta de su partenaire con mimo.

 

–Alex, espera un poquito, solo un poquito que Vanessa me estaba contando un cotilleo muy divertido de su jefe.

 

–Pero mujer, que uno está como está –insinúa el amante despechado con cara de póker y señalando su glande erecto como un mástil de bandera.

 

–Amor ¡está fenomenal! Seguro que aguanta un ratito…

 

–Un ratito…

 

–Sí hombre, un ratito. Entretente con la peli.

 

–Cualquiera diría que prefieres las teclas del Galaxy a las mías.

 

–¡Qué gracioso eres! Tendré que estudiarlo.

 

–O lo dejas o te vas a enterar…

 

–Pero... ¿qué dices? Al final va a resultar que Vanessa tiene razón y eres un puto celoso. ¡Qué no te pongo los cuernos! Me lo regalaste tú para que me entretuviera. ¿O no?

 

–Sí, churri… ¡Para que te entretuvieras cuando estuvieras aburrida ¡

 

–¡Pues eso hago!

 

–¿Y yo qué?

 

–Tú con una peli que yo guasapeo. Je, je, je…

 

Vanessa ha descubierto que guasapear es más divertido que otras labores maritales y se pregunta si el tipo que lo inventó en vez de WhatsApp tenía que haberlo llamado “guasa”. Porque –al fin y al cabo— eso hacemos: cotillear y guasearnos los unos de los otros. En plena era tecnológica, nos hemos convertido en unos correveidiles informatizados.

 

 

Ann@ Genovés

18/05/2012

Remasterizado el veintisiete de enero de 2021

 

 

NOTA*

Hice un experimento con un relato malo, escrito en 2012. Lo he customizado y este es el resultado: otro relato malo, pero, mejor escrito que el anterior. Siempre no salen las cosas como una desea.

 

Buen finde, chic@s 😉